Tan importante que en sólo una mañana había pasado de pensar que iba a dejar de verlo a reconocerse que tenía sueños a largo plazo en los que él estaba involucrado. Sueños de anillos. Sueños de boda y más hijos.
No podía decírselo a él. Era verdad que él había hablado del futuro, pero no había dicho nada concreto.
¿Estaría él pensando lo mismo que ella? Se imaginó que la única forma de saberlo sería esperar a ver qué pasaba.
-Quédate un rato -la levantó de su regazo con una facilidad que a ella la emocionó íntimamente. Él se arregló un poco la ropa y fue a la puerta.
-No puedo -dijo ella mientras se estiraba la falda y sintiéndose inmoral al notar el aire en la piel desnuda-. Pablito se despertará pronto.
Él asintió con la cabeza.
-De acuerdo. Te acompañaré a casa.
-No -dijo ella con cansancio-. No hace falta.
Pilar podía estar en la cocina y si los veía llegar juntos... ataría cabos. Su ropa interior era un montón arrugado y decidió ponerse sólo las bragas y dejar las piernas desnudas.
Pedro la observaba con el ceño fruncido. -¿Estás avergonzada de lo que ha pasado? ¿De nosotros?
Ella se quedó paralizada.
-No es que esté avergonzada exactamente, sólo estoy... incómoda. No estoy acostumbrada a ocultarme, pero tampoco estoy preparada para que Pilar sepa que estamos liados.
-¿Liados? -Pedro se rió-. Paula... Pilar no es ciega. Seguramente, anoche no bajó intencionadamente.
Ella lo miró fijamente.
-¿Lo dices en serio?
Pedro la abrazó y le acarició la espalda.
-Estoy seguro. Es posible que Pilar sea mayor,pero no es tonta.
Ella gruñó y apoyó la cara en el pecho de él.
domingo, 8 de mayo de 2016
Dos Vidas Contigo: Capítulo 51
Ella también sonrió y se dio cuenta de que los dos llevaban puesta casi toda la ropa.
-Me habría gustado dormir contigo la noche pasada. Quería abrazarte y no soltarte -aquellas palabras inspiraron imágenes de ternura en la mente de Paula-. Pero después de eso, esto es lo mejor.
-Mmm -ella no quería hablar ni moverse.
Él le quitó la blusa y empezó a rascarle la espalda hasta que ella se arqueó como una gata. Le encantaba que le hicieran eso... ¿Cómo lo había sabido?
-¿Por qué has hecho eso? -le preguntó con un tono apagado-. Me encanta que me rasquen la espalda... después...
-Después de que me hicieras el amor -terminó él con un tono de satisfacción-. No lo sé, me ha parecido lo más apropiado para la ocasión.
-Lo era.
Una pregunta le daba vueltas en la cabeza, pero no podía separarla de la sensación de saciedad que los envolvía y se olvidó de ella.
-Paula... -él seguía acariciándole la espalda-. Detesto sacar a colación cuestiones prosaicas, ¿pero te das cuenta de que no hemos tenido en cuenta la protección?
Ella sacudió la cabeza contra su hombro.
-No importa, estoy tomando la píldora.
-Ah.
-Después de que naciera Pablito, mis períodos empezaron a ser irregulares y el médico me dijo que probara este método -ella sintió la necesidad de darle una explicación ante la lacónica reacción de Pedro.
-¿No te importa que yo no me haya puesto nada?
Ella se sentó lentamente.
-¿A cuántas mujeres le has hecho esto durante los últimos dos años?
-A ninguna.
Ella se quedó atónita.
-¿A ninguna sin protección?
-No. A ninguna en absoluto.
-¿Por qué? -lo soltó sin pensárselo-. Estás soltero, estás sano y no puedes decirme que no te interesan las mujeres.
-Hacer el amor debería ser algo más que quitarte las ganas -contestó él sin perder la calma-. Nunca fuí un depredador, pero después del accidente me dí cuenta de que todo, hasta lo más mínimo, es importante y debería ser muy valioso.
