—Entonces, ¿crees que se han confabulado ellos solos? —preguntó Pedro frunciendo el ceño.
Paula bajó la mirada y se mordió los labios.
—No lo sé, aunque es posible. Gonzalo estaba muy preocupado por mí…
—¿Preocupado? ¿Por qué?
Paula alzó el rostro para mirarle y volvió a bajar los ojos antes de contestar:
—Creo que Gonzalo pensaba que yo estaba deprimida.
—¿Y lo estabas? —preguntó él suavizando la voz.
—Un poco —confesó ella—. Bueno, bastante…
Pedro lanzó un suspiro y se pasó una mano por el cabello. Luego, la miró fijamente a los ojos y dijo:
—Me parece que no eres tan caprichosa y tan rebelde como aparentas. Es una imagen que das con el fin de ocultar tu vulnerabilidad.
Paula se mordió los labios y guardó silencio.
—Quedan tres semanas para que los chicos terminen los exámenes —dijo él—. Tú aún tienes que terminar el proyecto de fin de carrera, que debe de ser bastante difícil. Lo que propongo es que pasemos estas tres semanas haciendo lo que deberíamos haber hecho al casarnos: aprender a convivir.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? —preguntó ella.
—Ven aquí y te lo demostraré —los ojos negros de Pedro la atraían como un imán.
Paula se acercó a él y el corazón empezó a latirle con fuerza en el momento en que se encontró en los brazos de Pedro. Y tembló cuando los labios de él rozaron los suyos.
Pedro buscó entrada con la lengua y ella se la franqueó. Pedro le puso las manos en las nalgas, estrechándola contra su cuerpo, haciéndole sentir su erección, recordándole la pasión que había entre los dos.
Por fin, Pedro apartó la boca de la suya.
—Creo que deberíamos terminar esto en la cama, ¿te parece bien?
—Sí, me parece bien.
Pedro la miró fijamente a los ojos.
—¿Me sigues queriendo, Paula?
Ella sonrió con tristeza.
—Sí, aún te quiero.
—En ese caso, suspende tu encuentro con Pieres —dijo Pedro al tiempo que agarraba el bolso de ella y le daba el teléfono móvil—. Envíale un mensaje diciéndole que no vas a verle… nunca más.
Paula titubeó.
—Hazlo, Paula—le ordenó Pedro—. Si algún periodista se enterase de que aún te ves con tu amante, nuestra farsa saldría a la luz. Hazlo.
Paula tecleó el mensaje y lo envió.
—¿Satisfecho? —preguntó ella.
—No del todo —Pedro la alzó en sus brazos—. Pero la noche es joven aún.
viernes, 6 de febrero de 2015
Eternamente Juntos: Capítulo 56
—He decidido que vamos a seguir casados el tiempo que yo decida —contestó él con decisión.
—Esto es una locura.
—Quizá lo sea, pero estoy disfrutando esta locura —comentó él agarrándola y atrayéndola hacia sí—. Puede que ya no estemos enamorados, pero aún nos deseamos.
—¿Y qué va a decir tu amante cuando se entere? —preguntó ella con mirada colérica.
—Tendrá que aceptarlo —respondió él.
—No te importa herir los sentimientos de ella o de cualquier otra mujer, ¿verdad? Lo único que te im¬porta es lo que tú quieres.
—Lo que quiero es a tí, Paula, y eso es lo único que me importa en estos momentos.
—Lo que quieres es que pague mi infidelidad, eso es lo que quieres —dijo ella con amargura.
—¿Te parece extraño? Fuiste tú quien destrozó nuestro futuro.
—No lo habría hecho si me hubiera sentido más segura en mi matrimonio —contestó Paula.
—Eso es una tontería —dijo Pedro con enfado—. Estaba trabajando para lograr que nuestra vida tuviera una base sólida, deberías haberte dado cuenta de ello en vez de comportarte como una niña mimada. Te adoraba, Paula. Eras mi vida entera.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
—Y tú la mía… Te quería tanto… Aún te quiero.
Al instante, Pedro la soltó. Su expresión se convirtió en una máscara.
—En ese caso, tienes una forma extraña de demostrarlo.
Paula le miró con expresión atormentada.
—¿Sientes algo por mí, Pedro… a pesar de lo que hice?
Pedro tardó unos segundos en contestar y no fue la respuesta que ella esperaba.
—Si lo que quieres es una declaración de amor, vas a llevarte una desilusión —contestó Pedro—. No siento amor por ninguna mujer y menos por tí. Desde tu infidelidad, mis relaciones han sido puramente carnales, nada más. Debo darte las gracias por la lección; aunque, por supuesto, debería haberla aprendido mucho antes, con lo que hizo mi madre. Mi madre utilizó a mi padre igual que tú lo has hecho conmigo.
A Paula se le encogió el corazón al perder la esperanza.
—Comprendo tu amargura; de haber ocurrido al contrario, yo estaría igual que tú —dijo ella—. Pero… ¿no puedes perdonarme?
—No, no puedo —respondió Pedro con mirada dura.
—En ese caso, no tiene sentido seguir hablando —dijo ella con un nudo en la garganta.
—¿Es por eso por lo que te has entregado a mí con tanta facilidad? —le preguntó Pedro tras una tensa pausa—. ¿Para que volviera a aceptarte en mi vida?
Ella le miró con expresión aturdida.
—¡No, claro que no! Me puse en contacto contigo por los chicos.
—¿Lo planeaste con ellos? —preguntó Pedro con mirada recelosa.
—¿Qué estás diciendo?
—No te hagas la inocente, Paula. Debería haberlo supuesto.
—¿Qué?
La expresión de Pedro mostró un profundo desdén.
—No te gustaba cómo iba el divorcio, así que decidiste crear una situación que nos obligara a estar juntos con la esperanza de ablandarme para cuando llegara el momento final del divorcio.
