jueves, 5 de marzo de 2015

Una Cita con el Amor: Capítulo 71

– ¿Seguro que no eres el dueño de la empresa?
– No, cuando hicieron el anuncio parte de su pago fue en especie y como Federico no los necesita, porque está casado, me los regalo a mí.
– Ahora comprendo porque siempre estás preparado.
– Y vieras el dinero que me ahorré – respondió divertido.

Terminamos de comer y fui a lavar los platos mientras él veía el noticiero. Regresé y me senté en sus piernas de nuevo, él me abrazó de la cintura y yo recargué mi cabeza en su hombro, comencé a darle pequeños besos en el cuello y él suspiró, fui desabrochando su camisa y apagó el televisor, me cargó y me llevó a la recámara, cerró la puerta con su pie y me colocó en la cama, yo me hinqué y terminé de quitarle la camisa, le besé el torso en tanto le desabrochaba el cinturón y el pantalón, lo bajé al igual que su bóxer, entonces él me detuvo.
–Te dije que te haría feliz, esta noche es sólo para tí – exclamó quitándome la polera y luego él terminó de quitarse su ropa.
Miró mi cuerpo completamente desnudo, entrelazamos las manos y frotó mis labios con los suyos para después besarme dulce y apasionadamente mientras apretábamos las manos como si quisiéramos fundirlas en una sola. Después me hizo acostarme en la cama y tomó una de mis piernas, empezó a besarla desde el tobillo, en tanto una de sus manos bajaba por ella acariciándola suavemente, subió besando hasta mi pantorrilla, ahí se entretuvo un rato y después siguió hasta la parte trasera de mi rodilla, cada beso y cada caricia elevaban mi pulso y mi respiración, era tan cierto eso de que sabía exactamente donde tocarme y cómo hacerlo, lo miraba hacer su ritual y eso me excitaba más, Pedro realmente estaba disfrutando del sabor de mi piel.
Llegó a mi muslo y se concentró en él; besándolo, lamiendo, succionando para luego detenerse en mi entrepierna, sentía su aliento sobre la piel y se me erizaba, a cada momento más anhelaba por sentirlo dentro de mí. Pasó por mi pelvis, se detuvo en mi ombligo, yo doblé la otra pierna y él la acarició con las yemas de sus dedos y después delicadamente con sus uñas, la sensación me hizo arquearme y volvió a pasar sus uñas a lo largo de toda mi pierna, para este punto mi respiración era totalmente errática y los jadeos escapaban cada vez con más frecuencia.
Llegó a mis senos y estuvo besándolos y acariciándolos en tanto mis manos se entretenían con sus cabellos finos y sedosos. Siguió subiendo dejando besos entre mis pechos y continuó con su camino de besos ahora en mi cuello, con sus dientes jugó con él y yo apretaba su espalda, continuó hasta el lóbulo de mi oreja y luego exhaló en ella, todo mi cuerpo se erizó ante su tibio aliento, besó mi frente, mis párpados, mis mejillas, mi nariz y finalmente mis labios que lo devoraron con impaciencia. Se separó escasos milímetros mirándome con pasión y deseo, pero había algo nuevo en su mirada, algo aún más excitante, un brillo que en nada se parecía al de nuestro primer encuentro.
– Pedro, hazme el amor – musité con voz apenas audible.
Me respondió con una gran sonrisa en su rostro, tomó mis piernas y las subió para que quedaran sostenidas en sus hombros y entró en mí, esta vez dejé que el gemido se escuchara, él volvió a sonreír mientras entraba y salía en un delicioso ritmo que me hizo apretar la colcha. Nos mirábamos fijamente, ambos estábamos sumergidos en el inmenso placer que experimentábamos, el no poder besarnos intensificaba aún más la excitación y el goce del momento, además, que podíamos observar plenamente las expresiones retorcidas de cada uno, en tanto, nuestros gemidos se mezclaban en el aire envolviendo la habitación. Pedro aumentó el ritmo de sus movimientos más y más, enloqueciéndome, haciendo que me perdiera completamente en el deleite que su cuerpo me proporcionaba y de pronto una nueva y cálida sensación recorrió mi interior cuando él llegó al orgasmo y sus fluidos me inundaron provocando que yo también llegara al éxtasis emitiendo un intenso grito que se unió al de él.
Volvimos a amarnos un par de veces más, casi sin descanso, nos cubrimos de besos y caricias, repetíamos nuestros nombres sin cesar, a la par de apasionadas palabras que antes no decíamos y que hacían que la experiencia fuera aún más satisfactoria.
– Hasta mañana Pedro – dije con la voz adormilada y los ojos casi cerrados.
– Hasta mañana corazón – me dio un pequeño beso en la mano – te quiero.
– Yo también te quiero.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Una Cita con el Amor: Capítulo 70

