—Entonces, se debe sólo a que eres mayor de edad —la tomó por los hombros—. Yo tengo treinta y cuatro y ni por un millón de dólares regresaría a los diecinueve.
—Es bastante duro, ¿verdad? —al estar tan cerca de él, una felicidad extraña la embargaba por primera vez en muchos meses.
—Es horrible —él asintió y mirando su reloj exclamó—: ¡Cielos! ya son más de las cinco —la miró a los ojos y agregó—: Tengo un compromiso a las seis, ¿podemos hablar después que regrese?
—Ya hablamos, siento mucho haber llorado sobre su camisa, ya tengo que irme, mi jornada terminó hace mucho —se retiró de Pedro.
—Paula…
Ella se volvió.
—Ha sido usted muy amable, señor Alfonso, por lo general no acostumbro aburrir a los huéspedes con mis problemas.
Él la asió de un brazo y la atrajo hacia sí.
—¡Eso ya lo sé! Maldición. Paula, no era mi intención lastimarte, tengo una cita a las seis pero quiero verte cuando regrese.
—No estaré aquí —le contestó evadiendo su mirada y sintiéndose avergonzada por la manera como se había dejado llevar por sus emociones delante de él.
—¿En dónde vas a estar? —inquirió Pedro.
—En casa —contestó evasiva.
—¿En dónde vives?
Paula adoptó una actitud defensiva.
—¡Eso no le importa! Mire, me disculpé por haberlo molestado, ahora, ¿sería tan amable de cumplir con su compromiso y dejarme?
—Paula, quiero…
—¡No me interesa lo que usted quiera! —y apartando de su brazo la mano de él, corrió hacia la puerta. Salió y se dirigió a la bodega.
—¡Paula! —Pedro Alfonso la alcanzó, haciéndola volverse—. Te estoy hablando —la expresión de él era severa—. Si no quieres decirme dónde vives, entonces nos veremos aquí. Podemos cenar juntos si quieres y hablar de tí.
Paula lo miró desafiante.
—¿Y por qué querría usted saber más de mí? ¿No le he dicho suficiente? ¿Todavía no se aburre?
—No me has aburrido. Estás desamparada, sola y…
—¡Pero no voy a suicidarme! —exclamó con altanería.
Él palideció y apartándola de sí dijo:
—Está bien Paula, si así lo quieres —él se alejó y subió a una camioneta salpicada de barro, con una enorme viga en la parte de atrás.
¡Oh! ¿Cómo había podido decirle todo eso? ¿Aun, haber llorado en su hombro? En realidad, deseaba no volver a verlo. Había actuado como una tonta. Limpió la habitación tan rápido que podría haber establecido un récord, aterrada con la idea de que pudiera regresar antes que hubiera terminado. Sin embargo, él no llegó y ella pudo escapar sin parecer una tonta una vez más.
Sólo Marcos estaba en la oficina cuando ella entró para despedirse y la miró con el ceño fruncido.
—Ya es un poco tarde, ¿no te parece? —era un hombre alto, rubio y que no permitía que ninguna mujer con la que tuviera trato no lo encontrara irresistible. Él y Fabiana hacían una buena pareja.
Paula encogió los hombros y contestó sin rodeos:
—Tuve mucho qué hacer.
Él la desvistió con la mirada.
—Eso creo —replicó burlón—. ¿Sabes?, no te pago para que coquetees con los huéspedes.
—¿Coquetear? —la chica se mordió el labio inferior.
—Te ví con el tal Alfonso, te parece atractivo, ¿no es cierto?
—No… yo…
—¡Mentirosa! —gritó enfadado—. Espero que no estés tramando nada con él,Paula, porque yo no tolero esas cosas en mi negocio.
—No tengo intenciones de llegar a nada con el señor Alfonso, yo estaba limpiando el dormitorio cuando él llegó y…
—No quiero explicaciones —Marcos la interrumpió—, sólo que recuerdes… —se le acercó y la tomó por la cintura—… yo soy el primero en lista para cuando decidas ser amable con alguien.
Paula se apartó de él.
—Sólo vine a avisar que ya terminé, ahora me voy a mi cuarto.
Él la recorrió con una mirada sugestiva.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No, gracias —la chica tragó saliva.
—¡Qué educada! Después de todo, me das las gracias.
Paula tenía que salir cuanto antes de ese lugar antes de enfermar de asco.
—Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, Paula. Mañana será otro día.
—Sí.
domingo, 5 de junio de 2016
Propuesta Arriesgada: Capítulo 3
—Pues ya lo hice —y con toda calma siguió tendiendo la cama—. Parece como si tú ya hubieras hecho demasiado —observó las pálidas mejillas y el delgado cuerpo de la chica.
—¿Comes?
—¡Por supuesto que sí! —contestó irritada.
Pedro recorrió con la mirada el cuerpo femenino.
—¿Cada cuándo? —inquirió.
Paula no comía como debía, ya que por un lado, no tenía tiempo y por otro carecía de dinero para tener una buena alimentación como la que necesitaba.
—¿Cada cuándo? —repitió la pregunta.
Paula lo miró molesta.
—Cada vez que tengo hambre.
—¿Cada cuándo tienes hambre? —indagó Pedro, conmovido.
—Una o dos veces al día —contestó de mala gana.
Pedro se mostró enternecido.
—Y hoy, ¿ya comiste?
—Todavía no —la chica se sintió incapaz de enfrentar la mirada inquisidora de él. ¡Qué le importaba si ella comía o no!
—¿Vas a comer? —él insistió.
—Es posible.
—Estoy seguro de que no lo harás —suspiró—, ¿desde cuándo estás aquí?
—Desde hace ocho semanas —contestó molesta.
—¿Y cuánto peso has perdido desde entonces?
