Hasta ese martes a las siete menos cuarto de la mañana, las mujeres siempre habían adorado a Pedro Alfonso. Empezaron a dejarle notas en la taquilla mucho antes de que él descubriera que el sexo opuesto podía no ser un incordio. Durante el segundo año del instituto, las hormonas se abrieron paso y se dio cuenta de las posibilidades que tenía. En las vacaciones de primavera de ese año, Misty O'Connell, un curso mayor que él, lo sedujo en el sótano de la casa de sus padres durante una típica tarde lluviosa de Seattle.
A partir de ese momento, él adoró a las mujeres y ellas lo correspondieron con su afecto. Hasta ese martes, cuando abrió el periódico y se encontró con su foto junto a un artículo con el siguiente titular: Fama, sin duda: fortuna, puedes estar segura. ¿Bueno en la cama? No tanto.
Pedro casi se atragantó con el café mientras se levantaba de un salto sin dejar de mirar el periódico. Parpadeó, se frotó los ojos y volvió a leer el titular. ¿No era bueno en la cama?
—Está loca.
Sabía que la autora tenía que ser alguna mujer con la que había salido y a la que había dejado. Era una venganza. Quería humillarlo en público para desquitarse. Era bueno en la cama, mejor que bueno. Hacía que las mujeres gritaran con frecuencia y le clavaran las uñas en la espalda: tenía cicatrices para demostrarlo. Se colaban en la habitación de su hotel cuando estaba de viaje y le suplicaban. Le seguían a su casa y le ofrecían cualquier cosa para que volviera a acostarse con ellas.
Era mejor que bueno, ¡era divino!
Estaba metido en un lío, pensó mientras volvía a sentarse para leer el artículo. Evidentemente, la autora había salido con él. Fue una noche, según decía ella, con una conversación encantadora, con historias divertidas sobre su pasado y un par de horas, insulsas, desnudos. Todo dicho con un lenguaje muy cuidadoso para que no la denunciara.
También afirmaba que él solía no acudir a actos benéficos y defraudaba a los niños, lo cual no era verdad. No podía «no acudir» a un sitio al que no había aceptado a ir. Su norma era no participar en nada, ni en actos benéficos.
Leyó el nombre de la periodista, pero no le dijo nada. No había ninguna foto, de modo que abrió el ordenador portátil y fue a la página web del periódico. Buscó la sección con la biografía de los colaboradores y encontró una foto. Miró con atención la cara de una morena bastante normal y recordó vagamente algo. Quizá se hubiera acostado con ella, y que no se acordara de lo que había pasado no quería decir que no hubiera sido maravilloso.
Entre sus recuerdos nebulosos creía que había salido con ella cuando su antiguo equipo intentaba llegar a la final y él volvió a Seattle, durante su primer año retirado. Estaba enfadado y resentido por haber perdido el partido. Quita también estuviera borracho.
—Estaba pensando en el béisbol y no en ella —se dijo mientras volvía a leer el artículo.
Sintió una bochorno muy profundo. Ella, en vez de ponerlo verde entre sus amigos, había decidido humillarlo en público. ¿Cómo podía defenderse? ¿En los tribunales? Sabía que no tenía motivo para denunciarla. Además, aunque lo tuviera, ¿qué iba hacer? ¿Iba a hacer desfilar a un montón de mujeres dispuestas a jurar que la tierra se paraba cada vez que las besaba?
Si bien la idea no le disgustaba, sabía que no serviría de nada. Era un jugador de béisbol famoso y al público le encantaba presenciar la caída de los ídolos.
Sus amigos lo leerían. La familia lo leería. Todos sus conocidos de Seattle lo leerían. Prefería no imaginarse lo que pasaría cuando entrara en el Downtown Sports Bar, su restaurante.
Al menos era un periódico local, intentó consolarse. No tendría que aguantar a sus ex compañeros de béisbol.
Sonó el teléfono y descolgó.
—¿Diga?
—¿El señor Pedro Alfonso? Hola, soy una productora de Access Hollywood. Quería saber si le gustaría comentar algo sobre el artículo del periódico de Seattle. El que habla de…
—Sé de qué habla —gruñó él.
—Perfecto —la chica dejó escapar una risita—. ¿Le parece bien una entrevista? Puedo enviarle un equipo esta mañana. Seguro que quiere dar su punto de vista.
Pedro colgó entre maldiciones. ¿Ya lo sabía Access Hollywood?
El teléfono volvió a sonar. Pensó tirarlo contra la pared, pero también pensó que el aparato no tenía la culpa de su desastre.
Sonó su teléfono móvil. Vió un número de teléfono que le sonaba. Era un amigo de Atlanta. Resopló con alivio. Podía contestar.
—Hola, Tommy. ¿Qué tal todo?
—Pedro,.. ¿Has visto el artículo? ¡Menuda bazofia! Pero… demasiada información.
lunes, 3 de agosto de 2015
domingo, 2 de agosto de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 3: Sinopsis
Siempre causó admiración en el campo. Pero, ¿y entre las sábanas?
Un malicioso artículo sobre Pedro Alfonso había puesto en duda el talento del ex jugador de béisbol para los juegos de cama. Pero ése era sólo uno de sus problemas. Con una cadera rota, la abuela de Pedro necesitaba cuidados constantes, y él había contratado a las dos primeras enfermeras por sus habilidades… con él. Y cuando tuvo que encontrar a una tercera, eligió a Paula Chaves, la primera candidata que parecía inmune a sus encantos.
Paula nunca perdía el tiempo con hombres como Pedro Alfonso. ¿Entonces por qué estaba debilitando sus fuertes defensas con aquella sexy sonrisa y con la amabilidad que le demostraba constantemente? Sólo había una explicación para lo que estaba pasando entre ellos… la química. Una química muy ardiente.
Los Pedro y Paula de la segunda parte son ahora Agustín y Clara. Esta es la historia de Federico el hermano beisbolista y Malena la enfermera que aparece en la parte anterior en la piel de Pedro y Paula.
Un malicioso artículo sobre Pedro Alfonso había puesto en duda el talento del ex jugador de béisbol para los juegos de cama. Pero ése era sólo uno de sus problemas. Con una cadera rota, la abuela de Pedro necesitaba cuidados constantes, y él había contratado a las dos primeras enfermeras por sus habilidades… con él. Y cuando tuvo que encontrar a una tercera, eligió a Paula Chaves, la primera candidata que parecía inmune a sus encantos.
Paula nunca perdía el tiempo con hombres como Pedro Alfonso. ¿Entonces por qué estaba debilitando sus fuertes defensas con aquella sexy sonrisa y con la amabilidad que le demostraba constantemente? Sólo había una explicación para lo que estaba pasando entre ellos… la química. Una química muy ardiente.
Los Pedro y Paula de la segunda parte son ahora Agustín y Clara. Esta es la historia de Federico el hermano beisbolista y Malena la enfermera que aparece en la parte anterior en la piel de Pedro y Paula.
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 82
—Con eso basta.
Ella pensó en lo que le había dicho a Luz. ¿Habría malinterpretado la niña sus palabras?
—La encontré —dijo él, soltando su mano y sacando un sobre arrugado del bolsillo.
A Paula, atontada, le costó un momento dilucidar lo que quería decir.
—¿A Ashley? Has encontrado a la Ashley de Ben.
Él asintió.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella, sabiendo que el que aún tuviera la carta no auguraba nada bueno.
—No debería haberme sorprendido —musitó Pedro sin mirarla—. Ben era genial, pero feúcho y no la clase de tipo que gusta a las mujeres. Habría encontrado a alguien que lo apreciara de verdad, pero... —se encogió de hombros.
—Ella no estaba enamorada de él —dijo Paula, con dolor de corazón.
—No —él miró el sobre—. Sólo quería que su familia supiera lo fantástico que era. Quería que hubiera una persona que lo amara de verdad, que fuera a echarlo de menos y que supiera que el mundo era un sitio mejor porque él había vivido.
El dolor de Pedro llenó la habitación hasta el punto que a Paula le costaba respirar. No era un dolor que pudiera paliarse con una inyección o una pastilla, y ella no tenía palabras para liberarlo de su carga. Excepto...
Le quitó el sobre y lo abrió. Echó un vistazo a lo que había escrito y empezó a leer en voz alta.
—«Conocí a Ben el día que llegó a Afganistán. Era el recluta más fuera de lugar que había visto nunca. Pero en menos de una semana, Ben se convirtió en el tipo que todo el mundo conocía y que caía bien a todos. Tenía alma de poeta, pero corazón de guerrero. Era el hombre más valiente que he conocido nunca. Sé que ahora sientes dolor, pero espero que con el tiempo puedas superarlo y ver a Ben como el héroe que fue. Yo nunca lo olvidaré. Siempre será parte de mí, como lo es de ti. Hizo que me sintiera orgulloso de ser soldado y marine. Hizo que me enorgulleciera de ser americano».
Paula dobló la carta y se limpió las lágrimas.
