Paula se despertó en la cama de Pedro. Estaba tapada y la luz de la lámpara de la mesilla iluminaba suavemente la habitación.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó él sentado en un sillón al lado de la cama.
Paula volvió la cabeza y le miró.
—Estoy bien… creo.
—Te has desmayado —dijo él innecesariamente.
—Sí.
—¿Te ha ocurrido alguna vez más?
—Un par de veces —respondió Paula—. Hace un par de semanas me dió gripe y todavía no me he recuperado del todo.
—¿Cuándo ha sido la última vez que has comido?
—No me acuerdo… creo que anoche.
Pedro lanzó una maldición y se puso en pie.
—¿Cuánto tiempo llevas así? —preguntó él.
—No te preocupes por mí. Al fin y al cabo, me odias, ¿no? ¿Qué puede importarte que coma o no?
—Me preocupa, como le preocuparía a cualquiera, que la persona con la que estoy hablando se desmaye durante la conversación —respondió él—. Como poco, es desconcertante.
—En ese caso, sería mejor que no hablaras con tanta agresividad —le espetó ella.
Pedro frunció el ceño.
—¿Es así como te comportas cuando tienes una conversación desagradable? Cuando las cosas no van como a tí te gusta, te desmayas, ¿eh?
Paula se sentó en la cama y le miró con cólera.
—¡No lo he hecho a propósito! Ya te he dicho que he estado enferma. Llevo un mes que no me siento bien.
Se hizo un tenso silencio.
—¿Estás embarazada? —preguntó Pedro.
Paula le miró horrorizada.
—¿Qué clase de pregunta es ésa? Naturalmente que no estoy embarazada.
—Me ha parecido una pregunta razonable. Eres una mujer joven y sexualmente activa.
miércoles, 21 de enero de 2015
martes, 20 de enero de 2015
Eternamente Juntos: Capítulo 10
Paula se preguntó qué diría él si le dijera que ya no tomaba nada de alcohol. Después de lo ocurrido con Facundo, ya no se atrevía.
—No, gracias.
Pedro la miró de arriba abajo.
—Estás muy hermosa, querida —dijo él.
—Gracias…
Pedro se acercó a ella y le alzó la barbilla mirándola fijamente.
—Marietta y Salvatore están aquí todavía —dijo él en voz baja—. Estamos enamorados otra vez, ¿no?
—No… sí, claro —a Paula le latió el corazón con fuerza cuando él le acarició el labio inferior con la yema de un dedo.
Entonces, Pedro la besó.
Paula cerró los ojos mientras la boca de él cubría la suya. El estómago le dio un vuelco de placer al abrir los labios para permitir que la lengua de Pedro la invadiera.
Ese primer ataque erótico la hizo perder la cabeza. Se agarró a él mientras enlazaba la lengua con la de Pedro en imitación a la más íntima de las uniones.
Sintió la pulsión del deseo en el vientre, sus sentidos a flor de piel… Y sintió la erección de Pedro contra su cuerpo, un recuerdo de lo que habían compartido en el pasado.
Paula apenas oyó el sonido de la puerta de la casa al cerrarse, pero abrió los ojos bruscamente cuando Pedro dió por terminado el beso. De repente, se sintió completamente desorientada.
—Marietta y Salvatore ya se han ido —dijo Pedro apartándose de ella—. Suponía que uno de los dos o los dos entrarían aquí para despedirse. El beso ha sido por ellos, no porque quisiera dártelo.
Paula se pasó la lengua por los labios.
—Ya…
Pedro le lanzó una de sus inescrutables miradas.
—Tendremos que hacer este tipo de demostraciones de vez en cuando de cara a la galería –declaró él—. Espero que no malinterpretes el motivo de estos intercambios físicos.
Paula tragó saliva como si así pudiera tragarse el dolor que esas palabras le habían causado.
—Lo comprendo.
—Bien. Lo mejor es dejar las cosas claras para que no pueda haber malentendidos.
—Entiendo que me odies —dijo Paula—. Eso, desde luego, lo has dejado muy claro.
Un duro brillo iluminó los ojos de Pedro.
—¿Acaso no tengo derecho a odiarte, Paula? —preguntó él—. Destruiste nuestro matrimonio cuando te acostaste con otro hombre.
Paula cerró los ojos para no ver la furia en las oscuras profundidades de los de él.
Pedro le agarró ambos brazos.
—¡Maldita sea, mírame!
Los ojos de Paula se abrieron, en ellos había lágrimas.
—Lo siento —susurró Paula con voz quebrada—. Lo siento…
Pedro la soltó y lanzó una maldición.
—Supongo que vas a excusarte diciendo que habías bebido demasiado y que no sabías lo que hacías.