Ella contuvo la respiración como si esperara que él dijera algo más, pero se quedó en silencio. ¿Eso quería decir que ella significaba algo para él? No podía seguir ese razonamiento porque le daba miedo a dónde podía llevarla.
De acuerdo, había sido una estúpida al pensar que podría mantenerse alejada de sus abrazos. Nunca había tenido un asunto amoroso en su vida, pero ya lo tenía, fuera sensato o no. La cuestión era que un asunto amoroso solía ser una relación poco duradera y Pedro era cada vez más importante para ella.
-Me habría gustado dormir contigo la noche pasada. Quería abrazarte y no soltarte -aquellas palabras inspiraron imágenes de ternura en la mente de Paula-. Pero después de eso, esto es lo mejor.
-Mmm -ella no quería hablar ni moverse.
Él le quitó la blusa y empezó a rascarle la espalda hasta que ella se arqueó como una gata. Le encantaba que le hicieran eso... ¿Cómo lo había sabido?
-¿Por qué has hecho eso? -le preguntó con un tono apagado-. Me encanta que me rasquen la espalda... después...
-Después de que me hicieras el amor -terminó él con un tono de satisfacción-. No lo sé, me ha parecido lo más apropiado para la ocasión.
-Lo era.
Una pregunta le daba vueltas en la cabeza, pero no podía separarla de la sensación de saciedad que los envolvía y se olvidó de ella.
-Paula... -él seguía acariciándole la espalda-. Detesto sacar a colación cuestiones prosaicas, ¿pero te das cuenta de que no hemos tenido en cuenta la protección?
Ella sacudió la cabeza contra su hombro.
-No importa, estoy tomando la píldora.
-Ah.
-Después de que naciera Pablito, mis períodos empezaron a ser irregulares y el médico me dijo que probara este método -ella sintió la necesidad de darle una explicación ante la lacónica reacción de Pedro.
-¿No te importa que yo no me haya puesto nada?
Ella se sentó lentamente.
-¿A cuántas mujeres le has hecho esto durante los últimos dos años?
-A ninguna.
Ella se quedó atónita.
-¿A ninguna sin protección?
-No. A ninguna en absoluto.
-¿Por qué? -lo soltó sin pensárselo-. Estás soltero, estás sano y no puedes decirme que no te interesan las mujeres.
-Hacer el amor debería ser algo más que quitarte las ganas -contestó él sin perder la calma-. Nunca fuí un depredador, pero después del accidente me dí cuenta de que todo, hasta lo más mínimo, es importante y debería ser muy valioso.
Ella contuvo la respiración como si esperara que él dijera algo más, pero se quedó en silencio. ¿Eso quería decir que ella significaba algo para él? No podía seguir ese razonamiento porque le daba miedo a dónde podía llevarla.
De acuerdo, había sido una estúpida al pensar que podría mantenerse alejada de sus abrazos. Nunca había tenido un asunto amoroso en su vida, pero ya lo tenía, fuera sensato o no. La cuestión era que un asunto amoroso solía ser una relación poco duradera y Pedro era cada vez más importante para ella.
Dos Vidas Contigo: Capítulo 50
Detestaba pensarlo, pero... pero cuando él pasó los dedos por el borde de los pantys y las bragas, ella no hizo nada para evitar que las bajara, se las quitara y las dejara a un lado. Le abrió la blusa y le sacó un pecho del sujetador para tomarlo entre los labios y lamerle el expectante pezón. Ella sintió que le flaqueaban las piernas.
-No, corazón -el aliento le acarició el lóbulo de la oreja-. Sigue de pie.