– Aún no sé si pueda – dije en tono juguetón.
– Pues, si no puedes te secuestro, pero de que irás a esa boda conmigo, irás – respondió pegando su frente a la mía.
– Está bien, pero ya déjame trabajar o nunca saldremos de esta oficina.
– Yo no tendría ningún inconveniente en quedarme aquí contigo encerrado.
– Ya basta Pedro, en serio.
Me dio otro pequeño beso en los labios y nos soltamos, me hizo la silla hacia atrás para que me sentara, como todo un caballero, y seguí trabajando en la computadora. Él se sentó frente a mí y sacó su blackberry. Hizo un par de llamadas mientras yo seguía trabajando con el logotipo, después vi que escribía y escribía en el aparato. Cuando terminó con sus asuntos, movió la silla para sentarse a mi lado, le expliqué un poco lo que estaba haciendo, luego respondí unos mails y terminé un par de pendientes más. Y finalmente como a las ocho salimos de la oficina, cargo al oso y después tomo su pequeña mochila que había dejado en recepción, mientras yo me reía divertida, saqué mi celular y le tomé una foto con el oso en las manos.
– ¿Podemos ir a tu departamento corazón?, ahora Jennifer está en el mío y no quiero que nadie sepa que estoy aquí – dijo al salir del edificio.
– No lo sé, podrías quedarte en alguna suite del Hotel Rose Imperial.
– Por supuesto, siempre y cuando tú te quedes conmigo, recuerda que vine única y exclusivamente para estar contigo.
– Claro que te puedes quedar en mi departamento – respondí sonriendo.
Le hice la parada a un taxi y subimos los tres, porque al oso lo pusimos en el asiento de adelante, al lado del conductor que nos miro extrañado, le sonreímos y subimos a la parte trasera, íbamos abrazados sin decir nada, escuchábamos la música de fondo que traía el taxista.
Al cabo de unos veinte minutos llegamos a mi departamento, Pedro volvió a cargar el oso y yo volví a reírme, se veía tan lindo, entramos y le indiqué donde estaba mi habitación para que lo dejara ahí en tanto yo entraba a la cocina a ver que había para cenar, pero no tenía nada digno y se lo dije, entonces propuso pedir una pizza y se sentó en el sillón mientras le servía un vaso de agua. Se lo llevé y me jaló para que me sentara en sus piernas, me quejé porque no alcanzaba el teléfono y me lo pasó, pedí una pizza de peperoni mientras él me besaba el hombro, yo le recriminaba con la mirada, pero él seguía y se reía por mis expresiones.
– Listo, en media hora llega – dije entregándole el teléfono de vuelta.
– Bien, tiempo suficiente– exclamó acostándome en el sillón y se colocó encima de mí.
– Eres insaciable Pedro, ¿te tomas algo? – exclamé acariciando su cabello.
– Tú eres mi mejor estimulante y esta noche lo único que quiero es hacerte feliz, amarte como mereces – respondió para luego besarme apasionadamente mientras sus manos se deslizaban por mi cuerpo.
Aún estaba perdida en la intensa sensación del clímax que acababa de alcanzar, gracias a sus profundos besos en mi parte más intima, cuando tocaron la puerta, miré asustada a Pedro y me dio una gran sonrisa y un ligero beso en los labios.
– Yo abro, no te preocupes – dijo y se levantó del sillón. Yo me quedé ahí, sumida para evitar que el repartidor me viera y cuando Pedro cerró la puerta me enderecé, tomé mi blusa del suelo y me la puse, aún seguía dándome vergüenza que Pedro me viera desnuda y más si él estaba completamente vestido, puso la pizza en la mesa del comedor mientras yo me levantaba y caminaba.
– ¿Adónde vas, corazón?
– A ponerme algo encima.
– ¿Para qué si te lo voy a quitar? – exclamó divertido y sensual.
– Bueno, no voy a comer desnuda mientras tú estás vestido.
– Eso se arregla muy fácil, ahorita me quito la ropa.
– No te atrevas, eso es algo que quiero hacer yo con mis propias manos.
– Uy, siendo así no moveré un dedo y te obedeceré.
Le sonreí y entré a mi habitación, me puse una polera larga y amplia, aproveché para ver lo que realmente me interesaba, el calendario, no quería llevarme una sorpresa, no estaba preparada para una responsabilidad tan grande y menos sin planearla, además, aún no sabía exactamente el rumbo que tomaría la relación con Pedro, así que para que tomar riesgos innecesarios, sólo esperaba que estuviera preparado como siempre si resultaba que estaba en uno de esos días peligrosos para tener relaciones sin protección. Afortunadamente no lo estaba, y me hice una nota mental de llamar al día siguiente al ginecólogo para sacar una cita.
Salí y me senté al lado de Pedro, que estaba en el sillón mirando el televisor, me dió un pedazo de pizza y él tomó otro. En eso pasaron un sensual comercial de Federico y Rosa, donde anunciaban una marca de preservativos que de inmediato reconocí.


