domingo, 8 de febrero de 2015

Eternamente Juntos: Capítulo 64

Paula se despertó cuando una simpática enfermera le dijo:
—Señora Alfonso, sus padres están aquí. ¿Quiere verlos o prefiere que les diga que está durmiendo?
Paula se incorporó en la cama con gran esfuerzo.
—Sí, dígales que pasen.
—¡Pobre hija mía! —exclamó Alejandra al entrar en la habitación y acercarse a la cama de Paula para darle un tierno abrazo—. Pedro nos ha llamado para decirnos que estabas en el hospital. ¿Cómo te encuentras? ¿Y el niño?
—Los dos estamos bien, mamá —respondió Paula apretando la mano de su madre.
Su padre se le acercó y le puso una mano en el hombro.
—Paula… —Miguel tragó saliva—. Paula, hija, he sido un estúpido. Tu madre me ha dicho que hablaron  y… No sé qué decir, excepto que te quiero y que espero que te recuperes lo antes posible.
Paula extendió los brazos hacia él y encontró consuelo en el abrazo de su padre. Luego, cuando se separaron, le conmovió ver el brillo de sus ojos.
—¿Cuándo te van a dar el alta? —le preguntó su madre.
—No estoy segura. Creo que mañana.
—En ese caso, nos vamos para que descanses —dijo su padre—. Pedro está ahí fuera. Llámanos si necesitas algo. Y cuando te encuentres mejor, prepararemos una parrillada en el jardín o algo.
Paula sonrió a su padre.
—Estupendo, papá.
Miguel se agachó para besarla en la cabeza.
—Cuídate mucho, princesa.
—Lo haré.

Pedro parecía agotado y decaído cuando entró en la habitación después de que sus padres se marcharan.
—Creía que ibas a morir —dijo él—. No puedo perdonarme no haberte cuidado mejor.
Paula le agarró la mano y se la llevó al vientre.
—Es tuyo, Pedro —dijo ella con voz queda—. El bebé es tuyo.
—Lo sé —Pedro tragó saliva—. El médico me ha dicho que estás embarazada de cuatro meses. ¿Podrás perdonarme?
Paula parpadeó para contener las lágrimas.
—No tengo nada que perdonarte. Tú no has hecho nada malo. Fui yo, ¿o se te ha olvidado?
Pedro apartó la mano y comenzó a pasearse por la habitación. Al cabo de unos segundos, se volvió a ella y la miró fijamente.
—No quiero que nos divorciemos, pero voy a poner una condición, que jamás veas ni hables ni menciones el nombre de Facundo Pieres.
—Sí es eso lo que quieres…
—Es un requisito indispensable para evitar el divorcio, Paula —dijo él—. No quiero vivir el resto de nuestras vidas bajo el espectro de ese hombre.
—Lo comprendo.
—No estoy dispuesto a perderte otra vez —dijo Pedro con voz ahogada por la emoción—. Te quiero demasiado.
Paula respiró profundamente.
—¿Lo dices porque ahora ya estás seguro de que fuiste tú quien me dejó embarazada?
Pedro frunció el ceño.
—No, claro que no. ¿Cómo se te puede ocurrir semejante cosa?
—Porque me has dicho muchas veces que ya no me querías —respondió ella—. También has dicho que nunca me perdonarías, que había destrozado nuestro matrimonio.
Pedro se pasó una mano por el cabello.
—Sé lo que he dicho, pero la verdad es que quiero que vuelvas a mi lado.
—¿Por el niño?
—Paula, aunque no fuera mi hijo habría querido que te quedaras conmigo —insistió él—. Iba a decírtelo anoche, cuando Gina y Bruno se marcharan.
Paula quería creerle, pero no podía estar segura de la veracidad de las palabras de él. Además, el hecho de que Pedro le prohibiera siquiera mencionar el nombre de Facundo indicaba que no la había perdonado.
—¿Me quieres de verdad? —preguntó ella con voz apenas audible.
Pedro se sentó en el borde de la cama, le agarró una mano y se la besó.
—Te adoro, mi vida. Te necesito. Las últimas horas han sido un infierno para mí pensando que iba a perderte para siempre. Pero esto ha hecho que me diera cuenta de muchas cosas, como acusarte de esconder la cabeza en la arena cuando yo estaba haciendo lo mismo.