La sujetó hasta que ella reafirmó las rodillas. Su voz era un susurro ronco mientras le acariciaba los muslos y se quitaba los pantalones. Al cabo de unos segundos, se despertó del letargo sensual en el que había estado flotando y sintió la poderosa erección que buscaba su delicada abertura. Le tomó el trasero entre las enormes manos, la levantó y le ladeó las caderas para recibirlo. Él sofocó el grito de ella con su boca y empezó a embestirla con un ritmo cadencioso que la estremeció hasta lo más profundo de sus entrañas. Ella había pensado que estaría dolorida, pero la noche anterior él se había ocupado tanto de prepararla que no estaba tan sensible como había previsto.
Ella, automáticamente, le rodeó la cintura con las piernas y se dejó llevar por el movimiento. Pedro volvió a besarla, cambió el ritmo y ella notó que él había perdido cualquier rastro de control. Pedro inclinó la cabeza hacia atrás con los dientes apretados mientras no cesaba de entrar y salir de ella. No se oía nada excepto su respiración entrecortada, los jadeos de Paula y el incesante choque de las carnes. Ella notó que el clímax se apoderaba de su interior cada vez con más fuerza y empezó a gritar con cada embestida.
-Déjate llevar -le dijo él con un tono gutural que no parecía suyo-. Quiero que alcances el clímax conmigo.
Él le presionó más con las caderas y ella arqueó el cuerpo y sintió que salía volando.
Pedro dejó escapar un sonido indescriptible y su cuerpo se tensó mientras la empujaba contra la pared y ella se aferraba a él. Notó que él se liberaba en lo más profundo de ella y apretó más las piernas para disfrutar de los últimos embates que anunciaban el final.
Los dos se quedaron quietos. Pedro, sin separarse de ella, la llevó hasta el sofá y se tumbaron. Ella soltó un jadeó definitivo al notar que con el movimiento él había penetrado más dentro de ella. Pedro tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, pero sonreía y le acarició perezosamente el trasero.
-Esta sí que es una buena forma de empezar el día -afirmó él.
-No, corazón -el aliento le acarició el lóbulo de la oreja-. Sigue de pie.
La sujetó hasta que ella reafirmó las rodillas. Su voz era un susurro ronco mientras le acariciaba los muslos y se quitaba los pantalones. Al cabo de unos segundos, se despertó del letargo sensual en el que había estado flotando y sintió la poderosa erección que buscaba su delicada abertura. Le tomó el trasero entre las enormes manos, la levantó y le ladeó las caderas para recibirlo. Él sofocó el grito de ella con su boca y empezó a embestirla con un ritmo cadencioso que la estremeció hasta lo más profundo de sus entrañas. Ella había pensado que estaría dolorida, pero la noche anterior él se había ocupado tanto de prepararla que no estaba tan sensible como había previsto.
Ella, automáticamente, le rodeó la cintura con las piernas y se dejó llevar por el movimiento. Pedro volvió a besarla, cambió el ritmo y ella notó que él había perdido cualquier rastro de control. Pedro inclinó la cabeza hacia atrás con los dientes apretados mientras no cesaba de entrar y salir de ella. No se oía nada excepto su respiración entrecortada, los jadeos de Paula y el incesante choque de las carnes. Ella notó que el clímax se apoderaba de su interior cada vez con más fuerza y empezó a gritar con cada embestida.
-Déjate llevar -le dijo él con un tono gutural que no parecía suyo-. Quiero que alcances el clímax conmigo.
Él le presionó más con las caderas y ella arqueó el cuerpo y sintió que salía volando.
Pedro dejó escapar un sonido indescriptible y su cuerpo se tensó mientras la empujaba contra la pared y ella se aferraba a él. Notó que él se liberaba en lo más profundo de ella y apretó más las piernas para disfrutar de los últimos embates que anunciaban el final.
Los dos se quedaron quietos. Pedro, sin separarse de ella, la llevó hasta el sofá y se tumbaron. Ella soltó un jadeó definitivo al notar que con el movimiento él había penetrado más dentro de ella. Pedro tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, pero sonreía y le acarició perezosamente el trasero.
-Esta sí que es una buena forma de empezar el día -afirmó él.
viernes, 6 de mayo de 2016
Dos Vidas Contigo: Capítulo 49
Cuando él separó la boca repentinamente, ella seguía perdida en un torbellino sensual.