—No bebí —dijo ella, incapaz de soportar su mirada acusatoria—. Al menos, no más de medio vaso… Pero es verdad que no recuerdo casi nada de lo que pasó aquella noche… aparte de la discusión que tuvimos y… y de que fui a casa de Facundo…
—Donde te abriste de piernas como la perdida que eres —concluyó él con cólera.
Paula no podía soportar su vergüenza. De no haberse encontrado desnuda a la mañana siguiente en la cama de Facundo, jamás habría creído posible ser capaz de semejante comportamiento. Y lo peor era que no sólo había engañado a su marido sino que también había traicionado a un amigo que, desde su infancia, siempre la había apoyado.
—¿Te hizo gemir de placer, Paula? —preguntó Pedro—. ¿Te hizo rogarle como me rogabas a mí?
Paula se tapó los oídos con las manos.
—No, por favor, no. No puedo soportarlo.
Pedro le apartó las manos, sujetándola por las muñecas.
—¿Le tomaste en tu boca como hacías conmigo? ¿Lo hiciste?
Paula empalideció y le temblaron las piernas mientras la habitación empezaba a girar a su alrededor. Y poco a poco, su cuerpo se desplomó.
—¿Paula?
Abrió los ojos momentáneamente, pero el inexorable abismo que la absorbió se los cerró de nuevo…
—No, gracias.
Pedro la miró de arriba abajo.
—Estás muy hermosa, querida —dijo él.
—Gracias…
Pedro se acercó a ella y le alzó la barbilla mirándola fijamente.
—Marietta y Salvatore están aquí todavía —dijo él en voz baja—. Estamos enamorados otra vez, ¿no?
—No… sí, claro —a Paula le latió el corazón con fuerza cuando él le acarició el labio inferior con la yema de un dedo.
Entonces, Pedro la besó.
Paula cerró los ojos mientras la boca de él cubría la suya. El estómago le dio un vuelco de placer al abrir los labios para permitir que la lengua de Pedro la invadiera.
Ese primer ataque erótico la hizo perder la cabeza. Se agarró a él mientras enlazaba la lengua con la de Pedro en imitación a la más íntima de las uniones.
Sintió la pulsión del deseo en el vientre, sus sentidos a flor de piel… Y sintió la erección de Pedro contra su cuerpo, un recuerdo de lo que habían compartido en el pasado.
Paula apenas oyó el sonido de la puerta de la casa al cerrarse, pero abrió los ojos bruscamente cuando Pedro dió por terminado el beso. De repente, se sintió completamente desorientada.
—Marietta y Salvatore ya se han ido —dijo Pedro apartándose de ella—. Suponía que uno de los dos o los dos entrarían aquí para despedirse. El beso ha sido por ellos, no porque quisiera dártelo.
Paula se pasó la lengua por los labios.
—Ya…
Pedro le lanzó una de sus inescrutables miradas.
—Tendremos que hacer este tipo de demostraciones de vez en cuando de cara a la galería –declaró él—. Espero que no malinterpretes el motivo de estos intercambios físicos.
Paula tragó saliva como si así pudiera tragarse el dolor que esas palabras le habían causado.
—Lo comprendo.
—Bien. Lo mejor es dejar las cosas claras para que no pueda haber malentendidos.
—Entiendo que me odies —dijo Paula—. Eso, desde luego, lo has dejado muy claro.
Un duro brillo iluminó los ojos de Pedro.
—¿Acaso no tengo derecho a odiarte, Paula? —preguntó él—. Destruiste nuestro matrimonio cuando te acostaste con otro hombre.
Paula cerró los ojos para no ver la furia en las oscuras profundidades de los de él.
Pedro le agarró ambos brazos.
—¡Maldita sea, mírame!
Los ojos de Paula se abrieron, en ellos había lágrimas.
—Lo siento —susurró Paula con voz quebrada—. Lo siento…
Pedro la soltó y lanzó una maldición.
—Supongo que vas a excusarte diciendo que habías bebido demasiado y que no sabías lo que hacías.
—No bebí —dijo ella, incapaz de soportar su mirada acusatoria—. Al menos, no más de medio vaso… Pero es verdad que no recuerdo casi nada de lo que pasó aquella noche… aparte de la discusión que tuvimos y… y de que fui a casa de Facundo…
—Donde te abriste de piernas como la perdida que eres —concluyó él con cólera.
Paula no podía soportar su vergüenza. De no haberse encontrado desnuda a la mañana siguiente en la cama de Facundo, jamás habría creído posible ser capaz de semejante comportamiento. Y lo peor era que no sólo había engañado a su marido sino que también había traicionado a un amigo que, desde su infancia, siempre la había apoyado.
—¿Te hizo gemir de placer, Paula? —preguntó Pedro—. ¿Te hizo rogarle como me rogabas a mí?
Paula se tapó los oídos con las manos.
—No, por favor, no. No puedo soportarlo.
Pedro le apartó las manos, sujetándola por las muñecas.
