Era el hombre más lindo que había visto en toda su vida… O mejor, el más caballeroso, tenía los más lindos ojos castaños y la sonrisa más preciosa.
-¿Estás mejor?
Cuando Paula se levantó del tropiezo se deparó con los ojos más lindos que había visto en toda su vida, la sonrisa más encantadora de un hombre, o mejor, del príncipe encantado. La ayudó a levantarse y la sentó en un banco cerca de allí.
-Sí gracias, me mareé…
-Si, espérame. – entró en el barcito que estaba allí en la esquina y le trajo un vaso de agua no muy fría. – Espero te sientes mejor.
La verdad se sentía mejor, solo de verlo preocupado por ella, jamás en toda su vida había conocido un hombre así, si fuera otro, juraría que la había dejado en el suelo, por ser la responsable de haber tropezado en él.
-Si, muchas gracias.
-¿Quieres que te traiga algo para comer? Estás pálida. – era totalmente encantador, ella maneó la cabeza mirando hacia el suelo con un poquito de vergüenza. – Te puedo traer algo para comer, parece que no comiste en todo el día.
-No, no te preocupes… Estaba yendo a casa, la verdad me mareé después del susto, no pasa nada. – lo miró de reojo.
-Bueno, entonces te acompaño para que no te vuelvas a tropezar. – le extendió la mano para que se levantara del banco.
-Me encantaría.
Pau le dió la mano y en este momento sintió como su piel reaccionó con la suave mano de él, era gruesa como de alguien que había trabajado toda una vida en trabajos pesados, respiró hondo, una sensación rara invadió su corazón. El silenció invadió a los dos mientras caminaban, solo una pequeña sonrisa en los labios de Paula podía ser notada.
-Oye, muchas gracias de verdad. – dijo se deteniendo para verlo a la cara. – Si fuera otro jamás me había ayudado, la verdad me habían chingado y pateado mil veces. – los dos rieron. – Enserio, eres un caballero.
-Jaja, gracias, pero jamás haría eso con una payasita tan linda. – le sonrió levando sus manos para acariciarle la mejilla rosita.
-¡Dios! – ella se volteó dándole la espalda y a la misma vez riendo.
-¿Que pasó? – le preguntó él volteándose también para de nuevo mirarla.
-Ay que pena, se me había olvidado que estaba vestida así. – se miró a si misma. – Enserió jajaja.
-Jajaja, te ves linda. – le elogió acariciando de nuevo sus mejillas.
El corazón de Pau latía fuertísimo cuando sintió los dedos calientes de chavo sobre su mejilla, cerró los ojos por segundos y volvió a abrirlos rápidamente como si hubiera despertando de un sueño maravilloso.
-¿Trabajas en esto? – le preguntó él dejándola de acariciar.
-No… Bueno, la verdad hasta me gustaría, pero solamente fui jugar con las niñas del orfanato. - ¿Por qué no podía dejar de mirarlo?
-¡Que bonito!
-Si, son tan lindas, que si pudiera llevaría todas conmigo. Me encanta los niños. – Si, eso él ya sabía, en tan solo ver a sus ojos brillaren mientras hablaba de las pequeñitas del orfanato.
-Me imagino, eres muy dulce y tierna. – la miro fijamente, como si quisiera conocerla más aun con solo mirar a sus ojos de diamantes. - ¿Cómo te llamas? – le preguntó con curiosidad.
domingo, 11 de octubre de 2015
Dulces Sueños: Capítulo 1
Erase una vez…
No, no y no, no era una vez, fue solamente hace cinco años, o mejor dicho, casi seis… Y tampoco fue un cuento de hadas y jamás será, pero estoy segura de que tendrá un final feliz, muy feliz.
-Buenos días ¿Cómo están?
Les saludó una muchacha, que recién había entrado por la puerta principal. Las nenas ahí presentes quedaron de bocas abiertas al verla, tenía una ropa súper rosa con zapatos de cristales, los labios rojos como la sangre, el pelo de varios colores, la mejilla más rosa que de los payasos y la nariz era un corazón.
-Antes de presentarme, quiero saber el nombre de cada una de ustedes señoritas. – les regaló la más hermosa sonrisa, dulce y tierna.
-Yo primero, yo primero. – se levantó una chica preciosa, de pelo oscuro y tez blanca, su vocecita de niña apretó el corazón maduro de la muchacha. – Yo me llamo Penélope.
-Que lindo, me encanta. – se acercó a ella regalándole un balón.
-Y yo Fátima. – se levantó otra.
A cada chica que conocía en aquel momento, su corazón respondía con latidos fuertes, sus ojos brillaban más que diamantes, era como encontrar la verdadera felicidad, ver cada carita, cada sonrisa, cada ojito… Todo, era demasiado para ella.
-¿Y tu chiquita? – se acercó a una nena, preciosa, se agachó y levanto dulcemente su barbilla. - ¿Cómo te llamas?
-Ella no habla, es muda, pero se llama Jessica. – dijo Penélope.
Antes que pudiera ver los ojos de la nena, se desvió a ver Penélope, le dolió el corazón las palabras de la nena… De todas formas, volvió a mirarla y está vez pudo ver sus ojos, sus ojos color miel, que la hipnotizaron en aquel momento.
-Hola Jessy ¿Te gustaría un caramelo? – la nena le sonrió y la payasita rosa sacó del gran bolso un caramelito. – Espero te guste.
Se quedó de pie otra vez y volvió a animarse, viendo todas las chicas riéndose y felices, pero de todas formas, jamás podría olvidar la mirada de aquella pequeña, quedaría grabada en su corazón de por vida.
-Mm ¿Qué tal están los dulces? – preguntó ella.
-Ricos. – contestó todas a la vez, haciendo un gran alborozo.
-¿Como te llamas? – preguntó una de las nenas.
-¿Que tal si jugamos de adivinar? Les doy dos pistas ¿Va?
-Sí. – gritaron todas a la misma vez.
Pero ella solo tenía ojos para la nena que estaba sentada al fondo de la sala, no sabia porque, pero era como si la hubiera conocido desde hace mucho tiempo, como si ya hubiera visto esos ojos tan lindos ¿Dónde?
-Soy hecha de un fruto riquísimo, que seguro a todas les gustan. – mordió el labio inferior, esperando una respuesta, pero ninguna dijo nada. – Hay de varios colores.
-Ya sé… chocolates. – manifesto Fátima.
-No, chocolate no es. – dijo su amiga que estaba sentada al lado. – Yo creo que es Helado.
-No, no es helado niña. – dijo la directora que había llevado a la muchacha hasta ahí.
-Bueno, otra pista les doy. – les guiño un ojos sonriendo. – Será el postre de hoy.
-Ahhhhhhh, candyyyys. – gritaron todas a la misma vez yendo en dirección a ella para abrazarla.
-Jajaja, si… así es. – como era lindo compartir un momento con los chicos ¿Por qué no lo hubiera hecho antes?
Se quedó un buen rato con las nenas, comiendo caramelos, chocolates y riendo como si fuera una de ellas, los juegos de niñas, las muñecas, todo, completamente todo solo la hacia recordar de una sola persona… Cuando por fin había agotado a todas las nenas, se fue a hablar con la directora, riéndose entró a su despacho.
-Son todas encantadoras Victoria. – dijo ella, suspirando. – Si fuera por mí, estaría todo el día con ellas.
-Si, mis nenas son todas muy lindas y muy traviesas. – se rió sentándose en su silla.
-Gracias por dejarme estar con ellas un poco, no te imaginas como alegraste a mi corazón. – le sonrió. – Oye ¿Por qué no habla Jessica?
Antes de escuchar la respuesta, se sentó en la silla frente al escritorio de Victoria, su sonrisa se borró al recordar de la nena de ojos impactantes y brillantes, pero muy tristes a la vez…
-Jessica llegó aquí hace solamente dos años, es la más nueva de las chicas y fue la ultima que llegó acá. – respiró hondo. – Ya no llegan más chicos como antes.
-Si, me imagino. – bajó la mirada triste. - ¿Pero que le pasó?
-La verdad no sabemos, ella no tiene ningún, le revisó varios médicos y especialista, ella llego hablando, pero n decía cosas con cosas, solo lo que sabemos es que se llama Jessica y que sus padres la abandonaron cuando tenia tres añitos.
-No entiendo como pueden hacer esto. – se levantó dándole la espalda. – No tengo cabeza para imaginar una madre dejando a su propio hijo, una parte de si, sangre de su sangre, me cuesta aceptar de verdad.
-Si Paula, es la realidad, pero no debemos juzgar a nadie, porque no sabemos lo que de verdad pasó, no sabemos si esta familia estaba pasando por dificultades, por problemas financieros o hasta problemas de salud… - se levantó y se acercó a ella. – Son tantas opciones, jamás podremos saber lo que de verdad hay atrás de cada historia de cada chica.
Paula no dijo nada, solamente quedó mirando hacia el horizonte… Respiró hondo y se volteo mirando a Victoria con una sonrisa no muy adorable.
-¿Podré volver mañana? – le preguntó con una carita de niña.
-Claro Pau, todo que hace feliz a mis pequeñas… Es todo bienvenido.
-Muchas gracias. – la abrazó. – Ahora me tengo que ir, pero estaré mañana acá.
Su sonrisa era verdaderamente hermosa, se fue contenta del orfanato, ni siquiera le importó salir por las calles llenas de la capital así como estaba vestida, con el pelo de todos los colores, con los labios pintado de rojo sangre, las mejillas llenas de corazones… Lo único que le importaba ahora, era que estaba feliz.
Cerró los ojos para sentir el aire sobre su cara, le quedaba un poco lejos su casa ¿Pero que le importaba? No hacia falta un taxi, tenía piernas para caminar y el día maravilloso ayudaría. Venía totalmente distraída, cantando alegremente, cuando de repente se tropezó en alguien y se dejó caerse sobre él.
No, no y no, no era una vez, fue solamente hace cinco años, o mejor dicho, casi seis… Y tampoco fue un cuento de hadas y jamás será, pero estoy segura de que tendrá un final feliz, muy feliz.
-Buenos días ¿Cómo están?
Les saludó una muchacha, que recién había entrado por la puerta principal. Las nenas ahí presentes quedaron de bocas abiertas al verla, tenía una ropa súper rosa con zapatos de cristales, los labios rojos como la sangre, el pelo de varios colores, la mejilla más rosa que de los payasos y la nariz era un corazón.
-Antes de presentarme, quiero saber el nombre de cada una de ustedes señoritas. – les regaló la más hermosa sonrisa, dulce y tierna.
-Yo primero, yo primero. – se levantó una chica preciosa, de pelo oscuro y tez blanca, su vocecita de niña apretó el corazón maduro de la muchacha. – Yo me llamo Penélope.
-Que lindo, me encanta. – se acercó a ella regalándole un balón.
-Y yo Fátima. – se levantó otra.
A cada chica que conocía en aquel momento, su corazón respondía con latidos fuertes, sus ojos brillaban más que diamantes, era como encontrar la verdadera felicidad, ver cada carita, cada sonrisa, cada ojito… Todo, era demasiado para ella.
-¿Y tu chiquita? – se acercó a una nena, preciosa, se agachó y levanto dulcemente su barbilla. - ¿Cómo te llamas?
-Ella no habla, es muda, pero se llama Jessica. – dijo Penélope.
Antes que pudiera ver los ojos de la nena, se desvió a ver Penélope, le dolió el corazón las palabras de la nena… De todas formas, volvió a mirarla y está vez pudo ver sus ojos, sus ojos color miel, que la hipnotizaron en aquel momento.
-Hola Jessy ¿Te gustaría un caramelo? – la nena le sonrió y la payasita rosa sacó del gran bolso un caramelito. – Espero te guste.
Se quedó de pie otra vez y volvió a animarse, viendo todas las chicas riéndose y felices, pero de todas formas, jamás podría olvidar la mirada de aquella pequeña, quedaría grabada en su corazón de por vida.
-Mm ¿Qué tal están los dulces? – preguntó ella.
-Ricos. – contestó todas a la vez, haciendo un gran alborozo.
-¿Como te llamas? – preguntó una de las nenas.
-¿Que tal si jugamos de adivinar? Les doy dos pistas ¿Va?
-Sí. – gritaron todas a la misma vez.
Pero ella solo tenía ojos para la nena que estaba sentada al fondo de la sala, no sabia porque, pero era como si la hubiera conocido desde hace mucho tiempo, como si ya hubiera visto esos ojos tan lindos ¿Dónde?
-Soy hecha de un fruto riquísimo, que seguro a todas les gustan. – mordió el labio inferior, esperando una respuesta, pero ninguna dijo nada. – Hay de varios colores.
-Ya sé… chocolates. – manifesto Fátima.
-No, chocolate no es. – dijo su amiga que estaba sentada al lado. – Yo creo que es Helado.
-No, no es helado niña. – dijo la directora que había llevado a la muchacha hasta ahí.
-Bueno, otra pista les doy. – les guiño un ojos sonriendo. – Será el postre de hoy.
-Ahhhhhhh, candyyyys. – gritaron todas a la misma vez yendo en dirección a ella para abrazarla.
-Jajaja, si… así es. – como era lindo compartir un momento con los chicos ¿Por qué no lo hubiera hecho antes?
Se quedó un buen rato con las nenas, comiendo caramelos, chocolates y riendo como si fuera una de ellas, los juegos de niñas, las muñecas, todo, completamente todo solo la hacia recordar de una sola persona… Cuando por fin había agotado a todas las nenas, se fue a hablar con la directora, riéndose entró a su despacho.
-Son todas encantadoras Victoria. – dijo ella, suspirando. – Si fuera por mí, estaría todo el día con ellas.
-Si, mis nenas son todas muy lindas y muy traviesas. – se rió sentándose en su silla.
-Gracias por dejarme estar con ellas un poco, no te imaginas como alegraste a mi corazón. – le sonrió. – Oye ¿Por qué no habla Jessica?
Antes de escuchar la respuesta, se sentó en la silla frente al escritorio de Victoria, su sonrisa se borró al recordar de la nena de ojos impactantes y brillantes, pero muy tristes a la vez…
-Jessica llegó aquí hace solamente dos años, es la más nueva de las chicas y fue la ultima que llegó acá. – respiró hondo. – Ya no llegan más chicos como antes.
-Si, me imagino. – bajó la mirada triste. - ¿Pero que le pasó?
-La verdad no sabemos, ella no tiene ningún, le revisó varios médicos y especialista, ella llego hablando, pero n decía cosas con cosas, solo lo que sabemos es que se llama Jessica y que sus padres la abandonaron cuando tenia tres añitos.
-No entiendo como pueden hacer esto. – se levantó dándole la espalda. – No tengo cabeza para imaginar una madre dejando a su propio hijo, una parte de si, sangre de su sangre, me cuesta aceptar de verdad.
-Si Paula, es la realidad, pero no debemos juzgar a nadie, porque no sabemos lo que de verdad pasó, no sabemos si esta familia estaba pasando por dificultades, por problemas financieros o hasta problemas de salud… - se levantó y se acercó a ella. – Son tantas opciones, jamás podremos saber lo que de verdad hay atrás de cada historia de cada chica.
Paula no dijo nada, solamente quedó mirando hacia el horizonte… Respiró hondo y se volteo mirando a Victoria con una sonrisa no muy adorable.
-¿Podré volver mañana? – le preguntó con una carita de niña.
-Claro Pau, todo que hace feliz a mis pequeñas… Es todo bienvenido.
-Muchas gracias. – la abrazó. – Ahora me tengo que ir, pero estaré mañana acá.
Su sonrisa era verdaderamente hermosa, se fue contenta del orfanato, ni siquiera le importó salir por las calles llenas de la capital así como estaba vestida, con el pelo de todos los colores, con los labios pintado de rojo sangre, las mejillas llenas de corazones… Lo único que le importaba ahora, era que estaba feliz.
Cerró los ojos para sentir el aire sobre su cara, le quedaba un poco lejos su casa ¿Pero que le importaba? No hacia falta un taxi, tenía piernas para caminar y el día maravilloso ayudaría. Venía totalmente distraída, cantando alegremente, cuando de repente se tropezó en alguien y se dejó caerse sobre él.
Dulces Sueños: Sinopsis
¿Qué para tí es lo más importante en la vida?
¿Y que serías capaz de hacer para tener la verdadera felicidad al lado de lo que siempre soñaste? ¿De lo que siempre quisiste?
Ella busca las respuestas para estas y otras miles de preguntas que hay en su cabeza, en su corazón y en su alma…
Paula había perdido al amor de su vida en un trágico accidente, que por mucho tiempo culpo a sus padres por ser los verdaderos culpables… Jamás aceptaron su romance con Carlos, porque aparte de ser pobre había algo en su familia que sus padres jamás aceptarían.
Años después se ve obligaba a buscar lo que sus padres le habían negado, por la cual toda la noche lloró, todas las mañanas se entristeció y en cada fiesta no apareció.
Carlos la había dejado algo más que especial, algo que Paula no pudo disfrutar, no pudo amar, ni siquiera pudo ver… Solamente sentir y sentir de lejos, porque nadie la dejo vivir y ser feliz con quien había soñado, con quien había planeado una nueva vida feliz y linda… por quien había jurado jamás llorar y dejar engañarse.
Ahora que había vuelto a su país, los recuerdos volvieron aún más fuertes, más deseos, y más tristes… Pero un grupo de niños la ayudará a salir de lo más obscuro para encontrar la luz, la luz del sol y el amor… el gran y verdadero amor.
¿Y que serías capaz de hacer para tener la verdadera felicidad al lado de lo que siempre soñaste? ¿De lo que siempre quisiste?
Ella busca las respuestas para estas y otras miles de preguntas que hay en su cabeza, en su corazón y en su alma…
Paula había perdido al amor de su vida en un trágico accidente, que por mucho tiempo culpo a sus padres por ser los verdaderos culpables… Jamás aceptaron su romance con Carlos, porque aparte de ser pobre había algo en su familia que sus padres jamás aceptarían.
Años después se ve obligaba a buscar lo que sus padres le habían negado, por la cual toda la noche lloró, todas las mañanas se entristeció y en cada fiesta no apareció.
Carlos la había dejado algo más que especial, algo que Paula no pudo disfrutar, no pudo amar, ni siquiera pudo ver… Solamente sentir y sentir de lejos, porque nadie la dejo vivir y ser feliz con quien había soñado, con quien había planeado una nueva vida feliz y linda… por quien había jurado jamás llorar y dejar engañarse.
Ahora que había vuelto a su país, los recuerdos volvieron aún más fuertes, más deseos, y más tristes… Pero un grupo de niños la ayudará a salir de lo más obscuro para encontrar la luz, la luz del sol y el amor… el gran y verdadero amor.
lunes, 5 de octubre de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Epílogo
Era una cálida noche de verano, con el cielo completamente despejado. Eran más de las siete y todavía no se había puesto el sol. Al fin y al cabo, estaban en Seattle, una ciudad famosa por sus interminables tardes de verano.
Eran cerca de trescientas las personas reunidas en el jardín. El olor de las rosas y los jazmines impregnaba el aire. A la izquierda, una pequeña orquesta tocaba suavemente mientras la abuela del novio se sentaba.
—Arturo está muy elegante —dijo Federico mientras recorría con Gloria el pasillo que habían dejado entre los asientos.
—No te hagas el gracioso—replicó Gloria, ligeramente avergonzada por estar saliendo con un hombre a su edad.
Llevaba tres meses saliendo con Arturo y había decidido invitarle a la boda.
—No me estoy haciendo el gracioso. Además, ni siquiera nos has contado si estáis teniendo relaciones sexuales. Se nos haría demasiado extraño.
—Yo tuve que enterarme de tus habilidades sexuales por los periódicos. Creo que sería una buena venganza.
Federico sonrió de oreja a oreja.
—De acuerdo, habla si quieres, pero no me va a gustar.
—Creo que podré soportarlo.
Llegaron al banco en el que tenía que sentarse Gloria. Allí le estaba esperando Arthur, un empresario ocho años más joven que ella. Cuando Gloria se sentó, Federico se inclinó y le dió un beso en la mejilla.
—Estás muy atractiva.
Gloria apartó bruscamente el brazo, pero sonrió.
Paula esperaba en el salón de la familia Schulz, mirando a través de las persianas.
—Me temo que Clara se va a llevar una gran decepción con las luces. Hay demasiada luz todavía y no resaltan casi.
—Ya lo harán más tarde —dijo Malena mientras se ajustaba el vestido de dama de honor—. ¿Se me ve muy gorda? Me parece increíble estar preguntando una cosa así. Pero qué me dices, ¿estoy bien?
Paula le sonrió a su cuñada. A pesar de que Malena y Federico pretendían casarse después de que lo hicieran Agustín y Clara, un embarazo inesperado les había enviado a Las Vegas un mes atrás. Se habían casado casi en secreto y estaban en aquel momento preparándose para ir a vivir con Gloria. Como los recién casados no tenían ningún problema de dinero, la única razón que podían tener eran las ganas de vivir con aquella anciana. Desde luego, Lori era una mujer muy valiente, pensó Paula con una sonrisa.
—Estás preciosa —le dijo Paula—. El estilo del vestido disimula completamente la barriga.
—¿Han visto los canapés? —preguntó Sofía, que entraba en ese momento en la habitación—. No estoy segura de que el salmón esté suficientemente fresco. ¿A tí qué te parece?
Matías apareció en ese momento al lado de su esposa y le dió un beso.
—Respira hondo —le pidió—. Estás preciosa.
—La verdad es que cuando vi estos vestidos me asusté —admitió Sofía—. Pero ahora me gustan.
Carmen también entró en el salón.
—¿Ya está todo el mundo preparado? Es la hora.
Paula observó a su futura suegra maravillada por su capacidad para enfrentarse a algo tan complicado como una boda de la familia Chaves.
Pedro se acercó en aquel momento a Paula y le dió un beso en el cuello.
—¿Estás tomando notas para nuestra boda?
—En realidad ya está casi todo planeado —le recordó Paula.
Ya habían fijado una fecha para la boda, aunque estaban planeando una ceremonia mucho más sencilla que aquélla. Sería una ceremonia familiar y Sofía se encargaría del catering. Paula no era tan valiente como Clara. Prefería poner a una amiga y cuñada a cargo de aquella tarea a arriesgarse a recibir quejas.
—¿Querrás lucecitas en tu boda? —le preguntó Pedro en voz susurrante.
—Por supuesto. Me encantan. Y creo que dejaré que sean sólo tus hermanas las damas de honor. Así no habrá ninguna discusión sobre los vestidos. Deberías habernos oído a las cuatro en la tienda de novias.
Sonrió al decirlo, recordando la tarde de discusiones, chocolate y champán. Al final, estaban tan achispadas que ni siquiera se acordaban de lo que habían acordado y, cuando habían llegado los vestidos de color rosa, se habían quedado todas estupefactas.
—¿Te he dicho ya cuánto te quiero? —le preguntó Pedro.
Paula le sonrió.
—Creo que me lo has comentado en alguna ocasión. Aunque ahora no lo recuerdo bien…
Pedro la besó.
—Te quiero. Y siempre te querré.
—Estupendo, porque pienso recordártelo.
—¿Eso es un desafío? Porque me encantan los desafíos.
Carmen alzó las manos.
—Muy bien, ahora, formen las parejas. Que todo el mundo se prepare. En cuanto la música cambie… ¡Ahora!
Abrió las puertas del salón que daban al jardín. La orquesta estaba interpretando una melodía romántica. Matías y Sofía fueron los primeros en salir. Malena y Federico les siguieron. Paula miró a la novia y sonrió, después agarró a Pedro del brazo. Carmen les hizo un gesto para que se detuvieran antes de comenzar a cruzar el pasillo.
Se inclinó hacia ellos y susurró:
—No se lo digan a nadie, pero son mi pareja favorita.
—Y la mía también —contestó Pedro, antes de salir junto a Paula hacia el sol de la tarde.
FIN
Eran cerca de trescientas las personas reunidas en el jardín. El olor de las rosas y los jazmines impregnaba el aire. A la izquierda, una pequeña orquesta tocaba suavemente mientras la abuela del novio se sentaba.
—Arturo está muy elegante —dijo Federico mientras recorría con Gloria el pasillo que habían dejado entre los asientos.
—No te hagas el gracioso—replicó Gloria, ligeramente avergonzada por estar saliendo con un hombre a su edad.
Llevaba tres meses saliendo con Arturo y había decidido invitarle a la boda.
—No me estoy haciendo el gracioso. Además, ni siquiera nos has contado si estáis teniendo relaciones sexuales. Se nos haría demasiado extraño.
—Yo tuve que enterarme de tus habilidades sexuales por los periódicos. Creo que sería una buena venganza.
Federico sonrió de oreja a oreja.
—De acuerdo, habla si quieres, pero no me va a gustar.
—Creo que podré soportarlo.
Llegaron al banco en el que tenía que sentarse Gloria. Allí le estaba esperando Arthur, un empresario ocho años más joven que ella. Cuando Gloria se sentó, Federico se inclinó y le dió un beso en la mejilla.
—Estás muy atractiva.
Gloria apartó bruscamente el brazo, pero sonrió.
Paula esperaba en el salón de la familia Schulz, mirando a través de las persianas.
—Me temo que Clara se va a llevar una gran decepción con las luces. Hay demasiada luz todavía y no resaltan casi.
—Ya lo harán más tarde —dijo Malena mientras se ajustaba el vestido de dama de honor—. ¿Se me ve muy gorda? Me parece increíble estar preguntando una cosa así. Pero qué me dices, ¿estoy bien?
Paula le sonrió a su cuñada. A pesar de que Malena y Federico pretendían casarse después de que lo hicieran Agustín y Clara, un embarazo inesperado les había enviado a Las Vegas un mes atrás. Se habían casado casi en secreto y estaban en aquel momento preparándose para ir a vivir con Gloria. Como los recién casados no tenían ningún problema de dinero, la única razón que podían tener eran las ganas de vivir con aquella anciana. Desde luego, Lori era una mujer muy valiente, pensó Paula con una sonrisa.
—Estás preciosa —le dijo Paula—. El estilo del vestido disimula completamente la barriga.
—¿Han visto los canapés? —preguntó Sofía, que entraba en ese momento en la habitación—. No estoy segura de que el salmón esté suficientemente fresco. ¿A tí qué te parece?
Matías apareció en ese momento al lado de su esposa y le dió un beso.
—Respira hondo —le pidió—. Estás preciosa.
—La verdad es que cuando vi estos vestidos me asusté —admitió Sofía—. Pero ahora me gustan.
Carmen también entró en el salón.
—¿Ya está todo el mundo preparado? Es la hora.
Paula observó a su futura suegra maravillada por su capacidad para enfrentarse a algo tan complicado como una boda de la familia Chaves.
Pedro se acercó en aquel momento a Paula y le dió un beso en el cuello.
—¿Estás tomando notas para nuestra boda?
—En realidad ya está casi todo planeado —le recordó Paula.
Ya habían fijado una fecha para la boda, aunque estaban planeando una ceremonia mucho más sencilla que aquélla. Sería una ceremonia familiar y Sofía se encargaría del catering. Paula no era tan valiente como Clara. Prefería poner a una amiga y cuñada a cargo de aquella tarea a arriesgarse a recibir quejas.
—¿Querrás lucecitas en tu boda? —le preguntó Pedro en voz susurrante.
—Por supuesto. Me encantan. Y creo que dejaré que sean sólo tus hermanas las damas de honor. Así no habrá ninguna discusión sobre los vestidos. Deberías habernos oído a las cuatro en la tienda de novias.
Sonrió al decirlo, recordando la tarde de discusiones, chocolate y champán. Al final, estaban tan achispadas que ni siquiera se acordaban de lo que habían acordado y, cuando habían llegado los vestidos de color rosa, se habían quedado todas estupefactas.
—¿Te he dicho ya cuánto te quiero? —le preguntó Pedro.
Paula le sonrió.
—Creo que me lo has comentado en alguna ocasión. Aunque ahora no lo recuerdo bien…
Pedro la besó.
—Te quiero. Y siempre te querré.
—Estupendo, porque pienso recordártelo.
—¿Eso es un desafío? Porque me encantan los desafíos.
Carmen alzó las manos.
—Muy bien, ahora, formen las parejas. Que todo el mundo se prepare. En cuanto la música cambie… ¡Ahora!
Abrió las puertas del salón que daban al jardín. La orquesta estaba interpretando una melodía romántica. Matías y Sofía fueron los primeros en salir. Malena y Federico les siguieron. Paula miró a la novia y sonrió, después agarró a Pedro del brazo. Carmen les hizo un gesto para que se detuvieran antes de comenzar a cruzar el pasillo.
Se inclinó hacia ellos y susurró:
—No se lo digan a nadie, pero son mi pareja favorita.
—Y la mía también —contestó Pedro, antes de salir junto a Paula hacia el sol de la tarde.
FIN
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 91
Paula se levantó y se volvió hacia la persona que acababa de hablar. Era Pedro. Estaba en el marco de la puerta de su dormitorio.
El corazón comenzó a latirle violentamente. El resto de su cuerpo suspiraba de anhelo, como si cada una de sus células hubiera estado esperándolo. Ignoró aquella traición biológica y alzó la barbilla.
—No tengo miedo.
—Claro que sí. Has estado luchando durante toda tu vida y has recibido golpes muy duros. Has estado luchando con Gloria durante muchos años —miró enfadado a la anciana—. No pretendo ofenderla.
—Decidiré si debo sentirme ofendida o no cuando vea dónde acaba todo esto.
Pedro se volvió hacia Paula.
—Le entregaste a Martín todo lo que tenías y él te dejó. Ryan fue incluso peor, porque lo tenía todo planeado. Marcos era… —se encogió de hombros—. En realidad, no sé lo que era Marcos.
—Un tipo muy religioso —musitó Paula, sin estar muy segura de qué pensar de las palabras de Pedro.
—Te has quemado muchas veces y ahora tienes miedo de acercarte al fuego. Por eso tenías tanto miedo de que estuviéramos juntos. Quizá no conscientemente. Después, descubriste que estabas haciendo sufrir a Katherine, y eso era lo último que pretendías. La respetas y no querías hacerle pasar por una situación difícil. Estabas en una situación muy complicada para tí. Te arrojaron de pronto a la arena política, en la que no sabías cómo desenvolverte y, después, el ataque de Luisa fue la gota que rebasó el vaso. Tiene sentido.
—Gracias por la recapitulación —musitó Paula, comprendiendo que Pedro podía tener razón—. Y ahora, ¿te importaría decirme qué estás haciendo aquí?
Pedro avanzó hacia el interior del dormitorio.
—Luchar por tí. Estoy asegurándome de que no hagas algo de lo que te arrepentirás durante el resto de tu vida. Quiero asegurarme de que no te alejes de mí.
—Desde luego, siempre has tenido una gran confianza en ti mismo.
—En realidad no, pero nunca he estado tan seguro de algo como ahora. Sé que tenemos que estar juntos, Paula. No puedes marcharte. Tú perteneces a este lugar.
Ojalá pudiera quedarse, pensó Paula. Ella le amaba, le necesitaba, le deseaba. Para ella nunca habría otro hombre. Estar con Pedro le había servido para comprender la devoción de Katherine por Miguel.
—Hay algunas complicaciones…
—No tantas como crees —dijo Carmen mientras entraba junto a su hijo en el dormitorio, seguida por los hermanos de Paula.
Paula se encontró de pronto acorralada, rodeada por gran parte de su familia.
—¿Qué está pasando aquí?
—Hemos decidido crear un frente común —le explicó Pedro—. Ha sido idea mía. Ya me darás las gracias más adelante.
—No entiendo nada…
—No vamos a dejar que te vayas —le aclaró Matías, y sonrió—. Por supuesto, no pienses que te estoy amenazando ni nada parecido.
—Vaya, me alegro —musitó Paula.
—Tú perteneces a esta familia —dijo Agustín—. Tienes que estar con nosotros. Y a lo mejor también con este tipo —señaló a Pedro con la cabeza—. A mí me parece bastante decente.
—Sí, a mí también me gusta —intervino entonces Federico —. Y creo que tiene muy buen gusto.
—Pero ¿y todo lo que te he hecho sufrir? —Paula miró a Carmen y después a Miguel—. Le he hecho mucho daño a tu campaña.
Miguel, tan atractivo y elegante como siempre, le pasó el brazo por los hombros a su esposa.
—He renunciado a esa carrera. Éste no es un buen momento para presentarme a unas elecciones. Mi oficina de prensa está redactando ya el comunicado en el que anuncio mi renuncia.
Paula necesitaba sentarse. Todo estaba ocurriendo tan rápido…
—Pero tú querías ser presidente. Ese era tu sueño…
—Algunas cosas tienen un precio excesivo —miró a Pedro—. ¿Podemos hablar después?
—Por supuesto —contestó Pedro, y se volvió hacia Paula—. Te estás quedando sin excusas.
La mente de Paula corría a toda velocidad. Si Miguel ya no quería ser presidente, la prensa dejaría de preocuparse de ella, o de cualquiera de su familia. Y si la prensa dejaba de acosarla, su vida podría volver a la normalidad.
Pedro sacó entonces una cajita de terciopelo del bolsillo de su chaqueta. Paula se quedó de piedra.
Lo primero que pensó fue que iba a proponerle matrimonio. Lo segundo que eso significaba que la amaba, lo cual le provocó unas ganas incontenibles de bailar. Y lo tercero que hizo fue preguntarse cómo iba a declararse Pedro delante de toda su familia.
Su último pensamiento fue que estaba deseando decirle que sí.
—Oh, cariño —dijo Carmen, posando la mano en el brazo de su hijo—. Debería haberte localizado antes. Tengo algo que decirte.
Pedro la miró.
—Mamá, creo que éste no es el momento.
—Lo sé, pero tengo que decirlo ahora. Será muy rápido —buscó en bolsillo y sacó una sortija con un diamante—. Si prefieres el que tú has comprado, lo comprenderé —le tendió la sortija—. Éste era de mi abuela. No sé cómo no se me ocurrió antes, con Sil… —se aclaró la garganta—. En cualquier caso, lo he visto esta mañana y he pensado…
Pedro se quedó mirando la sortija de hito en hito. Paula sabía exactamente lo que estaba pensando. Que la sortija debería permanecer en la familia y que, hasta ese momento, él no había sido realmente uno de ellos. Reconoció los sentimientos que cruzaban su rostro porque ella había sentido lo mismo respecto a sus hermanos. Aquella sensación de pertenencia y distanciamiento al mismo tiempo.
¿Sería ésa la conexión que tenía con Pedro? ¿El haber sabido al igual que él lo que era sentirse un extraño? ¿El que ambos estuvieran buscando un lugar en el que sentirse realmente seguros?
Se acercó hacia él.
—Quiero ser tu mujer —le dijo, sin importarle que la habitación estuviera abarrotada de gente—. Quiero ser ese lugar seguro al que puedas acudir en cualquier circunstancia.
—Me estás pisando mi discurso.
—¿Tenías un discurso preparado?
—Iba a decirte que te quiero más de lo que nunca he querido a nadie. Que eres la única mujer con la que quiero estar. Que cuando estoy contigo, siento que de verdad pertenezco a otro lugar. Te quiero, Paula.
—Todo el mundo hacia atrás —susurró Gloria. Tenemos que darle espacio a este chico para que se arrodille. Porque te vas a arrodillar, ¿verdad?
Pedro sonrió.
—Siempre tiene que ser así, ¿verdad?
Paula miró a su alrededor, miró a todas aquellas personas que la querían y al único hombre con el que podía ser feliz.
—Creo que no nos vamos a poder librar.
—¿Y te parece bien?
—Creo que es lo mejor.
El corazón comenzó a latirle violentamente. El resto de su cuerpo suspiraba de anhelo, como si cada una de sus células hubiera estado esperándolo. Ignoró aquella traición biológica y alzó la barbilla.
—No tengo miedo.
—Claro que sí. Has estado luchando durante toda tu vida y has recibido golpes muy duros. Has estado luchando con Gloria durante muchos años —miró enfadado a la anciana—. No pretendo ofenderla.
—Decidiré si debo sentirme ofendida o no cuando vea dónde acaba todo esto.
Pedro se volvió hacia Paula.
—Le entregaste a Martín todo lo que tenías y él te dejó. Ryan fue incluso peor, porque lo tenía todo planeado. Marcos era… —se encogió de hombros—. En realidad, no sé lo que era Marcos.
—Un tipo muy religioso —musitó Paula, sin estar muy segura de qué pensar de las palabras de Pedro.
—Te has quemado muchas veces y ahora tienes miedo de acercarte al fuego. Por eso tenías tanto miedo de que estuviéramos juntos. Quizá no conscientemente. Después, descubriste que estabas haciendo sufrir a Katherine, y eso era lo último que pretendías. La respetas y no querías hacerle pasar por una situación difícil. Estabas en una situación muy complicada para tí. Te arrojaron de pronto a la arena política, en la que no sabías cómo desenvolverte y, después, el ataque de Luisa fue la gota que rebasó el vaso. Tiene sentido.
—Gracias por la recapitulación —musitó Paula, comprendiendo que Pedro podía tener razón—. Y ahora, ¿te importaría decirme qué estás haciendo aquí?
Pedro avanzó hacia el interior del dormitorio.
—Luchar por tí. Estoy asegurándome de que no hagas algo de lo que te arrepentirás durante el resto de tu vida. Quiero asegurarme de que no te alejes de mí.
—Desde luego, siempre has tenido una gran confianza en ti mismo.
—En realidad no, pero nunca he estado tan seguro de algo como ahora. Sé que tenemos que estar juntos, Paula. No puedes marcharte. Tú perteneces a este lugar.
Ojalá pudiera quedarse, pensó Paula. Ella le amaba, le necesitaba, le deseaba. Para ella nunca habría otro hombre. Estar con Pedro le había servido para comprender la devoción de Katherine por Miguel.
—Hay algunas complicaciones…
—No tantas como crees —dijo Carmen mientras entraba junto a su hijo en el dormitorio, seguida por los hermanos de Paula.
Paula se encontró de pronto acorralada, rodeada por gran parte de su familia.
—¿Qué está pasando aquí?
—Hemos decidido crear un frente común —le explicó Pedro—. Ha sido idea mía. Ya me darás las gracias más adelante.
—No entiendo nada…
—No vamos a dejar que te vayas —le aclaró Matías, y sonrió—. Por supuesto, no pienses que te estoy amenazando ni nada parecido.
—Vaya, me alegro —musitó Paula.
—Tú perteneces a esta familia —dijo Agustín—. Tienes que estar con nosotros. Y a lo mejor también con este tipo —señaló a Pedro con la cabeza—. A mí me parece bastante decente.
—Sí, a mí también me gusta —intervino entonces Federico —. Y creo que tiene muy buen gusto.
—Pero ¿y todo lo que te he hecho sufrir? —Paula miró a Carmen y después a Miguel—. Le he hecho mucho daño a tu campaña.
Miguel, tan atractivo y elegante como siempre, le pasó el brazo por los hombros a su esposa.
—He renunciado a esa carrera. Éste no es un buen momento para presentarme a unas elecciones. Mi oficina de prensa está redactando ya el comunicado en el que anuncio mi renuncia.
Paula necesitaba sentarse. Todo estaba ocurriendo tan rápido…
—Pero tú querías ser presidente. Ese era tu sueño…
—Algunas cosas tienen un precio excesivo —miró a Pedro—. ¿Podemos hablar después?
—Por supuesto —contestó Pedro, y se volvió hacia Paula—. Te estás quedando sin excusas.
La mente de Paula corría a toda velocidad. Si Miguel ya no quería ser presidente, la prensa dejaría de preocuparse de ella, o de cualquiera de su familia. Y si la prensa dejaba de acosarla, su vida podría volver a la normalidad.
Pedro sacó entonces una cajita de terciopelo del bolsillo de su chaqueta. Paula se quedó de piedra.
Lo primero que pensó fue que iba a proponerle matrimonio. Lo segundo que eso significaba que la amaba, lo cual le provocó unas ganas incontenibles de bailar. Y lo tercero que hizo fue preguntarse cómo iba a declararse Pedro delante de toda su familia.
Su último pensamiento fue que estaba deseando decirle que sí.
—Oh, cariño —dijo Carmen, posando la mano en el brazo de su hijo—. Debería haberte localizado antes. Tengo algo que decirte.
Pedro la miró.
—Mamá, creo que éste no es el momento.
—Lo sé, pero tengo que decirlo ahora. Será muy rápido —buscó en bolsillo y sacó una sortija con un diamante—. Si prefieres el que tú has comprado, lo comprenderé —le tendió la sortija—. Éste era de mi abuela. No sé cómo no se me ocurrió antes, con Sil… —se aclaró la garganta—. En cualquier caso, lo he visto esta mañana y he pensado…
Pedro se quedó mirando la sortija de hito en hito. Paula sabía exactamente lo que estaba pensando. Que la sortija debería permanecer en la familia y que, hasta ese momento, él no había sido realmente uno de ellos. Reconoció los sentimientos que cruzaban su rostro porque ella había sentido lo mismo respecto a sus hermanos. Aquella sensación de pertenencia y distanciamiento al mismo tiempo.
¿Sería ésa la conexión que tenía con Pedro? ¿El haber sabido al igual que él lo que era sentirse un extraño? ¿El que ambos estuvieran buscando un lugar en el que sentirse realmente seguros?
Se acercó hacia él.
—Quiero ser tu mujer —le dijo, sin importarle que la habitación estuviera abarrotada de gente—. Quiero ser ese lugar seguro al que puedas acudir en cualquier circunstancia.
—Me estás pisando mi discurso.
—¿Tenías un discurso preparado?
—Iba a decirte que te quiero más de lo que nunca he querido a nadie. Que eres la única mujer con la que quiero estar. Que cuando estoy contigo, siento que de verdad pertenezco a otro lugar. Te quiero, Paula.
—Todo el mundo hacia atrás —susurró Gloria. Tenemos que darle espacio a este chico para que se arrodille. Porque te vas a arrodillar, ¿verdad?
Pedro sonrió.
—Siempre tiene que ser así, ¿verdad?
Paula miró a su alrededor, miró a todas aquellas personas que la querían y al único hombre con el que podía ser feliz.
—Creo que no nos vamos a poder librar.
—¿Y te parece bien?
—Creo que es lo mejor.
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 90
Carmen dió un paso hacia Silvina.
—Sé lo que pasó. Sé que le engañaste y sé que has mentido y has intentado interponerte entre Paula y él. Sé que me has utilizado para volver con Pedro con la esperanza de convertirte en la nuera del presidente. Odio destrozar los sueños de nadie, pero no me va a quedar más remedio. Pedro no volverá nunca contigo y yo nunca volveré a confiar en tí. Ah, y por cierto, Miguel ya no quiere ser presidente. Procura mantenerte lejos de mí y de mi familia. Si alguna vez vuelvo a verte intentando congraciarte con alguien que conozco, contaré todo lo que ha pasado.
Bajó la mirada hacia el vientre de Silvina.
—Y te sugiero que le pidas al verdadero padre de tu hijo que se case contigo.
—¿Estás de broma? Es un don nadie. Este niño debería haber sido el hijo de Pedro. Se suponía que él tenía que continuar casado conmigo.
Carmen se preguntaba cómo podía haber estado tan equivocada con Silvina.
—Procura mantenerte alejada de Pedro. Y también de mí. Yo que tú, incluso me iría a vivir a otra ciudad.
Carmen se volvió para marcharse, pero Silvina la siguió a lo largo del pasillo.
—No puedes hacerme esto —gritó—. Éramos amigas. Eso tiene que significar algo.
Carmen se volvió para mirarla.
—Nunca hemos sido amigas. Has jugado a ganar, pero has perdido. Ahora atente a las consecuencias. Al fin y al cabo, podrían ser mucho más terribles. Si eres una mujer inteligente, procurarás desaparecer para siempre de nuestras vidas. Si vuelves a cruzarte conmigo, te arrepentirás, te lo prometo.
—No me asustas.
Carmen sonrió lentamente.
—¿Ah, no? ¿Estás segura?
Silvina retrocedió un paso.
—Estúpida, vieja bruja. Te odio…
—¿De verdad? Yo no tengo ni siquiera energía para pensar en tí.
—Estás cometiendo un error —dijo Gloria mientras Paula continuaba sacando ropa y dejándola encima de la cama—. No puedes huir. Te lo prohíbo.
Paula intentó sonreír.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Me vas a castigar?
—Si hace falta, te castigaré.
—Estoy haciendo lo que tengo que hacer, y en el fondo sabes que tengo razón. No hay otra solución.
—Siempre hay otra solución. No puedes irte ahora.
—Y no quiero irme —admitió Paula, deseando que pudieran hablar de otra cosa. Ya era suficientemente duro pensar en irse sin tener que contar con la presión de su abuela—. No puedo seguir haciéndole daño a la gente que quiero.
—A la familia Chaves no le has hecho ningún daño y Carmen y Miguel tienen ocho hijos, de modo que apenas se fijarán en ti. Sin embargo, tú eres la única nieta que tengo.
Paula no sabía si debería soltar una carcajada o echarse a llorar.
—Siempre has tenido un pico de oro.
—¿Pero no es cierto lo que digo?
Paula se sentó en la cama y Gloria se sentó a su lado.
—No te vayas —le pidió su abuela—. Yo ya soy vieja. ¿Y si me muero y no vuelves a verme otra vez?
—No me hables de la muerte. No es justo.
—Ahora mismo no me importa lo que sea justo o lo que no. Quiero que te quedes. Paula, tienes que quedarte. Acabamos de encontrarnos la una a la otra.
Era muy doloroso, pensó Paula mientras luchaba por superar su tristeza. No quería irse en un momento en el que acababa de encontrar todo lo que siempre había querido. Se suponía que podía empezar a trabajar en el restaurante de sus sueños, conocer a su nueva familia sin romper los lazos que le unían a su familia de siempre y ser amada por un tipo increíble. Debería haber sido todo perfecto. Y sin embargo…
—Lo sé —dijo Paula, mirando a Gloria a los ojos y viendo el dolor que reflejaban—. Lo siento.
—No lo sientas. Quédate. Lo solucionaremos todo. No te he educado para que renuncies a luchar en los momentos importantes.
—No estoy renunciando a luchar. Estoy haciendo lo mejor para todos. ¿No te das cuenta de que la situación nos ha superado?
—Es posible que te haya superado a tí, pero a mí no.
Paula no pudo evitar sonreír.
—Estás decidida a salirte con la tuya, ¿verdad?
—Lucho por lo que es mío, y tú deberías aprender a hacerlo también. ¿Qué me dices de ese chico con el que estás saliendo, de Pedro?
—No sé nada de él. Tuvimos una discusión muy fuerte.
—¿Ah, sí? ¿Y una discusión ha bastado para acabar con todo?
—No puedo obligarle a quererme.
—¿Y cómo sabes que él no te quiere? ¿Se lo has preguntado? ¿Le has dicho que le quieres?
¿Se lo había dicho?
—No exactamente —en cambio, Pedro había reconocido que estaba enamorado de ella.
—No exactamente —Gloria se levantó y la miró furiosa—. Vete al infierno, Paula, lo estás estropeando todo.
Paula abrió la boca y después la cerró.
—Jamás en mi vida te había oído hablarme en ese tono…
—Ahora olvídate de esto. Eso es importante. Estamos hablando de tu propia vida. ¿Por qué tienes que pensar antes en los demás que en tí? ¿Por qué te importan más los sueños de los otros que los tuyos?
—Porque tiene miedo.
—Sé lo que pasó. Sé que le engañaste y sé que has mentido y has intentado interponerte entre Paula y él. Sé que me has utilizado para volver con Pedro con la esperanza de convertirte en la nuera del presidente. Odio destrozar los sueños de nadie, pero no me va a quedar más remedio. Pedro no volverá nunca contigo y yo nunca volveré a confiar en tí. Ah, y por cierto, Miguel ya no quiere ser presidente. Procura mantenerte lejos de mí y de mi familia. Si alguna vez vuelvo a verte intentando congraciarte con alguien que conozco, contaré todo lo que ha pasado.
Bajó la mirada hacia el vientre de Silvina.
—Y te sugiero que le pidas al verdadero padre de tu hijo que se case contigo.
—¿Estás de broma? Es un don nadie. Este niño debería haber sido el hijo de Pedro. Se suponía que él tenía que continuar casado conmigo.
Carmen se preguntaba cómo podía haber estado tan equivocada con Silvina.
—Procura mantenerte alejada de Pedro. Y también de mí. Yo que tú, incluso me iría a vivir a otra ciudad.
Carmen se volvió para marcharse, pero Silvina la siguió a lo largo del pasillo.
—No puedes hacerme esto —gritó—. Éramos amigas. Eso tiene que significar algo.
Carmen se volvió para mirarla.
—Nunca hemos sido amigas. Has jugado a ganar, pero has perdido. Ahora atente a las consecuencias. Al fin y al cabo, podrían ser mucho más terribles. Si eres una mujer inteligente, procurarás desaparecer para siempre de nuestras vidas. Si vuelves a cruzarte conmigo, te arrepentirás, te lo prometo.
—No me asustas.
Carmen sonrió lentamente.
—¿Ah, no? ¿Estás segura?
Silvina retrocedió un paso.
—Estúpida, vieja bruja. Te odio…
—¿De verdad? Yo no tengo ni siquiera energía para pensar en tí.
—Estás cometiendo un error —dijo Gloria mientras Paula continuaba sacando ropa y dejándola encima de la cama—. No puedes huir. Te lo prohíbo.
Paula intentó sonreír.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Me vas a castigar?
—Si hace falta, te castigaré.
—Estoy haciendo lo que tengo que hacer, y en el fondo sabes que tengo razón. No hay otra solución.
—Siempre hay otra solución. No puedes irte ahora.
—Y no quiero irme —admitió Paula, deseando que pudieran hablar de otra cosa. Ya era suficientemente duro pensar en irse sin tener que contar con la presión de su abuela—. No puedo seguir haciéndole daño a la gente que quiero.
—A la familia Chaves no le has hecho ningún daño y Carmen y Miguel tienen ocho hijos, de modo que apenas se fijarán en ti. Sin embargo, tú eres la única nieta que tengo.
Paula no sabía si debería soltar una carcajada o echarse a llorar.
—Siempre has tenido un pico de oro.
—¿Pero no es cierto lo que digo?
Paula se sentó en la cama y Gloria se sentó a su lado.
—No te vayas —le pidió su abuela—. Yo ya soy vieja. ¿Y si me muero y no vuelves a verme otra vez?
—No me hables de la muerte. No es justo.
—Ahora mismo no me importa lo que sea justo o lo que no. Quiero que te quedes. Paula, tienes que quedarte. Acabamos de encontrarnos la una a la otra.
Era muy doloroso, pensó Paula mientras luchaba por superar su tristeza. No quería irse en un momento en el que acababa de encontrar todo lo que siempre había querido. Se suponía que podía empezar a trabajar en el restaurante de sus sueños, conocer a su nueva familia sin romper los lazos que le unían a su familia de siempre y ser amada por un tipo increíble. Debería haber sido todo perfecto. Y sin embargo…
—Lo sé —dijo Paula, mirando a Gloria a los ojos y viendo el dolor que reflejaban—. Lo siento.
—No lo sientas. Quédate. Lo solucionaremos todo. No te he educado para que renuncies a luchar en los momentos importantes.
—No estoy renunciando a luchar. Estoy haciendo lo mejor para todos. ¿No te das cuenta de que la situación nos ha superado?
—Es posible que te haya superado a tí, pero a mí no.
Paula no pudo evitar sonreír.
—Estás decidida a salirte con la tuya, ¿verdad?
—Lucho por lo que es mío, y tú deberías aprender a hacerlo también. ¿Qué me dices de ese chico con el que estás saliendo, de Pedro?
—No sé nada de él. Tuvimos una discusión muy fuerte.
—¿Ah, sí? ¿Y una discusión ha bastado para acabar con todo?
—No puedo obligarle a quererme.
—¿Y cómo sabes que él no te quiere? ¿Se lo has preguntado? ¿Le has dicho que le quieres?
¿Se lo había dicho?
—No exactamente —en cambio, Pedro había reconocido que estaba enamorado de ella.
—No exactamente —Gloria se levantó y la miró furiosa—. Vete al infierno, Paula, lo estás estropeando todo.
Paula abrió la boca y después la cerró.
—Jamás en mi vida te había oído hablarme en ese tono…
—Ahora olvídate de esto. Eso es importante. Estamos hablando de tu propia vida. ¿Por qué tienes que pensar antes en los demás que en tí? ¿Por qué te importan más los sueños de los otros que los tuyos?
—Porque tiene miedo.
Tentaciones Irresistibles Parte 4: Capítulo 89
Pedro se sentó a la mesa en el bar Downtown Sports. Había estado allí unas cuantas veces, pero entonces para él sólo era un lugar en el que encontrarse con los amigos. En aquel momento, sin embargo, era consciente de que formaba parte del imperio Chaves, era un lugar importante para Paula y, por lo tanto, importante para él.
Una camarera rubia se acercó a tomarle nota.
—Hola, ¿qué quiere tomar?
Pedro apenas la miró.
—Una cerveza. Y cualquier cosa de comer.
—Claro —se inclinó hacia él, ofreciéndole una vista de su escotada camiseta y de los senos que apenas alcanzaba a cubrir—. ¿Cualquier cosa? Mi turno termina dentro de media hora. Si quieres, podemos ir a hablar a cualquier otra parte.
Pedro la miró a la cara. Era bastante atractiva, parecía agradable y no había ninguna duda sobre lo que le estaba ofreciendo. Sin embargo, no estaba en absoluto interesado.
—No, gracias.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
La camarera se enderezó, dió media vuelta y alzó el pulgar.
—Lo dice en serio. No está interesado. Genial. Paula es una chica con suerte.
—Gracias, Laura—dijo Federico Chaves mientras se acercaba a la mesa y le sonreía a Pedro con pesar—. Hola, Paula es mi hermana. Sólo estaba comprobando algo.
A Pedro le entraron ganas de darle un buen puñetazo. Por supuesto, no lo haría. Aunque le fastidiaba que le pusieran a prueba, sabía que él habría hecho exactamente lo mismo por cualquiera de sus hermanas.
—No pasa nada —dijo Pedro—. No tengo miedo de que me pongan a prueba. Quiero a Paula. Quiero casarme con ella.
Federico se sentó.
—Una vez que has dejado eso claro, ¿por qué querías que nos viéramos? ¿Quieres pedirme permiso o algo parecido?
Pedro negó con la cabeza.
—No, no quiero pedirte permiso, sólo un poco de ayuda. Estoy planeando una intervención.
—¿Qué?
—Mira, Paula cree que tiene que irse a Seattle. Es muy difícil ser la hija de un senador que quiere llegar a ser presidente. No le gusta aparecer en la prensa y le molesta que mi madre haya sufrido por su culpa. Así que ha decidido marcharse.
—No sabía nada.
—No creo que se lo haya contado a mucha gente —sacó una cajita de terciopelo del bolsillo y la dejó encima de la mesa.
Federico tomó la caja, la abrió y miró el anillo con atención.
—Es todo tan repentino —dijo—. Apenas nos conocemos.
—Me gusta hacer las cosas rápido.
Federico sonrió.
—Pensaba que te pondría en una situación incómoda.
—No es fácil hacerme sentir incómodo. Voy a pedirle a Paula que se case conmigo y no estoy dispuesto a aceptar un no por respuesta.
Federico le miró con los ojos entrecerrados.
—No eres tú el que tiene que tomar esa decisión.
—Paula me quiere, quiere quedarse en Seattle. Pero está dispuesta a sacrificarse por el bien de la familia. De toda la familia. De la mía y de la vuestra.
—Entonces, ¿por qué me estás contando todo esto?
Por primera vez desde que Federico había aparecido, Pedro pareció sentirse incómodo.
—No sé cómo acercarme a ella. Intenté ofrecerle una cena romántica y fue un fracaso absoluto. Paula está pensando en irse de aquí a dos días, así que no tengo mucho tiempo. He pensado que un ataque frontal podría funcionar. Un ataque mío y del resto de la familia. Entre todos podemos convencerle de que se quede. Yo le pediré que se case conmigo, ella dirá que sí y viviremos para siempre felices.
—Lo tienes todo planeado. ¿Y si Paula no quiere casarse contigo?
Pedro no quería ni pensar en ello. No quería pensar en lo triste y sombrío que sería su mundo sin la luz de Paula.
—Nadie puede quererla más que yo. Si me dice que no, continuaré intentándolo. Paula lo es todo para mí.
—¿Y por qué debería creerte?
—Porque, por lo que me han contado, sabes lo que es entregarle el alma a la única mujer a la que quieres.
Federico asintió lentamente.
—Buena respuesta.
Carmen subió en el ascensor hasta el apartamento de Silvina. Sólo tenía unos minutos, pero no le importaba. No tenía mucho que decirle.
Silvina no esperaba ninguna visita, así que no estaba tan arreglada como habitualmente. Llevaba el pelo suelto y un poco despeinado, tenía una mancha en la sudadera y llevaba los vaqueros desabrochados, mostrando su vientre ligeramente hinchado.
—¡Carmen! —exclamó Silvina. Se llevó la mano al pelo y rápidamente intentó ocultar su vientre con la sudadera—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Algo que debería haber hecho hace mucho tiempo.
—Oh, muy bien —Silvina parecía recelosa—. Pasa, por favor.
—No, no hace falta. Es más fácil decirte lo que tengo que decirte desde aquí —sonrió fríamente—. Eres buena actriz, eso tengo que admitirlo. Has representado de forma intachable el papel de ex esposa dolida, tan bien que me he tragado toda tu historia. Me has hecho dudar de Pedro, lo cual es una auténtica locura. Sé la clase de persona que es mi hijo y sé la clase de persona que eres tú.
Silvina se movió incómoda.
—No sé qué ha podido contarte Pedro…
—Muy poco —contestó Carmen—. Precisamente, ésa ha sido parte del problema. Si me hubiera dicho la verdad desde el principio, jamás hubiera confiado en tí. Pero Pedro no quiso hablar mal de tí, lo que dice mucho sobre la clase de hombre que es.
Una camarera rubia se acercó a tomarle nota.
—Hola, ¿qué quiere tomar?
Pedro apenas la miró.
—Una cerveza. Y cualquier cosa de comer.
—Claro —se inclinó hacia él, ofreciéndole una vista de su escotada camiseta y de los senos que apenas alcanzaba a cubrir—. ¿Cualquier cosa? Mi turno termina dentro de media hora. Si quieres, podemos ir a hablar a cualquier otra parte.
Pedro la miró a la cara. Era bastante atractiva, parecía agradable y no había ninguna duda sobre lo que le estaba ofreciendo. Sin embargo, no estaba en absoluto interesado.
—No, gracias.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
La camarera se enderezó, dió media vuelta y alzó el pulgar.
—Lo dice en serio. No está interesado. Genial. Paula es una chica con suerte.
—Gracias, Laura—dijo Federico Chaves mientras se acercaba a la mesa y le sonreía a Pedro con pesar—. Hola, Paula es mi hermana. Sólo estaba comprobando algo.
A Pedro le entraron ganas de darle un buen puñetazo. Por supuesto, no lo haría. Aunque le fastidiaba que le pusieran a prueba, sabía que él habría hecho exactamente lo mismo por cualquiera de sus hermanas.
—No pasa nada —dijo Pedro—. No tengo miedo de que me pongan a prueba. Quiero a Paula. Quiero casarme con ella.
Federico se sentó.
—Una vez que has dejado eso claro, ¿por qué querías que nos viéramos? ¿Quieres pedirme permiso o algo parecido?
Pedro negó con la cabeza.
—No, no quiero pedirte permiso, sólo un poco de ayuda. Estoy planeando una intervención.
—¿Qué?
—Mira, Paula cree que tiene que irse a Seattle. Es muy difícil ser la hija de un senador que quiere llegar a ser presidente. No le gusta aparecer en la prensa y le molesta que mi madre haya sufrido por su culpa. Así que ha decidido marcharse.
—No sabía nada.
—No creo que se lo haya contado a mucha gente —sacó una cajita de terciopelo del bolsillo y la dejó encima de la mesa.
Federico tomó la caja, la abrió y miró el anillo con atención.
—Es todo tan repentino —dijo—. Apenas nos conocemos.
—Me gusta hacer las cosas rápido.
Federico sonrió.
—Pensaba que te pondría en una situación incómoda.
—No es fácil hacerme sentir incómodo. Voy a pedirle a Paula que se case conmigo y no estoy dispuesto a aceptar un no por respuesta.
Federico le miró con los ojos entrecerrados.
—No eres tú el que tiene que tomar esa decisión.
—Paula me quiere, quiere quedarse en Seattle. Pero está dispuesta a sacrificarse por el bien de la familia. De toda la familia. De la mía y de la vuestra.
—Entonces, ¿por qué me estás contando todo esto?
Por primera vez desde que Federico había aparecido, Pedro pareció sentirse incómodo.
—No sé cómo acercarme a ella. Intenté ofrecerle una cena romántica y fue un fracaso absoluto. Paula está pensando en irse de aquí a dos días, así que no tengo mucho tiempo. He pensado que un ataque frontal podría funcionar. Un ataque mío y del resto de la familia. Entre todos podemos convencerle de que se quede. Yo le pediré que se case conmigo, ella dirá que sí y viviremos para siempre felices.
—Lo tienes todo planeado. ¿Y si Paula no quiere casarse contigo?
Pedro no quería ni pensar en ello. No quería pensar en lo triste y sombrío que sería su mundo sin la luz de Paula.
—Nadie puede quererla más que yo. Si me dice que no, continuaré intentándolo. Paula lo es todo para mí.
—¿Y por qué debería creerte?
—Porque, por lo que me han contado, sabes lo que es entregarle el alma a la única mujer a la que quieres.
Federico asintió lentamente.
—Buena respuesta.
Carmen subió en el ascensor hasta el apartamento de Silvina. Sólo tenía unos minutos, pero no le importaba. No tenía mucho que decirle.
Silvina no esperaba ninguna visita, así que no estaba tan arreglada como habitualmente. Llevaba el pelo suelto y un poco despeinado, tenía una mancha en la sudadera y llevaba los vaqueros desabrochados, mostrando su vientre ligeramente hinchado.
—¡Carmen! —exclamó Silvina. Se llevó la mano al pelo y rápidamente intentó ocultar su vientre con la sudadera—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Algo que debería haber hecho hace mucho tiempo.
—Oh, muy bien —Silvina parecía recelosa—. Pasa, por favor.
—No, no hace falta. Es más fácil decirte lo que tengo que decirte desde aquí —sonrió fríamente—. Eres buena actriz, eso tengo que admitirlo. Has representado de forma intachable el papel de ex esposa dolida, tan bien que me he tragado toda tu historia. Me has hecho dudar de Pedro, lo cual es una auténtica locura. Sé la clase de persona que es mi hijo y sé la clase de persona que eres tú.
Silvina se movió incómoda.
—No sé qué ha podido contarte Pedro…
—Muy poco —contestó Carmen—. Precisamente, ésa ha sido parte del problema. Si me hubiera dicho la verdad desde el principio, jamás hubiera confiado en tí. Pero Pedro no quiso hablar mal de tí, lo que dice mucho sobre la clase de hombre que es.
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