—¡Eso no es verdad! ¡Yo no he planeado nada!
—Debo admitir que me impresiona el lavado de cerebro que le has hecho a Bruno —continuó Pedro—. Desde luego, está representando muy bien su papel.
—Yo no sabía nada del problema de los chicos hasta que mi madre me llamó y me lo dijo —declaró Paula—. Gonzalo no me había contado nada.
—Vamos, Paula, ¿esperas que me crea eso después del teatro de esta noche?
Confusa, Paula se lo quedó mirando.
—¿Qué teatro?
—Bruno sabía demasiado —contestó Pedro—. Sabía que habías estado en contacto con Pieres, ¿por qué si no iba a mencionar tu teléfono móvil y luego iba a traérmelo para que viera el mensaje de tu amante?
—Ha debido de sospechar algo. No sé…
—Bruno te quería mucho —continuó Pedro—. Hasta lo de tu infidelidad, pensaba que tú eras lo mejor de mi vida.
—Lo sé —Paula, avergonzada, bajó la cabeza.
—¿Así que niegas haberte confabulado con los chicos? —preguntó Pedro después de otro silencio.
—Sí, claro que lo niego. Me sorprendió tanto como a tí que ya no fueran amigos.
Pedro la miró fijamente durante unos segundos eternos.
—Yo no me he confabulado con nadie, Pedro —dijo Paula—. ¿Por qué iba yo a pedirle a Bruno que me insultara como lo ha hecho?
—Esto es una locura.
—Quizá lo sea, pero estoy disfrutando esta locura —comentó él agarrándola y atrayéndola hacia sí—. Puede que ya no estemos enamorados, pero aún nos deseamos.
—¿Y qué va a decir tu amante cuando se entere? —preguntó ella con mirada colérica.
—Tendrá que aceptarlo —respondió él.
—No te importa herir los sentimientos de ella o de cualquier otra mujer, ¿verdad? Lo único que te im¬porta es lo que tú quieres.
—Lo que quiero es a tí, Paula, y eso es lo único que me importa en estos momentos.
—Lo que quieres es que pague mi infidelidad, eso es lo que quieres —dijo ella con amargura.
—¿Te parece extraño? Fuiste tú quien destrozó nuestro futuro.
—No lo habría hecho si me hubiera sentido más segura en mi matrimonio —contestó Paula.
—Eso es una tontería —dijo Pedro con enfado—. Estaba trabajando para lograr que nuestra vida tuviera una base sólida, deberías haberte dado cuenta de ello en vez de comportarte como una niña mimada. Te adoraba, Paula. Eras mi vida entera.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
—Y tú la mía… Te quería tanto… Aún te quiero.
Al instante, Pedro la soltó. Su expresión se convirtió en una máscara.
—En ese caso, tienes una forma extraña de demostrarlo.
Paula le miró con expresión atormentada.
—¿Sientes algo por mí, Pedro… a pesar de lo que hice?
Pedro tardó unos segundos en contestar y no fue la respuesta que ella esperaba.
—Si lo que quieres es una declaración de amor, vas a llevarte una desilusión —contestó Pedro—. No siento amor por ninguna mujer y menos por tí. Desde tu infidelidad, mis relaciones han sido puramente carnales, nada más. Debo darte las gracias por la lección; aunque, por supuesto, debería haberla aprendido mucho antes, con lo que hizo mi madre. Mi madre utilizó a mi padre igual que tú lo has hecho conmigo.
A Paula se le encogió el corazón al perder la esperanza.
—Comprendo tu amargura; de haber ocurrido al contrario, yo estaría igual que tú —dijo ella—. Pero… ¿no puedes perdonarme?
—No, no puedo —respondió Pedro con mirada dura.
—En ese caso, no tiene sentido seguir hablando —dijo ella con un nudo en la garganta.
—¿Es por eso por lo que te has entregado a mí con tanta facilidad? —le preguntó Pedro tras una tensa pausa—. ¿Para que volviera a aceptarte en mi vida?
Ella le miró con expresión aturdida.
—¡No, claro que no! Me puse en contacto contigo por los chicos.
—¿Lo planeaste con ellos? —preguntó Pedro con mirada recelosa.
—¿Qué estás diciendo?
—No te hagas la inocente, Paula. Debería haberlo supuesto.
—¿Qué?
La expresión de Pedro mostró un profundo desdén.
—No te gustaba cómo iba el divorcio, así que decidiste crear una situación que nos obligara a estar juntos con la esperanza de ablandarme para cuando llegara el momento final del divorcio.
—¡Eso no es verdad! ¡Yo no he planeado nada!
—Debo admitir que me impresiona el lavado de cerebro que le has hecho a Bruno —continuó Pedro—. Desde luego, está representando muy bien su papel.
—Yo no sabía nada del problema de los chicos hasta que mi madre me llamó y me lo dijo —declaró Paula—. Gonzalo no me había contado nada.
—Vamos, Paula, ¿esperas que me crea eso después del teatro de esta noche?
Confusa, Paula se lo quedó mirando.
—¿Qué teatro?
—Bruno sabía demasiado —contestó Pedro—. Sabía que habías estado en contacto con Pieres, ¿por qué si no iba a mencionar tu teléfono móvil y luego iba a traérmelo para que viera el mensaje de tu amante?
—Ha debido de sospechar algo. No sé…
—Bruno te quería mucho —continuó Pedro—. Hasta lo de tu infidelidad, pensaba que tú eras lo mejor de mi vida.
—Lo sé —Paula, avergonzada, bajó la cabeza.
—¿Así que niegas haberte confabulado con los chicos? —preguntó Pedro después de otro silencio.
—Sí, claro que lo niego. Me sorprendió tanto como a tí que ya no fueran amigos.
Pedro la miró fijamente durante unos segundos eternos.
—Yo no me he confabulado con nadie, Pedro —dijo Paula—. ¿Por qué iba yo a pedirle a Bruno que me insultara como lo ha hecho?