Una Cita con el Amor: Capítulo 69

Y se fue, yo sentí que estaba a punto de desmayarme, si había despedido a Geraldine por el escándalo en un centro comercial, ¿que podía esperar yo si me había pillado en mi oficina en un acto poco decoroso? Ví que Pedro se asomó y luego de unos segundos volvió a entrar y cerró la puerta, supuse que lo vió entrar al ascensor, yo seguía paralizada y él hizo a un lado al oso y luego se paró frente a mí.
– ¿En qué estábamos? – dijo sonriéndome mientras me abrazaba.
– Pedro, basta por favor, puede regresar, además todavía hay otras personas trabajando – repliqué poniendo mis manos sobre su pecho.
– Tú lo has dicho, trabajando y no creo que tu jefe regrese – me dió unos besos en el cuello – además tú y yo no hemos terminado de reconciliarnos y no puedo esperar – agregó apretando mis nalgas con sus manos.
– Tengo que terminar unos pendientes – respondí acariciando su pecho. – Este es el más importante, todo lo demás puede esperar.
Volvimos a besarnos desesperadamente, la interrupción hizo que las ansias aumentaran. Me hizo caminar mientras nuestras bocas seguían unidas y yo desabrochaba presurosa los botones de su camisa, sentí que mi espalda chocaba con la puerta, entonces comencé a besar su torso en tanto él deslizaba sus manos por debajo de la falda para quitar mi ropa interior, yo desabroché velozmente su cinturón y su pantalón, deseosa de sentirlo ya dentro.
Levanté los pies para deshacerme por completo de la prenda que estorbaba y él subió la falda casi hasta la cintura, me tomó de las nalgas para que lo rodeara con mis piernas y entró en mí, me mordí el labio para que el grito no se me escapara y apreté sus hombros, él comenzó a moverse con rapidez, era demasiado intenso el deseo como para hacerlo lento, sentía mi cuerpo arder en cada movimiento, lo sujetaba fuertemente de la espalda mientras me perdía en el inmenso placer que estaba sintiendo. Buscó mi boca y me besó ansiosamente, después de unos instantes rompió el beso, pero nuestros labios permanecieron unidos y sentimos como ambos llegábamos al orgasmo exhalando el uno en el otro mientras yo lo apretaba de la espalda, volvió a besarme saliendo de mí y yo bajé mis piernas.
– Esto sí es una muy grata reconciliación completa, voy a hacerte enojar más seguido – dijo mirándome a los ojos con mi rostro entre sus manos.
– No te acostumbres, quizá la próxima vez no corras con tanta suerte.
– Te quiero Pau, te quiero – dijo en mis labios desarmándome completamente.
– Yo también te quiero Pedro– respondí con voz apenas audible sin quitarle mi vista de sus ojos y volvimos a besarnos.
Después nos abrazamos con fuerza sin decir nada, pero yo tenía la sonrisa estúpida tatuada en mi cara, no sólo habíamos hecho el amor, porque en esta ocasión así había sido, no sólo sexo, me había dicho que me quería y mi corazón no podía sentirse más dichoso, pero de pronto, un detalle cruzó por mi mente y me separé para mirarlo, él notó mi confusión y también me miró desconcertado.