—Puedes dejar de buscar, Pedro. No porque no haya nadie, sino porque tú eres la familia de Ben. Siempre lo fuiste. La persona que has estado buscando... eres tú.
Él la miró largo rato. Después se inclinó y la abrazó con gentileza, temblando de emoción.
—Lo echo de menos —dijo, con voz ronca—. Todos lo días.
—Entonces no se ha ido. Vive en ti y a través de ti. Vive en mí y en toda la gente a quien le hablas de él.
Pedro escuchó sus palabras con atención y supo que decía la verdad. Él era la familia de Ben. En cierto modo siempre lo había sabido, pero había deseado que Ben tuviera algo más. Algo menos defectuoso y cascado.
—Debería haber...
—No —Paula puso los dedos sobre su boca para silenciarlo—. Nada de «deberías», ni culpas ni arrepentimientos. Era tu amigo y lo querías. Llorarás su pérdida. Nadie puede pedir más.
Por primera vez en más de una década, Pedro sintió que la paz descendía sobre él. Había sentido la pérdida de Ben igual que había sentido la pérdida de Charlotte. Había cometido errores, pero los había querido a los dos. Y ellos a él.
—No somos perfectos —estaba diciendo Paula—. Nadie lo es. Tenemos que aprender a aceptar nuestros fallos y seguir hacia delante.
Él se inclinó hacia ella y la besó, pensando que era endiabladamente seria. Eso le gustaba. Su lado serio y su risa. Cómo hacía joyas y quería a su hija y cuidaba de la señora Ford y seguía siendo fuerte.
—Te quiero —dijo.
—¿Qué? —lo miró atónita—. Pero..., yo tenía todo un discurso preparado.
—¿Sobre qué? —preguntó él, sonriente.
—Ahora no me acuerdo. ¿Me quieres?
—De pies a cabeza. Y a Luz.
—Dijo que eras su papá.
—Lo soy en todos los sentidos, excepto el biológico —acarició su mejilla—. Aunque debería haber hablado contigo antes de decirlo.
—No, está bien —parecía desconcertada—. ¿De verdad me quieres? ¿No es un efecto de los calmantes?
—Te quiero, Paula—la besó de nuevo, evitando los cardenales—. He estado aislado en mí mismo tanto tiempo que apenas recordaba lo que es vivir, pero quiero volver a aprender. Quiero estar contigo. No sé si te parece bien o si te da miedo. Sólo sé que eres la persona más maravillosa que he conocido nunca y que quiero pasar el resto de mi vida contigo.
—¿Me quieres y quieres casarte conmigo? —Paula parpadeó varias veces seguidas.
—Sin duda alguna.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo? —la miró.
—De acuerdo —sonrió ella.
—Entonces, ¿tú también me quieres?
—No estás mal —suspiró—. Decente en la cama, mañoso en la casa. Sí, servirás.
—Esperaba algo más —gruñó él. Ella se hundió en las almohadas y cerró los ojos.
—Supe que eras especial desde que decidí que eras demasiado antipático para ser un asesino en serie.
—¿Qué? —él pensó que los calmantes le estaban haciendo perder el sentido.
—Asesino en serie. Todo el mundo dice que son muy agradables. Tú no lo eras. Tienes genio y puedes ser reservado. Pero te he visto mirar a Luz y sé que te enfrentarías al mundo entero para protegerla.
—Y a tí —afirmó él.
—Y a mí —suspiró ella—. Haces que mi corazón se acelere sólo con verte. Eres dulce, tierno, divertido y deseé morirme cuando te vi besar a esa mujer.
—¿Qué...? Ah, Zaira. Paula, no fue como tú piensas.
—La has visto desnuda, ¿no?
—¿He mencionado que te quiero? —tragó saliva.
—Hum… Por eso voy a dejarlo pasar.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Ajá —se acurrucó en la almohada y él supo que estaba a punto de entregarse al sueño.
—¿Y tener hijos juntos?
Ella alzó dos dedos. Él adivinó que era un «sí» y supo que nunca entendería por qué era tan afortunado.
—Te dejaré dormir.
—No te vayas —entreabrió los ojos—. No te vayas nunca, Pedro. Te quiero —musitó. Pedro se tumbó a su lado en el estrecho colchón—. Pasaré unos días con mis padres, pero después estaremos juntos. No te irás, ¿verdad?
—No sin tí. Nunca.
—Eso suena bien. Estaremos siempre enamorados.
—No lo dudes.
Y así fue.
FIN
Ella pensó en lo que le había dicho a Luz. ¿Habría malinterpretado la niña sus palabras?
—La encontré —dijo él, soltando su mano y sacando un sobre arrugado del bolsillo.
A Paula, atontada, le costó un momento dilucidar lo que quería decir.
—¿A Ashley? Has encontrado a la Ashley de Ben.
Él asintió.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella, sabiendo que el que aún tuviera la carta no auguraba nada bueno.
—No debería haberme sorprendido —musitó Pedro sin mirarla—. Ben era genial, pero feúcho y no la clase de tipo que gusta a las mujeres. Habría encontrado a alguien que lo apreciara de verdad, pero... —se encogió de hombros.
—Ella no estaba enamorada de él —dijo Paula, con dolor de corazón.
—No —él miró el sobre—. Sólo quería que su familia supiera lo fantástico que era. Quería que hubiera una persona que lo amara de verdad, que fuera a echarlo de menos y que supiera que el mundo era un sitio mejor porque él había vivido.
El dolor de Pedro llenó la habitación hasta el punto que a Paula le costaba respirar. No era un dolor que pudiera paliarse con una inyección o una pastilla, y ella no tenía palabras para liberarlo de su carga. Excepto...
Le quitó el sobre y lo abrió. Echó un vistazo a lo que había escrito y empezó a leer en voz alta.
—«Conocí a Ben el día que llegó a Afganistán. Era el recluta más fuera de lugar que había visto nunca. Pero en menos de una semana, Ben se convirtió en el tipo que todo el mundo conocía y que caía bien a todos. Tenía alma de poeta, pero corazón de guerrero. Era el hombre más valiente que he conocido nunca. Sé que ahora sientes dolor, pero espero que con el tiempo puedas superarlo y ver a Ben como el héroe que fue. Yo nunca lo olvidaré. Siempre será parte de mí, como lo es de ti. Hizo que me sintiera orgulloso de ser soldado y marine. Hizo que me enorgulleciera de ser americano».
Paula dobló la carta y se limpió las lágrimas.
—Puedes dejar de buscar, Pedro. No porque no haya nadie, sino porque tú eres la familia de Ben. Siempre lo fuiste. La persona que has estado buscando... eres tú.
Él la miró largo rato. Después se inclinó y la abrazó con gentileza, temblando de emoción.
—Lo echo de menos —dijo, con voz ronca—. Todos lo días.
—Entonces no se ha ido. Vive en ti y a través de ti. Vive en mí y en toda la gente a quien le hablas de él.
Pedro escuchó sus palabras con atención y supo que decía la verdad. Él era la familia de Ben. En cierto modo siempre lo había sabido, pero había deseado que Ben tuviera algo más. Algo menos defectuoso y cascado.
—Debería haber...
—No —Paula puso los dedos sobre su boca para silenciarlo—. Nada de «deberías», ni culpas ni arrepentimientos. Era tu amigo y lo querías. Llorarás su pérdida. Nadie puede pedir más.
Por primera vez en más de una década, Pedro sintió que la paz descendía sobre él. Había sentido la pérdida de Ben igual que había sentido la pérdida de Charlotte. Había cometido errores, pero los había querido a los dos. Y ellos a él.
—No somos perfectos —estaba diciendo Paula—. Nadie lo es. Tenemos que aprender a aceptar nuestros fallos y seguir hacia delante.
Él se inclinó hacia ella y la besó, pensando que era endiabladamente seria. Eso le gustaba. Su lado serio y su risa. Cómo hacía joyas y quería a su hija y cuidaba de la señora Ford y seguía siendo fuerte.
—Te quiero —dijo.
—¿Qué? —lo miró atónita—. Pero..., yo tenía todo un discurso preparado.
—¿Sobre qué? —preguntó él, sonriente.
—Ahora no me acuerdo. ¿Me quieres?
—De pies a cabeza. Y a Luz.
—Dijo que eras su papá.
—Lo soy en todos los sentidos, excepto el biológico —acarició su mejilla—. Aunque debería haber hablado contigo antes de decirlo.
—No, está bien —parecía desconcertada—. ¿De verdad me quieres? ¿No es un efecto de los calmantes?
—Te quiero, Paula—la besó de nuevo, evitando los cardenales—. He estado aislado en mí mismo tanto tiempo que apenas recordaba lo que es vivir, pero quiero volver a aprender. Quiero estar contigo. No sé si te parece bien o si te da miedo. Sólo sé que eres la persona más maravillosa que he conocido nunca y que quiero pasar el resto de mi vida contigo.
—¿Me quieres y quieres casarte conmigo? —Paula parpadeó varias veces seguidas.