—¿Le tomaste en tu boca como hacías conmigo? ¿Lo hiciste?
Paula empalideció y le temblaron las piernas mientras la habitación empezaba a girar a su alrededor. Y poco a poco, su cuerpo se desplomó.
—¿Paula?
Abrió los ojos momentáneamente, pero el inexorable abismo que la absorbió se los cerró de nuevo…
Eternamente Juntos: Capítulo 9
La casa de Pedro era una mansión moderna en medio de un terreno ajardinado en las afueras del sur de Yarra. Desde los grandes ventanales se divisaba la mayor parte de la ciudad por un lado, desde el otro extremo se veía la piscina y los jardines.
El vestíbulo era de mármol y de él salía una escalinata que conducía al piso superior donde estaban las habitaciones, cada una con baño privado.
—Mientras tú te cambias de ropa, yo voy a enviar un par de correos electrónicos —dijo Pedro.
«Ésta era mi casa», pensó Paula con tristeza mientras ascendía la escalinata. Todas y cada una de las habitaciones le recordaban momentos con Pedro. Al llegar a la habitación principal, respiró profundamente y abrió la puerta.
Hizo un esfuerzo por apartar los ojos de la inmensa cama y se dirigió al enorme armario empotrado. Dentro, en un lado, estaban las cosas de Pedro; en el otro, la ropa que ella se había dejado. El ama de llaves, Marietta, lo tenía todo ordenado.
Paula agarró uno de los vestidos que Pedro le compró durante la semana que estuvieron en París en los primeros meses de su matrimonio.
De repente, Paula oyó un ruido a sus espaldas y, al volverse, se encontró delante a Marietta, que llevaba un montón de ropa de Pedro cuidadosamente planchada y doblada.
—Señora Alfonso—dijo Marietta sonriendo—, me alegro de volver a verla. No sabe cuánto me alegro de que vuelva con el señor Alfonso. El señor ha estado muy triste sin usted.
—Hola, Marietta —dijo Paula apretando el vestido contra su pecho—. Yo también he estado muy triste.
El ama de llaves sonrió ampliamente.
—Sabía que, al final, todo se solucionaría. Usted y el señor Alfonso son… almas gemelas.
—Sí —concedió Paula, esperando parecer sincera.
Marietta dejó la ropa que llevaba en los estantes y añadió:
—La dejaré para que se vista. Su marido me ha dicho que van a salir a cenar fuera para celebrar su reconciliación.
—Sí, así es —respondió Paula.
—Le he dejado toallas limpias en el baño —la informó Marietta.
—Gracias, Marietta —Paula se miró la ropa—. Creo que me vendría bien una ducha.
Después de la ducha, Paula se miró al espejo y se mordió los labios. Había ojeras bajo sus ojos azul violeta y tenía el rostro más pálido que de costumbre. Acercándose al espejo, frunció el ceño al ver las pecas en su nariz. Tenía la bolsa con el maquillaje en su piso en St. Kilda, lo único que tenía consigo era una barra de cacao en el bolso.
Se puso el vestido negro y unas sandalias negras de tacón y salió de la habitación.
Pedro la estaba esperando en el salón, tenía una copa de licor en la mano.
—¿Quieres beber algo antes de marcharnos? —preguntó él.
El vestíbulo era de mármol y de él salía una escalinata que conducía al piso superior donde estaban las habitaciones, cada una con baño privado.
—Mientras tú te cambias de ropa, yo voy a enviar un par de correos electrónicos —dijo Pedro.
«Ésta era mi casa», pensó Paula con tristeza mientras ascendía la escalinata. Todas y cada una de las habitaciones le recordaban momentos con Pedro. Al llegar a la habitación principal, respiró profundamente y abrió la puerta.
Hizo un esfuerzo por apartar los ojos de la inmensa cama y se dirigió al enorme armario empotrado. Dentro, en un lado, estaban las cosas de Pedro; en el otro, la ropa que ella se había dejado. El ama de llaves, Marietta, lo tenía todo ordenado.
Paula agarró uno de los vestidos que Pedro le compró durante la semana que estuvieron en París en los primeros meses de su matrimonio.
De repente, Paula oyó un ruido a sus espaldas y, al volverse, se encontró delante a Marietta, que llevaba un montón de ropa de Pedro cuidadosamente planchada y doblada.
—Señora Alfonso—dijo Marietta sonriendo—, me alegro de volver a verla. No sabe cuánto me alegro de que vuelva con el señor Alfonso. El señor ha estado muy triste sin usted.
—Hola, Marietta —dijo Paula apretando el vestido contra su pecho—. Yo también he estado muy triste.
El ama de llaves sonrió ampliamente.
—Sabía que, al final, todo se solucionaría. Usted y el señor Alfonso son… almas gemelas.
—Sí —concedió Paula, esperando parecer sincera.