—Pues…
—¿Cuánto, Paula?
—Seis kilos.
Él asintió como si lo hubiera adivinado.
—Seis kilos que necesitas.
Ella lo miró molesta y preguntó:
—¿Eso qué tiene que ver con usted? ¿Qué le importa sí como o no?
—Me importa, Paula, es muy importante para mí —contestó con amabilidad.
La amabilidad era la ruina para Paula; de pronto, su rostro se contrajo, tragó saliva y no pudo controlar los sollozos.
—No llores, pequeña —los fuertes brazos masculinos la rodearon—. No quise lastimarte —el aliento tibio de Pedro acariciaba el cabello de la sien de Paula.
—No me lastimó —se refugió en el pecho de él, ahí se sentía segura y se acurrucó en los fuertes brazos.
—Dime… —la animó con voz suave.
El cuerpo de Paula se estremecía de emoción.
—Es sólo que hace mucho nadie me decía eso.
—¿Decirte que, pequeñita? —él le acarició la espalda.
Paula sollozaba sin estilo.
—Que yo le importaba…
Pedro la apretó y reconfortó.
—Llora todo lo que quieras chiquita, luego podemos hablar.
Estas últimas palabras hicieron que dejara de llorar y preguntó:
—¿Ha… hablar?
—Sí, quiero saber qué es lo que hace una chica como tú, sola en este lugar. Aún deberías estar en la escuela, no trabajando como esclava en un motel de segunda — hizo énfasis en la última palabra.
Paula sonrió sin ganas, secando sus mejillas a la vez que se alejaba de él.
—Salí de la escuela desde hace años —contestó.
—¿Cuántos?
—Tres.
—¡Tres! —exclamó.
—¿No me cree? —Paula agrandó los ojos.
—No.
—Bueno, al menos es honesto —ella soltó una carcajada.
—Así está mejor —sonrió Pedro—. Eres más bonita cuando sonríes.
—Bonita —ella hizo una mueca.
—¿Preciosa?…
—Pues…
—Irresistible —él bromeó.
Paula sonrió de nuevo.
—Me quedo con lo de bonita; y sí, hace tres años que salí de la escuela, tengo diecinueve años.
—¡Guau!…
Paula se sonrojó.
—¿Comes?
—¡Por supuesto que sí! —contestó irritada.
Pedro recorrió con la mirada el cuerpo femenino.
—¿Cada cuándo? —inquirió.
Paula no comía como debía, ya que por un lado, no tenía tiempo y por otro carecía de dinero para tener una buena alimentación como la que necesitaba.
—¿Cada cuándo? —repitió la pregunta.
Paula lo miró molesta.
—Cada vez que tengo hambre.
—¿Cada cuándo tienes hambre? —indagó Pedro, conmovido.
—Una o dos veces al día —contestó de mala gana.
Pedro se mostró enternecido.
—Y hoy, ¿ya comiste?
—Todavía no —la chica se sintió incapaz de enfrentar la mirada inquisidora de él. ¡Qué le importaba si ella comía o no!
—¿Vas a comer? —él insistió.
—Es posible.
—Estoy seguro de que no lo harás —suspiró—, ¿desde cuándo estás aquí?
—Desde hace ocho semanas —contestó molesta.
—¿Y cuánto peso has perdido desde entonces?
—Pues…
—¿Cuánto, Paula?
—Seis kilos.
Él asintió como si lo hubiera adivinado.
—Seis kilos que necesitas.
Ella lo miró molesta y preguntó:
—¿Eso qué tiene que ver con usted? ¿Qué le importa sí como o no?
—Me importa, Paula, es muy importante para mí —contestó con amabilidad.
La amabilidad era la ruina para Paula; de pronto, su rostro se contrajo, tragó saliva y no pudo controlar los sollozos.
—No llores, pequeña —los fuertes brazos masculinos la rodearon—. No quise lastimarte —el aliento tibio de Pedro acariciaba el cabello de la sien de Paula.
—No me lastimó —se refugió en el pecho de él, ahí se sentía segura y se acurrucó en los fuertes brazos.
—Dime… —la animó con voz suave.
El cuerpo de Paula se estremecía de emoción.
—Es sólo que hace mucho nadie me decía eso.
—¿Decirte que, pequeñita? —él le acarició la espalda.
Paula sollozaba sin estilo.
—Que yo le importaba…
Pedro la apretó y reconfortó.
—Llora todo lo que quieras chiquita, luego podemos hablar.
Estas últimas palabras hicieron que dejara de llorar y preguntó:
—¿Ha… hablar?
—Sí, quiero saber qué es lo que hace una chica como tú, sola en este lugar. Aún deberías estar en la escuela, no trabajando como esclava en un motel de segunda — hizo énfasis en la última palabra.
Paula sonrió sin ganas, secando sus mejillas a la vez que se alejaba de él.
—Salí de la escuela desde hace años —contestó.
—¿Cuántos?
—Tres.
—¡Tres! —exclamó.
—¿No me cree? —Paula agrandó los ojos.
—No.
—Bueno, al menos es honesto —ella soltó una carcajada.
—Así está mejor —sonrió Pedro—. Eres más bonita cuando sonríes.
—Bonita —ella hizo una mueca.
—¿Preciosa?…
—Pues…
—Irresistible —él bromeó.
Paula sonrió de nuevo.
—Me quedo con lo de bonita; y sí, hace tres años que salí de la escuela, tengo diecinueve años.
—¡Guau!…
Paula se sonrojó.
Propuesta Arriesgada: Capítulo 2
—Por un momento pensé que eras tartamuda, pero esa pequeña demostración de carácter, me demostró lo contrario. Así que no empieces a balbucear como una tonta otra vez —se sentó sobre la cama, apoyó la cabeza en la cabecera y puso las polvorientas botas en la colcha.