—Sin duda alguna.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo? —la miró.
—De acuerdo —sonrió ella.
—Entonces, ¿tú también me quieres?
—No estás mal —suspiró—. Decente en la cama, mañoso en la casa. Sí, servirás.
—Esperaba algo más —gruñó él. Ella se hundió en las almohadas y cerró los ojos.
—Supe que eras especial desde que decidí que eras demasiado antipático para ser un asesino en serie.
—¿Qué? —él pensó que los calmantes le estaban haciendo perder el sentido.
—Asesino en serie. Todo el mundo dice que son muy agradables. Tú no lo eras. Tienes genio y puedes ser reservado. Pero te he visto mirar a Luz y sé que te enfrentarías al mundo entero para protegerla.
—Y a tí —afirmó él.
—Y a mí —suspiró ella—. Haces que mi corazón se acelere sólo con verte. Eres dulce, tierno, divertido y deseé morirme cuando te vi besar a esa mujer.
—¿Qué...? Ah, Zaira. Paula, no fue como tú piensas.
—La has visto desnuda, ¿no?
—¿He mencionado que te quiero? —tragó saliva.
—Hum… Por eso voy a dejarlo pasar.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Ajá —se acurrucó en la almohada y él supo que estaba a punto de entregarse al sueño.
—¿Y tener hijos juntos?
Ella alzó dos dedos. Él adivinó que era un «sí» y supo que nunca entendería por qué era tan afortunado.
—Te dejaré dormir.
—No te vayas —entreabrió los ojos—. No te vayas nunca, Pedro. Te quiero —musitó. Pedro se tumbó a su lado en el estrecho colchón—. Pasaré unos días con mis padres, pero después estaremos juntos. No te irás, ¿verdad?
—No sin tí. Nunca.
—Eso suena bien. Estaremos siempre enamorados.
—No lo dudes.
Y así fue.
FIN
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 81
El edificio estaba en el distrito universitario. El curso estaba a punto de empezar y la calle ya estaba llena de coches de estudiantes.
Pedro estacionó detrás de una furgoneta y puso la alarma del coche antes de subir al tercer piso y llamar a la puerta número 16.
En cuanto la mujer abrió, supo que era ella. Casi había olvidado la noche en que Ben se emborrachó y dijo que el pelo de Ashley era del color del crepúsculo. Pero al ver los mechones rojizos, lo recordó.
—¿Ashley? —preguntó, esperanzado pero temeroso.
—Sí —respondió ella—. ¿Te conozco?
—Soy un amigo de Ben —le mostró la foto que siempre llevaba consigo—. ¿Lo conocías?
—¿Ben? —sonrió y aceptó la foto—. Claro. Vaya, hace mucho que no hablo con él. Casi... ¿un año? Perdona, estoy un poco atontada. He pasado toda la tarde en la biblioteca, trabajando. Pero sí, lo conozco.
—Saliste con él, ¿no? —a Pedro se le aceleró el pulso.
—Unas cuantas veces —la sonrisa de Ashley se hizo mayor—. Era fantástico. Muy gracioso. Se alistó en los marines. Nos escribimos unas cuantas veces, pero luego perdimos el contacto.
—¿No estabas enamorada de él?
—¿Qué? —ella dio un paso atrás—. No. Es decir, me caía bien, pero no ocurrió nada entre nosotros. Ni siquiera recuerdo si nos besamos. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Ha dicho Ben cosas de mí por ahí?
Pedro sintió que el peso de la derrota se asentaba en sus hombros. Había luchado sin rendirse para fracasar en el último momento.
—Ben pensaba que eras fantástica —dijo con voz queda—. Me dijo que eras una entre un millón.
—Vaya. ¿Dónde está ahora?
—No ha vuelto. Murió hace unos meses.
—Lo siento —dijo ella con sinceridad, pero sin dolor aparente—. ¿Eras amigo suyo?
—Sí. Estoy buscando a su familia.
—Ah, ya. No sé nada de ella. Nunca la mencionó. Lo siento. Ojalá pudiera ayudar.
—Has ayudado —dijo él—. Gracias por atenderme —se dio la vuelta y bajó las escaleras. Había terminado. Había encontrado a la Ashley de Ben y seguía sin tener nada.
Paula tuvo que esperar casi hasta las nueve para ver a Pedro. Por fin llegó, poco antes de que finalizara la hora de visitas.
Acababan de inyectarle un calmante, así que el día empezaba a emborronarse en su mente. Había hablado con Luz antes de que se acostara, y después con su madre. Alejandra le había prometido varios días de descanso amenizados por grandes cantidades de sus platos favoritos.
A pesar del brazo roto y los cardenales, Paula se sentía querida y segura por primera vez en mucho tiempo. La única nube en el horizonte había sido la ausencia de Pedro, y por fin estaba allí. Parecía cansado, pero eso podía soportarlo.
—Siento llegar tan tarde —dijo él, agarrando su mano sana—. Tenía que ocuparme de algunas cosas. ¿Cómo te encuentras?
—Mejor.
¿Qué podía decirle? ¿Cómo agradecerle todo lo que había hecho por ella?
—Nos salvaste la vida. «Gracias» no sirve ni para empezar a expresar lo que siento.
Pedro estacionó detrás de una furgoneta y puso la alarma del coche antes de subir al tercer piso y llamar a la puerta número 16.
En cuanto la mujer abrió, supo que era ella. Casi había olvidado la noche en que Ben se emborrachó y dijo que el pelo de Ashley era del color del crepúsculo. Pero al ver los mechones rojizos, lo recordó.
—¿Ashley? —preguntó, esperanzado pero temeroso.
—Sí —respondió ella—. ¿Te conozco?
—Soy un amigo de Ben —le mostró la foto que siempre llevaba consigo—. ¿Lo conocías?
—¿Ben? —sonrió y aceptó la foto—. Claro. Vaya, hace mucho que no hablo con él. Casi... ¿un año? Perdona, estoy un poco atontada. He pasado toda la tarde en la biblioteca, trabajando. Pero sí, lo conozco.
—Saliste con él, ¿no? —a Pedro se le aceleró el pulso.
—Unas cuantas veces —la sonrisa de Ashley se hizo mayor—. Era fantástico. Muy gracioso. Se alistó en los marines. Nos escribimos unas cuantas veces, pero luego perdimos el contacto.
—¿No estabas enamorada de él?
—¿Qué? —ella dio un paso atrás—. No. Es decir, me caía bien, pero no ocurrió nada entre nosotros. Ni siquiera recuerdo si nos besamos. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Ha dicho Ben cosas de mí por ahí?
Pedro sintió que el peso de la derrota se asentaba en sus hombros. Había luchado sin rendirse para fracasar en el último momento.
—Ben pensaba que eras fantástica —dijo con voz queda—. Me dijo que eras una entre un millón.
—Vaya. ¿Dónde está ahora?
—No ha vuelto. Murió hace unos meses.
—Lo siento —dijo ella con sinceridad, pero sin dolor aparente—. ¿Eras amigo suyo?
—Sí. Estoy buscando a su familia.
—Ah, ya. No sé nada de ella. Nunca la mencionó. Lo siento. Ojalá pudiera ayudar.
—Has ayudado —dijo él—. Gracias por atenderme —se dio la vuelta y bajó las escaleras. Había terminado. Había encontrado a la Ashley de Ben y seguía sin tener nada.
Paula tuvo que esperar casi hasta las nueve para ver a Pedro. Por fin llegó, poco antes de que finalizara la hora de visitas.
Acababan de inyectarle un calmante, así que el día empezaba a emborronarse en su mente. Había hablado con Luz antes de que se acostara, y después con su madre. Alejandra le había prometido varios días de descanso amenizados por grandes cantidades de sus platos favoritos.
A pesar del brazo roto y los cardenales, Paula se sentía querida y segura por primera vez en mucho tiempo. La única nube en el horizonte había sido la ausencia de Pedro, y por fin estaba allí. Parecía cansado, pero eso podía soportarlo.
—Siento llegar tan tarde —dijo él, agarrando su mano sana—. Tenía que ocuparme de algunas cosas. ¿Cómo te encuentras?
—Mejor.
¿Qué podía decirle? ¿Cómo agradecerle todo lo que había hecho por ella?
—Nos salvaste la vida. «Gracias» no sirve ni para empezar a expresar lo que siento.
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 80
Pedro esperó hasta que el oficial de policía que había en la sala de urgencias saliera a tomar un café para entrar a la habitación de Facundo.
Facundo estaba en la cama, con los ojos cerrados. Había dos botellas de líquido conectadas a la vía que tenía en el brazo. Pedro se acercó a la cama y se inclinó hasta que su rostro estuvo junto a la oreja de Facundo. Después puso una mano sobre su pecho y la otra sobre su boca.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó, presionando la nariz de Facundo lo suficiente para dejarle claro que respirar era un privilegio, no un derecho—. ¿Estás ya de bajada de esa basura que tomas? ¿Te escuece la piel o aún te encuentras bien?