Marietta dejó la ropa que llevaba en los estantes y añadió:
—La dejaré para que se vista. Su marido me ha dicho que van a salir a cenar fuera para celebrar su reconciliación.
—Sí, así es —respondió Paula.
—Le he dejado toallas limpias en el baño —la informó Marietta.
—Gracias, Marietta —Paula se miró la ropa—. Creo que me vendría bien una ducha.
Después de la ducha, Paula se miró al espejo y se mordió los labios. Había ojeras bajo sus ojos azul violeta y tenía el rostro más pálido que de costumbre. Acercándose al espejo, frunció el ceño al ver las pecas en su nariz. Tenía la bolsa con el maquillaje en su piso en St. Kilda, lo único que tenía consigo era una barra de cacao en el bolso.
Se puso el vestido negro y unas sandalias negras de tacón y salió de la habitación.
Pedro la estaba esperando en el salón, tenía una copa de licor en la mano.
—¿Quieres beber algo antes de marcharnos? —preguntó él.
lunes, 19 de enero de 2015
Eternamente Juntos: Capítulo 8
—Gonzalo, soy yo, Paula.
—Ah, hola, Paula. ¿Qué tal van los cuadros que vas a llevar a la exposición?
—Bien —respondió ella esforzándose por darle ánimo a su voz—. ¿Cómo estás?
—Bien, supongo.
—Gonzalo… tengo que decirte una cosa.
—No vas a casarte con Facundo Pieres , ¿verdad? —preguntó Gonzalo con evidente aprensión en la voz.
—No, no, claro que no. Sólo somos… amigos.
—Entonces, ¿qué es lo que me tienes que decir?
Paula respiró profundamente antes de contestar.
—Pedro y yo hemos decidido volver a estar juntos.
—¿Ya no se van a divorciar?
—No —respondió ella—. Ya no nos vamos a divorciar.
—¡Vaya, estupendo, Paula! —exclamó Gonzalo con alegría—. ¿Qué ha pasado?
—Supongo que los dos nos hemos dado cuenta de que íbamos a cometer un grave error. Todavía nos queremos, así que no tiene sentido que nos divorciemos.
—No sabes cuánto me alegro, Paula —dijo Gonzalo—. ¿Qué piensan mamá y papá? ¿Se lo has dicho ya?
—No, todavía no. Pero voy a llamarles para decírselo.
Se hizo un breve silencio.
—¿Lo sabe ya Bruno Di Venuto? —preguntó Gonzalo.
Paula miró a Pedro.
—No, no lo sabe. Pero Pedro va a llamarle ahora.
—Hace sólo unos minutos que le he visto en la sala de estudiantes —dijo Gonzalo—. Como de costumbre, estaba insoportable.
—¿Lo has pasado muy mal, Gonzalo? —preguntó ella—. Últimamente no me has hablado de ello.
—No te preocupes, Paula, me las arreglo bien —contestó Gonzalo—. Bruno está muy disgustado por lo de vuestro divorcio. El te echa la culpa de todo, pero yo le dije que hiciste lo que hiciste porque creías que Pedro tenía una amante. ¿Cómo ibas tú a saber que te estaban tendiendo una trampa? Cualquiera podría haber cometido esa equivocación.
—Siento que hayas sufrido por mi culpa —dijo Paula—. Ojalá pudiera haberte evitado los problemas que has tenido por mí.
—No seas tonta —respondió él—. Tú siempre me has defendido cuando mamá y papá se enfadaban conmigo por nada. De todos modos, me alegra que se reconcilien. Quiero sacar bien los exámenes finales y Bruno no ha dejado de hacerme la vida imposible. ¡Él y sus amigos, claro! Mis notas no han sido muy buenas últimamente, pero, si Bruno deja de darme la lata, espero estudiar y sacar buenas notas.
Paula volvió a mirar a Pedro.
—Pedro me ha asegurado que Bruno te va a dejar en paz. Cuídate mucho, Gonzalo. Te quiero mucho.
—No te pongas sentimental, por favor. En serio, estoy muy contento de que tú y Pedro vuelvan a estar juntos. Me cae muy bien, Paula. Es un buen tipo.
Paula le devolvió el teléfono a Pedro unos segundos después.
—Al parecer, a pesar del comportamiento de tu sobrino, sigues cayéndole bien a mi hermano.
Pedro le lanzó una mirada indiferente.
—Sí, eso he oído.
Paula prestó atención a la conversación de Pedro con su sobrino y, aunque hablaron en italiano, entendió lo que dijeron en líneas generales. Pedro gesticuló con la mano y su expresión mostraba enfado.
Cuando Pedro colgó el teléfono unos minutos después, tenía el ceño fruncido.
—Ese chico necesita una mano firme. Debería haberlo visto venir. Podría haberlo evitado.