—¡No me llame tonta! y ¡baje los pies de la cama! —gritó Paula, indignada.
—Aún no has cambiado las sábanas, ¿o sí? —sonrió.
—Usted sabe que todavía no lo he hecho.
—Siendo así, mis pies se quedan donde están. Así me aseguro de que cambies las sábanas.
—Siempre cambio las sábanas —contestó irritada.
Él se llevó la mano a la nuca. .
—Pero, por favor, no permitas que te quite el tiempo —dijo con sensualidad.
—¡No me lo está quitando! —entró enfadada en el bañó y empezó a lavarlo de mala gana. Un hombre burlón era todo lo que necesitaba para finalizar un día largo y difícil.
—¿Ya te tranquilizaste?
Paula se volvió para mirarlo, estaba de pie en el umbral de la puerta.
—Estoy muy tranquila —contestó con altanería.
—Mmm, ya lo veo —se sentó junto a ella pero la joven se levantó para limpiar el lavamanos.
Era abrumador tenerlo tan cerca.
Paula trató de ignorarlo y siguió lavando el baño, pero no fue fácil teniendo aquellos bellos ojos verdes sobre ella. El se apoyó contra una pared con los brazos cruzados sobre el musculoso pecho. Paula estaba al tanto de cada uno de sus movimientos aun sin mirarlo. Al dirigirse a la habitación principal, pasó junto a él ruborizada. El hombre la siguió una vez más sentándose en una de las camas y de pronto preguntó:
—¿Qué hace una mujer tan linda como tú en un lugar como éste?
—Eso no es muy original —Paula le lanzó una mirada de indignación.
—No pretendí que lo fuera —contestó con aspereza—, era una pregunta sincera. Ha habido chicas que desaparecen en la ciudad y nadie vuelve a saber de ellas.
Paula no podía creerlo, parecía que no había hecho más que luchar con los hombres desde el momento que había llegado al motel y debido a la manera irónica en que este individuo se comportaba, ella no estaba segura de que las intenciones del tipo fueran distintas a las de los otros.
—Pues sucede, que no estoy "hambriento" de niñitas inglesas flacas —expresó en tono insolente como si hubiera leído los pensamientos de ella.
—¡Soy tan canadiense como usted! —Paula se sonrojó más.
—¿De veras? —por lo visto no creía lo que ella decía.
—Sí, de verdad —dejó de fingir que trabajaba ya que sabía que sólo estaba haciendo un desastre—. Nací en Calgary —agregó con cierto orgullo.
—Entonces, ¿por qué pareces una inglesa melindrosa?
—Porque fuí educada melin… porque crecí en Inglaterra —rectificó ante la risilla burlona de él y levantando la barbilla, desafiante, añadió—: Donde me enseñaron mejores modales que a usted en Canadá.
Él soltó una carcajada.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Paula Chaves—contestó altiva.
Él tendió la mano y se presentó.
—Soy Pedro Alfonso … Pepe para tí.
Su mano era fuerte e hizo estremecer a la chica. De pronto se dió cuenta de que él no había soltado su mano y la apartó con violencia.
—Yo… yo preferiría llamarlo señor Alfonso.
Él sonrió complacido.
—Sí, estoy seguro de ello, nena, pero…
—Tampoco me agrada que me llame nena.
Pedro Alfonso todavía le sonreía y provocándola le dijo:
—Otra vez te estás portando melindrosa.
—Y usted está siendo mal educado otra vez.
Él apretó los labios, pensativo.
—De acuerdo. Paula, paz, hagamos las paces. Ahora dime, ¿Cómo es que una nativa de Calgary habla con ese acento inglés tan marcado? ¿Te molesté otra vez? — arqueó una ceja.
—Sabe que sí.
Él suspiró y contestó:
—Así que cuanto menos diga, menos probabilidad hay de que te ofenda.
—No tengo tiempo para conversar —Paula comenzó a arreglar las camas—, tengo que terminar de limpiar su habitación y trabajo más de prisa si no hablo.
—Entonces, le ayudaré —se acercó al carrito y tomó las sábanas limpias extendiendo una de ellas sobre el colchón.
—Pero… ¡usted no puede hacer eso! —exclamó sorprendida.
—¡No me llame tonta! y ¡baje los pies de la cama! —gritó Paula, indignada.
—Aún no has cambiado las sábanas, ¿o sí? —sonrió.
—Usted sabe que todavía no lo he hecho.
—Siendo así, mis pies se quedan donde están. Así me aseguro de que cambies las sábanas.
—Siempre cambio las sábanas —contestó irritada.
Él se llevó la mano a la nuca. .
—Pero, por favor, no permitas que te quite el tiempo —dijo con sensualidad.
—¡No me lo está quitando! —entró enfadada en el bañó y empezó a lavarlo de mala gana. Un hombre burlón era todo lo que necesitaba para finalizar un día largo y difícil.
—¿Ya te tranquilizaste?
Paula se volvió para mirarlo, estaba de pie en el umbral de la puerta.
—Estoy muy tranquila —contestó con altanería.
—Mmm, ya lo veo —se sentó junto a ella pero la joven se levantó para limpiar el lavamanos.
Era abrumador tenerlo tan cerca.
Paula trató de ignorarlo y siguió lavando el baño, pero no fue fácil teniendo aquellos bellos ojos verdes sobre ella. El se apoyó contra una pared con los brazos cruzados sobre el musculoso pecho. Paula estaba al tanto de cada uno de sus movimientos aun sin mirarlo. Al dirigirse a la habitación principal, pasó junto a él ruborizada. El hombre la siguió una vez más sentándose en una de las camas y de pronto preguntó:
—¿Qué hace una mujer tan linda como tú en un lugar como éste?