Facundo abrió lo ojos de par en par. Su rostro se tensó de pánico y respiró más deprisa, pero fue lo bastante listo como para no forcejear.
—Voy a explicarme muy clarito —dijo Pedro—. Podemos hacer esto de la manera fácil o de la difícil. Asiente si has entendido.
Facundo asintió.
—¿Tienes alguna duda de que podría matarte si quisiera?
Facundo negó con frenesí.
—¿Quieres vivir?
Facundo asintió.
—Ahora vendrá a verte una persona. Es abogado. Un tipo muy caro con traje elegante que lo sabe todo sobre leyes. Va a traerte unos papeles para que los firmes, y los firmarás. ¿Lo entiendes?
Facundo asintió de nuevo.
—Bien. Cuando la policía te suelte, espero que tras una larga estancia en la cárcel, te marcharás de Seattle y no volverás nunca. Dejarás en paz a Paula y a Luz. Nunca volverás a ponerte en contacto con ellas. ¿Esta claro?
Facundo asintió.
—Por si crees que puedes incumplir el trato, te aviso que la cárcel es un lugar peligroso. Eres un tipo delgadito, Facundo. Un tipo grande podría hacerte la vida muy difícil allí dentro. Y conozco a muchos tipos grandes. ¿Está claro?
Facundo asintió con tanta fuerza que casi se golpeó el pecho con la barbilla.
—Suponía que verías las cosas a mi manera —le dijo Pedro. Se enderezó, lo soltó y salió de allí.
Después de que todos se fueran, Paula se tomó el calmante y fluctuó entre la consciencia y la inconsciencia durante unas horas. Cuando por fin se despertó, vio a un hombre muy bien vestido sentado junto a su cama.
—¿Lo conozco? —preguntó, atontada.
—No nos han presentado formalmente. Soy Jeremy Fitzwalter —dijo, con un leve acento británico—. Pedro Alfonso contrató a mi firma para que solucionara su problema con el padre de Luz. He venido a entregarle unos documentos —le tendió una carpeta y sonrió—. Creo que le gustará lo que hay dentro.
Ella miró la carpeta y luego a él. Recordaba haberle pedido a Pedro que buscara un buen abogado, pero no sabía que lo había hecho.
—Estoy un poco atontada. ¿Podría decirme qué es?
—Sí, desde luego. Dadas las circunstancias, es lógico. El padre de Luz ha renunciado a todo derecho sobre la niña. Tanto de custodia como de visita. A cambio, usted no le solicitará ayuda económica. Accede a no ponerse en contacto con usted ni con Luz. Pero estará de acuerdo con ver a Luz si ella lo solicita después de haber cumplido los dieciocho años.
Paula se frotó la sien y deseó dejar de sentir la cabeza hinchada como un globo. El brazo roto latía al ritmo de su corazón y sentía el estómago y el pecho como un enorme cardenal.
—Facundo no volverá —dijo, incapaz de creerlo—. ¿Está seguro?
—Del todo. Ya no tiene ningún poder sobre usted. Nunca podrá conseguir la custodia de Luz ni amenazar con verla. También me dijo que le pidiera perdón por lo ocurrido. Había tomado una droga que le hizo perder la razón —Jeremy se acercó más a ella—. Ha terminado con él, señorita Chaves. Es libre.
Paula no supo qué hacer con la información. Seguía intentando procesarla cuando su madre llegó con Luz a última hora de la tarde.
—Mami, mami, ¡tienes un yeso! —Luz tocó el yeso—. ¿Duele?
—El yeso no. El brazo duele un poco. Pero eso no significa que no quiera un abrazo.
Su madre subió a Luz a la cama y la niña la abrazó con todas sus fuerzas.
Paula pensó que debía de haber sido una experiencia horrible para su hija. Tal vez Luz empezara a tener pesadillas. Quizá debería llevarla a un terapeuta.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó, cautelosa.
—Bien —Luz le enseñó un par de cardenales—. La señora Ford me leyó tres cuentos y la abuela me hizo galletas. Yo quería traerlas, pero la abuela dice que es mejor esperar a que vuelvas a casa mañana. Pero a lo mejor podríamos quedarnos con los abuelos unos días. ¿No sería lo mejor? Allí tengo sábanas de princesas.
—Lo recuerdo —dijo Paula, mirando a su madre.
—No hace falta que vengas a casa si no quieres —su madre encogió los hombros—, pero pensé que mientras te acostumbrabas al yeso...
—Sería fantástico, mamá —le aseguró Paula—. En serio. Gracias. No sabía cómo iba a poder apañarme con el yeso, el dolor y todo...
—Perfecto.
—¿Estás mejor, mami? —Luz se movió para poder apoyarse en el brazo bueno de su madre.
—Lo estaré. ¿Y tú? Ese hombre... —Paula no sabía qué decir sobre Facundo—. No volverá a molestarnos.
—Está bien, mami. Sé que no es mi padre.
Paula contuvo un gemido. ¿Cómo iba a explicar las complejidades de su relación con Federico?
—Cielo, lo cierto es que... —empezó. Calló de repente. No tenía palabras para explicarse.
—Ese hombre malo no es mi papá porque no me quiere —dijo Luz sonriente—. Querer a una niña es lo que convierte a un hombre en su papá. Ahora mi papá es Pedro.
Paula miró a su madre, que enarcó un ceja e hizo un gesto de impotencia. «Toda tuya», parecía decir.
A Paula la situación le habría hecho gracia si no le doliera todo tanto. Tuvo ganas de echarse a llorar.
—Luz, Pedro es un hombre muy bueno, pero...
—Es mi papá —afirmó su hija—. Sé que lo es. Él me lo dijo y los papas no mienten.
Facundo estaba en la cama, con los ojos cerrados. Había dos botellas de líquido conectadas a la vía que tenía en el brazo. Pedro se acercó a la cama y se inclinó hasta que su rostro estuvo junto a la oreja de Facundo. Después puso una mano sobre su pecho y la otra sobre su boca.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó, presionando la nariz de Facundo lo suficiente para dejarle claro que respirar era un privilegio, no un derecho—. ¿Estás ya de bajada de esa basura que tomas? ¿Te escuece la piel o aún te encuentras bien?
Facundo abrió lo ojos de par en par. Su rostro se tensó de pánico y respiró más deprisa, pero fue lo bastante listo como para no forcejear.
—Voy a explicarme muy clarito —dijo Pedro—. Podemos hacer esto de la manera fácil o de la difícil. Asiente si has entendido.
Facundo asintió.
—¿Tienes alguna duda de que podría matarte si quisiera?
Facundo negó con frenesí.
—¿Quieres vivir?
Facundo asintió.
—Ahora vendrá a verte una persona. Es abogado. Un tipo muy caro con traje elegante que lo sabe todo sobre leyes. Va a traerte unos papeles para que los firmes, y los firmarás. ¿Lo entiendes?
Facundo asintió de nuevo.
—Bien. Cuando la policía te suelte, espero que tras una larga estancia en la cárcel, te marcharás de Seattle y no volverás nunca. Dejarás en paz a Paula y a Luz. Nunca volverás a ponerte en contacto con ellas. ¿Esta claro?
Facundo asintió.
—Por si crees que puedes incumplir el trato, te aviso que la cárcel es un lugar peligroso. Eres un tipo delgadito, Facundo. Un tipo grande podría hacerte la vida muy difícil allí dentro. Y conozco a muchos tipos grandes. ¿Está claro?
Facundo asintió con tanta fuerza que casi se golpeó el pecho con la barbilla.
—Suponía que verías las cosas a mi manera —le dijo Pedro. Se enderezó, lo soltó y salió de allí.
Después de que todos se fueran, Paula se tomó el calmante y fluctuó entre la consciencia y la inconsciencia durante unas horas. Cuando por fin se despertó, vio a un hombre muy bien vestido sentado junto a su cama.
—¿Lo conozco? —preguntó, atontada.
—No nos han presentado formalmente. Soy Jeremy Fitzwalter —dijo, con un leve acento británico—. Pedro Alfonso contrató a mi firma para que solucionara su problema con el padre de Luz. He venido a entregarle unos documentos —le tendió una carpeta y sonrió—. Creo que le gustará lo que hay dentro.
Ella miró la carpeta y luego a él. Recordaba haberle pedido a Pedro que buscara un buen abogado, pero no sabía que lo había hecho.
—Estoy un poco atontada. ¿Podría decirme qué es?
—Sí, desde luego. Dadas las circunstancias, es lógico. El padre de Luz ha renunciado a todo derecho sobre la niña. Tanto de custodia como de visita. A cambio, usted no le solicitará ayuda económica. Accede a no ponerse en contacto con usted ni con Luz. Pero estará de acuerdo con ver a Luz si ella lo solicita después de haber cumplido los dieciocho años.
Paula se frotó la sien y deseó dejar de sentir la cabeza hinchada como un globo. El brazo roto latía al ritmo de su corazón y sentía el estómago y el pecho como un enorme cardenal.