-Ah, buenos días -intentó recomponer sus ideas-. Tenemos que hablar.
-No. Nos va muy bien sin decir nada.
Sus ojos lanzaban destellos azules que la arrastraban a un mundo íntimo y silencioso. Estuvo a punto de rodearle el cuello con los brazos, pero se dió cuenta de lo que iba a hacer y los cruzó sobre el pecho.
Apartó la mirada y se hizo un silencio cargado de tensión.
-¿Es por algo que hice?
El tono de Pedro era desenfadado, pero ella notaba que también era intenso, que tenía una intensidad que hacía vibrar el aire que los separaba.
Ella tragó saliva y negó con la cabeza.
-Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que estamos retrocediendo un paso gigantesco?
Ella suspiró.
-Porque tenemos que hacerlo. Yo tengo que hacerlo -efectivamente, ella dió un paso atrás No puedo meterme en un asunto extra matrimonial.
-Dado que no estás casada, me parece que eso no es muy exacto -lo dijo tranquila y equilibradamente-. ¿Qué te parece llamarlo una relación sexual estrictamente física, divertida y enloquecedora?
Lo miró a los ojos y el brillo burlón que se encontró hizo que sonriera.
-No me tomas en serio.
-Sí te tomo en serio -el rostro se tornó inexpresivo-. Si sólo quieres una relación sexual, yo haré todo lo posible por conformarme con eso.
Ella se rió abiertamente y notó que la tensión se había desvanecido.
-No puedo volver a tener una relación física contigo -afirmó ella-. Lo complica todo demasiado.
-Hay algunas cosas que tienen que ser complicadas.
El tono era seguro y calmado y ella tuvo la sensación de que hablaba de algo más, que de su atracción mutua.
Antes de que ella pudiera alejarse más, él dió un paso, la tomó entre sus brazos y la besó en los labios.
Ella siempre se había considerado una mujer con fuerza de voluntad, pero notó que toda su decisión de esfumaba mientras él le acariciaba la espalda y bajaba las manos hasta sujetarle las muñecas. Todas sus células cerebrales quedaron paralizadas por el beso.
Además, todo era mucho más difícil porque sabía el éxtasis que podía alcanzar.
Resistirse no era difícil, era imposible.
Dejó escapar un leve suspiro, le rodeó el cuello con los brazos y dejó que le separara los labios con la lengua mientras todo su cuerpo rebosaba anhelo en estado puro. Notaba su tamaño y calidez contra ella. La llevó contra la pared y se ajustó perfectamente contra ella. Le separó los muslos con una rodilla y se contoneó entre sus piernas.
Ella jadeó al sentir su erección contra el montículo palpitante. Ella no debería querer aquello; no debería necesitarlo; no debería necesitarle a él tan absolutamente. ¿Habría sido ese el verdadero motivo para que fuera allí aquella mañana?
-Ah, buenos días -intentó recomponer sus ideas-. Tenemos que hablar.
-No. Nos va muy bien sin decir nada.
Sus ojos lanzaban destellos azules que la arrastraban a un mundo íntimo y silencioso. Estuvo a punto de rodearle el cuello con los brazos, pero se dió cuenta de lo que iba a hacer y los cruzó sobre el pecho.
Apartó la mirada y se hizo un silencio cargado de tensión.
-¿Es por algo que hice?
El tono de Pedro era desenfadado, pero ella notaba que también era intenso, que tenía una intensidad que hacía vibrar el aire que los separaba.
Ella tragó saliva y negó con la cabeza.
-Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que estamos retrocediendo un paso gigantesco?
Ella suspiró.
-Porque tenemos que hacerlo. Yo tengo que hacerlo -efectivamente, ella dió un paso atrás No puedo meterme en un asunto extra matrimonial.
-Dado que no estás casada, me parece que eso no es muy exacto -lo dijo tranquila y equilibradamente-. ¿Qué te parece llamarlo una relación sexual estrictamente física, divertida y enloquecedora?