Eternamente Juntos: Capítulo 55
Después de dejar a los chicos en el colegio, Pedro guardó silencio unos minutos antes de abordar el tema del mensaje que Paula había recibido de Facundo.
—Aunque me disgusta que mi sobrino haya agarrado tu teléfono móvil para ver tus mensajes, me pregunto si no me has mentido respecto a no haber seguido en contacto con Facundo Pieres.
—No te he mentido —respondió Paula—. Llevo seis o siete semanas sin ver a Facundo.
—Pero has entrado en contacto con él recientemente.
—Sí… quería preguntarle sobre aquella noche. Pensé que me podía ayudar a recordar lo que pasó.
Pedro respiró profundamente.
—Yo puedo ayudarte a refrescar la memoria. Estabas acostada en su cama desnuda…
—No sigas, por favor —le interrumpió Paula llevándose una mano a los ojos.
—Es verdad, Paula. Dices que no te acuerdas de nada, pero te acostaste con él. Tú misma lo has dicho. No hay duda posible.
—Lo sé… —dijo ella en un ahogado susurro—. Él me lo dijo también a mí.
Pedro le lanzó una soslayada mirada.
—¿Te dijo lo que ocurrió? ¿Quién empezó?
—¿Qué más da eso? Jamás me lo perdonarás, así que no tiene importancia. Ni siquiera te importa que no pueda recordarlo. En lo que a tí concierne, te traicioné acostándome con otro hombre. Ni siquiera se te ha pasado por la cabeza que pueda haber otra explicación.
—¿Qué otra explicación? —preguntó Pedro—. Por el amor de Dios, Paula, te ví en su cama.
—Sí, lo sé. Y yo ví las fotos que Jazmín Gonzalez te envió, pero resultaron ser falsas —observó Paula.
Pedro paró el coche delante de su casa.
—Si hubiera otra explicación, me gustaría saber cuál es y quién me la va a dar porque, según parece, tú no te acuerdas de nada.
—¿No crees que sea verdad que no me acuerdo? —preguntó ella con creciente angustia—. ¿Te das cuenta de lo horrible que es despertarse en la cama de un amigo y no acordarse de cómo se llegó a ese punto?
Pedro recordó lo que Alejandra Chaves había dicho después de la cena.
—¿Bebiste aquella noche? —preguntó él por fin.
—Bebí algo, pero no mucho. Casi nunca bebo porque el alcohol me produce migraña. Estaba muy disgustada… después de nuestra pelea. Fui a casa de Facundo porque quería desahogarme. Estaba empezando a darme una migraña y sabía que si no tomaba alguna pastilla, estaría mala durante días.
—¿Qué tomaste?
Paula frunció el ceño, tratando de recordar.
—No estoy segura… Facundo me dió un calmante que le habían dado cuando se torció un ligamento de la rodilla. Era un calmante muy fuerte porque, al poco de tomarlo, me sentí mareada… pero también podía haber sido debido a que llevaba todo el día sin comer.
—En resumen, que no te acuerdas de cómo acabaste en la cama de Pieres, ¿es eso?
Paula asintió.
Pedro lanzó un suspiro, salió del coche y la ayudó a salir. Una vez dentro de la casa, él se volvió hacia ella.
—Lo de verle el viernes, ¿es sólo porque quieres que te ayude a recordar?
—Sí. Facundo se va a ir a vivir a Canadá dentro de un mes más o menos. Cuando le llamé, no parecía entusiasmarle la idea de verme, pero ha debido de recapacitar.
Pedro la miró intensamente.
—Espero de todo corazón que no me estés mintiendo, Paula.
—No te estoy mintiendo, Pedro.
—No quiero que vayas sola a su casa. De hecho, te lo prohíbo terminantemente —dijo Pedro al cabo de unos segundos.
Paula le miró con angustia.
—Pedro, tengo que ir sola. Facundo no consentiría en verme si me acompañara otra persona. A él también le avergüenza lo ocurrido. Se negaría a darme detalles tan íntimos delante de alguien más.
Detalles tan íntimos como su embarazo, pensó ella con suma angustia.
—No vas a ir sin mí.
—No puedes darme órdenes, Pedro. No voy a consentirlo.
—Eres mi esposa, Paula. No voy a permitir que vayas a la casa de otro hombre sola.
—No puedo dar crédito a mis oídos —respondió ella con furia—. Ya no soy tu esposa, pronto voy a ser tu ex esposa.
—Eres mi mujer, Paula, y lo serás hasta que yo lo diga.
Paula le miró con incredulidad.
—¿Qué has dicho?
—Aunque me disgusta que mi sobrino haya agarrado tu teléfono móvil para ver tus mensajes, me pregunto si no me has mentido respecto a no haber seguido en contacto con Facundo Pieres.
—No te he mentido —respondió Paula—. Llevo seis o siete semanas sin ver a Facundo.
—Pero has entrado en contacto con él recientemente.
—Sí… quería preguntarle sobre aquella noche. Pensé que me podía ayudar a recordar lo que pasó.
Pedro respiró profundamente.
—Yo puedo ayudarte a refrescar la memoria. Estabas acostada en su cama desnuda…
—No sigas, por favor —le interrumpió Paula llevándose una mano a los ojos.
—Es verdad, Paula. Dices que no te acuerdas de nada, pero te acostaste con él. Tú misma lo has dicho. No hay duda posible.
—Lo sé… —dijo ella en un ahogado susurro—. Él me lo dijo también a mí.
Pedro le lanzó una soslayada mirada.
—¿Te dijo lo que ocurrió? ¿Quién empezó?
—¿Qué más da eso? Jamás me lo perdonarás, así que no tiene importancia. Ni siquiera te importa que no pueda recordarlo. En lo que a tí concierne, te traicioné acostándome con otro hombre. Ni siquiera se te ha pasado por la cabeza que pueda haber otra explicación.