—Eso no es muy original —Paula le lanzó una mirada de indignación.
—No pretendí que lo fuera —contestó con aspereza—, era una pregunta sincera. Ha habido chicas que desaparecen en la ciudad y nadie vuelve a saber de ellas.
Paula no podía creerlo, parecía que no había hecho más que luchar con los hombres desde el momento que había llegado al motel y debido a la manera irónica en que este individuo se comportaba, ella no estaba segura de que las intenciones del tipo fueran distintas a las de los otros.
—Pues sucede, que no estoy "hambriento" de niñitas inglesas flacas —expresó en tono insolente como si hubiera leído los pensamientos de ella.
—¡Soy tan canadiense como usted! —Paula se sonrojó más.
—¿De veras? —por lo visto no creía lo que ella decía.
—Sí, de verdad —dejó de fingir que trabajaba ya que sabía que sólo estaba haciendo un desastre—. Nací en Calgary —agregó con cierto orgullo.
—Entonces, ¿por qué pareces una inglesa melindrosa?
—Porque fuí educada melin… porque crecí en Inglaterra —rectificó ante la risilla burlona de él y levantando la barbilla, desafiante, añadió—: Donde me enseñaron mejores modales que a usted en Canadá.
Él soltó una carcajada.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Paula Chaves—contestó altiva.
Él tendió la mano y se presentó.
—Soy Pedro Alfonso … Pepe para tí.
Su mano era fuerte e hizo estremecer a la chica. De pronto se dió cuenta de que él no había soltado su mano y la apartó con violencia.
—Yo… yo preferiría llamarlo señor Alfonso.
Él sonrió complacido.
—Sí, estoy seguro de ello, nena, pero…
—Tampoco me agrada que me llame nena.
Pedro Alfonso todavía le sonreía y provocándola le dijo:
—Otra vez te estás portando melindrosa.
—Y usted está siendo mal educado otra vez.
Él apretó los labios, pensativo.
—De acuerdo. Paula, paz, hagamos las paces. Ahora dime, ¿Cómo es que una nativa de Calgary habla con ese acento inglés tan marcado? ¿Te molesté otra vez? — arqueó una ceja.
—Sabe que sí.
Él suspiró y contestó:
—Así que cuanto menos diga, menos probabilidad hay de que te ofenda.
—No tengo tiempo para conversar —Paula comenzó a arreglar las camas—, tengo que terminar de limpiar su habitación y trabajo más de prisa si no hablo.
—Entonces, le ayudaré —se acercó al carrito y tomó las sábanas limpias extendiendo una de ellas sobre el colchón.
—Pero… ¡usted no puede hacer eso! —exclamó sorprendida.
Propuesta Arriesgada: Capítulo 1
Paula estaba muy cansada, tenía una habitación mis que limpiar para terminar su jornada. Abrió la puerta y el desorden que vio, la hizo sentirse peor. No había duda, quienquiera que hubiese ocupado ese cuarto la noche anterior, había dado una fiesta, ya que olía a cigarro y había botellas de cerveza esparcidas por todas partes. Dejó la puerta abierta para ventilar el lugar y empezó a recoger los envases. ¡Nunca terminaría de limpiar! Cuando Marcos Johnston, el dueño del motel la había empleado hacía dos semanas, no le había dicho que su esposa, la otra empleada, salía de compras más a menudo de lo que trabajaba. Tampoco le había advertido que debería estar preparada para sus continuas y molestas insinuaciones amorosas.
Después de haber servido hamburguesas grasosas en un lugar sucio durante seis semanas, limpiar unos cuantos dormitorios en un motel le había parecido más fácil. La idea de ir al Canadá la había emocionado, así podría visitar el lugar donde había nacido y vivido hasta que tuvo tres años y sus padres emigraron hacia Inglaterra, ya que en Calgary el costo de la vida era uno de los más altos del país.
Marcos Johnston, le había ofrecido lo que él consideraba un buen entretenimiento; sin embargo, no era la clase de distracción que a Paula le agradara y sus insinuaciones resultaban cada vez más difíciles de rechazar, puesto que le había dado a entender que si no le daba lo que quería, podía despedirse del empleo.
—¿Es este el cuarto veintiséis, nena?
Paula se volvió al oír aquella voz ronca con ese agradable acento canadiense que tanto le gustaba. Sus ojos se agrandaron conforme observaba la apariencia del individuo; tenía botas de cuero, pantalones vaqueros y chaqueta, camisa a cuadros, el cabello en parte oculto por el sombrero igual al que muchos hombres de Calgary usaban. Paula volvió a mirar el rostro bronceado.
Debido a la distancia no podía distinguir el color de los ojos de aquel extraño aunque estaba segura de que eran claros, azules o quizá verdes. La joven temblaba temerosa. Había algo en ese hombre que la ponía nerviosa. Estaba segura de que no era un pacifista pero tampoco uno de esos jóvenes rudos que solían hospedarse en el motel. El no poder clasificarlo, la preocupaba y la hacía sentirse insegura acerca de la actitud que tomaría hacia él.
—¿Y bien? —interrumpió con voz suave los pensamientos de Paula al mismo tiempo que se acomodaba la maleta sobre el hombro.
—Yo… pues… —Paula parpadeó—. ¿Perdón? —preguntó sin fuerza.
Él arqueó las cejas mostrando impaciencia y repitió la pregunta:
—¿Es éste el cuarto veintiséis?
—Sí —asintió nerviosa.
Se sentía sucia con los pantalones de mezclilla y la blusa de algodón que había llevado toda la mañana y con el cabello rubio desordenado. Parecía menor de diecinueve años.
