El fin de semana pasó muy lentamente. Paula estuvo dos días trabajando en el restaurante. Después, regresaba a la casa de su tía por las tardes. El señor Gimenez se ocupaba de organizar las comidas y la casa y de ocuparse de Franco.
Mantener ocultos al señor Gimenez y al niño en la casa era lo más difícil. El coche de alquiler tenía que aparcarse lejos de la casa. Franco sólo podía jugar en el jardín trasero, que tenía una valla muy alta y contaba con gran intimidad. Ni siquiera se podía asomar por la ventana. Eso provocaba que las cosas resultaran muy difíciles, pero Paula estaba tan contenta de tenerlo a su lado que no le importaba.
Mientras tanto, seguía trabajando en el restaurante y en su escritorio por las noches, coordinándose constantemente con McGee. A pesar de tanto ajetreo, tener a Franco a su lado, poder leerle cuentos y jugar con él le proporcionaba una intimidad con su hijo que estaba disfrutando plenamente. No dejaba de preguntarse cómo sería vivir allí, criar a su hijo en aquel lugar tan maravilloso.
Por suerte, Pedro no se había presentado en el restaurante desde que ella había regresado. Sin embargo, Ana apareció el sábado. Paula tuvo que esforzarse mucho para disimular que todo iba bien. No obstante, la mujer, que siempre se mostraba desafiante, tenía un aspecto asustado.
— ¿Por qué has cambiado de opinión? —le preguntó en cuanto ella se acercó a la mesa.
—Porque Pedro ya no me desea —respondió Paula, sin andarse por las ramas. No podía admitir los temores que tenía sobre lo que podría ocurrir si Pedro descubriera la existencia de Franco.
—Está muy raro —comentó la mujer—. Y esta última semana es mucho peor. Me mira, pero no me ve. No escucha lo que le digo. Me dijo... me dijo que te contó lo de su padre.
De eso se trataba. Ana tenía miedo de que Paula pudiera hablar y dañar así el impoluto apellido de los Alfonso.
—No tiene que preocuparse —le dijo Paula, muy fríamente—. Los secretos de su familia no me interesan lo suficiente como para chismorrear sobre ellos.
Ana frunció el ceño ligeramente y levantó la mirada.
— ¿Acaso no es eso por lo que ha venido? —Le preguntó Paula—. ¿Para asegurarse de que yo no iba a decir nada?
Ana abrió la boca para hablar, pero, antes de que pudiera hacerlo, Pedro entró en el restaurante con su rubia del brazo. Se obligó a parecer completamente enamorado de Lara mientras la conducía a la mesa en la que su madre estaba sentada. Ana pareció tan sorprendida como Paula, aunque ésta última no se dio cuenta.
—Aquí estás —dijo Pedro, mirando a su madre—. Tenías que almorzar con Lara y conmigo en la casa. La comida está esperando.
— ¡Oh! —exclamó Ana. Era la primera vez que se le olvidaba algo así. En realidad, aquella Lara no le parecía mucho mejor que Paula. Tenía dinero, pero carecía de educación y de buenos modales.
Paula observó con un gran peso en el corazón cómo los tres se marchaban. Bueno, sabía que Pedro estaba saliendo con Lara. ¿Por qué tenía que sentirse herida? Además, ella tenía cosas mucho más importantes en la cabeza.
Alegó un dolor de cabeza y se marchó del restaurante. Ya no importaba que la señora Dade la despidiera. De todos modos, aquél era su último día en el restaurante. Sólo había aguantado hasta entonces para acallar sospechas en aquel momento tan delicado.
En la elegante casa de los Alfonso, Pedro acomodó a Lara al lado de su madre y se sentó. Las doncellas empezaron a servir la comida mientras Lara se quejaba de lo flojo que era el café.
— ¿Por qué estabas en el restaurante? —Le preguntó Pedro a su madre—. ¿Sigues intentando protegerme?
—No, yo...
—Creía que íbamos a ir al ático para almorzar — musitó Lara, ignorando la conversación que estaba teniendo lugar—. Además, no mencionaste que íbamos a venir aquí hasta que viste el coche de tu madre en la ciudad.