—No te preocupes, Pedro. Gonzalo me ha dicho que se las está arreglando bien.
Pedro se levantó de su asiento y, dándole la espalda, se acercó a la ventana.
—No puedo ser la figura paterna que Bruno necesita. He intentado sustituir a Stefano, pero no lo he hecho muy bien. Nadie puede reemplazar a un padre. Bruno está lleno de resentimiento y se está desahogando con tu hermano.
—Tú has hecho lo que has podido —dijo ella con voz queda—. Ha sido muy duro para todos; sobre todo, para Gina.
Pedro se volvió a mirarla.
—Bueno, será mejor que nos pongamos en marcha. Cuanto antes pasemos por esto, mejor.
Paula salió con él de la oficina sintiendo un nudo en el estómago. Salir con él aquella noche ya le resultaba un problema, pero vivir en su casa iba a suponerle un esfuerzo sobrehumano.
—Ah, hola, Paula. ¿Qué tal van los cuadros que vas a llevar a la exposición?
—Bien —respondió ella esforzándose por darle ánimo a su voz—. ¿Cómo estás?
—Bien, supongo.
—Gonzalo… tengo que decirte una cosa.
—No vas a casarte con Facundo Pieres , ¿verdad? —preguntó Gonzalo con evidente aprensión en la voz.
—No, no, claro que no. Sólo somos… amigos.
—Entonces, ¿qué es lo que me tienes que decir?
Paula respiró profundamente antes de contestar.
—Pedro y yo hemos decidido volver a estar juntos.
—¿Ya no se van a divorciar?
—No —respondió ella—. Ya no nos vamos a divorciar.
—¡Vaya, estupendo, Paula! —exclamó Gonzalo con alegría—. ¿Qué ha pasado?
—Supongo que los dos nos hemos dado cuenta de que íbamos a cometer un grave error. Todavía nos queremos, así que no tiene sentido que nos divorciemos.
—No sabes cuánto me alegro, Paula —dijo Gonzalo—. ¿Qué piensan mamá y papá? ¿Se lo has dicho ya?
—No, todavía no. Pero voy a llamarles para decírselo.
Se hizo un breve silencio.
—¿Lo sabe ya Bruno Di Venuto? —preguntó Gonzalo.
Paula miró a Pedro.
—No, no lo sabe. Pero Pedro va a llamarle ahora.
—Hace sólo unos minutos que le he visto en la sala de estudiantes —dijo Gonzalo—. Como de costumbre, estaba insoportable.
—¿Lo has pasado muy mal, Gonzalo? —preguntó ella—. Últimamente no me has hablado de ello.
—No te preocupes, Paula, me las arreglo bien —contestó Gonzalo—. Bruno está muy disgustado por lo de vuestro divorcio. El te echa la culpa de todo, pero yo le dije que hiciste lo que hiciste porque creías que Pedro tenía una amante. ¿Cómo ibas tú a saber que te estaban tendiendo una trampa? Cualquiera podría haber cometido esa equivocación.
—Siento que hayas sufrido por mi culpa —dijo Paula—. Ojalá pudiera haberte evitado los problemas que has tenido por mí.
—No seas tonta —respondió él—. Tú siempre me has defendido cuando mamá y papá se enfadaban conmigo por nada. De todos modos, me alegra que se reconcilien. Quiero sacar bien los exámenes finales y Bruno no ha dejado de hacerme la vida imposible. ¡Él y sus amigos, claro! Mis notas no han sido muy buenas últimamente, pero, si Bruno deja de darme la lata, espero estudiar y sacar buenas notas.
Paula volvió a mirar a Pedro.
—Pedro me ha asegurado que Bruno te va a dejar en paz. Cuídate mucho, Gonzalo. Te quiero mucho.
—No te pongas sentimental, por favor. En serio, estoy muy contento de que tú y Pedro vuelvan a estar juntos. Me cae muy bien, Paula. Es un buen tipo.
Paula le devolvió el teléfono a Pedro unos segundos después.
—Al parecer, a pesar del comportamiento de tu sobrino, sigues cayéndole bien a mi hermano.
Pedro le lanzó una mirada indiferente.
—Sí, eso he oído.
Paula prestó atención a la conversación de Pedro con su sobrino y, aunque hablaron en italiano, entendió lo que dijeron en líneas generales. Pedro gesticuló con la mano y su expresión mostraba enfado.
Cuando Pedro colgó el teléfono unos minutos después, tenía el ceño fruncido.
—Ese chico necesita una mano firme. Debería haberlo visto venir. Podría haberlo evitado.
—No te preocupes, Pedro. Gonzalo me ha dicho que se las está arreglando bien.
Pedro se levantó de su asiento y, dándole la espalda, se acercó a la ventana.
—No puedo ser la figura paterna que Bruno necesita. He intentado sustituir a Stefano, pero no lo he hecho muy bien. Nadie puede reemplazar a un padre. Bruno está lleno de resentimiento y se está desahogando con tu hermano.