—Entonces, ¿por qué tiene la puerta el número veintinueve? —preguntó a la vez que trataba de poner la maleta sobre la cama revuelta e hizo una mueca de desagrado ante el desorden que los rodeaba.
—No es posible —expresó extrañada dirigiéndose a la puerta y puso el número como debía estar, pero en el momento de retirar la mano, el número seis regresó a su posición inicial. Paula se limpió las manos en el pantalón y dijo:
—Creo que se le cayó un tornillo.
—Eso fue lo que pensé cuando ví el veintinueve a un lado y el veintisiete al otro. ¿Eres inglesa? —preguntó con espontaneidad.
—Sí —contestó con voz ronca la joven.
—Bueno, mi pequeña inglecita —dijo burlón—, sucede que he rentado esta habitación por hoy.
—¿Lo hizo? —no ocultó su preocupación, sabía que iba a tomarle algún tiempo limpiar y que no podía hacerlo bajo la mirada escrutadora de ese hombre. En ese instante vió que los ojos de él eran de un verde tan intenso que hacía un magnífico contraste con la piel bronceada.
—Sí —confirmó burlón y al quitarse el sombrero dejó al descubierto el cabello más negro que Paula había visto en su vida.
Con una sonrisa forzada Paula comentó:
—Todavía no termino de limpiar su habitación.
Él recorrió con la mirada el dormitorio.
—Ojalá ni siquiera hayas empezado, preciosa, no me gusta la idea de que los cuartos sean rentados en estas condiciones.
—Estoy un poco atrasada —replicó la chica, nerviosa, tocándose el cabello.
Él miró con atención el rostro sonrojado de Paula.
—Parece como si acostumbraras estar atrasada.
—Quise decir que… que todavía no he terminado mi trabajo.
—Ya sé lo que quisiste decir, preciosa.
—¡No me llame preciosa! —explotó al fin. Había sido un día cansado y no estaba de humor para soportar que ese extraño se burlara de ella—. Yo no soy nada de usted. Dejaré su habitación arreglada tan pronto como sea posible, aunque temo que me tomará algunos minutos hacerlo.
—No te disculpes, estás echando a perder el efecto.
Ella frunció el ceño.
—¿El efecto? —parpadeó mostrando su confusión.
Después de haber servido hamburguesas grasosas en un lugar sucio durante seis semanas, limpiar unos cuantos dormitorios en un motel le había parecido más fácil. La idea de ir al Canadá la había emocionado, así podría visitar el lugar donde había nacido y vivido hasta que tuvo tres años y sus padres emigraron hacia Inglaterra, ya que en Calgary el costo de la vida era uno de los más altos del país.
Marcos Johnston, le había ofrecido lo que él consideraba un buen entretenimiento; sin embargo, no era la clase de distracción que a Paula le agradara y sus insinuaciones resultaban cada vez más difíciles de rechazar, puesto que le había dado a entender que si no le daba lo que quería, podía despedirse del empleo.
—¿Es este el cuarto veintiséis, nena?
Paula se volvió al oír aquella voz ronca con ese agradable acento canadiense que tanto le gustaba. Sus ojos se agrandaron conforme observaba la apariencia del individuo; tenía botas de cuero, pantalones vaqueros y chaqueta, camisa a cuadros, el cabello en parte oculto por el sombrero igual al que muchos hombres de Calgary usaban. Paula volvió a mirar el rostro bronceado.
Debido a la distancia no podía distinguir el color de los ojos de aquel extraño aunque estaba segura de que eran claros, azules o quizá verdes. La joven temblaba temerosa. Había algo en ese hombre que la ponía nerviosa. Estaba segura de que no era un pacifista pero tampoco uno de esos jóvenes rudos que solían hospedarse en el motel. El no poder clasificarlo, la preocupaba y la hacía sentirse insegura acerca de la actitud que tomaría hacia él.
—¿Y bien? —interrumpió con voz suave los pensamientos de Paula al mismo tiempo que se acomodaba la maleta sobre el hombro.
—Yo… pues… —Paula parpadeó—. ¿Perdón? —preguntó sin fuerza.
Él arqueó las cejas mostrando impaciencia y repitió la pregunta:
—¿Es éste el cuarto veintiséis?
—Sí —asintió nerviosa.
Se sentía sucia con los pantalones de mezclilla y la blusa de algodón que había llevado toda la mañana y con el cabello rubio desordenado. Parecía menor de diecinueve años.
—Entonces, ¿por qué tiene la puerta el número veintinueve? —preguntó a la vez que trataba de poner la maleta sobre la cama revuelta e hizo una mueca de desagrado ante el desorden que los rodeaba.
—No es posible —expresó extrañada dirigiéndose a la puerta y puso el número como debía estar, pero en el momento de retirar la mano, el número seis regresó a su posición inicial. Paula se limpió las manos en el pantalón y dijo:
—Creo que se le cayó un tornillo.
—Eso fue lo que pensé cuando ví el veintinueve a un lado y el veintisiete al otro. ¿Eres inglesa? —preguntó con espontaneidad.
—Sí —contestó con voz ronca la joven.
—Bueno, mi pequeña inglecita —dijo burlón—, sucede que he rentado esta habitación por hoy.
—¿Lo hizo? —no ocultó su preocupación, sabía que iba a tomarle algún tiempo limpiar y que no podía hacerlo bajo la mirada escrutadora de ese hombre. En ese instante vió que los ojos de él eran de un verde tan intenso que hacía un magnífico contraste con la piel bronceada.
—Sí —confirmó burlón y al quitarse el sombrero dejó al descubierto el cabello más negro que Paula había visto en su vida.
Con una sonrisa forzada Paula comentó:
—Todavía no termino de limpiar su habitación.
Él recorrió con la mirada el dormitorio.