—¿Qué otra explicación? —preguntó Pedro—. Por el amor de Dios, Paula, te ví en su cama.
—Sí, lo sé. Y yo ví las fotos que Jazmín Gonzalez te envió, pero resultaron ser falsas —observó Paula.
Pedro paró el coche delante de su casa.
—Si hubiera otra explicación, me gustaría saber cuál es y quién me la va a dar porque, según parece, tú no te acuerdas de nada.
—¿No crees que sea verdad que no me acuerdo? —preguntó ella con creciente angustia—. ¿Te das cuenta de lo horrible que es despertarse en la cama de un amigo y no acordarse de cómo se llegó a ese punto?
Pedro recordó lo que Alejandra Chaves había dicho después de la cena.
—¿Bebiste aquella noche? —preguntó él por fin.
—Bebí algo, pero no mucho. Casi nunca bebo porque el alcohol me produce migraña. Estaba muy disgustada… después de nuestra pelea. Fui a casa de Facundo porque quería desahogarme. Estaba empezando a darme una migraña y sabía que si no tomaba alguna pastilla, estaría mala durante días.
—¿Qué tomaste?
Paula frunció el ceño, tratando de recordar.
—No estoy segura… Facundo me dió un calmante que le habían dado cuando se torció un ligamento de la rodilla. Era un calmante muy fuerte porque, al poco de tomarlo, me sentí mareada… pero también podía haber sido debido a que llevaba todo el día sin comer.
—En resumen, que no te acuerdas de cómo acabaste en la cama de Pieres, ¿es eso?
Paula asintió.
Pedro lanzó un suspiro, salió del coche y la ayudó a salir. Una vez dentro de la casa, él se volvió hacia ella.
—Lo de verle el viernes, ¿es sólo porque quieres que te ayude a recordar?
—Sí. Facundo se va a ir a vivir a Canadá dentro de un mes más o menos. Cuando le llamé, no parecía entusiasmarle la idea de verme, pero ha debido de recapacitar.
Pedro la miró intensamente.
—Espero de todo corazón que no me estés mintiendo, Paula.
—No te estoy mintiendo, Pedro.
—No quiero que vayas sola a su casa. De hecho, te lo prohíbo terminantemente —dijo Pedro al cabo de unos segundos.
Paula le miró con angustia.
—Pedro, tengo que ir sola. Facundo no consentiría en verme si me acompañara otra persona. A él también le avergüenza lo ocurrido. Se negaría a darme detalles tan íntimos delante de alguien más.
Detalles tan íntimos como su embarazo, pensó ella con suma angustia.
—No vas a ir sin mí.
—No puedes darme órdenes, Pedro. No voy a consentirlo.
—Eres mi esposa, Paula. No voy a permitir que vayas a la casa de otro hombre sola.
—No puedo dar crédito a mis oídos —respondió ella con furia—. Ya no soy tu esposa, pronto voy a ser tu ex esposa.
—Eres mi mujer, Paula, y lo serás hasta que yo lo diga.
Paula le miró con incredulidad.
—¿Qué has dicho?
jueves, 5 de febrero de 2015
Eternamente Juntos: Capítulo 54
—No, Miguel—dijo Alejandra con una nota de desesperación en la voz—. Por favor…
Paula, muy tensa, vio a su padre abandonar la mesa y salir del comedor. Luego, tragó saliva al ver el esfuerzo con que su madre se levantó y empezó a recoger los platos.
—Mamá…
Alejandra esbozó una valiente sonrisa.
—¿Alguien quiere postre? He hecho tarta de queso.
—Yo te ayudaré a recoger —dijo Gonzalo poniéndose en pie.
Bruno le imitó.
—Yo también echaré una mano.
Gonzalo le dedicó una sonrisa.
—Gracias.
—Cuando estoy en casa, siempre ayudo a mi madre —dijo Bruno mientras salían del comedor.
Pedro le acarició la cabeza a Paula.
—¿Te encuentras bien?
—No lo sé…
—¿Quieres que vaya a hablar con tu padre?
—¿Para qué? No cambiaría nada. Siempre ha estado en mi contra —Paula echó la silla hacia atrás y se levantó—. Necesito un poco de aire fresco.
Pedro la acompañó al jardín. Allí, le rodeó el cuerpo con un brazo y la atrajo hacia sí. Cada vez le costaba más mantener la distancia con ella. Paula había cometido una equivocación, pero ¿quién no lo hacía?
—Pedro… —le susurró ella acariciándole el pecho con el aliento.
Pedro le alzó la barbilla con un dedo.
—¿Qué, querida?
—¿En serio te parece que tengo talento para pintar?
Pedro le acarició la mejilla.
—¿Tanto te importa mi opinión, Paula?
Como era su costumbre, Paula se humedeció los labios.
—Sí, sí es importante.
—Creo que tienes talento para muchas cosas —respondió Pedro con los ojos fijos en la boca de ella—. La pintura es una de esas cosas.
—¿Para qué otras cosas tengo talento?
Pedro sonrió.
—Tienes talento para hacer que me pregunte por qué estoy aquí, en casa de tus padres, cuando podría estar en mi propia casa, en la cama, con tu hermoso cuerpo bajo el mío.
Entonces, Paula la besó y ella se le entregó totalmente.
—Me vuelves loco —le susurró Pedro al tiempo que le mordisqueaba el labio inferior.
—Y tú a mí —respondió ella tocándole la punta de la lengua con la suya.
Pedro, de repente, alzó la cabeza y se apartó ligeramente de ella al ver allí a su sobrino.
—¿Qué quieres, Bruno?
—Sólo decirte que no eres el único al que ella desea —dijo Bruno fríamente al tiempo que alargaba una mano con el teléfono móvil de Paula hacia su tío.