Ana se quedó atónita. Entonces, no se había olvidado. Se preguntó cuáles eran los motivos de Pedro y se preguntó si el hecho de que Paula lo viera con Lara había tenido algo que ver.
—No importa, cielo —le dijo él a la rubia—. Respóndeme —le espetó a su madre—. ¿Por qué estabas en el restaurante? ¿Qué me están ocultando Paula y tú?
—Sólo quiero una ensalada —le pidió Lara a una de las doncellas—. Con aliño de queso azul, pero no lo quiero encima de la ensalada. Y quiero Perrier para beber.
—Te vas a morir de hambre sólo con eso —comentó Pedro.
—Y tú vas a engordar con eso —replicó ella, señalando la carne con patatas y judías—. La carne de buey es muy mala. No deberías comerla.
— ¿Te has olvidado de que soy el dueño de un rancho? —preguntó él, apretando los dientes.
—Es una crueldad. Me apuesto algo a que marcas el ganado. Yo pertenezco a varias organizaciones de derechos para los animales y....
—Ahora no —le ordenó él. La amenaza que vio en sus ojos hizo que Lara se detuviera en seco—. Y no me hables así. Ya no soy ningún niño.
—Sí que lo eres —ronroneó ella.
Ana parecía completamente escandalizada.
Pedro miró a Lara lleno de ira. No había tenido intención de llevarla a la casa. Ni siquiera al restaurante. Había querido que Paula pensara que estaba teniendo una aventura con ella, pero no era cierto. No había tocado a ninguna mujer desde que Paula había regresado a Billings. No podía. Sin embargo, no estabas dispuesto a admitirlo aunque se lamentaba profundamente de lo que le había dicho a ella. En lo único en lo que podía pensar era en cómo se iba a sentir cuando ella volviera a salir de su vida. Había llevado a Lara al restaurante en un último intento por dilucidar los sentimientos de Paula, para ver si ella aún sentía algo por él a pesar del daño que él le había hecho. Si hubiera visto una indicación de interés, un gesto, lo habría dejado todo a un lado para darle a su relación una verdadera oportunidad. Sin embargo, Paula ni siquiera parecía haberse fijado en que Lara lo acompañaba.
La fría mirada de su madre interrumpió sus pensamientos.
domingo, 3 de mayo de 2015
Atrapada en este Amor: Capítulo 36
Tu ausencia, aunque necesaria, le ha dado la oportunidad que necesitaba para venir aquí y meter la nariz en todas partes.
Paula contuvo el aliento. Se trataba de una red en la que ella y las personas que trabajaban para ella se encontraban atrapadas. Joaquín la había tejido muy hábilmente.
—En ese caso —afirmó—, suponte que descubrimos exactamente lo que sabe y le tendemos una trampa.
—Cuéntame más —le pidió McGee, mucho más alegre.
—Espero que sigas soltero.
— ¿Cómo dices?
— ¿Sigues soltero?
—Bueno, sí...
— ¿Sigue bebiendo los vientos por ti la secretaria personal de Joaquín?
—Dios mío... No me puedes pedir que haga eso.
—Claro que puedo. Haz unas reservas en el mejor club que puedas encontrar y sonsácala. Te dirá todo lo que sepa.
—Eso no me parece muy ético.
—No lo es, pero tampoco que Joaquín esté tratando de echarme de mi propia empresa. El fuego se combate con fuego. Hazlo.
—Muy bien. ¿Qué más?
—Realiza una lista alternativa de todos los socios de Alfonso Properties y ve a ver personalmente a los que vivan en Chicago. Cena con ellos, muéstrales los beneficios que podemos darles. Sin embargo, no se lo digas a Don. Yo haré lo mismo en Billings. Encuentra otra persona en la que puedas confiar y adjudícale otros accionistas. Vamos a tener que darnos prisa, pero creo que lo conseguiremos a pesar de los intentos de Joaquín por interferir. ¿Estás tú conmigo?
— ¡Qué pregunta más estúpida! Aquí estoy, dispuesto a sacrificarme con esa Sanderson por la empresa y tú cuestionas mi lealtad. ¿La has visto?
—Sí —admitió Paula—. Y admiro tu coraje.
—Bien. ¿Algo más?
—Nada. Gracias, McGee.
—De nada.