—Facundo no volverá —dijo, incapaz de creerlo—. ¿Está seguro?
—Del todo. Ya no tiene ningún poder sobre usted. Nunca podrá conseguir la custodia de Luz ni amenazar con verla. También me dijo que le pidiera perdón por lo ocurrido. Había tomado una droga que le hizo perder la razón —Jeremy se acercó más a ella—. Ha terminado con él, señorita Chaves. Es libre.
Paula no supo qué hacer con la información. Seguía intentando procesarla cuando su madre llegó con Luz a última hora de la tarde.
—Mami, mami, ¡tienes un yeso! —Luz tocó el yeso—. ¿Duele?
—El yeso no. El brazo duele un poco. Pero eso no significa que no quiera un abrazo.
Su madre subió a Luz a la cama y la niña la abrazó con todas sus fuerzas.
Paula pensó que debía de haber sido una experiencia horrible para su hija. Tal vez Luz empezara a tener pesadillas. Quizá debería llevarla a un terapeuta.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó, cautelosa.
—Bien —Luz le enseñó un par de cardenales—. La señora Ford me leyó tres cuentos y la abuela me hizo galletas. Yo quería traerlas, pero la abuela dice que es mejor esperar a que vuelvas a casa mañana. Pero a lo mejor podríamos quedarnos con los abuelos unos días. ¿No sería lo mejor? Allí tengo sábanas de princesas.
—Lo recuerdo —dijo Paula, mirando a su madre.
—No hace falta que vengas a casa si no quieres —su madre encogió los hombros—, pero pensé que mientras te acostumbrabas al yeso...
—Sería fantástico, mamá —le aseguró Paula—. En serio. Gracias. No sabía cómo iba a poder apañarme con el yeso, el dolor y todo...
—Perfecto.
—¿Estás mejor, mami? —Luz se movió para poder apoyarse en el brazo bueno de su madre.
—Lo estaré. ¿Y tú? Ese hombre... —Paula no sabía qué decir sobre Facundo—. No volverá a molestarnos.
—Está bien, mami. Sé que no es mi padre.
Paula contuvo un gemido. ¿Cómo iba a explicar las complejidades de su relación con Federico?
—Cielo, lo cierto es que... —empezó. Calló de repente. No tenía palabras para explicarse.
—Ese hombre malo no es mi papá porque no me quiere —dijo Luz sonriente—. Querer a una niña es lo que convierte a un hombre en su papá. Ahora mi papá es Pedro.
Paula miró a su madre, que enarcó un ceja e hizo un gesto de impotencia. «Toda tuya», parecía decir.
A Paula la situación le habría hecho gracia si no le doliera todo tanto. Tuvo ganas de echarse a llorar.
—Luz, Pedro es un hombre muy bueno, pero...
—Es mi papá —afirmó su hija—. Sé que lo es. Él me lo dijo y los papas no mienten.
viernes, 31 de julio de 2015
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 79
—¿Dónde está mami? —preguntó.
—La está viendo el médico —contestó la enfermera—. Quieren hacerle fotos del brazo y después le pondrán un yeso—la joven sonrió—. Apuesto a que dejará que seas la primera en firmarlo. Tal vez hasta puedas hacer dibujos o poner pegatinas. Las pegatinas quedan fenomenal.
—Tenemos algunas en casa —Luz alzó un poco la cabeza, pero no soltó a Pedro.
—Entonces utilizaremos ésas —le prometió Pedro, esperando que la recuperación de Paula se limitara a tener que estar unas semanas enyesada.
—Tienes que quedarte aquí, cielo —la enfermera le dio una palmadita en la espalda, hasta que el médico te dé el alta, pero aparte de eso puedes irte. Ese bast... —la enfermera carraspeó—. El hombre sólo le pegó un par de veces. Está bien.
«Gracias a Dios», pensó él. Sintió un intenso alivio. Llevó a Luz a la silla, la sentó en su regazo y besó su cabeza, sin soltarla un momento.
—¿De verdad era mi papá ese hombre? —preguntó Luz con voz queda.
Pedro juró para sí. Eso no debería tocarle a él. No podía contestar a esa clase de preguntas. La niña acababa de pasar por una experiencia horrible y él era la persona menos indicada para ayudarla. Pero no había nadie más, así que se aclaró la garganta y pidió inspiración divina.
—Hacen falta un hombre y una mujer para hacer un bebé —dijo él, preguntándose si estaría empeorando las cosas—. Pero hacer un bebé no implica que un hombre sea papá. Ser papá es distinto. Es un nombre que hay que ganarse. El hombre tiene que demostrar que se lo merece haciendo las cosas correctas, estando allí y... —se preguntó qué más añadir.
—Y queriendo a su niña —susurró Luz, echándose a llorar.
—Eso es. Tiene que conocerla, y como la conoce la quiere. Porque es una niña muy especial.
—Así que tú eres mi papá —Luz alzó la cabeza y le dirigió una mirada que le llegó al alma.
Él había acarreado un peso en el pecho desde que descubrió que Charlotte iba a morir y él a abandonarla. La palabras inocentes, confiadas y aterrorizadoras de Luz parecieron librarlo de ese peso; por primera vez en más de una década, no le costaba respirar.
—Si, Luz. Soy tu papá.
Paula recuperó el conocimiento en una habitación de hospital y una enfermera le explicó que pasaría allí la noche, en observación.
—El médico vendrá después a comentar sus lesiones. Básicamente se trata de un brazo roto y algunos derrames internos, pero no hay ningún órgano dañado. Ha tenido suerte.
«Suerte» era una curiosa palabra para definir lo ocurrido.
—Mi hija —dijo Paula—. ¿Dónde está Luz?
—La he conocido. Es un encanto. Ese hombre alto y guapo que tiene me pidió que le dijera que la llevaba a casa con la señora Ford y que volvería después.
Paula cerró los ojos y suspiró con alivio y agradecimiento. Luz debía de estar bien o no la habrían dejado salir del hospital.
—Ya puede tomar otro calmante —le dijo la enfermera—. Pero como parece que le hacen mucho efecto, quizá prefiera esperar hasta después de ver a todo el mundo. A no ser que prefiera no ver a nadie.
Paula seguía teniendo la mente borrosa. Recordaba perfectamente el ataque de Facundo, pero lo ocurrido después no lo tenía tan claro.
—¿Todo el mundo? —preguntó. Se movió y sintió una intensa punzada de dolor en el brazo izquierdo. Vio que una escayola lo cubría desde la muñeca hasta encima del codo—. ¿He dormido mientras me ponían un yeso?
—Bastante más que eso —sonrió la enfermera—. ¿Estás lista para ver al rebaño?
—Claro —¿rebaño?
Unos minutos después de que saliera la enfermera, entraron sus padres seguidos por Gonzalo.
—¿Estás bien? —preguntó su madre—. No podía creerlo cuando Pedro nos llamó. Oh, nena, tu cara.
Paula se tocó los labios hinchados y tuvo la impresión de que debía de tener un aspecto horrible.
—Estoy bien, mamá. Luz y yo sobrevivimos gracias a la ayuda de Pedro.
—Ojalá hubiera matado a ese bastardo —dijo su padre—. Me gustaría hacerlo yo mismo.
Paula esperó a que su madre lo regañara por ser tan agresivo, pero ella se limitó a acariciar las partes de su rostro que no estaban heridas.
—Tienes un ojo morado. Chulo —dijo Gonzalo—. Bueno, más bien morado y rojo.
Paula no pudo evitar una sonrisa.
—¿Qué tal el brazo? —preguntó su madre.
Palpitaba dolorosamente, pero Paula no quería tomar calmantes hasta que se fueran las visitas. En ese momento le apetecía que la mimaran.
—Toc, toc.
Paula alzó la cabeza y vió a Dani Alfonso en la puerta.
—¿Interrumpimos? —preguntó Dani.
—Claro que no —Paula sonrió—. Pasen.
Dani entró seguida por Federico y Matías.
—Sofía está en casa con el bebé —dijo Dani—. Si no fuera así habría venido.
—No hacía falta que vengan al hospital —dijo Paula, sorprendida de que estuvieran allí.
—Claro que sí —Federico sonrió a sus padres, luego se agachó y le besó la mejilla sana—. Eres la chica de Pedro.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Agradecía la frase, aunque no fuera cierta. «La chica de Pedro». Le gustaba cómo sonaba y habría dado mucho por que eso llegara a ocurrir.
—No tienes tan mal aspecto —Matías se acercó y apretó su mano.
—Me alegra saberlo —presentó a los Alfonso a sus padres.
Tras charlar unos minutos, su madre se excusó.
—Voy a ir a recoger a Luz. La señora Ford me llamó antes y me aseguró que estaba bien. Pero quiero comprobarlo —titubeó—. No te importa, ¿verdad? Vas a pasar la noche en el hospital, así que pensé... —su voz se apagó.
—Claro que no —aseguró Paula—. Me alegra que vayas a cuidar de ella. Contigo estará a salvo.
—Claro que sí. Es tu hija, Paula, daría mi vida por ella.