– ¿Qué sucede corazón?
– Pedro – pasé saliva – tú no… esta vez no usaste protección.
– Ya no tengo porque hacerlo, las cosas han cambiado, nos queremos, ya no es necesario – respondió frotando su nariz en la mía.
– Pero… – no pude completar la frase, esa idea me aterraba sólo de pensarla.
– ¿Existe algún riesgo? – preguntó separándose un poco para verme a los ojos.
– No, hoy no – dije no muy segura, necesitaba hacer bien las cuentas.
– Ya quita esa cara, si te tranquiliza seguiré usando, ¿ok?
– Ok, sólo cuando haya riesgo – respondí sonriéndole mientras pensaba en que tenía que buscar algún método anticonceptivo para mí.
– Lo que tú digas corazón, yo haré lo que tú me pidas – me dió otro corto beso en los labios y luego me abrazó de nuevo.
– Bueno, por el momento dejarme trabajar, tengo que terminar unos asuntos urgentes, no puedo irme hasta que los acabe – dije separándome.
– Bien, me quedaré contigo, al fin que todo mundo piensa que sigo en Europa – respondió mientras se arreglaba la ropa.
– ¿En serio no tendrás problemas por venir así de improviso? – pregunté en tanto me colocaba mi ropa interior y acomodaba mi falda.
– No, pero tengo que reportarme. – ¿Cuando regresarás? – pregunté casi con pánico, ahora lo extrañaría mucho más.
– Pasado mañana, quería quedarme hasta el domingo, pero me es imposible, el viernes tengo una cena a la que no puedo faltar, es el cumpleaños de uno de los socios y podrá disculparme el que no haya ido a la junta, pero no el que falte a su festejo y también Luciana irá a visitarme porque habrá una pequeña boutique en el hotel y quiere ver el espacio, llega el sábado por la tarde.
– No te preocupes, yo entiendo que tienes una vida y muchos asuntos que atender – dije caminando para sentarme en mi silla.
– Pau, yo no te voy a dejar sola, ¿ok? – exclamó tomándome de un brazo para que volteara – siempre he sabido administrar mi tiempo y debes creerme cuando te digo que nada es más importante que tú – añadió entrelazando ambas manos con las mías – nunca, grábatelo bien, nunca mis negocios han estado por encima de las personas que quiero, tengo todo planeado y organizado para poder pasar el fin de semana entero en Miami para la boda de Luciana, a la que tú me vas a acompañar, por cierto.

martes, 3 de marzo de 2015

Una Cita con el Amor: Capítulo 68

Al día siguiente  seguía igual, metida en el trabajo, ni siquiera salí a almorzar, lo bueno es que ya habían entrevistado a una chica, ojalá la contrataran. Estaba concentrada en la computadora haciéndole cambios a un logotipo cuando tocaron mi puerta, al voltear vi que había un enorme oso de peluche blanco con una carta entre sus brazos, me levanté de la silla curiosa, el sobre decía, “Léeme por favor”, una sonrisa escapó de mis labios, tomé el sobre y lo abrí.
“Tienes razón en pensar esas cosas de mí, no puedo pedir tu confianza cuando soy el primero que la traiciona, pero no tienes idea de lo que siento por ti, es mucho más fuerte que yo y me asusta, porque aun sin conocerte demasiado te has metido hondo en mi corazón y no sé qué sería de mí si tú no sintieras lo mismo, Paula, hace mucho que rompí la tercera regla, incluso antes que las otras dos, eres lo más importante para mí y estoy dispuesto a hacer lo que sea con tal de demostrártelo.