sábado, 7 de febrero de 2015

Eternamente Juntos: Capítulo 63

—Está baja de hierro —le informó el médico—. He pensado en hacerle una transfusión de sangre, pero con buena alimentación y descanso no será necesario. Los tres primeros meses del embarazo son los más difíciles.
—Gracias —dijo Pedro—. Yo cuidaré bien de ella.
El médico sonrió.
—Es una mujer muy afortunada. Veo demasiadas mujeres sin el apoyo de un marido en momentos tan difíciles como éstos. Les deseo lo mejor.
Las palabras del médico se le clavaron a Pedro en el pecho. Él no había apoyado a Paula cuando le había necesitado más que nunca. Paula llevaba ya dos semanas embarazada cuando aquella horrible pelea tuvo lugar.
—Nosotros nos vamos a casa —dijo Gina tocándole el brazo—. Si necesitas algo, no tienes más que llamarnos.
Pedro  miró a su hermana y a su sobrino y forzó una sonrisa.
—Gracias por acompañarme. Se los agradezco de verdad.
—No digas tonterías —dijo Gina—. Pero ahora, es a tí a quien Paula necesita.
Pedro lanzó un suspiro.
—Sí, lo sé.

—Paula , ¿me oyes? —preguntó Pedro.
Paula murmuró algo incomprensible, pero no abrió los ojos.
—Te  amo, tesoro mío —dijo él acariciándole el rostro con las yemas de los dedos—. He sido un imbécil. Nunca he dejado de quererte.
—¿Facundo?
Pedro se quedó helado.
—¿Eres tú? —dijo ella moviendo la cabeza a derecha e izquierda, aún sin abrir los ojos—. Estaba esperándote…
Pedro  retiró las manos de ella y se separó de la cama con profunda desesperación. Paula estaba inconsciente y, sin embargo, había mencionado el nombre de Facundo Pieres ¿No explicaba eso todo lo que necesitaba saber? Él jamás sería la persona a quien Paula  acudiera en los momentos difíciles.

Eternamente Juntos: Capítulo 62

—En ese caso, vas a tener que encontrar la forma de convencer a Pedro de que él es el padre.
—Sí, ¿y cómo?
Gonzalo se quedó pensativo y Paula agarró la cuenta de la cafetería.
—Bueno, será mejor que nos vayamos ya. Tengo que volver a casa —dijo Paula—. Pedro ha invitado a su hermana Gina y a Bruno a cenar esta noche y no quiero llegar tarde.

—Hola, Paula—dijo Gina acercándose a Paula  para darle un beso en la mejilla—. Estoy encantada de verte otra vez. No sabes lo que me alegro de que Pedro haya suspendido la petición de divorcio.
—Gracias, Gina. Yo también me alegro de verte.
—Y enhorabuena por el embarazo —añadió Gina—. ¿Cómo te encuentras?
Paula  hizo lo posible por ignorar el dolor que había empezado a sentir en el vientre aquella tarde después de volver a la casa mientras hablaba con Pedro y le contaba lo que Gonzalo le había dicho respecto a su falsa extrema enemistad con Bruno.
—Estoy algo cansada, pero es normal —respondió Paula.
—Bruno, saluda a tu tía —le dijo Gina a su hijo.
Bruno se acercó a Paula con expresión titubeante.
—Hola, Paula.
—No te preocupes —le dijo Paula en voz baja mientras  Gina cruzaba el salón para aceptar la copa que su hermano le había preparado—. Gonzalo me ha contado lo que hicieron.
—Siento haberme excedido —dijo Bruno—. Quería ser convincente delante de mi tío.
—Y lo has sido, no te quepa duda de ello —respondió Paula—. No obstante, como dije aquella noche que fuimos a cenar a la pizzería, cometí un error del que siempre me arrepentiré.
—El tío Pedro te ha perdonado y eso es lo que importa —contestó Bruno—. Yo estoy dispuesto a hacer lo mismo.
—Gracias, Bruno. Te lo agradezco sinceramente.
Pedro alzó su copa a modo de brindis mientras se acercaba a su esposa y a su sobrino.
—Por el fin de curso —dijo Pedro.
Paula fue a por su copa, que había dejado encima de una mesa de centro, pero se desplomó en el suelo al sentir una intensa punzada de dolor en el vientre.
—¡Paula! —Pedro se arrodilló a su lado al instante, su expresión era de suma preocupación—. Paula, ¿qué te pasa?
Ella, con expresión de pánico, se agarró el vientre.
—Creo que… lo voy a perder…
—¿Al bebé?
Paula asintió conteniendo un grito de dolor.
—Voy a llamar a una ambulancia —dijo Gina corriendo hacia el teléfono mientras llamaba a Marietta a gritos—. ¡Marietta! Unas toallas, rápido.
Pedro llevó a Paula a un pequeño dormitorio que había al lado de su estudio y su expresión fue de horror al verse las manos manchadas de sangre.
—Oh, Dios mío…
Paula  cerró los ojos.
—No, no…
—Tranquila, cariño —dijo Pedro acariciándole la frente—. No hables. Enseguida vendrá la ambulancia y te llevaremos al hospital. Tranquila, tesoro, tranquila.