—Tú has hecho lo que has podido —dijo ella con voz queda—. Ha sido muy duro para todos; sobre todo, para Gina.
Pedro se volvió a mirarla.
—Bueno, será mejor que nos pongamos en marcha. Cuanto antes pasemos por esto, mejor.
Paula salió con él de la oficina sintiendo un nudo en el estómago. Salir con él aquella noche ya le resultaba un problema, pero vivir en su casa iba a suponerle un esfuerzo sobrehumano.
Eternamente Juntos: Capítulo 7
Paula escuchó atentamente mientras él informaba a un periodista que, a partir de ese día, Paula y Pedro Alfonso habían suspendido su proceso de divorcio y reanudaban sus relaciones.
Indefinidamente…
Pedro colgó el teléfono y la miró.
—¿Cuándo podrías mudarte a mi casa? —Mmmm…
—¿Te serviría de algo que enviara a Marietta a hacerte el equipaje?
Ella asintió. Pedro no estaba haciendo aquello sólo por su sobrino, también lo hacía por Gonzalo. El gesto la enterneció.
—Tendré que darle a Marietta las llaves de tu casa —dijo él pasándole una hoja de papel y un bolígrafo—. Anota lo que creas que vas a necesitar durante las próximas seis semanas y ella y Salvatore lo solucionarán esta misma noche.
Paula agarró el bolígrafo y trató de pensar en lo que iba a necesitar con el fin de representar su papel de esposa reconciliada, pero le resultaba difícil concentrarse debido a la proximidad de él.
—Creo que deberíamos cenar juntos esta noche —dijo Pedro cuando ella le pasó la lista con las llaves—. Dará credibilidad a nuestro anuncio público.
Paula se miró la ropa, llena de manchas de pintura.
—Tendré que cambiarme…
—Todavía queda algo de tu ropa en mi casa.
Sus ojos se encontraron.
—¿No la has tirado todavía?
Pedro le dedicó una de sus inescrutables miradas.
—Marietta insistió en guardarla en el armario hasta que nos dieran el divorcio. Creo que esperaba que volvieras.
—¿Le has dicho que jamás permitirás que vuelva? —preguntó ella.
Pedro tardó en contestar.
—Le dije que lo que había entre los dos se había acabado para siempre —respondió él—. No dí detalles, ni a ella ni a nadie; aunque, naturalmente, Marietta se ha enterado de lo nuestro por los medios de comunicación. Los periodistas aún están en ello y más aún debido a que tu padre se presenta como candidato al Senado.
Pedro le pasó el teléfono.
—Me parece que deberías llamar a tu hermano al colegio. Será mejor que se lo digas tú antes de que lo lea mañana en los periódicos.
Paula se quedó mirando el teléfono que tenía en las manos. ¿Podría mentir a su hermano menor? Aunque había una diferencia de ocho años entre ellos, Gonzalo y ella siempre habían mantenido una relación muy estrecha.
Paula marcó el número y esperó a que su hermano respondiera a la llamada.
—¿Sí?
Indefinidamente…
Pedro colgó el teléfono y la miró.
—¿Cuándo podrías mudarte a mi casa? —Mmmm…
—¿Te serviría de algo que enviara a Marietta a hacerte el equipaje?
Ella asintió. Pedro no estaba haciendo aquello sólo por su sobrino, también lo hacía por Gonzalo. El gesto la enterneció.
—Tendré que darle a Marietta las llaves de tu casa —dijo él pasándole una hoja de papel y un bolígrafo—. Anota lo que creas que vas a necesitar durante las próximas seis semanas y ella y Salvatore lo solucionarán esta misma noche.
Paula agarró el bolígrafo y trató de pensar en lo que iba a necesitar con el fin de representar su papel de esposa reconciliada, pero le resultaba difícil concentrarse debido a la proximidad de él.
—Creo que deberíamos cenar juntos esta noche —dijo Pedro cuando ella le pasó la lista con las llaves—. Dará credibilidad a nuestro anuncio público.
Paula se miró la ropa, llena de manchas de pintura.
—Tendré que cambiarme…
—Todavía queda algo de tu ropa en mi casa.
Sus ojos se encontraron.
—¿No la has tirado todavía?
Pedro le dedicó una de sus inescrutables miradas.
—Marietta insistió en guardarla en el armario hasta que nos dieran el divorcio. Creo que esperaba que volvieras.
—¿Le has dicho que jamás permitirás que vuelva? —preguntó ella.
Pedro tardó en contestar.
—Le dije que lo que había entre los dos se había acabado para siempre —respondió él—. No dí detalles, ni a ella ni a nadie; aunque, naturalmente, Marietta se ha enterado de lo nuestro por los medios de comunicación. Los periodistas aún están en ello y más aún debido a que tu padre se presenta como candidato al Senado.