Lo miró a los ojos y el brillo burlón que se encontró hizo que sonriera.
-No me tomas en serio.
-Sí te tomo en serio -el rostro se tornó inexpresivo-. Si sólo quieres una relación sexual, yo haré todo lo posible por conformarme con eso.
Ella se rió abiertamente y notó que la tensión se había desvanecido.
-No puedo volver a tener una relación física contigo -afirmó ella-. Lo complica todo demasiado.
-Hay algunas cosas que tienen que ser complicadas.
El tono era seguro y calmado y ella tuvo la sensación de que hablaba de algo más, que de su atracción mutua.
Antes de que ella pudiera alejarse más, él dió un paso, la tomó entre sus brazos y la besó en los labios.
Ella siempre se había considerado una mujer con fuerza de voluntad, pero notó que toda su decisión de esfumaba mientras él le acariciaba la espalda y bajaba las manos hasta sujetarle las muñecas. Todas sus células cerebrales quedaron paralizadas por el beso.
Además, todo era mucho más difícil porque sabía el éxtasis que podía alcanzar.
Resistirse no era difícil, era imposible.
Dejó escapar un leve suspiro, le rodeó el cuello con los brazos y dejó que le separara los labios con la lengua mientras todo su cuerpo rebosaba anhelo en estado puro. Notaba su tamaño y calidez contra ella. La llevó contra la pared y se ajustó perfectamente contra ella. Le separó los muslos con una rodilla y se contoneó entre sus piernas.
Ella jadeó al sentir su erección contra el montículo palpitante. Ella no debería querer aquello; no debería necesitarlo; no debería necesitarle a él tan absolutamente. ¿Habría sido ese el verdadero motivo para que fuera allí aquella mañana?
Dos Vidas Contigo: Capítulo 48
Pedro sabía que era broma, pero no le importó. La tomó en brazos, a pesar de las protestas de ella, y la llevó hasta la puerta de la casa. Le dió otro beso, ella entró y él volvió a su refugio.
Por lo menos estaba completamente seguro de que había vuelto andando, porque no le habría extrañado si hubiera ido flotando o volando.
En cuanto se despertó por la mañana, Paula supo lo que había pasado la
noche anterior. Dejó escapar un suspiro e hizo un gesto de dolor cuando notó las quejas de los músculos que llevaba tanto tiempo sin ejercitar.
Revivió cada momento que recordaba y sintió un cosquilleo por todo el cuerpo al acordarse de sus diestras caricias. Si Pedro se portaba siempre igual, no estaba segura de que pudiera sobrevivir.
Se dió cuenta de lo que estaba pensando. ¿Había dicho siempre? Él había dicho que pensaba seguir en su vida, ¿pero podría hacerlo cuando se mudara a su casa?
Hasta entonces había conseguido no salir con él y evitar las habladurías que se producirían si la vieran acompañada de un hombre tan rico como Pedro.
Sin embargo, cuando él se mudara, eso sería imposible. Tendría que ser sincera. Tendría que explicarle que tenía que pensar en su reputación por el bien de su hijo, ya que no por el suyo propio.
Se preparó un café y un plato de cereales y empezó a pensar cómo se lo diría. Le diría que le había encantado, pero que no podía salir con él. No. Le diría que había sido algo increíble, pero que aun así no podía salir con él. Que tenía que pensar en Pablito y en lo que podrían afectarle las habladurías sobre ella.
Se lavó los dientes y miró el reloj. Sólo eran las ocho. Pablito solía dormir hasta cerca de las nueve y oyó que Pilar ya daba vueltas en su habitación.
Si él se despertaba antes de que ella volviera, su suegra lo oiría.
Iría a su casa en ese momento y lo dejaría resuelto en vez de pasarse el día preocupada por cómo acabar con aquella atracción disparatada que la corroía.