Tuyo por siempre
Pedro Alfonso”

Me quedé estática al leer la nota, ¿qué era lo que estaba tratando de decirme?, ¿qué él también estaba enamorado de mí como yo de él?
– Perdóname por favor, nunca fue mi intensión herirte, pero cuando se trata de ti pierdo la perspectiva de todo, no puedo pensar coherentemente, se me ocurren las más extrañas locuras, por eso estoy aquí, no me importó faltar a la junta de socios con tal de venir a aclarar las cosas contigo – dijo en el umbral de la puerta.

Yo estaba completamente emocionada, entre el oso, las palabras de la carta, lo que acababa de decirme de su propia boca y el gesto de haber volado sólo para arreglar las cosas, no podía hablar, pero entonces, la parte cruel de mi ser salió a flote, quería ver qué tanto más estaba dispuesto a decir o hacer con tal de que lo perdonara.
– Por mí puedes regresarte a tu junta – le di la espalda antes de que la sonrisa sádica se me escapara de la cara y se acabara mi actuación, porque lo que en realidad quería hacer era echarme en sus brazos y besarlo – yo también tengo mucho trabajo.
– No me digas eso Pau, por favor, si tú no me perdonas lo demás ya no importa –me abrazó por detrás y cerré los ojos al sentir su cuerpo pegado al mío, percibí los latidos acelerados de su corazón y su perfume me envolvió por completo – ya perdóname, ¿sí corazón? – susurró en mi oído, sabía bien como desarmarme.
– ¿No más mentiras ni engaños? – dije con un hilo de voz. –
Te lo prometo.

Me volteé y nos besamos frenéticamente, parecía que teníamos meses separados, nuestras bocas se devoraban sedientas del elixir que emanaba de ambos, sus manos viajaban por mi espalda y yo lo tenía sujetado por el cuello apretándoselo con las yemas de mis dedos, mientras sentía como mi cuerpo se excitaba por completo. De pronto, se escuchó que tosían y nos separamos de inmediato, era Scott y deseé que la tierra me tragara, con pánico lo miré, la expresión en su rostro era seria.
– Buenas tardes – dijo en tono firme.
– Buenas tardes, Pedro Alfonso – respondió extendiéndole la mano ya que yo estaba en shock sin poder hablar. – Sí te recuerdo, eres el hermano de Luciana, ¿no? – exclamó estrechándole la mano.
– El mismo, perdón por lo que acabas de presenciar… – comenzó a explicar.
– No necesito detalles – interrumpió – mañana hablamos Paula, voy a ver a un cliente – añadió mirándome y sólo pude asentir con la cabeza – gusto en verte Pedro, dale saludos de mi parte a Luciana, por favor.
– Claro, con gusto, hasta luego.