Paula se estremeció de pies a cabeza y contuvo la respiración cuando Pedro, con el teléfono en la mano, examinó los mensajes y apretó los dientes al ver lo que estaba escrito allí.
Después de lo que a Paula le pareció una eternidad, Pedro desconectó el móvil y se lo dió a Paula con mirada inexpresiva.
—No estoy seguro de que sea buena idea leer o escuchar los mensajes de otras personas —dijo Pedro—. A veces, pueden malinterpretarse y causar un daño innecesario.
—Te advertí que seguía viéndole —dijo Bruno.
Paula se quedó mirando el teléfono que sujetaba con temblorosas manos, lo abrió y accedió a sus mensajes. Había uno escrito de Pablo: Ven a mi casa el viernes a las cuatro. Facundo.
Paula miró a Pedro, que la estaba observando.
—No es lo que piensas —dijo ella.
—No, estoy seguro de que no lo es —contestó Pedro tomándola del brazo para llevarla al interior de la casa, a la mesa en la que Alejandra estaba sirviendo el postre.
Los chicos pronto dieron cuenta de la tarta de queso, pero Paula vió que Pedro estaba distraído y comía a desgana.
—Nosotros llevaremos a los chicos al colegio —le dijo Pedro a Alejandra cuando hubieron acabado el postre.
—Gracias, Pedro—respondió ella, sonrojándose ligeramente—, Miguel se ha acostado ya, tenía dolor de cabeza. Como puedes suponer, últimamente está sometido a una gran tensión.
—Gracias por la cena, señora Chaves —dijo Pedro inmediatamente.
Alejandra, con manos temblorosas y ojos sospechosamente brillantes, se puso en pie y comenzó a recoger los platos del postre.
—Creo que he tomado demasiado vino —dijo Alejandra con una forzada carcajada—. No debería haberlo hecho, siempre me ha sentado mal el alcohol. A Paula le pasa lo mismo. Como bebamos más de medio vaso, luego no podemos acordarnos de lo que decimos ni de lo que hacemos.
—Pedro, ¿nos vas a llevar al colegio o no? —preguntó Gonzalo acercándose a la puerta—. Nos la vamos a cargar si no estamos allí a las diez.
—Bien, vamos —dijo Pedro.
Alejandra continuó recogiendo los platos.
—Vamos, Pedro, no te preocupes por mí, estoy bien.
—¿Seguro?
Ella sonrió temblorosamente.
—Sí, seguro.
Paula, muy tensa, vio a su padre abandonar la mesa y salir del comedor. Luego, tragó saliva al ver el esfuerzo con que su madre se levantó y empezó a recoger los platos.
—Mamá…
Alejandra esbozó una valiente sonrisa.
—¿Alguien quiere postre? He hecho tarta de queso.
—Yo te ayudaré a recoger —dijo Gonzalo poniéndose en pie.
Bruno le imitó.
—Yo también echaré una mano.
Gonzalo le dedicó una sonrisa.
—Gracias.
—Cuando estoy en casa, siempre ayudo a mi madre —dijo Bruno mientras salían del comedor.
Pedro le acarició la cabeza a Paula.
—¿Te encuentras bien?
—No lo sé…
—¿Quieres que vaya a hablar con tu padre?
—¿Para qué? No cambiaría nada. Siempre ha estado en mi contra —Paula echó la silla hacia atrás y se levantó—. Necesito un poco de aire fresco.
Pedro la acompañó al jardín. Allí, le rodeó el cuerpo con un brazo y la atrajo hacia sí. Cada vez le costaba más mantener la distancia con ella. Paula había cometido una equivocación, pero ¿quién no lo hacía?
—Pedro… —le susurró ella acariciándole el pecho con el aliento.
Pedro le alzó la barbilla con un dedo.
—¿Qué, querida?
—¿En serio te parece que tengo talento para pintar?
Pedro le acarició la mejilla.
—¿Tanto te importa mi opinión, Paula?
Como era su costumbre, Paula se humedeció los labios.
—Sí, sí es importante.
—Creo que tienes talento para muchas cosas —respondió Pedro con los ojos fijos en la boca de ella—. La pintura es una de esas cosas.
—¿Para qué otras cosas tengo talento?
Pedro sonrió.
—Tienes talento para hacer que me pregunte por qué estoy aquí, en casa de tus padres, cuando podría estar en mi propia casa, en la cama, con tu hermoso cuerpo bajo el mío.
Entonces, Paula la besó y ella se le entregó totalmente.
—Me vuelves loco —le susurró Pedro al tiempo que le mordisqueaba el labio inferior.
—Y tú a mí —respondió ella tocándole la punta de la lengua con la suya.
Pedro, de repente, alzó la cabeza y se apartó ligeramente de ella al ver allí a su sobrino.
—¿Qué quieres, Bruno?
—Sólo decirte que no eres el único al que ella desea —dijo Bruno fríamente al tiempo que alargaba una mano con el teléfono móvil de Paula hacia su tío.
Paula se estremeció de pies a cabeza y contuvo la respiración cuando Pedro, con el teléfono en la mano, examinó los mensajes y apretó los dientes al ver lo que estaba escrito allí.
Después de lo que a Paula le pareció una eternidad, Pedro desconectó el móvil y se lo dió a Paula con mirada inexpresiva.
—No estoy seguro de que sea buena idea leer o escuchar los mensajes de otras personas —dijo Pedro—. A veces, pueden malinterpretarse y causar un daño innecesario.
—Te advertí que seguía viéndole —dijo Bruno.
Paula se quedó mirando el teléfono que sujetaba con temblorosas manos, lo abrió y accedió a sus mensajes. Había uno escrito de Pablo: Ven a mi casa el viernes a las cuatro. Facundo.
Paula miró a Pedro, que la estaba observando.
—No es lo que piensas —dijo ella.