Paula se pasó el resto del día hablando por teléfono con clientes y colegas. Cuando llegó a casa, Franco ya estaba en la cama. Lo peor de todo era que se le había olvidado llamar a la señora Dade. Podría hacerlo a la mañana siguiente. Se metió en la cama y se quedó dormida antes de tocar la almohada.
El día siguiente fue una repetición del anterior. Convenció a la señora Dade de que estaba medio muerta por un virus y le suplicó a la buena mujer que no mandara a nadie a verla dado que era terriblemente contagioso. Como tenía una buena excusa, disponía de dos días más. Por lo que había sido capaz de sacarle a la mujer, Pedro seguía fuera de la ciudad. Todo bien.
Al final del tercer día estaba completamente agotada. No le ayudó en nada que Joaquín pasara por la casa aquella tarde para que ella le firmara otro contrato que debería haber sido ejecutado por el departamento de Paula.
—Esto ocurre con mucha frecuencia, ¿no? —le preguntó, después de firmar el contrato.
— ¿El qué? —preguntó Don, inocentemente.
—El hecho de que tú negocies contratos de empresas nacionales.
—No has estado aquí —respondió él, encogiéndose de hombros—. Sólo estaba tratando de darle salida al trabajo.
—La junta de Alfonso se reúne la semana que viene. Te espero allí. No me desilusiones. Y, mientras tanto, todo lo que surja a nivel nacional tiene que ser supervisado por mí, por mi equipo. Espero que se me consulte, aunque sólo sea para comprar papel higiénico para los porteros de una pequeña firma de ordenadores, ¿de acuerdo?
Don ya había tenido algunas oportunidades de ver a Paula enojada. Notó el hielo en su voz y en sus ojos. Pensó que, al menos, no tenía ni idea de lo que estaba intentando hacer. Tenía garantías de varios accionistas de Alfonso e iba a conseguir más. De hecho, incluso había hablado con Pedro Alfonso, le había prevenido sobre la absorción y le había ofrecido su ayuda. Pedro no sabía nada sobre Paula. Joaquín no se había atrevido a divulgar aquel punto, pero Alfonso había accedido a cooperar. Aquella sería su caía. Joaquín tenía intención de terminar echando a Alfonso de su empresa. Así, tendría el control de la empresa, y con los suyos en los puestos directivos, contaría con los contratos de minerales. Entonces, cuando pudiera demostrar que Paula había ido a por Alfonso para vengarse, tendría también la cabeza de su cuñada. Terminaría siendo dueño de todo. Lo único que tenía que hacer era conseguir que Alfonso y Paula desconocieran sus planes durante un poco más de tiempo.
—Está muy claro —afirmó—. Trataré de no volver a excederme en mis límites. —Así lo espero.
Aquella noche, cuando le dijo a su hijo que tenía que volver a Billings, el pequeño empezó a gritar.
—Ya casi he terminado —le dijo, secándole las lágrimas—. Además, el señor Gimenez y tú van a venir conmigo. Nos marchamos a primera hora de la mañana.
— ¿De verdad que me marcho yo también? —preguntó el niño, completamente incrédulo.
Paula no había tenido intención de llevarse a su hijo. Tenía miedo de que Ana Alfonso o un vecino lo vieran. Que lo viera Pedro. Sin embargo, su hijo estaba muy disgustado y no podía consentirlo. Decidió que iría dos días más a trabajar y que, después, le contaría su pequeña sorpresa a Pedro. Y también a Joaquín. Había hecho sus deberes y estaba segura de poder soportar bien la prueba.
Horas más tarde, el señor Gimenez, con Tiny en un transportín, Franco y ella se montaron en el avión de Gonzalez. La trampa estaba preparada. Lo único que Paula tenía que hacer era esperar que cayera la presa.
Paula contuvo el aliento. Se trataba de una red en la que ella y las personas que trabajaban para ella se encontraban atrapadas. Joaquín la había tejido muy hábilmente.
—En ese caso —afirmó—, suponte que descubrimos exactamente lo que sabe y le tendemos una trampa.
—Cuéntame más —le pidió McGee, mucho más alegre.
—Espero que sigas soltero.
— ¿Cómo dices?
— ¿Sigues soltero?