Una Cita con el Amor: Capítulo 67

Ya no pude pronunciar palabra alguna, un intenso gemido salió de mis labios y cerré los ojos al sentir que llegaba al clímax con mi corazón latiendo a mil, ¿cómo podía hacerme sentir eso cuando estaba a kilómetros de distancia? Apreté los ojos, me daba vergüenza verlo, ya no era más una desenfrenada desconocida, era una mujer completamente enamorada de él.
– Eres extraordinaria Pau, jamás me cansaré de decirtelo.
– Y tú también, me haces hacer locuras que jamás imaginé – dije abriendo los ojos.
– Bendita sea la tecnología.
– ¿Me esperas?, voy a lavarme las manos.
– Está bien, pero no tardes. Regrese al cabo de cinco minutos y él ya había vuelto a ponerse el pantalón de la pijama.
– ¿Cómo te sientes? – pregunto sonriente.
– Relajada. – Me encanta haber contribuido con eso – se puso serio y suspiró – Pau, no quiero arruinar el momento pero necesito saber algo que me está quemando… ¿ya terminaste con él? – añadió.
– Sí, descubrí que andaba con otra, curioso, ¿no?, ambos vivíamos en una mentira.
– Lo sabía, por eso no quería que te tocara.
– ¿Qué dijiste?, ¿tú sabías que Facundo tenía una amante? – exclamé más que sorprendida.
 – ¿Cómo lo supiste? – agregué un tanto molesta.
– Un día lo vi en un restaurante, pero él no se dio cuenta.
– ¿Por qué no me lo dijiste cuando te lo pregunté?
– Porque no sabía si ibas a creerme, no quería parecer intrigante.
– ¿Qué clase de excusa es esa? – dije exasperada
– yo pensando que no querías que me tocara porque estabas celoso y resulta que sólo era porque sabías que se estaba acostando con otra.
– Por supuesto que estaba celoso y mucho más sabiendo lo que él te ocultaba.
– ¿Mira quién habla de ocultar cosas?, primero lo del auto y ahora esto, ¿cómo me pides que confié en ti si haces cosas que no son para ganarse mi confianza?, ¿en qué más me has mentido?, aparte de esto y de decirme que te irías a un viaje de negocios cuando en realidad te fuiste a descansar a Las Vegas, ¿en serio Jennifer es sólo tu amiga?, ¿o es igual de buena para mentir que tú?, ¿qué clase de relación retorcida mantienen?
– ¿Cómo puedes decirme eso Pau?, por supuesto que Jennifer sólo es mi amiga y si no nos crees pregúntale a Luciana.
– Ahora el ofendido eres tú, ¿no?, ya parece que tu hermana va a saber lo que en realidad hay entre ustedes, ¡por favor!
– Es que estás llevando esto al extremo, ¿ok?, sí te oculte lo de Facundo porque sé el cariño que le tienes y no quería lastimarte, Paula, tuve más de una ocasión para gritártelo, estuve a punto de hacerlo cuando los vi en la cocina besándose, pero a pesar de mi rabia y de mis celos no iba a ser yo quien te quitara la venda, no iba a tener un enfrentamiento con él frente a ti porque sabía que te dolería, no iba a ponerte entre la espada y la pared, no soy así Paula, estaba seguro que algún día te enterarías.
– Que sobreprotector resultaste – exclamé cruzándome de brazos.
– Pues sí, así soy y si te engañe en lo del auto fue para estar más tiempo contigo a solas, sin que ellos estuvieran cerca y lo del viaje de negocios no fue del todo mentira, si fui a Las Vegas fue porque sabía que irías con Facundo, quería tenerte cerca y quería ver cómo era tu relación con él.
– ¿O sea que todo lo hiciste premeditado?, eres increíble y yo soy una tonta por seguir con esto – dije molesta y cerré la ventanita y la sesión del Messenger.
Me llevé las manos a la cara, ¿qué clase de hombre era en realidad Pedro Alfonso y qué era lo que verdaderamente quería de mí?, yo enamorada de él como ******* y él con sus jueguitos tontos. En eso, sonó mi celular y vi que era número restringido, no quise discutir más con él y lo apagué, necesitaba pensar y analizar lo que iba a hacer, confiar en él, que fácil se dice, ¿cómo iba a hacerlo con esas actitudes?
Al otro día que llegué a la oficina tenía una página completa de mails de él, en el asunto decían perdóname y léelo por favor, pero no quise hacerlo, no estaba dispuesta a iniciar una relación a base de mentiras, si con Facundo todo había empezado bien y como había terminado, ¿qué podría esperar de una relación que desde el principio había mentiras y engaños? No quise pensar en el asunto y me concentré al máximo en el trabajo, tenía miles de cosas que hacer y apenas iban a iniciar la búsqueda de la persona que reemplazaría a Geraldine.