Pedro le pasó el teléfono.
—Me parece que deberías llamar a tu hermano al colegio. Será mejor que se lo digas tú antes de que lo lea mañana en los periódicos.
Paula se quedó mirando el teléfono que tenía en las manos. ¿Podría mentir a su hermano menor? Aunque había una diferencia de ocho años entre ellos, Gonzalo y ella siempre habían mantenido una relación muy estrecha.
Paula marcó el número y esperó a que su hermano respondiera a la llamada.
—¿Sí?
domingo, 18 de enero de 2015
Eternamente Juntos: Capítulo 6
—No te preocupes por tus padres —dijo él tras una pausa.
Paula alzó los ojos y frunció el ceño.
—¿Has hablado ya con ellos de esto?
—No. Pero estoy al corriente de que tus relaciones con ellos no son muy buenas en estos momentos.
A Paula le enterneció el tono de voz de él, más suave. Pedro siempre había comprendido la dificultad de ella para relacionarse con unos padres tan conservadores y, en el pasado, la había protegido de las críticas de ellos. Siempre la había defendido.
—Por supuesto, mientras mantenemos esta farsa, nada de amantes —dijo él.
—No tengo ningún amante —declaró Paula.
—Bien. Yo, en este preciso momento, tampoco.
Paula había visto una fotografía en la prensa de Pedro con su nueva amante. Gisela Hunter era lo opuesto a ella: alta, rubia platino, de miembros largos y delgados, y sonrisa deslumbrante.
Luchó por controlar un ataque de celos y se recordó a sí misma que sólo ella tenía la culpa. Había llegado a la conclusión de que Pedro le era infiel, a pesar de no tener pruebas, e impulsivamente, como de costumbre, había respondido a sus sospechas cometiendo un acto despreciable. Y, al final, sus sospechas se habían confirmado infundadas.
—Tengo entendido que, en la actualidad, estás trabajando a jornada parcial en un café —dijo él.
—Sí. Con ese dinero pago el alquiler y los materiales para pintar.
—En ese caso, tienes que dejar el trabajo inmediatamente. Te pagaré un salario el tiempo que dure nuestra falsa reconciliación.
—No es necesario…
—No, pero voy a hacerlo.
—Está bien. Si insistes…
Pedro la miró con oscura intensidad.
—Esto no tiene nada que ver con nosotros, Paula, sino con dos adolescentes que pronto serán adultos y que están poniendo en peligro su futuro con una innecesaria amargura.
Paula se pasó la lengua por los labios.
—Lo comprendo.
—Estupendo. En ese caso, también comprenderás que es urgente que anunciemos nuestra supuesta reconciliación a la prensa.
Pedro agarró su teléfono móvil y llamó a un número.
Paula alzó los ojos y frunció el ceño.
—¿Has hablado ya con ellos de esto?
—No. Pero estoy al corriente de que tus relaciones con ellos no son muy buenas en estos momentos.
A Paula le enterneció el tono de voz de él, más suave. Pedro siempre había comprendido la dificultad de ella para relacionarse con unos padres tan conservadores y, en el pasado, la había protegido de las críticas de ellos. Siempre la había defendido.
—Por supuesto, mientras mantenemos esta farsa, nada de amantes —dijo él.
—No tengo ningún amante —declaró Paula.
—Bien. Yo, en este preciso momento, tampoco.
Paula había visto una fotografía en la prensa de Pedro con su nueva amante. Gisela Hunter era lo opuesto a ella: alta, rubia platino, de miembros largos y delgados, y sonrisa deslumbrante.
Luchó por controlar un ataque de celos y se recordó a sí misma que sólo ella tenía la culpa. Había llegado a la conclusión de que Pedro le era infiel, a pesar de no tener pruebas, e impulsivamente, como de costumbre, había respondido a sus sospechas cometiendo un acto despreciable. Y, al final, sus sospechas se habían confirmado infundadas.
—Tengo entendido que, en la actualidad, estás trabajando a jornada parcial en un café —dijo él.
—Sí. Con ese dinero pago el alquiler y los materiales para pintar.
—En ese caso, tienes que dejar el trabajo inmediatamente. Te pagaré un salario el tiempo que dure nuestra falsa reconciliación.
—No es necesario…
—No, pero voy a hacerlo.
—Está bien. Si insistes…
Pedro la miró con oscura intensidad.
—Esto no tiene nada que ver con nosotros, Paula, sino con dos adolescentes que pronto serán adultos y que están poniendo en peligro su futuro con una innecesaria amargura.
Paula se pasó la lengua por los labios.
—Lo comprendo.
—Estupendo. En ese caso, también comprenderás que es urgente que anunciemos nuestra supuesta reconciliación a la prensa.
Pedro agarró su teléfono móvil y llamó a un número.