Al ir por el camino, tuvo que pararse para tomar aliento junto al roble donde habían estado la noche anterior. Sólo se notaba que la hierba estaba un poco aplastada, pero nadie se daría cuenta.
Ella sí se daba cuenta. Tragó saliva. Era madre. Un pilar de la comunidad.
Tenía un empleo que se vería perjudicado si su reputación se mancillaba. No podía salir con Pedro.
Recorrió el resto del camino absorta en sus pensamientos. Llamó a la puerta y notó que se ponía en tensión al oír los pasos.
Pedro abrió la puerta.
-Buenos días.
Su expresión era de placer y de cierta sorpresa. Ella entró y cuando se volvió para mirarlo comprobó que sus ojos ya no reflejaban amistad sino un ardor sexual casi cegador. Sin decir nada, la apoyó contra la puerta y la besó en la boca. Introdujo la lengua como una imitación descarada de lo que había hecho la noche anterior y notaba la fuerza de sus muslos que la aprisionaban.
Sólo los separaban unas capas de tela y ella habría vendido su alma por poder rodearle la cintura con las piernas y dejarse llevar al mundo desenfrenado y maravilloso que habían creado juntos.
Por lo menos estaba completamente seguro de que había vuelto andando, porque no le habría extrañado si hubiera ido flotando o volando.
En cuanto se despertó por la mañana, Paula supo lo que había pasado la
noche anterior. Dejó escapar un suspiro e hizo un gesto de dolor cuando notó las quejas de los músculos que llevaba tanto tiempo sin ejercitar.
Revivió cada momento que recordaba y sintió un cosquilleo por todo el cuerpo al acordarse de sus diestras caricias. Si Pedro se portaba siempre igual, no estaba segura de que pudiera sobrevivir.
Se dió cuenta de lo que estaba pensando. ¿Había dicho siempre? Él había dicho que pensaba seguir en su vida, ¿pero podría hacerlo cuando se mudara a su casa?
Hasta entonces había conseguido no salir con él y evitar las habladurías que se producirían si la vieran acompañada de un hombre tan rico como Pedro.
Sin embargo, cuando él se mudara, eso sería imposible. Tendría que ser sincera. Tendría que explicarle que tenía que pensar en su reputación por el bien de su hijo, ya que no por el suyo propio.
Se preparó un café y un plato de cereales y empezó a pensar cómo se lo diría. Le diría que le había encantado, pero que no podía salir con él. No. Le diría que había sido algo increíble, pero que aun así no podía salir con él. Que tenía que pensar en Pablito y en lo que podrían afectarle las habladurías sobre ella.
Se lavó los dientes y miró el reloj. Sólo eran las ocho. Pablito solía dormir hasta cerca de las nueve y oyó que Pilar ya daba vueltas en su habitación.
Si él se despertaba antes de que ella volviera, su suegra lo oiría.
Iría a su casa en ese momento y lo dejaría resuelto en vez de pasarse el día preocupada por cómo acabar con aquella atracción disparatada que la corroía.
Al ir por el camino, tuvo que pararse para tomar aliento junto al roble donde habían estado la noche anterior. Sólo se notaba que la hierba estaba un poco aplastada, pero nadie se daría cuenta.
Ella sí se daba cuenta. Tragó saliva. Era madre. Un pilar de la comunidad.
Tenía un empleo que se vería perjudicado si su reputación se mancillaba. No podía salir con Pedro.
Recorrió el resto del camino absorta en sus pensamientos. Llamó a la puerta y notó que se ponía en tensión al oír los pasos.
Pedro abrió la puerta.
-Buenos días.
Su expresión era de placer y de cierta sorpresa. Ella entró y cuando se volvió para mirarlo comprobó que sus ojos ya no reflejaban amistad sino un ardor sexual casi cegador. Sin decir nada, la apoyó contra la puerta y la besó en la boca. Introdujo la lengua como una imitación descarada de lo que había hecho la noche anterior y notaba la fuerza de sus muslos que la aprisionaban.