Una Cita con el Amor: Capítulo 66

– Hola – respondí de lo más normal.
– Vaya, hasta que me contestas, Pau, me tenías con el alma en un hilo, ¿sabes dónde estoy? – escuché su voz aterciopelada con un tono de preocupación.
– No tengo la más remota idea, por la hora que es y considerando el cambio de horario, supongo que estarás alistándote para cenar.
– Pues no corazón, estoy en el aeropuerto buscando un boleto para Nueva Jersey, no he sabido nada de ti en todo el fin de semana, no has contestado mis mails y no había podido comunicarme a tu celular, me tenías sumamente preocupado.
– Pedro, no tienes que hacer eso, tuve un fin de semana muy ocupado y tengo mucho trabajo en la oficina, no tienes porqué alarmarte.
– Está bien, entiendo, discúlpame por ser tan aprensivo pero, no sé, tuve un extraño presentimiento el viernes, júrame que estás bien Pau, por favor.
– Estoy bien, no tienes nada de qué preocuparte… por cierto, ya compré la webcam.
– Esa es mi chica, está bien, me calmaré y me conectaré cuando allá sean las 10 de la noche, ¿ok?
– Pero, Pedro, allá serán las tres de la mañana, tienes que dormir.
– No te preocupes por eso, de todas maneras aún no me adapto bien al cambio de horario.
– Sigo pensando que estás loco.
– Claro que lo estoy, pero por ti.
– ¿De verdad?
– ¿Y por qué lo dudas?, si no estuviera loco por ti no te escribiría todos los días ni estaría ahorita a punto de regresar a Estados Unidos sólo para asegurarme que estás bien, debes tenerme confianza, corazón.
– Lo sé – respondí con un suspiro.
– ¿En serio estás bien Pau?
– Sí, anda, ya ve a cenar, no es necesario que vengas.
– Está bien, entonces nos vemos a esa hora, ¿sí?
– Ok, hasta entonces.
– Cuídate mucho corazón, por favor, te mando muchos besos.
– Yo también, bye.
Llegué a casa y cené mientras veía la televisión, no me quisé cambiar de ropa porque vería a Pedro por la webcam, lo cual me tenía nerviosa. La conecté y verifiqué que sirviera, me tomé una foto y la puse en el messenger. A las diez en punto Pedro se conecto y de inmediato me escribió hola y me mando la invitación para la video llamada, sonreí y la acepté.
– Hola mi preciosa Pau, ¿cómo estás? – preguntó en cuanto nos vimos.
– Bien, ¿y tú? – respondí saludándolo con la mano.
– Feliz de verte, aunque me gustaría más estar contigo.
– ¿En serio no tienes sueño?
– No, por supuesto que no, tú me lo quitas, me haces falta, ¿ya te lo había dicho?
– Sí, en cada correo electrónico que me escribes – respondí y puse mi mano en la pantalla del notebook y él hizo lo mismo
– ¿qué es lo que más extrañas de mí?
– ¿Por dónde empezar?, tu sonrisa, tus ojos, el aroma de tu cabello, tus besos, tus caricias, tu sensualidad, el calor de tu cuerpo, tus manos en mi espalda, tu respiración errática, tu forma de perder el control – se quedó en silencio y una sonrisa traviesa escapó de sus labios
– ¿qué tal si jugamos un poquito Pau?
– ¿Jugar?, ¿a qué? – pregunté haciéndome la tonta porque bien sabía a qué se refería.
– A que estamos juntos y vamos haciendo lo que nos digamos, tú sabes, cositas que nos haríamos el uno al otro – respondió y me guiñó el ojo lamiéndose los labios.
– Está bien, pero tú empiezas y yo te sigo, ¿sí?
– Ok, suéltate el cabello y acomódate bien en la silla, muy bien, ahora cierra los ojos y concéntrate en mi voz, imagina que estoy ahí contigo, parado frente a ti y empiezo a acariciar suavemente tu cuello, eso es, imagina que es mi mano y la deslizó hasta llegar al primer botón de tu blusa y lo desabrochó, voy bajando desabrochando los demás, al terminar, acarició tus pechos, así, despacio, en círculos, muy bien Pau, ahora con la otra mano, imagina que la deslizó por el interior de tu muslo, por debajo de tu falda, justo así, te acarició por encima de tu ropa interior y voy sintiendo tu humedad, mis dedos se abren paso y finalmente alcanzan tu interior, comienzo a acariciarte despacio, suave, placentero, eso es hermosa, no te detengas, siénteme, oh sí, tus jadeos me fascinan, sigue así, un poco más, otro poco, ay Pau no tienes idea cuanto me encantaría ser verdaderamente yo quien te estuviera acariciando.
– A mí también, Pedro– abrí los ojos y vi que él también estaba acariciándose, me lamí los labios – yo te llenaría de besos el torso y bajaría por tu abdomen, seguiría bajando y dejando más besos, cuando sintiera que ya no pudieras más te ofrecería entrar en mí, lento, constante, como sólo tú sabes hacerlo, oh Pedro, así me encanta, sigue moviéndote, hazme tuya, enloquéceme, no pares, falta poco.


Una Cita con el Amor: Capítulo 65

El lunes por la mañana me sorprendió ver que Scott ya había llegado a la agencia y que estaba encerrado en su oficina con Geraldine, sentí un desasosiego, podría soportar la ruptura con Facundo, era algo ya inminente, pero no podía perder mi trabajo, eso sí me destrozaría, la agencia de Scott era una de las más reconocidas y él con facilidad podría cerrarme la oportunidad de conseguir trabajo en otra. Entré a mi oficina y alcance a ver que Geraldine salía llorando, se dio cuenta que yo estaba ahí y furiosa entró golpeando la puerta.
– Ya estarás contenta maldita mosca muerta, tenías que hacerte la sufrida con el jefe, ¿verdad?, por tu culpa me he quedado sin trabajo y no podré encontrar otro igual en todo el país y tengo una hija que mantener.
– Eso hubieras pensando antes de montar un escándalo en un lugar público, exponiéndote a que alguien te viera, que eso fue lo que sucedió, ni siquiera he hablado con Paula y ya deja de hacer numeritos, vete por favor, antes que llame a seguridad para que te acompañen a la calle – respondió Scott serio.
– Esto no se va a quedar así Paula, me las vas a pagar.
– Ya te dije que ella no tiene nada que ver, acepta las consecuencias de tus actos Geraldine, tú eres la única responsable de lo que ha pasado.
Lo recorrió con la mirada furiosa y salió de mi oficina, yo me dejé caer en mi silla, lo que menos quería es que la despidieran, conocía perfectamente su situación y no le guardaba rencor, al final lo que se hace en la vida se paga y creo que ella se iba a quedar sin Facundo que era lo único que le importaba y la causante era ella misma.
– Scott, no tenías que haber hecho eso, no tiene nada que ver con el trabajo.
– Perdón Paula, no lo hice por ti, te estimo, pero tuve otras razones, mi esposa las vio en el centro comercial y escuchó todas las cosas que Geraldine te gritó, si fue capaz de involucrarse con el novio de una amiga y se valió de todas las artimañas que pudo para conseguirlo, más encima ventilar intimidades en un lugar público y frente a su hija, ¿qué podría yo esperar de ella en cuestiones laborales?, que un día se marchara llevándose sus cuentas y echara pestes de la agencia, que tirara lodo por todas partes, no Paula, eso no podía yo permitirlo, me ha costado mucho abrirme paso en este medio tan competido para dejar que alguien como ella lo arruine por su falta de escrúpulos.
– No sé qué decirte.
– No digas nada y sigue con tu trabajo, tenemos varios asuntos pendientes y mientras conseguimos a otra persona para reemplazarla te harás cargo de sus cuentas.
Asentí con la cabeza y Scott salió de mi oficina. Encendí mi computadora y, como siempre, había más de un mail de Pedro, pero no me sentía con ánimos de leerlos y menos con lo que acababa de pasar, no podía evitar sentir lástima por Geraldine, no le había valido de nada todo lo que hizo, había perdido lo más por lo menos.
Por la tarde, salí a almorzar con Zaira y le conté lo que había sucedido.
– Lo sabía Pau, no en vano ella lo tenía en un altar, era porque se estaban acostando.
– Nunca lo sospeché, alguna vez sí pensé que estaba enamorada de él por la forma en que se expresaba pero no imaginé que tuvieran un amorío.
– Las relaciones humanas son difíciles Pau, y los hombres son muy débiles, caen fácil ante el sexo, por eso ahora debes tener mucho más cuidado, veme a mí.
– Y, por cierto, ¿cómo van las cosas con Steve?
– Ya iniciamos los trámites del divorcio, mañana es la primera audiencia.
– Entonces, ¿no hubo arreglo?
– No Pau, nos hemos dado cuenta que nos casamos sin conocernos, cegados por el fuego de la pasión y aunque ese todavía está presente no es lo único que mantiene viva una relación, algún día se acabara y entonces, ¿qué nos quedara?, somos completamente distintos, no tenemos nada en común, así que no tiene caso seguir juntos.
En eso mi celular sonó, lo tomé y era número restringido, no pude evitar que los latidos de mi corazón se dispararan al adivinar de quien se trataba.