—Bueno, sí...
— ¿Sigue bebiendo los vientos por ti la secretaria personal de Joaquín?
—Dios mío... No me puedes pedir que haga eso.
—Claro que puedo. Haz unas reservas en el mejor club que puedas encontrar y sonsácala. Te dirá todo lo que sepa.
—Eso no me parece muy ético.
—No lo es, pero tampoco que Joaquín esté tratando de echarme de mi propia empresa. El fuego se combate con fuego. Hazlo.
—Muy bien. ¿Qué más?
—Realiza una lista alternativa de todos los socios de Alfonso Properties y ve a ver personalmente a los que vivan en Chicago. Cena con ellos, muéstrales los beneficios que podemos darles. Sin embargo, no se lo digas a Don. Yo haré lo mismo en Billings. Encuentra otra persona en la que puedas confiar y adjudícale otros accionistas. Vamos a tener que darnos prisa, pero creo que lo conseguiremos a pesar de los intentos de Joaquín por interferir. ¿Estás tú conmigo?
— ¡Qué pregunta más estúpida! Aquí estoy, dispuesto a sacrificarme con esa Sanderson por la empresa y tú cuestionas mi lealtad. ¿La has visto?
—Sí —admitió Paula—. Y admiro tu coraje.
—Bien. ¿Algo más?
—Nada. Gracias, McGee.
—De nada.
Paula se pasó el resto del día hablando por teléfono con clientes y colegas. Cuando llegó a casa, Franco ya estaba en la cama. Lo peor de todo era que se le había olvidado llamar a la señora Dade. Podría hacerlo a la mañana siguiente. Se metió en la cama y se quedó dormida antes de tocar la almohada.
El día siguiente fue una repetición del anterior. Convenció a la señora Dade de que estaba medio muerta por un virus y le suplicó a la buena mujer que no mandara a nadie a verla dado que era terriblemente contagioso. Como tenía una buena excusa, disponía de dos días más. Por lo que había sido capaz de sacarle a la mujer, Pedro seguía fuera de la ciudad. Todo bien.
Al final del tercer día estaba completamente agotada. No le ayudó en nada que Joaquín pasara por la casa aquella tarde para que ella le firmara otro contrato que debería haber sido ejecutado por el departamento de Paula.
—Esto ocurre con mucha frecuencia, ¿no? —le preguntó, después de firmar el contrato.
— ¿El qué? —preguntó Don, inocentemente.
—El hecho de que tú negocies contratos de empresas nacionales.
—No has estado aquí —respondió él, encogiéndose de hombros—. Sólo estaba tratando de darle salida al trabajo.
—La junta de Alfonso se reúne la semana que viene. Te espero allí. No me desilusiones. Y, mientras tanto, todo lo que surja a nivel nacional tiene que ser supervisado por mí, por mi equipo. Espero que se me consulte, aunque sólo sea para comprar papel higiénico para los porteros de una pequeña firma de ordenadores, ¿de acuerdo?
Don ya había tenido algunas oportunidades de ver a Paula enojada. Notó el hielo en su voz y en sus ojos. Pensó que, al menos, no tenía ni idea de lo que estaba intentando hacer. Tenía garantías de varios accionistas de Alfonso e iba a conseguir más. De hecho, incluso había hablado con Pedro Alfonso, le había prevenido sobre la absorción y le había ofrecido su ayuda. Pedro no sabía nada sobre Paula. Joaquín no se había atrevido a divulgar aquel punto, pero Alfonso había accedido a cooperar. Aquella sería su caía. Joaquín tenía intención de terminar echando a Alfonso de su empresa. Así, tendría el control de la empresa, y con los suyos en los puestos directivos, contaría con los contratos de minerales. Entonces, cuando pudiera demostrar que Paula había ido a por Alfonso para vengarse, tendría también la cabeza de su cuñada. Terminaría siendo dueño de todo. Lo único que tenía que hacer era conseguir que Alfonso y Paula desconocieran sus planes durante un poco más de tiempo.
—Está muy claro —afirmó—. Trataré de no volver a excederme en mis límites. —Así lo espero.
Aquella noche, cuando le dijo a su hijo que tenía que volver a Billings, el pequeño empezó a gritar.