Eternamente Juntos: Capítulo 5
La ropa le caía con perezosa gracia; la corbata floja y el botón superior de la camisa desabrochado le conferían un aire informal que era totalmente cautivador y peligrosamente atractivo.
—Te has quedado muy callada. ¿Esperabas que te pidiera que reanudaras las relaciones sexuales conmigo?
Paula se humedeció los labios.
—No, claro que no. Simplemente estoy pensando en lo que has dicho.
—¿No estás de acuerdo?
—No estoy segura… ¿No sospecharán algo los chicos al ver que volvemos juntos de repente?
—No, teniendo en cuenta la rapidez con la que nos unimos al principio. ¿Lo recuerdas?
Paula lo hizo y se le encendió la piel. Le había conocido en el colegio de los chicos, un día de fiesta dedicado a los deportes, y la atracción fue instantánea. Después del último partido, llevaron a los chicos a comer una pizza y, en vez de llevarla a su casa, Pedro la llevó a la suya y le preparó un café. El café condujo a los besos y los besos a la consumación de su relación.
—No me has contestado, Paula . ¿Quiere eso decir que no te acuerdas o es que recordarlo hace que te avergüences de, digamos, tu comportamiento menos honorable?
Paula controló la súbita cólera que se apoderó de ella. Le había rogado que la perdonara, había llorado y llorado; sin embargo, Pedro se había negado a hablar con ella directamente, sólo mediante su abogado.
—Como has dicho antes, estamos aquí juntos para hablar de los chicos —le espetó ella—. ¿Podrías centrarte en ese tema?
Pedro la miró fijamente durante unos interminables segundos.
—Creo que el plan funcionará —dijo él por fin—. Los chicos eran íntimos amigos. Bruno no va a seguir comportándose como lo está haciendo si le dijo que he vuelto a enamorarme de tí. Sospecho que volverán a ser amigos a los pocos días de que anunciemos que volvemos a reanudar nuestra vida matrimonial.
—Pero si volvemos a vivir juntos, el divorcio se retrasará —dijo ella con expresión de preocupación—. Llevamos dos meses separados; si volvemos a estar juntos, tendremos que empezar desde el principio otra vez.
—Lo sé, pero no se puede evitar —dijo Pedro—. Tenemos que anteponer a los chicos a nuestro divorcio… ¿O es que tienes prisa por casarte con otro?
Paula bajó la mirada.
—No. No hay ningún otro.
—Bien. Eso significa que podemos ponernos en marcha inmediatamente.
Paula volvió a guardar silencio.
—Te has quedado muy callada. ¿Esperabas que te pidiera que reanudaras las relaciones sexuales conmigo?
Paula se humedeció los labios.
—No, claro que no. Simplemente estoy pensando en lo que has dicho.
—¿No estás de acuerdo?
—No estoy segura… ¿No sospecharán algo los chicos al ver que volvemos juntos de repente?
—No, teniendo en cuenta la rapidez con la que nos unimos al principio. ¿Lo recuerdas?
Paula lo hizo y se le encendió la piel. Le había conocido en el colegio de los chicos, un día de fiesta dedicado a los deportes, y la atracción fue instantánea. Después del último partido, llevaron a los chicos a comer una pizza y, en vez de llevarla a su casa, Pedro la llevó a la suya y le preparó un café. El café condujo a los besos y los besos a la consumación de su relación.
—No me has contestado, Paula . ¿Quiere eso decir que no te acuerdas o es que recordarlo hace que te avergüences de, digamos, tu comportamiento menos honorable?
Paula controló la súbita cólera que se apoderó de ella. Le había rogado que la perdonara, había llorado y llorado; sin embargo, Pedro se había negado a hablar con ella directamente, sólo mediante su abogado.
—Como has dicho antes, estamos aquí juntos para hablar de los chicos —le espetó ella—. ¿Podrías centrarte en ese tema?
Pedro la miró fijamente durante unos interminables segundos.
—Creo que el plan funcionará —dijo él por fin—. Los chicos eran íntimos amigos. Bruno no va a seguir comportándose como lo está haciendo si le dijo que he vuelto a enamorarme de tí. Sospecho que volverán a ser amigos a los pocos días de que anunciemos que volvemos a reanudar nuestra vida matrimonial.
—Pero si volvemos a vivir juntos, el divorcio se retrasará —dijo ella con expresión de preocupación—. Llevamos dos meses separados; si volvemos a estar juntos, tendremos que empezar desde el principio otra vez.
—Lo sé, pero no se puede evitar —dijo Pedro—. Tenemos que anteponer a los chicos a nuestro divorcio… ¿O es que tienes prisa por casarte con otro?
Paula bajó la mirada.
—No. No hay ningún otro.
—Bien. Eso significa que podemos ponernos en marcha inmediatamente.
Paula volvió a guardar silencio.
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