El médico apareció en la sala de espera donde se encontraban Pedro, Gina y Bruno.
—Señor Alfonso…
—¿Cómo está mi esposa? —preguntó Pedro con el rostro pálido como la cera.
—Está bien y el feto también está bien —respondió el doctor Channing—. Su esposa está embarazada de dieciséis semanas, por lo que estará completamente fuera de peligro en una o dos semanas más. Creía que lo iba a perder, pero ha dejado de sangrar y, siempre y cuando descanse durante las dos próximas semanas, todo irá bien.
Pedro, abrumado, se quedó en silencio delante del médico.
—¿Se encuentra usted bien? —le preguntó el doctor al ver su extrema palidez.
Pedro tragó saliva.
—Sí… sí, estoy bien. No sabía que estuviera embarazada de… de tanto tiempo.
—Bueno, es difícil establecer el tiempo del embarazo hasta que no se hace la prueba de ultrasonido.
—¿Puedo verla?
—Está ligeramente  sedada —respondió el doctor Channing—. Pero sí, puede verla. Al parecer, llevaba algún tiempo sintiéndose mal. El análisis de sangre muestra que ha sido atacada por un virus no hace mucho. ¿Ha tenido gripe últimamente?
Pedro se avergonzó de sí mismo por no haberse dado cuenta de lo enferma que Paula había estado.
—Sí, así es.