—No, estoy seguro de que no lo es —contestó Pedro tomándola del brazo para llevarla al interior de la casa, a la mesa en la que Alejandra estaba sirviendo el postre.
Los chicos pronto dieron cuenta de la tarta de queso, pero Paula vió que Pedro estaba distraído y comía a desgana.
—Nosotros llevaremos a los chicos al colegio —le dijo Pedro a Alejandra cuando hubieron acabado el postre.
—Gracias, Pedro—respondió ella, sonrojándose ligeramente—, Miguel se ha acostado ya, tenía dolor de cabeza. Como puedes suponer, últimamente está sometido a una gran tensión.
—Gracias por la cena, señora Chaves —dijo Pedro inmediatamente.
Alejandra, con manos temblorosas y ojos sospechosamente brillantes, se puso en pie y comenzó a recoger los platos del postre.
—Creo que he tomado demasiado vino —dijo Alejandra con una forzada carcajada—. No debería haberlo hecho, siempre me ha sentado mal el alcohol. A Paula le pasa lo mismo. Como bebamos más de medio vaso, luego no podemos acordarnos de lo que decimos ni de lo que hacemos.
—Pedro, ¿nos vas a llevar al colegio o no? —preguntó Gonzalo acercándose a la puerta—. Nos la vamos a cargar si no estamos allí a las diez.
—Bien, vamos —dijo Pedro.
Alejandra continuó recogiendo los platos.
—Vamos, Pedro, no te preocupes por mí, estoy bien.
—¿Seguro?
Ella sonrió temblorosamente.
—Sí, seguro.
Eternamente Juntos: Capítulo 53
Paula se sentó al lado de Pedro e hizo un esfuerzo por hacer justicia a la cena que su madre había preparado. Los chicos estaban sentados el uno frente al otro y, aunque Gonzalo logró ignorar las miradas insidiosas de Bruno, no tuvo la misma suerte con las preguntas de su padre respecto al empeoramiento de sus notas escolares.
Por fin, Paula no pudo soportarlo más.
—¿No te parece algo hipócrita criticar a Bruno por meterse con Gonzalo? Es justo lo que tú estás haciendo con él.
—¿Qué has dicho? —Miguel lanzó una furiosa mirada a su hija.
Paula alzó la barbilla.
—Me has oído perfectamente. No haces más que reducirle la confianza en sí mismo, igual que has hecho toda la vida conmigo.
Pedro le cubrió la mano.
—Querida…
Paula volvió el rostro con expresión irritada.
—No te metas en esto, Pedro. Es un asunto entre mi padre y yo.
—Estás diciendo tonterías, como de costumbre —le dijo Miguel a Paula.
—Gracias por el apoyo, Paula, pero puedo defenderme yo solo —dijo Gonzalo al tiempo que clavaba los ojos en su padre—. Estoy haciendo lo que puedo por prepararme para los exámenes finales. Sé que tú y mamá se llevarían una desilusión si no consigo la nota suficiente para entrar en la facultad de medicina o de derecho, pero ¿no se les ocurrió pensar que puede que no quiera ser médico ni abogado?
Paula vió que sus padres, horrorizados, intercambiaban una mirada.
—¡Tienes que hacer algo con tu vida! —dijo Miguel alzando la voz—. No estarás pensando en convertirte en un artista, o algo igualmente inútil, como tu hermana, ¿verdad?
—Paula es una pintora de mucho talento, señor Chaves—intervino Pedro con calma—. Debería estar orgulloso de ella.
Paula le lanzó una mirada de agradecimiento.
—Es cosa mía lo que decida hacer con mi vida —contestó Gonzalo.
—¡No lo es si quien paga los estudios soy yo! —exclamó Miguel.
—No los estás pagando tú, papá —dijo Paula con una mirada retadora—. Es Pedro quien se está encargando de eso, ¿no?
Miguel apretó los labios y se levantó de la mesa.
—Ha sido un ******* por admitirte en su casa otra vez —declaró Miguel—. Tengo ganas de contarle la verdad respecto a tu…
Por fin, Paula no pudo soportarlo más.
—¿No te parece algo hipócrita criticar a Bruno por meterse con Gonzalo? Es justo lo que tú estás haciendo con él.
—¿Qué has dicho? —Miguel lanzó una furiosa mirada a su hija.
Paula alzó la barbilla.
—Me has oído perfectamente. No haces más que reducirle la confianza en sí mismo, igual que has hecho toda la vida conmigo.
Pedro le cubrió la mano.
—Querida…
Paula volvió el rostro con expresión irritada.
—No te metas en esto, Pedro. Es un asunto entre mi padre y yo.
—Estás diciendo tonterías, como de costumbre —le dijo Miguel a Paula.
—Gracias por el apoyo, Paula, pero puedo defenderme yo solo —dijo Gonzalo al tiempo que clavaba los ojos en su padre—. Estoy haciendo lo que puedo por prepararme para los exámenes finales. Sé que tú y mamá se llevarían una desilusión si no consigo la nota suficiente para entrar en la facultad de medicina o de derecho, pero ¿no se les ocurrió pensar que puede que no quiera ser médico ni abogado?
Paula vió que sus padres, horrorizados, intercambiaban una mirada.
—¡Tienes que hacer algo con tu vida! —dijo Miguel alzando la voz—. No estarás pensando en convertirte en un artista, o algo igualmente inútil, como tu hermana, ¿verdad?
—Paula es una pintora de mucho talento, señor Chaves—intervino Pedro con calma—. Debería estar orgulloso de ella.
Paula le lanzó una mirada de agradecimiento.
—Es cosa mía lo que decida hacer con mi vida —contestó Gonzalo.
—¡No lo es si quien paga los estudios soy yo! —exclamó Miguel.
—No los estás pagando tú, papá —dijo Paula con una mirada retadora—. Es Pedro quien se está encargando de eso, ¿no?
Miguel apretó los labios y se levantó de la mesa.
—Ha sido un ******* por admitirte en su casa otra vez —declaró Miguel—. Tengo ganas de contarle la verdad respecto a tu…
miércoles, 4 de febrero de 2015
Eternamente Juntos: Capítulo 52
Llegaron con algo de retraso a casa de los padres de Paula, pero su padre, Bruno y Gonzalo habían llegado hacía poco y aún estaban sirviéndose las bebidas. Gonzalo se acercó a Paula, una vez que todos tuvieron una copa en la mano, y le sonrió cariñosamente.
—Estoy feliz. Hace meses que no venía a casa.
—¿Tan mal te encuentras en el internado? —le preguntó ella con preocupación.
—No —respondió Gonzalo—. Bueno, últimamente las cosas no han ido muy bien, pero se están empezando a arreglar.
Paula lanzó una mirada a Bruno, que parecía estar siendo amonestado por su tío.
—Bruno no parece muy contento de estar aquí esta noche —comentó ella.
—Ya. Para él es como estar en el campamento enemigo —dijo Gonzalo—. Siento lo que te dijo la otra noche. A mí me dieron ganas de darle un puñetazo.
—No te preocupes, ahora que Pedro y yo estamos juntos, se le acabará pasando. Gonzalo la miró fijamente a los ojos.
—¿Es de verdad, Pepe? —preguntó su hermano—. No lo estarán haciendo por nosotros, para que pasemos los exámenes y esas cosas, ¿verdad? A Paula le costó un gran esfuerzo mantenerle la mirada a su hermano.
—Gonzalo, no te preocupes, estamos juntos porque queremos estarlo.
—Eso le he dicho a Bruno, pero él no está convencido del todo —dijo Gonzalo. —¿Cómo crees que podríamos convencerle? —preguntó Paula. Gonzalo se quedó pensativo un momento.
—¿No se les ha ocurrido repetir públicamente los votos matrimoniales? Paula lanzó una mirada en dirección a Pedro y le dió un vuelco el corazón al ver que él la estaba mirando también. Al momento, forzó una sonrisa antes de volver a dirigirse a su hermano.
—No hemos hablado de ello, pero quizá deberíamos consultarlo con Pedro.
—¿Consultar qué conmigo? —preguntó Pedro rodeándole la cintura con un brazo. Gonzalo le sonrió.
—Estábamos hablando de por qué no repiten los votos matrimoniales.
Pedro miró a Paula.
—¿Qué te parece, querida? ¿Te apetece ir de novia por segunda vez? Paula se humedeció los labios.
—No creo que sea necesario…
—Ya les dije que la reconciliación no es de verdad —dijo Bruno uniéndose a ellos—. Paula no lo hará porque, tan pronto como se le presente la ocasión, volverá con su amante.
—Bruno, te he advertido que no hables así a tu tía… La mirada desafiante de Bruno interrumpió la reprimenda de su tío.
—¿Por qué no le miras el teléfono móvil? —sugirió Bruno—. Mira las llamadas que ha hecho y te garantizo que verás que se ha puesto en contacto con él.
Paula estuvo a punto de desvanecerse en ese instante. Presa del pánico, lanzó una mirada a su bolso, donde el teléfono móvil contenía la evidencia.
—Te equivocas —dijo Pedro—. No necesito hacer semejante cosa. Confiamos el uno en el otro y hemos dejado él pasado atrás.
—Yo no me fiaría de una cualquiera —dijo Bruno en un susurro que pudo llegar a los oídos de los que estaban a su lado.
—¡La cena está lista! —anunció Alejandra alegremente—. Venga, chicos, sientense. Pedro retuvo a Paula mientras los chicos se sentaban a la mesa.
—Esto no está saliendo como pensábamos —le dijo él en un susurro—. Vamos a tener que esforzarnos algo más.
—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó ella con expresión preocupada.
—No lo sé, pero vamos a tener que hacer algo y pronto —contestó Pedro llevándola hacia la mesa.
—Estoy feliz. Hace meses que no venía a casa.
—¿Tan mal te encuentras en el internado? —le preguntó ella con preocupación.
—No —respondió Gonzalo—. Bueno, últimamente las cosas no han ido muy bien, pero se están empezando a arreglar.
Paula lanzó una mirada a Bruno, que parecía estar siendo amonestado por su tío.
—Bruno no parece muy contento de estar aquí esta noche —comentó ella.
—Ya. Para él es como estar en el campamento enemigo —dijo Gonzalo—. Siento lo que te dijo la otra noche. A mí me dieron ganas de darle un puñetazo.
—No te preocupes, ahora que Pedro y yo estamos juntos, se le acabará pasando. Gonzalo la miró fijamente a los ojos.
—¿Es de verdad, Pepe? —preguntó su hermano—. No lo estarán haciendo por nosotros, para que pasemos los exámenes y esas cosas, ¿verdad? A Paula le costó un gran esfuerzo mantenerle la mirada a su hermano.
—Gonzalo, no te preocupes, estamos juntos porque queremos estarlo.
—Eso le he dicho a Bruno, pero él no está convencido del todo —dijo Gonzalo. —¿Cómo crees que podríamos convencerle? —preguntó Paula. Gonzalo se quedó pensativo un momento.
—¿No se les ha ocurrido repetir públicamente los votos matrimoniales? Paula lanzó una mirada en dirección a Pedro y le dió un vuelco el corazón al ver que él la estaba mirando también. Al momento, forzó una sonrisa antes de volver a dirigirse a su hermano.
—No hemos hablado de ello, pero quizá deberíamos consultarlo con Pedro.
—¿Consultar qué conmigo? —preguntó Pedro rodeándole la cintura con un brazo. Gonzalo le sonrió.
—Estábamos hablando de por qué no repiten los votos matrimoniales.
Pedro miró a Paula.
—¿Qué te parece, querida? ¿Te apetece ir de novia por segunda vez? Paula se humedeció los labios.