Sólo los separaban unas capas de tela y ella habría vendido su alma por poder rodearle la cintura con las piernas y dejarse llevar al mundo desenfrenado y maravilloso que habían creado juntos.
Dos Vidas Contigo: Capítulo 47
Su cuerpo se aferró a él como un puño que se soltaba y volvía a cerrarse. Él perdió el control y empezó a embestirla desenfrenadamente con las caderas mientras ella gritaba y jadeaba su nombre con la espalda arqueada y el cuerpo estremecido debajo de él. Él entraba más dentro cada vez hasta alcanzar un éxtasis que le supuso una idea nueva e indescriptible de lo que era hacer el amor.
Cuando los espamos remitieron, se dió cuenta de que estaba agarrándole el trasero con una fuerza que le habría dejado marcas. Él seguramente también tendría las marcas de sus talones en la espalda.
Ella dejó caer los brazos y las piernas. Tenía el pelo como una manta blanca sobre el suelo y se preguntó si le habría deshecho él el peinado o se habría soltado solo. Se apoyó en los brazos y la miró.
-Eres la mujer más hermosa del mundo -dijo antes de darle un leve beso en los labios.
Ella dejó escapar un sonido parecido a una risa. -Suena a halago de un hombre lleno de gratitud.
Le gustó su sentido del humor.
-Puedes estar segura. Gratitud eterna -dudó, pero no pudo resistirse-. ¿Tengo yo tu gratitud?
Ella sonrió lentamente y los dientes resplandecieron mientras se estiraba lánguidamente debajo de él que se quedó sin aliento cuando ella volvió a rodearlo con los brazos.
-Has estado maravilloso.
Las palabras podían ser tópicas, pero el tono era tan sincero que la creyó.
Volvió a besarla.
-A mí me encantaría seguir aquí -dijo él-, pero supongo que tú preferirás levantarte del suelo.
-Supones bien.
Pedro se levantó y extendió una mano para ayudarla. Al levantarse, ella se tambaleó con una mueca de dolor..
-Dios mío, ¿te he hecho daño? -el tono era de preocupación sincera.
-No -el tono de ella era algo burlón-. Tranquilo. No estoy acostumbrada... nunca había... -se calló y él no pudo evitar reírse de su desconcierto.
-De acuerdo. Gracias -Pedro recogió la ropa, se vistió y la ayudó a hacer lo mismo-. Te acompañaré a casa.
-A lo mejor tienes que llevarme en brazos, no estoy segura de que pueda andar.
Cuando los espamos remitieron, se dió cuenta de que estaba agarrándole el trasero con una fuerza que le habría dejado marcas. Él seguramente también tendría las marcas de sus talones en la espalda.
Ella dejó caer los brazos y las piernas. Tenía el pelo como una manta blanca sobre el suelo y se preguntó si le habría deshecho él el peinado o se habría soltado solo. Se apoyó en los brazos y la miró.
-Eres la mujer más hermosa del mundo -dijo antes de darle un leve beso en los labios.
Ella dejó escapar un sonido parecido a una risa. -Suena a halago de un hombre lleno de gratitud.
Le gustó su sentido del humor.
-Puedes estar segura. Gratitud eterna -dudó, pero no pudo resistirse-. ¿Tengo yo tu gratitud?
Ella sonrió lentamente y los dientes resplandecieron mientras se estiraba lánguidamente debajo de él que se quedó sin aliento cuando ella volvió a rodearlo con los brazos.
-Has estado maravilloso.
Las palabras podían ser tópicas, pero el tono era tan sincero que la creyó.
Volvió a besarla.
-A mí me encantaría seguir aquí -dijo él-, pero supongo que tú preferirás levantarte del suelo.
-Supones bien.
Pedro se levantó y extendió una mano para ayudarla. Al levantarse, ella se tambaleó con una mueca de dolor..
-Dios mío, ¿te he hecho daño? -el tono era de preocupación sincera.
-No -el tono de ella era algo burlón-. Tranquilo. No estoy acostumbrada... nunca había... -se calló y él no pudo evitar reírse de su desconcierto.