—Ojalá ni siquiera hayas empezado, preciosa, no me gusta la idea de que los cuartos sean rentados en estas condiciones.
—Estoy un poco atrasada —replicó la chica, nerviosa, tocándose el cabello.
Él miró con atención el rostro sonrojado de Paula.
—Parece como si acostumbraras estar atrasada.
—Quise decir que… que todavía no he terminado mi trabajo.
—Ya sé lo que quisiste decir, preciosa.
—¡No me llame preciosa! —explotó al fin. Había sido un día cansado y no estaba de humor para soportar que ese extraño se burlara de ella—. Yo no soy nada de usted. Dejaré su habitación arreglada tan pronto como sea posible, aunque temo que me tomará algunos minutos hacerlo.
—No te disculpes, estás echando a perder el efecto.
Ella frunció el ceño.
—¿El efecto? —parpadeó mostrando su confusión.
Propuesta Arriesgada: Sinopsis
Pedro Alfonso saca a Paula de un lamentable trabajo en un motel de carretera y se la lleva a su casa con la proposición de convertirla en su amante. Él es un famoso escultor y pronto se da cuenta de que ella no tiene ninguna experiencia sexual.
viernes, 3 de junio de 2016
Volver A Amar: Capítulo 63
Paula iba cantando felíz de regreso a casa. La doctora Sosa le había dado buenas noticias y estaba ansiosa de contárselas a Pedro.
—Querido…
—¡Gracias a Dios que llegas! —la tomó del brazo en cuanto entró, arrastrándola hasta el salón.
—¿Qué pasa? —preguntó ella con ansiedad—. ¿Benjamín?…
Pedro parecía desolado, perdida toda su imagen de importante y competente hombre de negocios.
—Está intranquilo, no puedo calmarlo. Martina trató también, pero te quiere a tí.
El salón parecía haber sido azotado por una tormenta, había juguetes por todas partes, y el pequeño hijo de ambos yacía felíz en su cuna mientras su hermana mayor agitaba un sonajero. Martina estaba encantada con el nuevo miembro de la familia.
Paula se volvió a mirar a Pedro, con un amor que era incapaz de ocultar.
Había pasado apenas un año desde la noche en que le contó toda la verdad, y había sido todo un año de descubrimientos, de recibir tanto amor que a veces se sentía como una gatita consentida. Dos meses antes le había dado un hijo a Pedro, y había visto el gozo y el orgullo reflejados en su rostro al ver por primera vez a su hijo.
Pedro jugaba con frecuencia con el niño, pero esta visita al médico lo había obligado, por vez primera, a quedarse solo a cargo del hijo. Era obvio que no había resultado un éxito.
—Bueno, la verdad es que estaba inquieto —murmuró Pedro entre dientes.
—Claro que lo estaba, querido —lo besó amorosa antes de ir a la cocina a vaciar las bolsas de la compra.
Pedro la siguió a la cocina, con los ojos muy abiertos, mirando suspicaz la comida.
—Filete —dijo, y la vió sacar los pimientos y champiñones que utilizaría para la salsa—. ¿Champaña? —su sospecha aumentó cuando la vió meter la botella en el refrigerador.
—¿Qué pasa, querida? —la miró divertido—. La última vez que me diste champaña fue para decirme que estabas embarazada de Benjamín.
—Pues esta vez no puede ser lo mismo —sonrió ella.
—No, es evidente —sonrió él también—. ¿Qué te dijo la doctora Sosa? — preguntó esperanzado.
Los ojos de Paula brillaron con amor mientras se refugiaba en los brazos de su marido.
—Dice que estoy muy bien de salud.
—¿Y? —la urgió a que continuara.
—Y que puedo hacer el amor con mi marido cuantas veces quiera —declaró felíz.
El deseo iluminó los ojos de Pedro y sus brazos la apretaron ansiosos.
—¿De verdad? —murmuró.
—Sí —Paula soltó una risa felíz.
—¿Ahora? —preguntó Pedro anhelante.
—Están Martina y Benjamín—le recordó ella riendo.
—Sí —gimió Pedro—. Llevo ya muchas semanas en agonía, contigo en la cama sin poder hacer otra cosa que abrazarte, así que supongo que puedo esperar unas horas más.
—Valdrá la pena, querido —le dijo ella amorosa.
—Contigo siempre vale la pena —la besó en la boca, como una silenciosa promesa de una pasión inmensa que les perduraría toda la vida.
FIN
—Querido…
—¡Gracias a Dios que llegas! —la tomó del brazo en cuanto entró, arrastrándola hasta el salón.
—¿Qué pasa? —preguntó ella con ansiedad—. ¿Benjamín?…
Pedro parecía desolado, perdida toda su imagen de importante y competente hombre de negocios.
—Está intranquilo, no puedo calmarlo. Martina trató también, pero te quiere a tí.
El salón parecía haber sido azotado por una tormenta, había juguetes por todas partes, y el pequeño hijo de ambos yacía felíz en su cuna mientras su hermana mayor agitaba un sonajero. Martina estaba encantada con el nuevo miembro de la familia.
Paula se volvió a mirar a Pedro, con un amor que era incapaz de ocultar.
Había pasado apenas un año desde la noche en que le contó toda la verdad, y había sido todo un año de descubrimientos, de recibir tanto amor que a veces se sentía como una gatita consentida. Dos meses antes le había dado un hijo a Pedro, y había visto el gozo y el orgullo reflejados en su rostro al ver por primera vez a su hijo.
Pedro jugaba con frecuencia con el niño, pero esta visita al médico lo había obligado, por vez primera, a quedarse solo a cargo del hijo. Era obvio que no había resultado un éxito.
—Bueno, la verdad es que estaba inquieto —murmuró Pedro entre dientes.
—Claro que lo estaba, querido —lo besó amorosa antes de ir a la cocina a vaciar las bolsas de la compra.
Pedro la siguió a la cocina, con los ojos muy abiertos, mirando suspicaz la comida.
—Filete —dijo, y la vió sacar los pimientos y champiñones que utilizaría para la salsa—. ¿Champaña? —su sospecha aumentó cuando la vió meter la botella en el refrigerador.
—¿Qué pasa, querida? —la miró divertido—. La última vez que me diste champaña fue para decirme que estabas embarazada de Benjamín.
—Pues esta vez no puede ser lo mismo —sonrió ella.
—No, es evidente —sonrió él también—. ¿Qué te dijo la doctora Sosa? — preguntó esperanzado.
Los ojos de Paula brillaron con amor mientras se refugiaba en los brazos de su marido.
—Dice que estoy muy bien de salud.
—¿Y? —la urgió a que continuara.
—Y que puedo hacer el amor con mi marido cuantas veces quiera —declaró felíz.
El deseo iluminó los ojos de Pedro y sus brazos la apretaron ansiosos.
—¿De verdad? —murmuró.
—Sí —Paula soltó una risa felíz.
—¿Ahora? —preguntó Pedro anhelante.
—Están Martina y Benjamín—le recordó ella riendo.
—Sí —gimió Pedro—. Llevo ya muchas semanas en agonía, contigo en la cama sin poder hacer otra cosa que abrazarte, así que supongo que puedo esperar unas horas más.
—Valdrá la pena, querido —le dijo ella amorosa.
—Contigo siempre vale la pena —la besó en la boca, como una silenciosa promesa de una pasión inmensa que les perduraría toda la vida.
FIN
Volver A Amar: Capítulo 62
—Sí, sí podía —le dijo con firmeza.
Pedrofrunció el ceño, la miraba con ojos escrutadores.
—¿Por qué no me lo habías dicho, Paula? —se acercó y la tomó de los hombros—. ¿Qué me estás ocultando?
No se atrevía a mirarlo.
—Sufrí una fuerte depresión nerviosa —reveló por fin—. Antonio iba a acusarme de inestabilidad mental para obtener la custodia de Martina. Yo estaba dispuesta a aguantar lo que fuera con tal de retener a Martina. Hasta me ofrecí a volver a su cama para que no se divorciara.
Ella sintió la furia invadir a Pedro.
—¿Aceptó?
—No —rió Paula con amargura—. ¿No oíste a María Laura? Soy un fracaso. O al menos, lo era —se ruborizó.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Pedro.
—Anoche —explicó nerviosa—, cuando tú y yo… cuando nosotros…
Él apretó sus brazos.
—Nunca antes habías sentido placer físico —exclamó asombrado—. ¿Es eso, Paula? ¿Nunca te dió ese placer?
Ella se apoyó en su pecho.
—Nunca —murmuró.
—No imaginé… Cuando dijiste que tu noche de bodas había sido un fracaso, pensé que luego las cosas se arreglaron. No sabía… —Pedro movió la cabeza aturdido.
—Antonio dijo que era frígida, que no servía en la cama. Cuando yo… cuando le dije que tal vez en parte era su culpa contestó que ninguna otra mujer con las que se acostaba decía lo mismo, que había algo mal en mí.
—¿Y tú le creíste? —preguntó Pedro colérico—. ¡Si lo hubiera sabido! — rugió—. Nada hay de malo en tí, Paula, excepto las humillaciones a que te sometió. Al decirte que no servías, te obligó a creerlo —le acarició la mejilla con ternura—. Cuando te hacía el amor y tú permanecías fría, pensaba que era porque lo seguías amando, que yo te fallaba. Y todo el tiempo él te convenció de que eras un fracaso — exclamó—. Amor es todo lo que necesitas, querida, amor que yo te voy a dar el resto de tu vida. Y ahora, cuéntame lo de la depresión —le pidió con suavidad.
Paula se puso rígida.
—Antonio dijo que carecía de estabilidad mental…
—Antonio no sabía de lo que estaba hablando —negó él irritado—. Si así fuera te habrías derrumbado cuando murió, dejándote con todas esas deudas. Al contrario, saliste a trabajar, luchaste para rehacer tu vida y pagaste todo el dinero que debían.
—Excepto a tí.
La expresión en el rostro masculino se suavizó.
—Considérala pagada del todo. Entonces, ¿por qué la crisis, Paula?
Ella se mordió el labio.
—Me enteré… Antonio no estaba conmigo cuando nació Martina. Yo creí que estaba trabajando y, como era vendedor, no resultaba fácil localizarlo. Más tarde me enteré que estaba con otra mujer.
—¿Cómo?
—Ella me vino a ver dos meses después del nacimiento de Martina. Ella… me dijo que también estaba embarazada, pero que Antonio se negaba a reconocer al hijo. Yo… yo me derrumbé, estaba hecha pedazos. Me llevaron al hospital y luego me mandaron de vuelta a casa. Pero no podía dejar que Antonio me volviera a tocar. No podía… soportar que me tocara. Luego, cuando le pregunté sobre aquella chica, me respondió que había abortado —Paula no pudo evitar un escalofrío recorrerle la espina—. Después de eso cada vez que hablaba de dejarlo, Antonio decía que me quitaría a Martina.
Pedro movió la cabeza.
—Ningún juez le habría dado la custodia de Martina.
—Pero la depresión nerviosa…
—¿No has oído hablar de la depresión post-parto?
—Lo mencionaron en el hospital, pero no entendí bien lo que significaba.
—Bueno, yo tampoco lo entiendo mucho —admitió él—. Pero creo que es algo que tiene que ver con cambios hormonales en el cuerpo después de dar a luz. Creo que eso era lo que tenías. Era imposible que pudieras con todo eso, un hijo y las humillaciones y vejaciones a que te sometía Antonio.