—Ya casi he terminado —le dijo, secándole las lágrimas—. Además, el señor Gimenez y tú van a venir conmigo. Nos marchamos a primera hora de la mañana.
— ¿De verdad que me marcho yo también? —preguntó el niño, completamente incrédulo.
Paula no había tenido intención de llevarse a su hijo. Tenía miedo de que Ana Alfonso o un vecino lo vieran. Que lo viera Pedro. Sin embargo, su hijo estaba muy disgustado y no podía consentirlo. Decidió que iría dos días más a trabajar y que, después, le contaría su pequeña sorpresa a Pedro. Y también a Joaquín. Había hecho sus deberes y estaba segura de poder soportar bien la prueba.
Horas más tarde, el señor Gimenez, con Tiny en un transportín, Franco y ella se montaron en el avión de Gonzalez. La trampa estaba preparada. Lo único que Paula tenía que hacer era esperar que cayera la presa.
Atrapada en este Amor: Capítulo 35
— ¿Adonde irás?
—Aún no lo he decidido.
— ¿Te marcharás con el hombre que te espera en Chicago?
— ¿Y por qué no? —Replicó ella con ironía—. Hay hombres en el mundo que desean algo permanente.
—Idiotas.
—No. Simplemente hombres corrientes que están cansados de vivir solos.
—Yo no tengo por qué estar solo, cielo —dijo él con una fría sonrisa—. Lo único que tengo que hacer es chascar los dedos.
—Lo sé. Mientras el dinero te dure, no pasará nada. Sin embargo, ¿quién acudiría a tu lado cuando estuvieras enfermo si no tienes dinero? ¿Quién te leería si te quedaras ciego o te tomaría la mano si te estuvieras muriendo?
Pedro cerró los ojos brevemente. Casi no podía soportar el dolor. Paula habría hecho todas esas cosas porque lo amaba. Sin embargo, no podía corresponderle del mismo modo. No se atrevía...
—Tengo que marcharme —anunció con voz firme.
No miró hacia atrás. Se dirigió directamente al coche y se metió en él. Paula observó cómo se marchaba antes de cerrar la puerta. Suponía que debería estarle agradecida por haberle dado la posibilidad de romper con el pasado. A partir de aquel momento, podía seguir con sus planes, con su vida, sin seguir soñando sueños imposibles. Acababa de darse cuenta de lo imposibles que habían sido.
Necesitaba desesperadamente marcharse durante un par de días. Además, tenía reuniones con clientes que no podía posponer. Llamó a la señora Dade a su casa y le pidió que le diera el lunes libre para poder ocuparse de la venta de la casa de su tía. No era cierto, pero sirvió para evitar que tuviera que ir a trabajar.
Minutos más tarde, llamó para que le enviaran el avión a recogerla. Se puso la peluca y el abrigo dos horas más tarde, llamó a un taxi y ya estaba esperando en el aeropuerto cuando el avión llegó. Aquella misma tarde estaba en su casa con Franco entre sus brazos. Al menos, así tenía tiempo para aceptar el rechazo de Pedro. Y pensaba aprovecharlo todo lo que pudiera.
Aquella noche, Franco estaba sentado en el regazo de su madre mientras ella veía por televisión las noticias de economía. Su hijo. Sólo con mirarlo, se sentía cálida y femenina. Pedro le había dicho que no quería tener hijos. Una pena. Él jamás conocería la alegría de ver generaciones de su familia en el rostro de Franco ni de verse amado por el niño.
—Mami, ¿por qué tienes que ver eso tan aburrido?
—Mi niño —comentó ella entre risas—. Eso tan aburrido me ayuda en mi trabajo.
— ¿Eres un hombre de negocios?
—No. Soy una mujer de negocios —le corrigió ella—. Ya lo sabes.
—Supongo que sí. He sacado un diez en ortografía —dijo—, pero le tiré un bloque a Betty y tuve que ir al despacho para hablar con el señor Dodd.
— ¿Llamó él aquí?
—Sí. Llamó al señor Gimenez. Él dijo un par de palabras feas y le soltó al señor Dodd que si Betty me volvía a pegar, yo tenía su permiso para tirarle otro bloque, También le dijo al señor Dodd que si me volvía a regañar por defenderme, él le daría al señor Dodd un buen bocadillo de nudillos. Al día siguiente, el señor Dodd estaba muy nervioso.