-De acuerdo. Gracias -Pedro recogió la ropa, se vistió y la ayudó a hacer lo mismo-. Te acompañaré a casa.
-A lo mejor tienes que llevarme en brazos, no estoy segura de que pueda andar.
Dos Vidas Contigo: Capítulo 46
Lentamente, separó los rizos con la lengua hasta alcanzar la palpitante humedad. Sólo quería pensar en ella, en las caderas que movía contra él mientras aceleraba el ritmo y subía el tono de los sonidos de placer. Era un goce y por fin supo que ella estaba tan preparada como él para dar el siguiente paso.
Se levantó y la atrajo contra sí.
-No pares -balbuceó ella.
-No pienso -le recorrió todo el cuerpo con las enanos como si nunca fuera a tener suficiente-. El embarazo no te ha cambiado la figura -susurró.
-No -confirmó ella con voz ronca-. Ya era delgada y sólo engordé siete kilos que perdí en dos meses.
Él se dió cuenta de lo que había dicho, pero también se dió cuenta de que ella lo había tomado como una pregunta.
Le acarició el vientre y el triángulo de pelo que le cubría el montículo.
-Es el momento de tumbarnos.
Los dos se arrodillaron. La tumbó sobre la hierba y él se tumbó sobre ella.
Le apartó los muslos con los suyos hasta que la situación sólo tenía una conclusión posible.
Paula estaba silenciosa y él notó que sus piernas recuperaban algo de la tensión de antes.
Con un destello de intuición, supo lo que estaba pensando: que en ese aspecto, era muy distinto a su marido.
-Tranquila. Tranquila, corazón.
Siguió hablándola hasta que notó que se disipaba la tensión de sus muslos.
Entró lentamente en ella y fue avanzando poco a poco dentro del canal ardiente y deslizante. Estaba húmeda y se ceñía completamente a él. Notó que estaba temblando del esfuerzo que tenía que hacer para conservar la calma y facilitárselo a ella.
Por fin se encontró plenamente acogido.
-¿Estás bien, corazón? -le preguntó él.
-Lo estaré -contestó ella con voz trémula.
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, ella clavó los talones en el suelo y apretó la pelvis contra él con un movimiento circular que lo frotaba contra su pubis. Ella explotó.
Se levantó y la atrajo contra sí.
-No pares -balbuceó ella.
-No pienso -le recorrió todo el cuerpo con las enanos como si nunca fuera a tener suficiente-. El embarazo no te ha cambiado la figura -susurró.
-No -confirmó ella con voz ronca-. Ya era delgada y sólo engordé siete kilos que perdí en dos meses.
Él se dió cuenta de lo que había dicho, pero también se dió cuenta de que ella lo había tomado como una pregunta.
Le acarició el vientre y el triángulo de pelo que le cubría el montículo.
-Es el momento de tumbarnos.
Los dos se arrodillaron. La tumbó sobre la hierba y él se tumbó sobre ella.
Le apartó los muslos con los suyos hasta que la situación sólo tenía una conclusión posible.
Paula estaba silenciosa y él notó que sus piernas recuperaban algo de la tensión de antes.
Con un destello de intuición, supo lo que estaba pensando: que en ese aspecto, era muy distinto a su marido.
-Tranquila. Tranquila, corazón.
Siguió hablándola hasta que notó que se disipaba la tensión de sus muslos.
Entró lentamente en ella y fue avanzando poco a poco dentro del canal ardiente y deslizante. Estaba húmeda y se ceñía completamente a él. Notó que estaba temblando del esfuerzo que tenía que hacer para conservar la calma y facilitárselo a ella.
Por fin se encontró plenamente acogido.
-¿Estás bien, corazón? -le preguntó él.
-Lo estaré -contestó ella con voz trémula.
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, ella clavó los talones en el suelo y apretó la pelvis contra él con un movimiento circular que lo frotaba contra su pubis. Ella explotó.
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