—Oh, mamá —Paula notó lágrimas en las mejillas.
De repente sus padres y ella se estaban abrazando. Abrió los ojos y vió a Dani sorberse la nariz y a Matías y Federico aclarándose la garganta.
—¿Dónde está Pedro? —preguntó.
—Dijo que tenía que ocuparse de un par de cosas y volvería —dijo Federico—. Que no te preocuparas.
Ella no sabía qué significaba eso, pero sonrió y asintió. No quería dejar ver cuánto lo echaba de menos y que anhelaba que estuviera allí. Las había salvado a Luz y a ella. Eso debería ser suficiente.
Pero no lo era.
—La está viendo el médico —contestó la enfermera—. Quieren hacerle fotos del brazo y después le pondrán un yeso—la joven sonrió—. Apuesto a que dejará que seas la primera en firmarlo. Tal vez hasta puedas hacer dibujos o poner pegatinas. Las pegatinas quedan fenomenal.
—Tenemos algunas en casa —Luz alzó un poco la cabeza, pero no soltó a Pedro.
—Entonces utilizaremos ésas —le prometió Pedro, esperando que la recuperación de Paula se limitara a tener que estar unas semanas enyesada.
—Tienes que quedarte aquí, cielo —la enfermera le dio una palmadita en la espalda, hasta que el médico te dé el alta, pero aparte de eso puedes irte. Ese bast... —la enfermera carraspeó—. El hombre sólo le pegó un par de veces. Está bien.
«Gracias a Dios», pensó él. Sintió un intenso alivio. Llevó a Luz a la silla, la sentó en su regazo y besó su cabeza, sin soltarla un momento.
—¿De verdad era mi papá ese hombre? —preguntó Luz con voz queda.
Pedro juró para sí. Eso no debería tocarle a él. No podía contestar a esa clase de preguntas. La niña acababa de pasar por una experiencia horrible y él era la persona menos indicada para ayudarla. Pero no había nadie más, así que se aclaró la garganta y pidió inspiración divina.
—Hacen falta un hombre y una mujer para hacer un bebé —dijo él, preguntándose si estaría empeorando las cosas—. Pero hacer un bebé no implica que un hombre sea papá. Ser papá es distinto. Es un nombre que hay que ganarse. El hombre tiene que demostrar que se lo merece haciendo las cosas correctas, estando allí y... —se preguntó qué más añadir.
—Y queriendo a su niña —susurró Luz, echándose a llorar.
—Eso es. Tiene que conocerla, y como la conoce la quiere. Porque es una niña muy especial.
—Así que tú eres mi papá —Luz alzó la cabeza y le dirigió una mirada que le llegó al alma.
Él había acarreado un peso en el pecho desde que descubrió que Charlotte iba a morir y él a abandonarla. La palabras inocentes, confiadas y aterrorizadoras de Luz parecieron librarlo de ese peso; por primera vez en más de una década, no le costaba respirar.
—Si, Luz. Soy tu papá.
Paula recuperó el conocimiento en una habitación de hospital y una enfermera le explicó que pasaría allí la noche, en observación.
—El médico vendrá después a comentar sus lesiones. Básicamente se trata de un brazo roto y algunos derrames internos, pero no hay ningún órgano dañado. Ha tenido suerte.
«Suerte» era una curiosa palabra para definir lo ocurrido.
—Mi hija —dijo Paula—. ¿Dónde está Luz?
—La he conocido. Es un encanto. Ese hombre alto y guapo que tiene me pidió que le dijera que la llevaba a casa con la señora Ford y que volvería después.
Paula cerró los ojos y suspiró con alivio y agradecimiento. Luz debía de estar bien o no la habrían dejado salir del hospital.
—Ya puede tomar otro calmante —le dijo la enfermera—. Pero como parece que le hacen mucho efecto, quizá prefiera esperar hasta después de ver a todo el mundo. A no ser que prefiera no ver a nadie.
Paula seguía teniendo la mente borrosa. Recordaba perfectamente el ataque de Facundo, pero lo ocurrido después no lo tenía tan claro.
—¿Todo el mundo? —preguntó. Se movió y sintió una intensa punzada de dolor en el brazo izquierdo. Vio que una escayola lo cubría desde la muñeca hasta encima del codo—. ¿He dormido mientras me ponían un yeso?
—Bastante más que eso —sonrió la enfermera—. ¿Estás lista para ver al rebaño?
—Claro —¿rebaño?
Unos minutos después de que saliera la enfermera, entraron sus padres seguidos por Gonzalo.
—¿Estás bien? —preguntó su madre—. No podía creerlo cuando Pedro nos llamó. Oh, nena, tu cara.
Paula se tocó los labios hinchados y tuvo la impresión de que debía de tener un aspecto horrible.
—Estoy bien, mamá. Luz y yo sobrevivimos gracias a la ayuda de Pedro.
—Ojalá hubiera matado a ese bastardo —dijo su padre—. Me gustaría hacerlo yo mismo.
Paula esperó a que su madre lo regañara por ser tan agresivo, pero ella se limitó a acariciar las partes de su rostro que no estaban heridas.
—Tienes un ojo morado. Chulo —dijo Gonzalo—. Bueno, más bien morado y rojo.
Paula no pudo evitar una sonrisa.
—¿Qué tal el brazo? —preguntó su madre.
Palpitaba dolorosamente, pero Paula no quería tomar calmantes hasta que se fueran las visitas. En ese momento le apetecía que la mimaran.
—Toc, toc.
Paula alzó la cabeza y vió a Dani Alfonso en la puerta.
—¿Interrumpimos? —preguntó Dani.
—Claro que no —Paula sonrió—. Pasen.
Dani entró seguida por Federico y Matías.
—Sofía está en casa con el bebé —dijo Dani—. Si no fuera así habría venido.
—No hacía falta que vengan al hospital —dijo Paula, sorprendida de que estuvieran allí.
—Claro que sí —Federico sonrió a sus padres, luego se agachó y le besó la mejilla sana—. Eres la chica de Pedro.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Agradecía la frase, aunque no fuera cierta. «La chica de Pedro». Le gustaba cómo sonaba y habría dado mucho por que eso llegara a ocurrir.
—No tienes tan mal aspecto —Matías se acercó y apretó su mano.
—Me alegra saberlo —presentó a los Alfonso a sus padres.
Tras charlar unos minutos, su madre se excusó.
—Voy a ir a recoger a Luz. La señora Ford me llamó antes y me aseguró que estaba bien. Pero quiero comprobarlo —titubeó—. No te importa, ¿verdad? Vas a pasar la noche en el hospital, así que pensé... —su voz se apagó.
—Claro que no —aseguró Paula—. Me alegra que vayas a cuidar de ella. Contigo estará a salvo.
—Claro que sí. Es tu hija, Paula, daría mi vida por ella.
—Oh, mamá —Paula notó lágrimas en las mejillas.
De repente sus padres y ella se estaban abrazando. Abrió los ojos y vió a Dani sorberse la nariz y a Matías y Federico aclarándose la garganta.
—¿Dónde está Pedro? —preguntó.
—Dijo que tenía que ocuparse de un par de cosas y volvería —dijo Federico—. Que no te preocuparas.
Ella no sabía qué significaba eso, pero sonrió y asintió. No quería dejar ver cuánto lo echaba de menos y que anhelaba que estuviera allí. Las había salvado a Luz y a ella. Eso debería ser suficiente.
Pero no lo era.
Tentaciones Irresistibles Parte 2: Capítulo 78
—Siempre dices que no. Luego me das el dinero de todas formas. Es nuestro pequeño juego. Te gusta jugar conmigo.
—Te equivocas —dijo Paula, asqueada y asustada a un tiempo—. Facundo, necesitas irte a tu casa y esperar a que se te pase el efecto de lo que te hayas tomado.
—Estoy volando, nena, y volar es lo mejor.
—Sal de aquí antes de que llame a la policía.
—No he hecho nada malo —soltó una risotada—. Ésa es la ironía. Me pagas para que me vaya. Nada más.
—Me has amenazado —dijo ella. Recordó el bate de béisbol. Si conseguía agarrar el bate, tal vez podría obligarlo a marcharse—. Ya me he cansado de pagarte. No volverás a amenazarme.
Giró y se lanzó hacia el armario escobero, pero antes de que llegara Facundo la agarró del brazo y la giró. Después le dio un puñetazo en la cara.
Paula sintió una explosión de dolor. Se tambaleó y cayó contra el sofá, con sabor a sangre en la boca.
—¡Mami, mami! —Luz corrió a su lado—. ¡Vete! No hagas daño a mi mamá. Eres un hombre malo y se lo diré a Pedro.
Facundo sonrió, pero sin rastro de humor o alegría. Su expresión era oscura y malvada. Paula sintió que el miedo explotaba en ella y la consumía.
—Vaya, vaya —le dijo a Luz—. Eres una niña muy bonita. ¿Sabes quien soy? ¿Quieres jugar conmigo?