La esperanza iluminó el rostro de la joven.
—¿De verdad lo crees así?
—Estoy seguro de que eso era lo que intentaban explicarte en el hospital — asintió él abrazándola con ternura—. Y ahora, ¿por qué no subimos y comprobamos que no eres frígida?
La broma no la molestó en lo más mínimo.
—Dime, ¿todavía me amas?
—Más que nunca. ¿Pensaste que dejaría de hacerlo?
—No lo sé —se aferró a él—. Te amo tanto que no podría soportar perderte.
—Eres mi otra mitad, Paula; dejarte significaría arrancarme parte del corazón. Y nunca he tenido tendencias masoquistas —agregó burlón—. Te amo, querida —le dijo con seriedad—. Y te amaré toda la vida.
Pedrofrunció el ceño, la miraba con ojos escrutadores.
—¿Por qué no me lo habías dicho, Paula? —se acercó y la tomó de los hombros—. ¿Qué me estás ocultando?
No se atrevía a mirarlo.
—Sufrí una fuerte depresión nerviosa —reveló por fin—. Antonio iba a acusarme de inestabilidad mental para obtener la custodia de Martina. Yo estaba dispuesta a aguantar lo que fuera con tal de retener a Martina. Hasta me ofrecí a volver a su cama para que no se divorciara.
Ella sintió la furia invadir a Pedro.
—¿Aceptó?
—No —rió Paula con amargura—. ¿No oíste a María Laura? Soy un fracaso. O al menos, lo era —se ruborizó.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Pedro.
—Anoche —explicó nerviosa—, cuando tú y yo… cuando nosotros…
Él apretó sus brazos.
—Nunca antes habías sentido placer físico —exclamó asombrado—. ¿Es eso, Paula? ¿Nunca te dió ese placer?
Ella se apoyó en su pecho.
—Nunca —murmuró.
—No imaginé… Cuando dijiste que tu noche de bodas había sido un fracaso, pensé que luego las cosas se arreglaron. No sabía… —Pedro movió la cabeza aturdido.
—Antonio dijo que era frígida, que no servía en la cama. Cuando yo… cuando le dije que tal vez en parte era su culpa contestó que ninguna otra mujer con las que se acostaba decía lo mismo, que había algo mal en mí.
—¿Y tú le creíste? —preguntó Pedro colérico—. ¡Si lo hubiera sabido! — rugió—. Nada hay de malo en tí, Paula, excepto las humillaciones a que te sometió. Al decirte que no servías, te obligó a creerlo —le acarició la mejilla con ternura—. Cuando te hacía el amor y tú permanecías fría, pensaba que era porque lo seguías amando, que yo te fallaba. Y todo el tiempo él te convenció de que eras un fracaso — exclamó—. Amor es todo lo que necesitas, querida, amor que yo te voy a dar el resto de tu vida. Y ahora, cuéntame lo de la depresión —le pidió con suavidad.
Paula se puso rígida.
—Antonio dijo que carecía de estabilidad mental…
—Antonio no sabía de lo que estaba hablando —negó él irritado—. Si así fuera te habrías derrumbado cuando murió, dejándote con todas esas deudas. Al contrario, saliste a trabajar, luchaste para rehacer tu vida y pagaste todo el dinero que debían.
—Excepto a tí.
La expresión en el rostro masculino se suavizó.
—Considérala pagada del todo. Entonces, ¿por qué la crisis, Paula?
Ella se mordió el labio.
—Me enteré… Antonio no estaba conmigo cuando nació Martina. Yo creí que estaba trabajando y, como era vendedor, no resultaba fácil localizarlo. Más tarde me enteré que estaba con otra mujer.
—¿Cómo?
—Ella me vino a ver dos meses después del nacimiento de Martina. Ella… me dijo que también estaba embarazada, pero que Antonio se negaba a reconocer al hijo. Yo… yo me derrumbé, estaba hecha pedazos. Me llevaron al hospital y luego me mandaron de vuelta a casa. Pero no podía dejar que Antonio me volviera a tocar. No podía… soportar que me tocara. Luego, cuando le pregunté sobre aquella chica, me respondió que había abortado —Paula no pudo evitar un escalofrío recorrerle la espina—. Después de eso cada vez que hablaba de dejarlo, Antonio decía que me quitaría a Martina.
Pedro movió la cabeza.
—Ningún juez le habría dado la custodia de Martina.
—Pero la depresión nerviosa…
—¿No has oído hablar de la depresión post-parto?
—Lo mencionaron en el hospital, pero no entendí bien lo que significaba.
—Bueno, yo tampoco lo entiendo mucho —admitió él—. Pero creo que es algo que tiene que ver con cambios hormonales en el cuerpo después de dar a luz. Creo que eso era lo que tenías. Era imposible que pudieras con todo eso, un hijo y las humillaciones y vejaciones a que te sometía Antonio.
La esperanza iluminó el rostro de la joven.
—¿De verdad lo crees así?
—Estoy seguro de que eso era lo que intentaban explicarte en el hospital — asintió él abrazándola con ternura—. Y ahora, ¿por qué no subimos y comprobamos que no eres frígida?
La broma no la molestó en lo más mínimo.
—Dime, ¿todavía me amas?
—Más que nunca. ¿Pensaste que dejaría de hacerlo?
—No lo sé —se aferró a él—. Te amo tanto que no podría soportar perderte.
—Eres mi otra mitad, Paula; dejarte significaría arrancarme parte del corazón. Y nunca he tenido tendencias masoquistas —agregó burlón—. Te amo, querida —le dijo con seriedad—. Y te amaré toda la vida.
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