Eternamente Juntos: Capítulo 61

—¿Qué tal te ha salido el último examen? —le preguntó Paula  a Gonzalo al final de la semana siguiente.
—Creo que bien. Me alegro de haber terminado —respondió Gonzalo revolviendo su batido de leche con la pajita.
—¿Qué tal con Bruno?
—Bien. Tan pronto como se enteró de que estabas embarazada, creo que se ha convencido de que todo marcha bien entre tú y Pedro.
—Menos mal —dijo Paula—. De todos modos, Gonzalo, no comprendo por qué esperaste tanto tiempo para hablarnos de los problemas que tenías con él. ¿Por qué?
—Bueno… —dijo Gonzalo bajando la mirada.
—¿Qué pasa, Gonzalo?
—Se supone que no debería decirte nada.
—¿Decirme qué?
Gonzalo no pudo evitar sonreír.
—Es verdad que Bruno y yo estábamos algo más distanciados desde que tú y Pedro se separaron, pero al final solucionamos nuestras diferencias. Desde luego, no nos enfadamos tanto como para que hubiera peligro de que nos expulsaran.
Paula se quedó boquiabierta.
—¿Quieres decir que ha sido una farsa?
—Sí —respondió Gonzalo con honestidad.
Paula se recostó en el respaldo del asiento.
—¿De cuál de los dos fue la idea?
—De ninguno de los dos.
—Entonces, ¿de quién?
—He prometido no decírtelo.
Paula, inclinándose hacia delante, le agarró la muñeca.
—Gonzalo, tienes que decírmelo. ¿Fue Pedro?
Gonzalo negó con la cabeza.
—¿Mamá?
Gonzalo volvió a sacudir la cabeza.
—¿Papá?
—No, y deja de preguntármelo porque no te lo voy a decir.
Paula le soltó la muñeca.
—No se me ocurre quién más puede haber sido —dijo ella frunciendo el ceño.
—Evidentemente, alguien que no quería que se divorcien—declaró Gonzalo.
—¿Quién, entonces? ¿Por qué no puedes decírmelo? Es muy importante, Gonzalo.
—¿Por qué es importante? —preguntó él—. Ya están  juntos otra vez, eso es lo único que importa.
Los chicos ya habían acabado los exámenes y, además, Paula estaba cansada de fingir ser feliz cuando no lo era. Lo confesó todo.
—Lo que más deseo en el mundo es tener este hijo —concluyó Paula—, el pobre no tiene la culpa de nada. Pero Pedro no me ama.
—Eso no es verdad, Paula. Pedro te quiere, de eso no me cabe la menor duda.
Paula sacudió la cabeza con tristeza.
—No, no me quiere, Gonzalo. Me lo ha dicho. No me ha perdonado lo ocurrido aquella noche. Y ahora que no estoy segura de quién es el padre del niño, creo que jamás me perdonará.
—¿Y qué vas a hacer?
Paula lanzó un suspiro.
—No lo sé. Pedro me ha ofrecido seguir casado conmigo por el bebé, pero yo no quiero vivir con un hombre que no confía en mí. No lo soportaría.
—Te ha pasado lo mismo que a mamá, ¿eh?
Paula miró a su hermano a los ojos.
—¿Sabías eso?
Gonzalo asintió.
—Sí, hace unas semanas les oí discutiendo sobre ese asunto.
Paula volvió a suspirar.
—Ahora comprendo por qué papá siempre ha sido tan duro conmigo. Supongo que, en el fondo, no ha podido evitar dudar que fuera hija suya. Tengo miedo de que pase lo mismo con mi bebé.
—Pero podría ser de Pedro, ¿no? —dijo Gonzalo.
—Sí.  Está esperando a que me hagan la prueba de ultrasonido con el fin de tener una idea más clara sobre cuándo me quedé embarazada. Tengo una cita con el ginecólogo y Pedro me va a acompañar.
Gonzalo se quedó pensativo unos momentos.
—¿Le has dicho a Facundo lo del embarazo?
—Sí.
—¿Y qué ha dicho él?
—Ha dicho que no cree que sea suyo.