Pedro concluyó la reunión y volvió a su despacho. Había pensado en comentar sus nuevas ideas respecto a las primas de beneficios para los empleados, pero decidió esperar a que todo estuviera organizado. Entonces haría un anuncio general e iría implementando el plan con cada empleado, según llegara su aniversario. Los restaurantes funcionaban mejor cuando el personal se mantenía estable.
También quería hacer algo especial para los empleados de las oficinas. Aunque había conseguido convencerlos de que no habría ejecuciones al amanecer, seguían sobresaltándose cada vez que entraba a un despacho. Gloria había jugado a ser Dios con un montón de gente inocente. Empezaba a pensar que sería mejor que no se reincorporara a la empresa.
Dejó la carpeta en la mesa y consideró las implicaciones. Si Gloria no volvía, ¿estaba dispuesto a hacerse cargo de la empresa? ¿Quería pasar el resto de su vida trabajando para la empresa familiar?
No tenía respuestas y no creía que fuera el momento de... De repente, notó un cosquilleo en la nuca. Hacía mucho que no le pasaba, pero no era bueno. Indicaba problemas. Graves. Esa incómoda sensación le había salvado el pellejo más de una vez.
Giró lentamente, casi esperando encontrar un francotirador oculto bajo el escritorio o detrás de un archivador. Pero no había nadie. Ni armas, ni granadas, ni minas... Ningún peligro.
Fue hacia la ventana y miró la ciudad. El picorcillo se incrementó y sintió miedo. No por él, sino...
—Paula —murmuró.
Levantó el teléfono y marcó su número. Ya debía haber vuelto del trabajo. Hacía dos días que no la veía, desde que Sofía había tenido el bebé. Paula se había marchado pronto para ocuparse de Luz.
Dejó que el teléfono sonara hasta que saltó el contestador, intentando convencerse de que todo iba bien. Pero no lo creía y decidió comprobarlo.
Fueron los cuarenta minutos más largos de su vida. Ignoró el límite de velocidad y se saltó dos semáforos y un stop antes de llegar y estacionar detrás de una desvencijada furgoneta roja, que no conocía.
Corrió a casa de Paula; la puerta estaba abierta.
—¿Paula? —gritó, entrando.
Oyó un ruido en la cocina. Un gemido que le heló la sangre en la venas.
Irrumpió en la habitación y encontró a Paula tirada junto a la pared. Su ojo adiestrado en la batalla evaluó la escena en menos de un segundo. El bate de béisbol junto a la puerta trasera. La sangre de su rostro y la forma en que colgaba su brazo, obviamente roto, contra el cuerpo. El ojo derecho estaba empezando a ponerse morado. Luz estaba acurrucada junto a su madre.
Pedro sintió, más que vio, un movimiento a su izquierda. Evitó el primer puñetazo sin problemas y aprovechó el segundo para agarrar el brazo de su atacante. Hervía de ira, pero era una ira templada y firme, que había utilizado contra miles de enemigos. Le otorgaba fuerza y dirección.
Retorció el brazo del hombre hasta ponérselo a la espalda, le dio un puñetazo en el estómago y después le puso la zancadilla cuando empezaba a caer. El hombre se dio la vuelta; Pedro vio sus pupilas dilatadas y supo que era alguien echado a perder.
—Facundo, supongo —dijo, tirándolo al suelo y controlando el deseo de romperle el cuello—. No deberías meterte donde no te corresponde.
—Tiene un cuchillo —le advirtió Paula. Pedro le retorció la muñeca hasta que lo dejó caer.
—Ya no.
El drogadicto se quedó tirado en el suelo, maullando como un gatito. Pedro pensó en matarlo. Sería muy fácil. Un giro rápido del cuello y Paula no volvería a tener problemas con él. La necesidad se acrecentó y una de sus manos se dirigió hacia el cuello de Facundo, tensa.
—Te dije que Pedro nos salvaría —susurró Luz, acurrucada contra su madre.
Las quedas palabras, dichas con total confianza, calmaron su cólera. Había llegado a tiempo, con eso bastaría.
—¿Tienes cuerda? —preguntó.
Cinco minutos después, Facundo estaba atado como un cerdo, y la policía y la ambulancia iban de camino. Pedro había examinado a Luz y a Paula. La niña había recibido un golpe en el estómago, uno en la espalda y otro en la cara. Paula,puñetazos y patadas. La fractura del brazo parecía limpia. Pedro volvió a desear asesinar a ese despojo humano.
—¿Cómo supiste que teníamos problemas? — preguntó Paula, mientras él le limpiaba la cara con un paño húmedo—. Pensé que iba a... —su voz se apagó al mirar a su hija, pero él supo lo que iba a decir. Había temido que Facundo las matara a las dos.
—Tuve una sensación rara —dijo—. Telefoneé y como no contestaste, decidí venir.
—Oí el teléfono minutos después de que llegara —dijo ella, con ojos oscuros de dolor y lágrimas—. Pensé que tal vez fueras tú, pero no pude contestar. No sé que habría pasado si no hubieras llegado cuando llegaste.
—No llores, mami —le pidió Luz con angustia—. Pedro nos ha salvado —miró con temor el fardo atado que era Facundo—. El hombre malo irá a la cárcel.
Pedro pensó que iba a asegurarse de eso. Le daba igual cuánto costara, Facundo iba a desaparecer. Pero no sin dejar a Paula libre para siempre.
Las dos horas siguientes pasaron muy rápido. La policía y la ambulancia llegaron a la vez. Mientras examinaban a Paula y a Luz y las preparaban para llevarlas al hospital, Pedro explicó lo ocurrido a la policía. El oficial al mando lo llevó a un lado.
—Podrías haberlo matado —le dijo, mirando a Facundo, aún atado.
—No, no podía. Es el padre de la niña. Dudo que quiera que forme parte de su vida, pero no quería que lo viera morir. No por mi mano.
—Entiendo lo que quieres decir —dijo el otro hombre—. Yo también tengo hijos. Acabaremos con las preguntas en el hospital.
Pedro explicó lo ocurrido a la anonadada señora Ford, que acababa de llegar de su partida de cartas, y luego siguió a la ambulancia. Encontró a sus chicas en urgencias.
—Eh —dijo, entrando en la habitación de Paula.
Estaba pálida y adormeciéndose rápidamente.
—¿Dónde está Luz? —preguntó ella.
—En la habitación de al lado.
—Quédate con ella, por favor. Puede que tengan que operarme. Te necesitará. La enfermera va a llamar a mis padres, pero ahora mismo tú eres en quien más confía —consiguió sonreír—. Incluso cuando Facundo nos arrinconó y me golpeó el brazo con el maldito bate, dijo que vendrías a salvarnos —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Dijo que eras el príncipe encantador, y que el príncipe siempre llega a tiempo.
—No soy ningún príncipe —dijo él con el estómago encogido. Agarró su mano y le besó los dedos.
—Intenta convencer de eso a mi hija.
Aun estando dolorida y amoratada, él veía fuerza y coraje en sus ojos.
—Habrías sido muy buena soldado —le dijo.
—Me siento como si hubiera estado en la guerra. Me duele todo. Van a comprobar que no tengo lesiones internas y a hacerme una radiografía del brazo.
—Yo me ocuparé de todo —dijo él—. No te preocupes. No me iré. Estaré con Luz, tranquilizaré a la señora Ford y llamaré a tu jefe.
—El trabajo —gimió ella—. Lo había olvidado.
—Lo entenderán. Descansa. ¿Te han dado algo para el dolor?
Pero ella no contestó. Había perdido el conocimiento. Llamó a una enfermera para que fuera a verla y lo echaron de la habitación.
Incluso mientras pensaba que todo iría bien, sintió que el miedo lo atenazaba. Se dijo que sólo había sido una paliza. Había visto a muchos tipos después de pelear y ella se pondría bien. Facundo no le había pegado con el bate en otra parte del cuerpo, creía.
Oyó su nombre y entró en la siguiente habitación, donde Luz lloraba mientras una enfermera le ponía esparadrapo en el corte que tenía junto al ojo.
—Ha sido muy valiente —le dijo la joven—, pero necesita que la consuelen un poco.
Sin pensarlo, Pedro se colocó a un lado de la cama y abrió los brazos. Luz se lanzó a ellos y se agarró como si no fuera a soltarlo nunca.
—Te equivocas —dijo Paula, asqueada y asustada a un tiempo—. Facundo, necesitas irte a tu casa y esperar a que se te pase el efecto de lo que te hayas tomado.
—Estoy volando, nena, y volar es lo mejor.
—Sal de aquí antes de que llame a la policía.
—No he hecho nada malo —soltó una risotada—. Ésa es la ironía. Me pagas para que me vaya. Nada más.
—Me has amenazado —dijo ella. Recordó el bate de béisbol. Si conseguía agarrar el bate, tal vez podría obligarlo a marcharse—. Ya me he cansado de pagarte. No volverás a amenazarme.