Paula tuvo que ahogar una carcajada. El señor Gimenez ejercía aquel efecto en la mayoría de las personas
—A pesar de todo, no deberías pegar a nadie.
— ¿Por qué no si me pegan a mí primero?
En aquel momento, el teléfono empezó a sonar, librando a Paula de tener que encontrar una respuesta. Gimenez asomó la cabeza por la puerta.
—Es McGee. Quiere saber si estarás en el despacho mañana.
—Dile que sí y pregúntale... No importa. Ya se lo preguntaré yo. Volveré dentro de un momento, hijo.
—Claro —repuso el niño, sabiendo que no sería así
A la mañana siguiente, estaba en el despacho antes de que abriera oficialmente. Utilizó su llave para entrar. Por su aspecto, parecía la ejecutiva que en realidad era con su traje oscuro, blusa blanca y zapatos muy elegantes. Se sentó a su escritorio y empezó a leer los informes que tenía encima. Mientras trabajaba, no podía dejar de pensar en el pequeño discurso que le había echado Pedro. En resumidas cuentas, la dejaba porque no podía consentir que ella fuera la dueña de su mundo. Se permitió una sonrisa. ¿Qué diría Pedro cuando descubriera que tal vez fuera él quien no encajaba en el de ella?
La posibilidad de que él se negara a cederles los contratos de minerales y que hubiera que absorber por completo su empresa empezó a preocuparle. ¿Lo haría sólo por venganza o por el bien de su propia empresa?
Si tenía que obligar a Pedro a renunciar a la empresa que era su vida entera, ¿podría cargar con esa culpa? Don le había dicho que podrían conseguir aquellos minerales en otra parte, y probablemente así era. Sin embargo, los costes se incrementarían espectacularmente, sobre todo en transportes. Ese esfuerzo podría terminar pasándoles factura a ellos. Joaquín no lo sabía, pero Paula sí. No había dejado ningún cabo suelto en aquel proyecto. Efectivamente, no le quedaba más remedio que seguir adelante con su plan.
McGee llamó a la puerta y entró en el despacho, cerrando la puerta a sus espaldas.
— ¿Cuánto tiempo vas a quedarte aquí?
—Sólo hoy. Tal vez mañana si llamo para decir que estoy enferma. ¿Qué es lo que querías?
—Saber si te has dado cuenta del tiempo que tu cuñado se pasa en este despacho y lo que está sacando de tus archivos.
— ¿Sabes lo que estás diciendo?
—Por supuesto. Te estoy diciendo que Joaquín Gonzalez está trabajando en tu contra a cada oportunidad que tiene. Con esta pelea que has entablado con Alfonso Properties, le has puesto un arma en las manos y te va a destruir con ella si no tienes cuidado.
Paula entornó los ojos. Acababa de comprobar que sus sospechas no eran totalmente infundadas.
—Cuéntamelo todo.
—Se ha aprovechado de tu ausencia y les ha dicho a los clientes que estás de vacaciones. Ha desviado varios asuntos a su propio despacho, ha convencido a tu antigua secretaria para que se vaya a trabajar con él y, en su tiempo libre, está cultivándose a tus ejecutivos en fiestas. Además, ha ido hablando con todos los accionistas de Alfonso Properties, no sólo con los que tú le pediste que contactara.
—Me pregunto con qué fin.
—Creo que lo sabes. Nosotros creemos que va a pedir un voto de «no» confianza para ti en la próxima reunión de accionistas.
— ¿Crees que lo conseguirá?
—De mí no. Los beneficios que has reportado a la empresa resultan difíciles de ignorar, aunque este asunto de los minerales no esté muy claro. Estoy contigo. Y también cinco de los otros. Sin embargo, Joaquín tiene mucho peso con algunos de los restantes y lo está ejerciendo. Ten cuidado.
—Lo haré —dijo, poniéndose de pie—. Esos minerales son necesarios, ¿sabes? He estado trabajando en un informe que explica mi posición. Te lo dejaré y asegúrate de que todo el mundo tenga una copia. No quiero que nadie piense que sólo busco venganza. