Paula estudió su cara detenidamente, sus facciones eran bruscas, no poseía una belleza habitual, pero era cautivador y parecía tener mucho carácter.
Le observó levantar la jarra de cerveza con la mano izquierda y se fijó en el brazo derecho, que estaba enyesado.
No parecía estar de muy buen humor, quizá le dolía el brazo, o quizá alguien le estuviera molestando, o estuviera viviendo un desengaño amoroso...
Paula se fijó en los sensuales labios masculinos y pensó que era más probable que fuera él el que rompiera corazones y no al revés.Ella comenzó a comer sin dejar de mirar al tal Pedro, la atraía de una forma que ella nunca había sentido antes.
Estaba claro que se trataba de una atracción puramente sexual.
—Aquí tiene la tarta de manzana, señorita —le dijo la camarera, asustándola.
Paula la miró y se sorprendió al descubrir que se había terminado el plato de chili sin darse cuenta.
—Muchas gracias —dijo ella mientras deseaba que aquella mujer no hubiese notado la forma en que se había quedado mirando a aquel hombre.
Sin embargo la mujer se acercó a ella.
—Ese es Pedro Alfonso, vive a las afueras. Lo conozco desde niño, y a sus padres también. Y no tiene a ninguna mujer escondida como otros de por aquí. Si te gusta lo qué ves, ve por él. La vida es breve como para dejar las cosas pasar. Piénsatelo jovencita, dicen que las oportunidades así sólo aparecen una vez en la vida.
—Gracias... —logró decir Paula.
La camarera parecía satisfecha, levantó los pulgares en señal de aprobación y se alejó.
Paula tomó aire en un intento por tranquilizarse y volvió a mirar a Pedro. Él estaba observando la jarra de cerveza como si allí dentro fuera a encontrar la respuesta a sus problemas.
Estaba claro que aquel hombre la había fascinado, por lo menos físicamente y estaba deseando comprobar si su personalidad era igual de atractiva...
Sentía ganas de averiguarlo, pero no sabía cómo una mujer debía acercarse a un hombre, y mucho menos en un bar. Intentó buscar una respuesta, pero no encontró ninguna.
Pensó un rato. Las mujeres coqueteaban con los hombres desde hacía siglos, si las demás podían hacerlo, ella también podría.
¿Y qué podía decirle? Quizá podría hacer algún comentario que exigiera una respuesta, algo cómo que hacía un hombre tan atractivo como él en un lugar como aquél... Pero no sería capaz de decir algo como eso.
También estaba el tradicional recurso del tiempo, o aquello de haberse visto antes... Pero aunque estuviera dispuesta a comenzar una conversación con algo tan típico, lo primero era acercarse lo suficiente a él cómo para poder hablarle.
Lo pensó detenidamente, si se acercaba e intentaba entablar una conversación y él la ignoraba o la rechazaba se moriría de vergüenza.
Pero, ¿acaso importaba tanto pasar un poco de vergüenza? No conocía a nadie allí, en realidad no le importaba lo que pensaran de ella aunque sí le importaba lo que Pedro pensara de ella. Quizá no tuviera sentido, ya que no conocía a aquel hombre de nada, pero lo cierto era que le importaba su opinión.
Paula lo volvió a mirar. Pedro seguía mirando su cerveza fijamente.
domingo, 3 de abril de 2016
Inesperado Amor: Capítulo 1
Paula frenó con suavidad, giró por una carretera de la región de Massachussets y vió las luces de una pequeña ciudad a lo lejos.
Se intentó estirar un poco, su cuerpo estaba entumecido de tanto tiempo delante del volante y tenía hambre. Cuando llegó a la ciudad buscó un lugar para comer algo y estacionó.
Sacó el monedero del bolso, salió del coche y lo cerró. Una fresca brisa de otoño acarició sus brazos desnudos y agitó su pelo castaño.Apartó el pelo de su cara mientras pensaba en volver a abrir el coche y sacar algo de abrigo de la maleta, pero al final decidió no hacerlo ya que no tardaría en regresar al coche.
Se dirigió al restaurante, pero de camino vió un cartel que anunciaba el bar de Diego. Miró hacia el edificio lleno de carteles con luces de neón que anunciaban diferentes tipos de cervezas de las que Paula nunca había oído hablar.
Después volvió a mirar hacia el restaurante. Parecía un lugar para gente de clase media, un lugar respetable y aburrido. Sin embargo el bar de Diego parecía más misterioso, más intrigante y como Paula había decidido cambiar de vida decidió a ir allí.
Abrió la puerta del local y estudió detenidamente aquel lugar lleno de gente y muy ruidoso. De repente se sintió incómoda y se apresuró a sentarse. Miró detenidamente la carta llena de distintos tipos de cerveza y bastante escasa en cosas para comer.Unos minutos después una camarera de mediana edad se acercó a su mesa.
—¿Qué va a tomar? —le preguntó a Paula.
—Un plato de chili, tarta de manzana y un café.
—Enseguida se lo traigo —la camarera se acercó a la puerta de la cocina y le gritó el pedido a una mujer llamada Margarita.
Paula se apoyó en el respaldo de la silla y se fijó en la gente del bar. Había un grupo grande al fondo que parecían estar divirtiéndose mucho. Se reían de forma contagiosa y Paula sonrió.
—Aquí tiene, señorita —le dijo la camarera mientras colocaba un plato lleno de chili delante de ella y el café humeante— Enseguida le traigo la tarta.
Paula estaba sirviéndose un poco de leche en el café cuando de repente alguien entró en el bar.
—¡Eh, Pedro! ¿Qué tal va ese brazo? —gritó un hombre del fondo al recién llegado.
Paula sintió curiosidad y se giró para ver quién era Pedro. Cuando lo vió sus ojos se abrieron de par en par. Se trataba de un hombre de un metro setenta aproximadamente, un poco más alto que ella, ancho de espaldas y muy musculoso.Ella se mojó los labios inconscientemente mientras se fijaba en sus fuertes piernas.
Después miró fijamente el plato de chili, intentaba controlar la inexplicable fascinación que aquel cuerpo le había despertado. Tomó aire y deseó que el calor que sentía no fuera evidente.
¿Qué le pasaba? Estaba claro que aquel hombre era muy atractivo, parecía sacado de una fantasía sexual.
No pudo evitar volverlo a mirar mientras éste se acercaba a la barra y se sentaba delante de una jarra de cerveza que el camarero le había servido sin que él la pidiera.
Se intentó estirar un poco, su cuerpo estaba entumecido de tanto tiempo delante del volante y tenía hambre. Cuando llegó a la ciudad buscó un lugar para comer algo y estacionó.
Sacó el monedero del bolso, salió del coche y lo cerró. Una fresca brisa de otoño acarició sus brazos desnudos y agitó su pelo castaño.Apartó el pelo de su cara mientras pensaba en volver a abrir el coche y sacar algo de abrigo de la maleta, pero al final decidió no hacerlo ya que no tardaría en regresar al coche.
Se dirigió al restaurante, pero de camino vió un cartel que anunciaba el bar de Diego. Miró hacia el edificio lleno de carteles con luces de neón que anunciaban diferentes tipos de cervezas de las que Paula nunca había oído hablar.
Después volvió a mirar hacia el restaurante. Parecía un lugar para gente de clase media, un lugar respetable y aburrido. Sin embargo el bar de Diego parecía más misterioso, más intrigante y como Paula había decidido cambiar de vida decidió a ir allí.
Abrió la puerta del local y estudió detenidamente aquel lugar lleno de gente y muy ruidoso. De repente se sintió incómoda y se apresuró a sentarse. Miró detenidamente la carta llena de distintos tipos de cerveza y bastante escasa en cosas para comer.Unos minutos después una camarera de mediana edad se acercó a su mesa.
—¿Qué va a tomar? —le preguntó a Paula.
—Un plato de chili, tarta de manzana y un café.
—Enseguida se lo traigo —la camarera se acercó a la puerta de la cocina y le gritó el pedido a una mujer llamada Margarita.
Paula se apoyó en el respaldo de la silla y se fijó en la gente del bar. Había un grupo grande al fondo que parecían estar divirtiéndose mucho. Se reían de forma contagiosa y Paula sonrió.
—Aquí tiene, señorita —le dijo la camarera mientras colocaba un plato lleno de chili delante de ella y el café humeante— Enseguida le traigo la tarta.
Paula estaba sirviéndose un poco de leche en el café cuando de repente alguien entró en el bar.
—¡Eh, Pedro! ¿Qué tal va ese brazo? —gritó un hombre del fondo al recién llegado.
Paula sintió curiosidad y se giró para ver quién era Pedro. Cuando lo vió sus ojos se abrieron de par en par. Se trataba de un hombre de un metro setenta aproximadamente, un poco más alto que ella, ancho de espaldas y muy musculoso.Ella se mojó los labios inconscientemente mientras se fijaba en sus fuertes piernas.
Después miró fijamente el plato de chili, intentaba controlar la inexplicable fascinación que aquel cuerpo le había despertado. Tomó aire y deseó que el calor que sentía no fuera evidente.
¿Qué le pasaba? Estaba claro que aquel hombre era muy atractivo, parecía sacado de una fantasía sexual.
No pudo evitar volverlo a mirar mientras éste se acercaba a la barra y se sentaba delante de una jarra de cerveza que el camarero le había servido sin que él la pidiera.
Inesperado Amor: Prólogo
—¿Qué diablos estás haciendo?
Paula se preparó para sentir aquel miedo que la invadía cuando enfadaba a su madre. Pero no lo sintió, era como si ya no le importara...
—¡Paula!, ¡te he hecho una pregunta! ¿Por qué no me dijiste que habías vuelto pronto del trabajo? Sabes lo nerviosa que me pone oír cualquier ruido extraño en la casa. Si con veintisiete años no has aprendido a ser un poco considerada no sé cuándo lo serás. Yo no tardaré mucho en morirme y entonces tú podrás hacer lo que se te antoje.
Paula apartó la mirada de la maleta que estaba llenando de ropa y miró fijamente a su madre, sus delicadas facciones. De repente, se fijó en cosas que nunca había visto en ella.
—¿Qué diablos te pasa? —volvió a hablar su madre—. ¿Por qué me miras así? ¿No te habrán echado del trabajo, no? —la voz de Alejandra se volvió más aguda.
—No me han echado, madre, me he ido yo. Me acabo de despedir.
Paula se acercó al armario lleno de ropa color pastel y de vestidos y faldas de volantes. Aquella ropa no le sentaba bien, le sentaba bien a su madre, que era muy bajita y rubia, pero cuando ella se la ponía parecía una colegiala.
Paula decidió que nunca más volvería a comprar nada que no le gustara y cerró la puerta del armario de un portazo.
—¿Cuántas veces te he dicho que no des portazos? —le preguntó su madre.
—No lo sé —dijo Paula— Pero ésta será la última vez que me lo tendrás que decir porque me marcho.
—¿Que te marchas? —Alejandra se puso la mano en el pecho y la miró estupefacta— Me siento...
Paula la miró incrédula.
—Se te ha pasado el momento, mamá, ya deberías haber interpretado tu personaje.
Paula se giró, abrió el cajón de la ropa interior y vació su contenido en la maleta. Después la cerró.
La madre de Paula la miraba muy sorprendida.
—¿Cómo puedes hablarle a sí a tu propia madre?
—¿Y tú cómo pudiste mentirle a tu propia hija? Tu medico me llamó al trabajo esta mañana y me pidió que pasara a verlo a la hora de comer. Fue una comida muy reveladora —Paula se estremeció al recordar la vergüenza que había pasado— Me habló de lo mucho que te estaba presionando. Me contó que le habías dicho que cuando tú quisiste buscar trabajo para llenar el hueco que sentías tras la muerte de papá, yo no te lo había permitido—Paula se entristeció al recordar a su padre— Y también me dijo que tu corazón está perfectamente.
—Probablemente le habrás malinterpretado —replicó su madre—. Sabes que no eres demasiado inteligente.
Paula no prestó atención a aquel insulto que su madre solía repetirle a menudo.
—Y cuando terminé de comer con él empecé a pensar en las muchas otras cosas en las que me habrías mentido, así que fui a ver al abogado que se encarga de administrar las pertenencias de papá.
—¡No tenías ningún derecho a hacer eso!
Los ojos de Paula se nublaron durante unos segundos. Estaba furiosa.
—Tengo todo el derecho ya que soy una de las herederas. He averiguado que papá no sólo no te dejó arruinada como tú dices sino que te dejó bastante dinero con el que mantenerte. Y también me dejó a mí el suficiente dinero como para terminar mis estudios.
Cerró la maleta y se dirigió a la puerta.
—¡Pero no puedes abandonarme! ¡Te quiero!
Paula se detuvo y miró a su madre.
—¿Quieres decir que me has estado mintiendo durante todo este tiempo porque me querías?
La madre de Paula no quiso contestar.
—¿Adonde vas? ¿Qué vas a hacer?
—Voy a irme lo más lejos posible de aquí y pretendo empezar a vivir de verdad, porque hasta ahora tan sólo he estado viviendo para tí.
Paula se preparó para sentir aquel miedo que la invadía cuando enfadaba a su madre. Pero no lo sintió, era como si ya no le importara...
—¡Paula!, ¡te he hecho una pregunta! ¿Por qué no me dijiste que habías vuelto pronto del trabajo? Sabes lo nerviosa que me pone oír cualquier ruido extraño en la casa. Si con veintisiete años no has aprendido a ser un poco considerada no sé cuándo lo serás. Yo no tardaré mucho en morirme y entonces tú podrás hacer lo que se te antoje.
Paula apartó la mirada de la maleta que estaba llenando de ropa y miró fijamente a su madre, sus delicadas facciones. De repente, se fijó en cosas que nunca había visto en ella.
—¿Qué diablos te pasa? —volvió a hablar su madre—. ¿Por qué me miras así? ¿No te habrán echado del trabajo, no? —la voz de Alejandra se volvió más aguda.
—No me han echado, madre, me he ido yo. Me acabo de despedir.
Paula se acercó al armario lleno de ropa color pastel y de vestidos y faldas de volantes. Aquella ropa no le sentaba bien, le sentaba bien a su madre, que era muy bajita y rubia, pero cuando ella se la ponía parecía una colegiala.
Paula decidió que nunca más volvería a comprar nada que no le gustara y cerró la puerta del armario de un portazo.
—¿Cuántas veces te he dicho que no des portazos? —le preguntó su madre.
—No lo sé —dijo Paula— Pero ésta será la última vez que me lo tendrás que decir porque me marcho.
—¿Que te marchas? —Alejandra se puso la mano en el pecho y la miró estupefacta— Me siento...
Paula la miró incrédula.
—Se te ha pasado el momento, mamá, ya deberías haber interpretado tu personaje.
Paula se giró, abrió el cajón de la ropa interior y vació su contenido en la maleta. Después la cerró.
La madre de Paula la miraba muy sorprendida.
—¿Cómo puedes hablarle a sí a tu propia madre?
—¿Y tú cómo pudiste mentirle a tu propia hija? Tu medico me llamó al trabajo esta mañana y me pidió que pasara a verlo a la hora de comer. Fue una comida muy reveladora —Paula se estremeció al recordar la vergüenza que había pasado— Me habló de lo mucho que te estaba presionando. Me contó que le habías dicho que cuando tú quisiste buscar trabajo para llenar el hueco que sentías tras la muerte de papá, yo no te lo había permitido—Paula se entristeció al recordar a su padre— Y también me dijo que tu corazón está perfectamente.
—Probablemente le habrás malinterpretado —replicó su madre—. Sabes que no eres demasiado inteligente.
Paula no prestó atención a aquel insulto que su madre solía repetirle a menudo.
—Y cuando terminé de comer con él empecé a pensar en las muchas otras cosas en las que me habrías mentido, así que fui a ver al abogado que se encarga de administrar las pertenencias de papá.
—¡No tenías ningún derecho a hacer eso!
Los ojos de Paula se nublaron durante unos segundos. Estaba furiosa.
—Tengo todo el derecho ya que soy una de las herederas. He averiguado que papá no sólo no te dejó arruinada como tú dices sino que te dejó bastante dinero con el que mantenerte. Y también me dejó a mí el suficiente dinero como para terminar mis estudios.
Cerró la maleta y se dirigió a la puerta.
—¡Pero no puedes abandonarme! ¡Te quiero!
Paula se detuvo y miró a su madre.
—¿Quieres decir que me has estado mintiendo durante todo este tiempo porque me querías?
La madre de Paula no quiso contestar.
—¿Adonde vas? ¿Qué vas a hacer?
—Voy a irme lo más lejos posible de aquí y pretendo empezar a vivir de verdad, porque hasta ahora tan sólo he estado viviendo para tí.
Inesperado Amor: Sinopsis
En cuanto el doctor Pedro Alfonso la vió, quiso rescatar a aquella hermosa e inocente mujer y mantenerla a salvo.
Paula Chaves se encontraba en apuros económicos, por lo que aceptó la oferta de Pedro para ser su asistente temporal.
En poco tiempo, Pedro se dió cuenta de que su acuerdo sólo había sido una excusa para estar cerca de ella... y ahora no había vuelta atrás.
Alto y misterioso, Pedro escondía algo de su pasado. Paula lo sabía todo sobre demonios internos, y ahora quería saber algo del amor... y de Pedro. Por él estaba dispuesta a correr el riesgo.
La Impostora: Epílogo
Pau estaba tomando una copa de champán y suspiraba contenta. El sol brillaba, la gente a la que más quería estaba con ella en su jardín y el mundo era maravilloso.
¿O no? Otro vistazo alrededor le dijo que Pedro había desaparecido. Frunció el ceño preguntándose dónde habría ido. No podía creer que se hubiera encerrado en el estudio precisamente ese día.
Dejó la copa sobre la mesa y cruzó el jardín para ir a buscarlo.
—Todo ha salido muy bien, querida —dijo Ana y Pau sonrió a su suegra.
—Afortunadamente. Creí que los dos se pondrían a llorar como locos.
—Tonterías. Los niños están demasiado bien educados para hacer eso. Y Pedro estaba tan orgulloso que me han dado ganas de llorar —dijo Ana emocionada.
Pau lo estaba también.
—Los quiere mucho —replicó sencillamente y entonces supo dónde estaba su marido—. Perdona, Ana, tengo que entrar en casa un momento.
Dentro de la casa, subió las escaleras y se dirigió hacia la habitación de los niños, ahora decorada con los colores del arco iris. Se paró en la puerta con el corazón encogido por lo que vio.
Pedro estaba de pie en la habitación con una mano en cada cuna, mirando a sus hijos. A la izquierda, Nicolás dormía tranquilamente, pero a la derecha Matías estaba tan quieto que por un segundo se preguntó si había dejado de respirar. Cuando oyó su respiración, se quedó tranquila.
Aquélla era su familia y los tres eran preciosos para ella. Pedro y sus gemelos, que habían sido bautizados esa tarde. Era difícil creer que un año antes su matrimonio hubiera estado a punto de romperse.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo suavemente acercándose a él.
Le pasó una mano por la cintura y él la atrajo hacia sí. Pau sintió que su corazón se ensanchaba cuando miró a sus hijos.
—No podía dejar de mirarlos —admitió Pedro—. ¿Tú crees que saben cuánto los queremos?
—Si no lo saben, ya lo sabrán. Los vas a mimar mucho —bromeó ella, rozando su mejilla contra su hombro.
—Y tú dejarás que hagan todo lo que quieran —contestó él.
—Probablemente.
Pedro suspiró y luego empezó a reírse suavemente.
—Sabes que van a hacer lo que quieran de nosotros, ¿verdad?
—Intentarán engañarnos haciéndose pasar el uno por el otro —confirmó ella riendo sin remordimiento alguno por el recuerdo de que ella había hecho lo mismo.
El amor de Pedro había borrado sus sentimientos de culpa. El lazo entre ellos era ahora irrompible.
—Pero nosotros sí sabremos quién es quién.
—Pero no les vamos a decir por qué lo sabemos —dijo Pau pasándole los brazos por el cuello.
—Con un poco de suerte, no se enterarán y podremos controlarlos un poco.
—Eso es perverso, pero me gusta —susurró ella coqueta.
—Ya me lo imaginaba. Tienes una vena perversa debajo de ese dulce exterior.
—Pero tú me quieres de todas maneras.
Pedro inclinó la cabeza para rozar sus labios.
—Te quiero tanto que no me puedo imaginar la vida sin tí. Gracias por todo.
—No se merecen en absoluto.
Pedro miró a sus hijos.
— ¿Tú crees que les importará que bese a su madre?
—No lo sé. Pero a mí sí me importará si no lo haces.
Se miraron con todo el amor que sentían el uno por el otro.
—En ese caso, ven aquí —ordenó él roncamente.
Pau devolvió el beso y, en sus brazos, supo que por fin había encontrado su paraíso.
FIN
¿O no? Otro vistazo alrededor le dijo que Pedro había desaparecido. Frunció el ceño preguntándose dónde habría ido. No podía creer que se hubiera encerrado en el estudio precisamente ese día.
Dejó la copa sobre la mesa y cruzó el jardín para ir a buscarlo.
—Todo ha salido muy bien, querida —dijo Ana y Pau sonrió a su suegra.
—Afortunadamente. Creí que los dos se pondrían a llorar como locos.
—Tonterías. Los niños están demasiado bien educados para hacer eso. Y Pedro estaba tan orgulloso que me han dado ganas de llorar —dijo Ana emocionada.
Pau lo estaba también.
—Los quiere mucho —replicó sencillamente y entonces supo dónde estaba su marido—. Perdona, Ana, tengo que entrar en casa un momento.
Dentro de la casa, subió las escaleras y se dirigió hacia la habitación de los niños, ahora decorada con los colores del arco iris. Se paró en la puerta con el corazón encogido por lo que vio.
Pedro estaba de pie en la habitación con una mano en cada cuna, mirando a sus hijos. A la izquierda, Nicolás dormía tranquilamente, pero a la derecha Matías estaba tan quieto que por un segundo se preguntó si había dejado de respirar. Cuando oyó su respiración, se quedó tranquila.
Aquélla era su familia y los tres eran preciosos para ella. Pedro y sus gemelos, que habían sido bautizados esa tarde. Era difícil creer que un año antes su matrimonio hubiera estado a punto de romperse.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo suavemente acercándose a él.
Le pasó una mano por la cintura y él la atrajo hacia sí. Pau sintió que su corazón se ensanchaba cuando miró a sus hijos.
—No podía dejar de mirarlos —admitió Pedro—. ¿Tú crees que saben cuánto los queremos?
—Si no lo saben, ya lo sabrán. Los vas a mimar mucho —bromeó ella, rozando su mejilla contra su hombro.
—Y tú dejarás que hagan todo lo que quieran —contestó él.
—Probablemente.
Pedro suspiró y luego empezó a reírse suavemente.
—Sabes que van a hacer lo que quieran de nosotros, ¿verdad?
—Intentarán engañarnos haciéndose pasar el uno por el otro —confirmó ella riendo sin remordimiento alguno por el recuerdo de que ella había hecho lo mismo.
El amor de Pedro había borrado sus sentimientos de culpa. El lazo entre ellos era ahora irrompible.
—Pero nosotros sí sabremos quién es quién.
—Pero no les vamos a decir por qué lo sabemos —dijo Pau pasándole los brazos por el cuello.
—Con un poco de suerte, no se enterarán y podremos controlarlos un poco.
—Eso es perverso, pero me gusta —susurró ella coqueta.
—Ya me lo imaginaba. Tienes una vena perversa debajo de ese dulce exterior.
—Pero tú me quieres de todas maneras.
Pedro inclinó la cabeza para rozar sus labios.
—Te quiero tanto que no me puedo imaginar la vida sin tí. Gracias por todo.
—No se merecen en absoluto.
Pedro miró a sus hijos.
— ¿Tú crees que les importará que bese a su madre?
—No lo sé. Pero a mí sí me importará si no lo haces.
Se miraron con todo el amor que sentían el uno por el otro.
—En ese caso, ven aquí —ordenó él roncamente.
Pau devolvió el beso y, en sus brazos, supo que por fin había encontrado su paraíso.
FIN
La Impostora: Capítulo 84
—Lo seremos, te lo prometo. Dedicaré toda mi vida a intentarlo.
Pedro la besó con una solemnidad que le llegó al alma.
—Ven —susurró él, tomándola de la mano.
Se tumbaron en la alfombra y se acariciaron suave y lentamente. La pasión llegaría más tarde. Ahora necesitaban reafirmar la profundidad de sus sentimientos.
Para Pau era como volver a nacer. Se quitaron la ropa y con cada caricia se adoraron borrando los recuerdos amargos. Conocer su vulnerabilidad los hacía ser cuidadosos porque lo que compartían era algo tan hermoso que no tenía precio.
Esa vez reconstruyeron su amor sobre bases más sólidas, descubriendo un nuevo mundo de emociones. Y cuando la pasión empezó a despertarse, no se ahogaron en ella sino que la controlaron de forma que los llevara más alto de lo que lo había hecho nunca. Sólo entonces se convirtieron en uno solo, cabalgando la tormenta y sujetándose fuertemente uno al otro. Se dejaron ahogar por ella, murieron un poco y emergieron, limpios y purificados por el poder de su amor.
Más tarde, Pedro la miró a los ojos, acariciando suavemente con una mano el vientre de ella.
—Sabes que no hemos usado ninguna protección —bromeó él.
—No era una de mis preocupaciones —dijo suspirando—. No creo que pase nada.
— ¿Te importaría que pasara? —preguntó besándola en el cuello.
—No. Quiero tener hijos —contestó entrelazando sus dedos.
Él apoyó su cabeza en la de ella.
—Estupendo, porque hay una cosa que no te he dicho.
— ¿Ah, sí? —preguntó ella demasiado felíz, demasiado emocionada para hablar.
—En mi familia también hay gemelos.
— ¿En serio?
—Sí. Mi padre tenía un gemelo, pero murió hace años y tengo primos gemelos a los que aún no has conocido.
— ¿Gemelos idénticos?
Pedro sonrió.
—Como dos gotas de agua.
Ella calló unos segundos.
— ¿Y se llevan bien?
—Son inseparables.
—Eso debe de ser muy bonito —suspiró. Algo en su voz hizo que Pedro levantara la cabeza para mirarla.
— ¿Es que tú no lo sabes?
—Ya te dije que nunca me he llevado bien con mi hermana. Para Mica habría sido mejor que yo no existiera. Siempre me ha visto como una rival, alguien que se lleva la atención que ella quiere sólo para sí misma. Yo siempre quise compartir las cosas con ella, pero ella no quería.
—Lo siento mucho, cariño —Pedro dijo apretándola entre sus brazos—. Me alegro de haberme casado contigo y no con ella.
— ¿Aunque yo te engañara para ello?
—Pensándolo fríamente, a mi ego le sienta bien saber que harías cualquier cosa para conseguirme —dijo sonriendo.
— ¿Quieres decir que tú, un abogado, perdonas la mentira y la trampa?
—Sólo a tí. Si la mentira es para meterte en mi cama, puedes hacerlo cuando quieras.
— ¿Me está haciendo proposiciones deshonestas, señor letrado?
Los ojos miel brillaron y ella reconoció su amor.
— ¿Estaría interesada, señora letrada?
Pau entrecerró los ojos, coqueta.
— ¿Qué clase de trato me está ofreciendo?
—Lo siento, no hay trato. Esto es una cadena perpetua. ¿Cree que podrá soportarlo?
—Creo que tendré que declararme culpable.
— ¿De qué?
Pau acercó su cara a la de él hasta que sus labios se rozaron.
—De amor en primer grado —suspiró besándolo.
Pedro la besó con una solemnidad que le llegó al alma.
—Ven —susurró él, tomándola de la mano.
Se tumbaron en la alfombra y se acariciaron suave y lentamente. La pasión llegaría más tarde. Ahora necesitaban reafirmar la profundidad de sus sentimientos.
Para Pau era como volver a nacer. Se quitaron la ropa y con cada caricia se adoraron borrando los recuerdos amargos. Conocer su vulnerabilidad los hacía ser cuidadosos porque lo que compartían era algo tan hermoso que no tenía precio.
Esa vez reconstruyeron su amor sobre bases más sólidas, descubriendo un nuevo mundo de emociones. Y cuando la pasión empezó a despertarse, no se ahogaron en ella sino que la controlaron de forma que los llevara más alto de lo que lo había hecho nunca. Sólo entonces se convirtieron en uno solo, cabalgando la tormenta y sujetándose fuertemente uno al otro. Se dejaron ahogar por ella, murieron un poco y emergieron, limpios y purificados por el poder de su amor.
Más tarde, Pedro la miró a los ojos, acariciando suavemente con una mano el vientre de ella.
—Sabes que no hemos usado ninguna protección —bromeó él.
—No era una de mis preocupaciones —dijo suspirando—. No creo que pase nada.
— ¿Te importaría que pasara? —preguntó besándola en el cuello.
—No. Quiero tener hijos —contestó entrelazando sus dedos.
Él apoyó su cabeza en la de ella.
—Estupendo, porque hay una cosa que no te he dicho.
— ¿Ah, sí? —preguntó ella demasiado felíz, demasiado emocionada para hablar.
—En mi familia también hay gemelos.
— ¿En serio?
—Sí. Mi padre tenía un gemelo, pero murió hace años y tengo primos gemelos a los que aún no has conocido.
— ¿Gemelos idénticos?
Pedro sonrió.
—Como dos gotas de agua.
Ella calló unos segundos.
— ¿Y se llevan bien?
—Son inseparables.
—Eso debe de ser muy bonito —suspiró. Algo en su voz hizo que Pedro levantara la cabeza para mirarla.
— ¿Es que tú no lo sabes?
—Ya te dije que nunca me he llevado bien con mi hermana. Para Mica habría sido mejor que yo no existiera. Siempre me ha visto como una rival, alguien que se lleva la atención que ella quiere sólo para sí misma. Yo siempre quise compartir las cosas con ella, pero ella no quería.
—Lo siento mucho, cariño —Pedro dijo apretándola entre sus brazos—. Me alegro de haberme casado contigo y no con ella.
— ¿Aunque yo te engañara para ello?
—Pensándolo fríamente, a mi ego le sienta bien saber que harías cualquier cosa para conseguirme —dijo sonriendo.
— ¿Quieres decir que tú, un abogado, perdonas la mentira y la trampa?
—Sólo a tí. Si la mentira es para meterte en mi cama, puedes hacerlo cuando quieras.
— ¿Me está haciendo proposiciones deshonestas, señor letrado?
Los ojos miel brillaron y ella reconoció su amor.
— ¿Estaría interesada, señora letrada?
Pau entrecerró los ojos, coqueta.
— ¿Qué clase de trato me está ofreciendo?
—Lo siento, no hay trato. Esto es una cadena perpetua. ¿Cree que podrá soportarlo?
—Creo que tendré que declararme culpable.
— ¿De qué?
Pau acercó su cara a la de él hasta que sus labios se rozaron.
—De amor en primer grado —suspiró besándolo.
La Impostora: Capítulo 83
Pau se apoyó en los cojines mirándolo. Se imaginaba cuánto le habría costado decir esto. Tenía que ser la verdad porque era demasiado doloroso para ser otra cosa.
Había removido sus emociones y como si se tratara de alguien que despertara tras un largo sueño se dió cuenta de por qué lo hacía.
Se lo había contado no sólo porque ella merecía saberlo sino para intentar sacarla de su apatía, sabiendo muy bien que podía explotarle en la cara. No quería perderla y por eso había antepuesto sus emociones a las de él. Eso demostraba su valor.
—Es toda una historia —dijo, pensando en cómo dos personas supuestamente cuerdas podían haberse hecho aquello a sí mismas.
—Tenías que saberlo.
—Ahora que me lo has contado, ¿qué quieres de mí? —preguntó.
—Quiero que me perdones. Sé que no me lo merezco, créeme. No estoy orgulloso de mi comportamiento, pero necesito que me perdones, Pau, como yo debería haberte perdonado.
—No pides mucho, ¿no? —preguntó con una risa cansada.
— ¿Es demasiado pedir? —preguntó él roncamente.
—No lo sé —susurró ella con los ojos llenos de lágrimas que no dejaba rodar—. Me has hecho mucho daño. Lo que hice estuvo mal, pero lo hice por amor. Lo que tú hiciste... —no pudo seguir.
—No tienes que decírmelo. Por mi culpa has perdido a nuestro hijo y nunca me perdonaré por ello —dijo con una voz ahogada por el dolor.
De repente, se levantó y se dirigió hacia la ventana.
—Ya no me conozco, Pau —siguió—. No sabía que podía ser tan egoísta y tan cruel. ¿Cómo puedo pedirte que me perdones? ¿Cómo puedo pedirte que sigas queriéndome después de lo que he hecho? ¡He matado a nuestro hijo, por amor de Dios!
Angustiada, vió cómo agachaba la cabeza incapaz de soportar el dolor. Su propio dolor la ahogaba ahora. Él se estaba culpando de todo y no podía dejar que fuera así.
— ¿Pedro? —lo llamó con una voz entrecortada—. Ya te he perdonado.
— ¿Cómo puedes hacerlo?
—Porque te quiero —susurró casi sin voz.
Pedro se dio la vuelta y Pau pudo ver que estaba llorando. Sin dudarlo, se levantó y lo abrazó, apretándose contra él fuertemente.
—Pau, no —suplicó él intentando romper el abrazo.
—No voy a soltarte. No voy a dejar que te culpes a tí mismo. Los dos hemos cometido errores. Es culpa de los dos y nuestro niño... quizá ha sido el destino... —dijo sin poder evitar que, por fin, las lágrimas rodaran por su rostro.
Con un gemido, Pedro la rodeó con sus brazos, apretándola fuertemente, como si quisiera sacar de ella todo el dolor.
Pasó un largo rato y Pau sintió que la paz volvía a ella. Esperaba que las lágrimas de Pedro también hubieran lavado su dolor. Él suspiró.
—No sabía que podía sentir tanto dolor. Primero, la idea de perderte, después la muerte de nuestro hijo. Lloré aquella noche en tu cama como no había llorado desde que era un niño. Me dí cuenta de que lo había perdido todo a causa de mi orgullo.
Pau frotó la cara contra su camisa, húmeda por sus lágrimas.
—Ninguno de los dos ha salido sin heridas, Pedro. Culparnos no servirá de nada. Tendremos que llegar a un acuerdo, tendremos que perdonarnos uno al otro —propuso ella y Pedro inclinó la cara para mirarla.
— ¿Tú crees que va a ser tan fácil?
—No quiero pelearme contigo, Pedro, sólo quiero amarte.
—Yo también.
— ¿Entonces? —preguntó ella con la voz ronca.
— ¿Aquí, ahora? —preguntó él con una sonrisa que Pau devolvió.
— ¿Se te ocurre un lugar mejor?
Los dos estaban heridos y los dos habían llorado juntos. Ahora tenían que empezar a curarse.
— ¿Estás segura? No quiero hacerte más daño —susurró Pedro acariciando sus húmedas mejillas.
— ¿Me quieres, Pedro?
—Más que a mi vida —respondió él roncamente.
—Entonces no me harás daño, Pedro. Me lo hiciste, pero no volverás a hacerlo. Si no creyera eso, no podría amarte como lo hago. Has sido toda mi vida desde que te conocí y quiero que seamos felices.
Había removido sus emociones y como si se tratara de alguien que despertara tras un largo sueño se dió cuenta de por qué lo hacía.
Se lo había contado no sólo porque ella merecía saberlo sino para intentar sacarla de su apatía, sabiendo muy bien que podía explotarle en la cara. No quería perderla y por eso había antepuesto sus emociones a las de él. Eso demostraba su valor.
—Es toda una historia —dijo, pensando en cómo dos personas supuestamente cuerdas podían haberse hecho aquello a sí mismas.
—Tenías que saberlo.
—Ahora que me lo has contado, ¿qué quieres de mí? —preguntó.
—Quiero que me perdones. Sé que no me lo merezco, créeme. No estoy orgulloso de mi comportamiento, pero necesito que me perdones, Pau, como yo debería haberte perdonado.
—No pides mucho, ¿no? —preguntó con una risa cansada.
— ¿Es demasiado pedir? —preguntó él roncamente.
—No lo sé —susurró ella con los ojos llenos de lágrimas que no dejaba rodar—. Me has hecho mucho daño. Lo que hice estuvo mal, pero lo hice por amor. Lo que tú hiciste... —no pudo seguir.
—No tienes que decírmelo. Por mi culpa has perdido a nuestro hijo y nunca me perdonaré por ello —dijo con una voz ahogada por el dolor.
De repente, se levantó y se dirigió hacia la ventana.
—Ya no me conozco, Pau —siguió—. No sabía que podía ser tan egoísta y tan cruel. ¿Cómo puedo pedirte que me perdones? ¿Cómo puedo pedirte que sigas queriéndome después de lo que he hecho? ¡He matado a nuestro hijo, por amor de Dios!
Angustiada, vió cómo agachaba la cabeza incapaz de soportar el dolor. Su propio dolor la ahogaba ahora. Él se estaba culpando de todo y no podía dejar que fuera así.
— ¿Pedro? —lo llamó con una voz entrecortada—. Ya te he perdonado.
— ¿Cómo puedes hacerlo?
—Porque te quiero —susurró casi sin voz.
Pedro se dio la vuelta y Pau pudo ver que estaba llorando. Sin dudarlo, se levantó y lo abrazó, apretándose contra él fuertemente.
—Pau, no —suplicó él intentando romper el abrazo.
—No voy a soltarte. No voy a dejar que te culpes a tí mismo. Los dos hemos cometido errores. Es culpa de los dos y nuestro niño... quizá ha sido el destino... —dijo sin poder evitar que, por fin, las lágrimas rodaran por su rostro.
Con un gemido, Pedro la rodeó con sus brazos, apretándola fuertemente, como si quisiera sacar de ella todo el dolor.
Pasó un largo rato y Pau sintió que la paz volvía a ella. Esperaba que las lágrimas de Pedro también hubieran lavado su dolor. Él suspiró.
—No sabía que podía sentir tanto dolor. Primero, la idea de perderte, después la muerte de nuestro hijo. Lloré aquella noche en tu cama como no había llorado desde que era un niño. Me dí cuenta de que lo había perdido todo a causa de mi orgullo.
Pau frotó la cara contra su camisa, húmeda por sus lágrimas.
—Ninguno de los dos ha salido sin heridas, Pedro. Culparnos no servirá de nada. Tendremos que llegar a un acuerdo, tendremos que perdonarnos uno al otro —propuso ella y Pedro inclinó la cara para mirarla.
— ¿Tú crees que va a ser tan fácil?
—No quiero pelearme contigo, Pedro, sólo quiero amarte.
—Yo también.
— ¿Entonces? —preguntó ella con la voz ronca.
— ¿Aquí, ahora? —preguntó él con una sonrisa que Pau devolvió.
— ¿Se te ocurre un lugar mejor?
Los dos estaban heridos y los dos habían llorado juntos. Ahora tenían que empezar a curarse.
— ¿Estás segura? No quiero hacerte más daño —susurró Pedro acariciando sus húmedas mejillas.
— ¿Me quieres, Pedro?
—Más que a mi vida —respondió él roncamente.
—Entonces no me harás daño, Pedro. Me lo hiciste, pero no volverás a hacerlo. Si no creyera eso, no podría amarte como lo hago. Has sido toda mi vida desde que te conocí y quiero que seamos felices.
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