viernes, 6 de febrero de 2015

Eternamente Juntos: Capítulo 60

Alejandra asintió con las mejillas enrojecidas visiblemente.
—Tuve una breve aventura con un viejo amigo… un pintor.
—¿Quieres decir que… que no soy hija de papá?
—Claro que eres su hija, Paula, de eso no hay ninguna duda —contestó Alejandra—. Debo confesar que, al principio, lo dudé, pero luego supe con certeza que eras hija suya. Tu padre estaba furioso conmigo, como puedes imaginar, pero se reconcilió conmigo y me ayudó durante el embarazo, que fue muy difícil. Siempre le estaré agradecida por lo que hizo.
—Pero papá no me quiere.
—Eso no es verdad —insistió Alejandra—. Ya sé que es un cabezota y siempre le ha costado expresar sus sentimientos, pero te quiere.
Alejandra frunció el ceño.
—Mamá, ¿por qué me estás contando esto ahora?
—Quería aclarar algunas cosas contigo —respondió Alejandra—. Sé que tú y yo hemos discutido mucho, y creo que es más bien culpa mía. He estado pensando mucho en ello últimamente y creo que es por eso por lo que he venido a hablar contigo. No quiero que cometas con Pedro el mismo error que yo cometí con tu padre. Pedro es un hombre fuerte, decidido y muy orgulloso.
—Sí, lo es.
—Eres feliz con él, ¿verdad, querida? —preguntó Alejandra—. He estado muy preocupada por tí.  No quiero que sufras.
—Oh, mamá… —Paula abrazó a su madre, pensando que ojalá pudiera decirle que ella también estaba embarazada y que no estaba segura de quién era el padre.
Alejandra comenzó a sollozar.
—He sido una mala madre, Paula. Y por mucho que lo intento, no sé cómo hacer mejor las cosas.
—No te preocupes, mamá —Paula le acarició la es¬palda a su madre—. Me alegro de que hayamos podido hablar.
Alejandra se secó los ojos con un pañuelo de celulosa.
—Bueno, me has dicho que querías decirme algo. ¿Qué es? —preguntó Alejandra.
Paula respiró profundamente y contestó:
—Estoy embarazada.
—¡Cariño! —Alejandra la abrazó otra vez—. No sabes cuánto me alegro por tí.  Es exactamente lo que tú y Pedro necesitaban. ¿Se lo has dicho ya?
—Sí, lo ha hecho —dijo Pedro  desde la puerta.
Paula  se volvió y le miró.
—No… no sabía que ibas a volver hoy.
—Ven aquí y dame un beso, querida —ordenó él—. Tu madre no se va a ofender, ¿verdad, señora Chaves?
—Claro que no. Y, por favor, deja de hablarme de usted. Me llamo Alejandra.
—Muy bien, Alejandra—dijo Pedro antes de darle un beso a Paula en los labios—. ¿Cómo te encuentras, cariño?
—Bien…
—Bueno, será mejor que me vaya —dijo Alejandra—. Miguel se va a preocupar si no voy enseguida, no sabía que venía.
—Te acompaño hasta el coche —dijo Paula.
—No es necesario —contestó su madre—. Quédate con Pedro.
Una vez que Alejandra se hubo marchado, Paula se apartó ligeramente de Pedro.
—Deberías haberme avisado de que venías hoy —dijo ella—. Le he dado la tarde libre a Marietta y sólo tenemos restos de comida para cenar.
—¿No deberías alimentarte bien? —preguntó él.
—Y tú, ¿no deberías alegrarte de que fuera desvaneciéndome poco a poco? ¿No te facilitaría eso las cosas?
—¿Por qué?
—De esa manera, te podrías deshacer de mí y del bebé. Es lo que quieres, ¿no?
—Pareces muy segura de ello.
—¿Has cambiado de idea? —preguntó Paula mirándole a los ojos.
Pedro le mantuvo la mirada.
—Mientras estaba de viaje de negocios, he pensado bastante… Estoy dispuesto a continuar contigo indefinidamente, por el niño.
—Entonces, ¿reconoces la posibilidad de que sea tuyo? —preguntó Paula.
—Preferiría saberlo con seguridad; sin embargo, éste es un momento difícil para tí y te ofrezco mi apoyo; sobre todo, teniendo en cuenta que Pieres se marcha del país dentro de una semana aproximadamente.
Paula  apretó los labios con enfado.
—No vas a perdonármelo nunca, ¿verdad?
—Lo siento, no debería haber dicho eso. Especialmente, ahora que sé con certeza que no te has visto con Pieres mientras yo estaba fuera.
Paula se lo quedó mirando con asombro.
—¿Cómo sabes que no le he visto?
—Porque he hecho que te siguieran mientras estaba en Sydney.
—¡Qué!
—Quería saber si cumplirías tu palabra.
Paula se enfureció.
—¡Cómo te atreves!
—Me atrevo porque quiero estar seguro de tí. Y continuaré vigilándote hasta que llegue el momento en que sienta que puedo confiar en tí.
—Lo siento, pero no voy a participar en semejante farsa —le dijo ella furiosa—. Una vez que pase esta semana y que los chicos hayan acabado los exámenes, me marcharé de aquí y no volveré jamás.
—Eres la mujer más exasperante que he conocido en mi vida —gruñó Pedro—. He vuelto decidido a solucionar nuestras diferencias y tú estás haciendo lo posible por estropearlo todo otra vez. Dices que me quieres; bueno, quizá, con el tiempo, recupere mi amor por tí.
—Pero no es seguro, ¿verdad?
—Nada es seguro en la vida, Paula. De todos modos, llevo siete días que en lo único que puedo pensar es en tí. No sabes cuánto te he echado de menos durante el tiempo que he estado fuera, Paula.
—Yo también te he echado de menos —dijo ella pegándose al pecho de Pedro—. Esperaba que vinieras a mi exposición, pero…
—Lo intenté, pero ocurrió un contratiempo y tuve que retrasar la vuelta. Siento no haber ido, pero envié a alguien en mi nombre, ¿no te lo dijo?
Paula  parpadeó.
—No, no lo sabía.
—Le encargué que comprara todos tus cuadros. Lo menos que podía haber hecho era decírtelo.
—Ah… así que fuiste tú…
—Claro que fui yo, querida. Al fin y al cabo, tengo que decorar muchas casas, ¿no? Pensé que sería una buena forma de darte a conocer como pintora.
—Ha sido un gesto muy generoso por tu parte, teniendo en cuenta lo que opinas de mí…
Pedro le alzó la barbilla con un dedo.
—Lo único que sé es que quiero tenerte en mis brazos. Con nadie me siento tan bien como contigo.
«Pero no me amas», pensó Paula al entregarse a su beso.

Eternamente Juntos: Capítulo 59

—Me cuesta creer eso —respondió Pedro—. ¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada en el momento que lo supiste? Has tenido muchas oportunidades para hacerlo.
—Me preocupaba tu reacción.
—Esconder la cabeza en la arena no es forma de solucionar una situación como ésta, Paula. Debías de sospechar que estabas embarazada antes de venir aquí.
—Creía que no me venía el periodo por la gripe —dijo ella.
—En cualquier caso, no voy a aceptar a ese niño hasta que no se demuestre que es mío —declaró Pedro.
Paula empezó a perder la compostura.
—No puedo creer que seas tan cruel. ¿Te das cuenta de lo que esto es para mí?
—De lo que me doy cuenta es de que te preocupa tu futuro.
—¡Esto no es una cuestión de dinero, Pedro!
—Entonces, ¿qué es?
—Es qué va a pasar con nosotros… y con el niño.
—Lo tienes todo bien pensado, ¿eh?
Paula le lanzó una colérica mirada.
—Ésta es la razón por la que no me atrevía a decírtelo antes. Quería esperar a que se hubieran arreglado las cosas entre nosotros para decírtelo… Esperaba que te hiciera feliz…
«Esperaba que me quisieras y que también quisieras tener un hijo, independientemente de quién es el padre», pensó Paula.
—Pides demasiado, Paula—dijo Pedro fríamente.
—Sí, supongo que sí —dijo ella con los ojos empañados por las lágrimas—. Y no me quieres y nunca me querrás.
Tras esas palabras, Paula se dió media vuelta y salió de la cocina.

—¿A que no sabes una cosa? —Harriet Fuller le dijo a Paula la noche de la inauguración de la exposición.
—¿Qué?
—Todos tus cuadros tienen la etiqueta de «vendido» —la informó Harriet con entusiasmo—. Todos.
Paula, perpleja, miró en dirección al lugar donde estaban sus cuadros y comprobó la veracidad de aquellas palabras. Todos estaban vendidos.
—¿Sabes quién los ha comprado? —preguntó Paula a Harriet.
—Ese hombre que está ahí —Harriet señaló a un hombre de unos cuarenta años que estaba pagando con una tarjeta de crédito—. ¿Le conoces?
Paula no se había dado cuenta hasta ese momento de que, subconscientemente, había albergado la esperanza de que Pedro se los hubiera comprado. Sin embargo, aquel hombre era un desconocido.
—No, no le conozco —le respondió a Harriet—. ¿Quién es, un coleccionista de arte?
—No lo sé —contestó Harriet—. De todos modos, qué más da. Has causado tanto revuelo… todo el mundo quiere entrevistarte.
Paula estaba disfrutando con su éxito, pero según transcurrían las horas empezó a sentirse cansada.
—¿No han podido venir ni tu marido ni tus padres? —preguntó Harriet casi al final de la fiesta de inauguración.
Dulce sacudió la cabeza tristemente.
—No.  Pedro está de viaje de negocios. Y mis padres… en fin, digamos que esto les escandalizaría. Mi padre piensa que estos sitios están llenos de drogadictos o gente por el estilo.
—En ese caso, será mejor que no les menciones a Devlin Prosserton —le advirtió Harriet, refiriéndose a un compañero suyo de curso que tenía fama de dar fiestas infames.
—Tienes razón, no lo he mencionado —dijo Paula—. En fin, estoy agotada. Creo que me voy a ir a casa y voy a dormir una semana entera.

—Paula, tiene una visita —anunció Marietta a la mañana siguiente—. Está esperándola en el salón.
Paula bajó y encontró a su madre sentada en uno de los sofás.
—Mamá, qué sorpresa. Iba a ir hoy a verte para contarte…
—Paula… —Alejandra se puso en pie—. Por favor, hija, espera. Antes… tengo que contarte algo.
Paula se la quedó mirando con aprensión.
—Hija, he sido muy dura contigo respecto a tu desliz con Facundo —añadió Alejandra con expresión de pesar—. La verdad, es que he sido una hipócrita porque yo… le hice lo mismo a tu padre al principio de estar casados.
Paula abrió desmesuradamente los ojos.
—¿En serio?

Eternamente Juntos: Capítulo 58

Tres semanas más tarde, Pedro apartó la mirada del periódico cuando Paula entró en la cocina.
—¿No te encuentras bien, querida? Estás un poco pálida.
Ella le dedicó una sonrisa.
—Ya sabes que no me gustan demasiado las mañanas.
Pedro se levantó del taburete y, colocándole ambas manos en las mejillas, le dió un beso en la frente.
—Cuídate —dijo él—. Sólo te queda una semana más y todo habrá acabado.
A Paula le dió un vuelco el corazón.
—¿Qué es lo que habrá acabado?
Pedro sonrió irónicamente.
—¿Se te ha olvidado la exposición de fin de carrera?
—Ah… eso.
Pedro le puso un dedo en la barbilla y se la alzó.
—¿Qué te pasa? Últimamente, te veo preocupada. ¿Estás disgustada conmigo por algo?
—No —respondió Paula.
Durante las tres últimas semanas, Pedro había sido encantador con ella. Se le había ocurrido incluso que él pudiera haberse vuelto a enamorar de ella; pero si era así, no lo había dicho. Necesitaba saber lo que Pedro sentía con el fin de poder confesarle que estaba embarazada, pero no quería destruir el frágil bienestar del que gozaban juntos.
—Entonces, ¿qué te pasa? —insistió él.
—Sólo quiero que me quieras —dijo Paula—. ¿Es pedir demasiado?
Pedro se apartó de ella dando un paso atrás.
—Sí, lo es.
—¿Es que estas tres últimas semanas no han significado nada para tí? —preguntó Paula con desesperación—. Hemos estado muy bien y lo sabes.
—Para, Paula.
—No quiero que nos divorciemos —Paula no pudo evitar echarse a llorar.
—Lo que te pasa es que estás nerviosa por la exposición. Te encontrarás mejor cuando pase todo.
—¡Maldita sea! Estoy así porque estoy embarazada.
Paula no había tenido intención de decírselo a bocajarro, pero ya estaba hecho.
—¿De cuántas semanas? —preguntó Pedro.
—No lo sé con seguridad, pero llevo sin el periodo… tres meses más o menos.
Se hizo un tenso silencio.
—¿Es mío? —preguntó Pedro por fin.
Paula tragó saliva y se obligó a mirarle a los ojos.
—No… estoy segura. Pero creo que sí, que es tuyo.
Paula observó los cambios de expresión del rostro de Pedro: incredulidad, cinismo y una momentánea inseguridad que ocultó al instante.
—¿Hay alguna forma de averiguarlo? —preguntó él.
Paula apretó los labios mientras intentaba contener las lágrimas.
—Sí… He leído que hay una prueba para establecer la paternidad que, además, se utiliza para ver si el feto tiene algún problema; sin embargo, en algunos casos, la prueba puede ocasionar un aborto.
Pedro se pasó la mano por los cabellos y comenzó a pasearse por la cocina.
—En ese caso, olvídalo. Jamás me perdonaría a mí mismo que se produjera un aborto por saber si soy el padre o no.
Pedro dejó de pasearse y la miró fijamente antes de preguntar:
—¿Qué vas a hacer?
—¿Qué quieres decir con eso de qué voy a hacer? —preguntó ella preocupada.
—¿Vas a abortar?
Paula tragó saliva.
—¿Estás sugiriendo que lo haga?
—Es decisión tuya, por supuesto.
—No quiero hacerlo. Por favor, Pedro, no me pidas que lo haga.
—Yo no te voy a pedir nada semejante.
—Pero no quieres tener un niño, ¿verdad? —preguntó ella—. Aunque fuera tuyo, no querrías, ¿verdad?
—¿Desde cuándo sabes que estás embarazada?
Paula se mordió los labios.
—Empecé a sospecharlo la semana que me vine a vivir aquí; pero saberlo con certeza… desde hace tres semanas.
Pedro la miró prolongada y silenciosamente antes de romper el silencio.
—Lo has planeado todo muy bien, ¿verdad, Paula? Una breve reconciliación, una declaración de amor y luego la noticia de tu embarazo para obligarme a aceptarte en mi vida con carácter permanente.
—Yo no he planeado nada.