Giró y se lanzó hacia el armario escobero, pero antes de que llegara Facundo la agarró del brazo y la giró. Después le dio un puñetazo en la cara.
Paula sintió una explosión de dolor. Se tambaleó y cayó contra el sofá, con sabor a sangre en la boca.
—¡Mami, mami! —Luz corrió a su lado—. ¡Vete! No hagas daño a mi mamá. Eres un hombre malo y se lo diré a Pedro.
Facundo sonrió, pero sin rastro de humor o alegría. Su expresión era oscura y malvada. Paula sintió que el miedo explotaba en ella y la consumía.
—Vaya, vaya —le dijo a Luz—. Eres una niña muy bonita. ¿Sabes quien soy? ¿Quieres jugar conmigo?
Pedro concluyó la reunión y volvió a su despacho. Había pensado en comentar sus nuevas ideas respecto a las primas de beneficios para los empleados, pero decidió esperar a que todo estuviera organizado. Entonces haría un anuncio general e iría implementando el plan con cada empleado, según llegara su aniversario. Los restaurantes funcionaban mejor cuando el personal se mantenía estable.
También quería hacer algo especial para los empleados de las oficinas. Aunque había conseguido convencerlos de que no habría ejecuciones al amanecer, seguían sobresaltándose cada vez que entraba a un despacho. Gloria había jugado a ser Dios con un montón de gente inocente. Empezaba a pensar que sería mejor que no se reincorporara a la empresa.
Dejó la carpeta en la mesa y consideró las implicaciones. Si Gloria no volvía, ¿estaba dispuesto a hacerse cargo de la empresa? ¿Quería pasar el resto de su vida trabajando para la empresa familiar?
No tenía respuestas y no creía que fuera el momento de... De repente, notó un cosquilleo en la nuca. Hacía mucho que no le pasaba, pero no era bueno. Indicaba problemas. Graves. Esa incómoda sensación le había salvado el pellejo más de una vez.
Giró lentamente, casi esperando encontrar un francotirador oculto bajo el escritorio o detrás de un archivador. Pero no había nadie. Ni armas, ni granadas, ni minas... Ningún peligro.
Fue hacia la ventana y miró la ciudad. El picorcillo se incrementó y sintió miedo. No por él, sino...
—Paula —murmuró.
Levantó el teléfono y marcó su número. Ya debía haber vuelto del trabajo. Hacía dos días que no la veía, desde que Sofía había tenido el bebé. Paula se había marchado pronto para ocuparse de Luz.
Dejó que el teléfono sonara hasta que saltó el contestador, intentando convencerse de que todo iba bien. Pero no lo creía y decidió comprobarlo.
Fueron los cuarenta minutos más largos de su vida. Ignoró el límite de velocidad y se saltó dos semáforos y un stop antes de llegar y estacionar detrás de una desvencijada furgoneta roja, que no conocía.
Corrió a casa de Paula; la puerta estaba abierta.
—¿Paula? —gritó, entrando.
Oyó un ruido en la cocina. Un gemido que le heló la sangre en la venas.
Irrumpió en la habitación y encontró a Paula tirada junto a la pared. Su ojo adiestrado en la batalla evaluó la escena en menos de un segundo. El bate de béisbol junto a la puerta trasera. La sangre de su rostro y la forma en que colgaba su brazo, obviamente roto, contra el cuerpo. El ojo derecho estaba empezando a ponerse morado. Luz estaba acurrucada junto a su madre.
Pedro sintió, más que vio, un movimiento a su izquierda. Evitó el primer puñetazo sin problemas y aprovechó el segundo para agarrar el brazo de su atacante. Hervía de ira, pero era una ira templada y firme, que había utilizado contra miles de enemigos. Le otorgaba fuerza y dirección.
Retorció el brazo del hombre hasta ponérselo a la espalda, le dio un puñetazo en el estómago y después le puso la zancadilla cuando empezaba a caer. El hombre se dio la vuelta; Pedro vio sus pupilas dilatadas y supo que era alguien echado a perder.
—Facundo, supongo —dijo, tirándolo al suelo y controlando el deseo de romperle el cuello—. No deberías meterte donde no te corresponde.
—Tiene un cuchillo —le advirtió Paula. Pedro le retorció la muñeca hasta que lo dejó caer.
—Ya no.
El drogadicto se quedó tirado en el suelo, maullando como un gatito. Pedro pensó en matarlo. Sería muy fácil. Un giro rápido del cuello y Paula no volvería a tener problemas con él. La necesidad se acrecentó y una de sus manos se dirigió hacia el cuello de Facundo, tensa.
—Te dije que Pedro nos salvaría —susurró Luz, acurrucada contra su madre.
Las quedas palabras, dichas con total confianza, calmaron su cólera. Había llegado a tiempo, con eso bastaría.
—¿Tienes cuerda? —preguntó.
Cinco minutos después, Facundo estaba atado como un cerdo, y la policía y la ambulancia iban de camino. Pedro había examinado a Luz y a Paula. La niña había recibido un golpe en el estómago, uno en la espalda y otro en la cara. Paula,puñetazos y patadas. La fractura del brazo parecía limpia. Pedro volvió a desear asesinar a ese despojo humano.
—¿Cómo supiste que teníamos problemas? — preguntó Paula, mientras él le limpiaba la cara con un paño húmedo—. Pensé que iba a... —su voz se apagó al mirar a su hija, pero él supo lo que iba a decir. Había temido que Facundo las matara a las dos.
—Tuve una sensación rara —dijo—. Telefoneé y como no contestaste, decidí venir.
—Oí el teléfono minutos después de que llegara —dijo ella, con ojos oscuros de dolor y lágrimas—. Pensé que tal vez fueras tú, pero no pude contestar. No sé que habría pasado si no hubieras llegado cuando llegaste.
—No llores, mami —le pidió Luz con angustia—. Pedro nos ha salvado —miró con temor el fardo atado que era Facundo—. El hombre malo irá a la cárcel.
Pedro pensó que iba a asegurarse de eso. Le daba igual cuánto costara, Facundo iba a desaparecer. Pero no sin dejar a Paula libre para siempre.
Las dos horas siguientes pasaron muy rápido. La policía y la ambulancia llegaron a la vez. Mientras examinaban a Paula y a Luz y las preparaban para llevarlas al hospital, Pedro explicó lo ocurrido a la policía. El oficial al mando lo llevó a un lado.
—Podrías haberlo matado —le dijo, mirando a Facundo, aún atado.
—No, no podía. Es el padre de la niña. Dudo que quiera que forme parte de su vida, pero no quería que lo viera morir. No por mi mano.
—Entiendo lo que quieres decir —dijo el otro hombre—. Yo también tengo hijos. Acabaremos con las preguntas en el hospital.
Pedro explicó lo ocurrido a la anonadada señora Ford, que acababa de llegar de su partida de cartas, y luego siguió a la ambulancia. Encontró a sus chicas en urgencias.
—Eh —dijo, entrando en la habitación de Paula.
Estaba pálida y adormeciéndose rápidamente.
—¿Dónde está Luz? —preguntó ella.
—En la habitación de al lado.
—Quédate con ella, por favor. Puede que tengan que operarme. Te necesitará. La enfermera va a llamar a mis padres, pero ahora mismo tú eres en quien más confía —consiguió sonreír—. Incluso cuando Facundo nos arrinconó y me golpeó el brazo con el maldito bate, dijo que vendrías a salvarnos —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Dijo que eras el príncipe encantador, y que el príncipe siempre llega a tiempo.
—No soy ningún príncipe —dijo él con el estómago encogido. Agarró su mano y le besó los dedos.
—Intenta convencer de eso a mi hija.
Aun estando dolorida y amoratada, él veía fuerza y coraje en sus ojos.
—Habrías sido muy buena soldado —le dijo.
—Me siento como si hubiera estado en la guerra. Me duele todo. Van a comprobar que no tengo lesiones internas y a hacerme una radiografía del brazo.
—Yo me ocuparé de todo —dijo él—. No te preocupes. No me iré. Estaré con Luz, tranquilizaré a la señora Ford y llamaré a tu jefe.
—El trabajo —gimió ella—. Lo había olvidado.
—Lo entenderán. Descansa. ¿Te han dado algo para el dolor?
Pero ella no contestó. Había perdido el conocimiento. Llamó a una enfermera para que fuera a verla y lo echaron de la habitación.
Incluso mientras pensaba que todo iría bien, sintió que el miedo lo atenazaba. Se dijo que sólo había sido una paliza. Había visto a muchos tipos después de pelear y ella se pondría bien. Facundo no le había pegado con el bate en otra parte del cuerpo, creía.
Oyó su nombre y entró en la siguiente habitación, donde Luz lloraba mientras una enfermera le ponía esparadrapo en el corte que tenía junto al ojo.
—Ha sido muy valiente —le dijo la joven—, pero necesita que la consuelen un poco.
Sin pensarlo, Pedro se colocó a un lado de la cama y abrió los brazos. Luz se lanzó a ellos y se agarró como si no fuera a soltarlo nunca.
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