—No creo que sea necesario…
—Ya les dije que la reconciliación no es de verdad —dijo Bruno uniéndose a ellos—. Paula no lo hará porque, tan pronto como se le presente la ocasión, volverá con su amante.
—Bruno, te he advertido que no hables así a tu tía… La mirada desafiante de Bruno interrumpió la reprimenda de su tío.
—¿Por qué no le miras el teléfono móvil? —sugirió Bruno—. Mira las llamadas que ha hecho y te garantizo que verás que se ha puesto en contacto con él.
Paula estuvo a punto de desvanecerse en ese instante. Presa del pánico, lanzó una mirada a su bolso, donde el teléfono móvil contenía la evidencia.
—Te equivocas —dijo Pedro—. No necesito hacer semejante cosa. Confiamos el uno en el otro y hemos dejado él pasado atrás.
—Yo no me fiaría de una cualquiera —dijo Bruno en un susurro que pudo llegar a los oídos de los que estaban a su lado.
—¡La cena está lista! —anunció Alejandra alegremente—. Venga, chicos, sientense. Pedro retuvo a Paula mientras los chicos se sentaban a la mesa.
—Esto no está saliendo como pensábamos —le dijo él en un susurro—. Vamos a tener que esforzarnos algo más.
—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó ella con expresión preocupada.
—No lo sé, pero vamos a tener que hacer algo y pronto —contestó Pedro llevándola hacia la mesa.
Eternamente Juntos: Capítulo 51
—Hasta esta noche. A propósito, los chicos van a venir también. Tu padre va a ir a recogerlos al colegio —dijo Alejandra—. Y otra cosa, he preparado tu postre preferido.
Paula se pasó una mano por los ojos.
—Gracias, mamá.
Paula dejó escapar un suspiro mientras dirigía la mirada hacia el armario. Tras unos momentos de duda, se acercó al cajón de la ropa interior, sacó la caja que había dejado allí hacía unos minutos y, con ella en la mano, se fue al cuarto de baño.
Pedro encontró a Paula en el salón, sentada en el borde de uno de los sofás y mordiéndose lo que le quedaba de las uñas. Al verle, se quitó la mano de la boca y se sonrojó.
—Mamá me ha dicho que te ha llamado para invitarnos a cenar —dijo ella—. Los chicos también van a ir.
—Sí. Pero si no te apetece ir, pondremos una disculpa.
—No, es mejor que vayamos —respondió Paula mirando al suelo.
Pedro se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—¿Qué pasa, Paula?
Paula alzó los ojos y le miró.
—Nada. Es sólo que estoy algo cansada y baja de moral.
«Y embarazada». La caja, después de haberse hecho la prueba, estaba en un estante del armario, debajo de los jerseys. Esperaba que Marietta no la encontrara accidentalmente.
Necesitaba tiempo para prepararse antes de decírselo a Pedro.
—Te he comprado un coche —dijo Pedro, interrumpiendo el momentáneo silencio—. Lo van a traer mañana por la mañana a primera hora.
Paula esbozó una sonrisa forzada.
—Gracias… pero no deberías haberte molestado. Estoy acostumbrada al transporte público.
—Preferiría que utilizaras el coche que te he comprado —dijo él—. No me gustaría que los periodistas empezaran a hacer comentarios sobre por qué mi esposa va en tren mientras yo dispongo de un coche lujoso y también de chófer cuando quiero.
—Así que es por las apariencias, ¿eh? —dijo ella con amargura.
—Naturalmente —contestó Pedro—. Pero lo estamos haciendo por los chicos, ¿no?
—Sí, tienes razón. En fin, creo que deberíamos irnos ya —dijo Paula con voz algo ronca—. Mamá se está tomando muchas molestias con la cena y no me gustaría llegar tarde.
Paula se pasó una mano por los ojos.
—Gracias, mamá.
Paula dejó escapar un suspiro mientras dirigía la mirada hacia el armario. Tras unos momentos de duda, se acercó al cajón de la ropa interior, sacó la caja que había dejado allí hacía unos minutos y, con ella en la mano, se fue al cuarto de baño.
Pedro encontró a Paula en el salón, sentada en el borde de uno de los sofás y mordiéndose lo que le quedaba de las uñas. Al verle, se quitó la mano de la boca y se sonrojó.
—Mamá me ha dicho que te ha llamado para invitarnos a cenar —dijo ella—. Los chicos también van a ir.
—Sí. Pero si no te apetece ir, pondremos una disculpa.
—No, es mejor que vayamos —respondió Paula mirando al suelo.
Pedro se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—¿Qué pasa, Paula?
Paula alzó los ojos y le miró.
—Nada. Es sólo que estoy algo cansada y baja de moral.
«Y embarazada». La caja, después de haberse hecho la prueba, estaba en un estante del armario, debajo de los jerseys. Esperaba que Marietta no la encontrara accidentalmente.
Necesitaba tiempo para prepararse antes de decírselo a Pedro.
—Te he comprado un coche —dijo Pedro, interrumpiendo el momentáneo silencio—. Lo van a traer mañana por la mañana a primera hora.
Paula esbozó una sonrisa forzada.
—Gracias… pero no deberías haberte molestado. Estoy acostumbrada al transporte público.
—Preferiría que utilizaras el coche que te he comprado —dijo él—. No me gustaría que los periodistas empezaran a hacer comentarios sobre por qué mi esposa va en tren mientras yo dispongo de un coche lujoso y también de chófer cuando quiero.
—Así que es por las apariencias, ¿eh? —dijo ella con amargura.
—Naturalmente —contestó Pedro—. Pero lo estamos haciendo por los chicos, ¿no?
—Sí, tienes razón. En fin, creo que deberíamos irnos ya —dijo Paula con voz algo ronca—. Mamá se está tomando muchas molestias con la cena y no me gustaría llegar tarde.
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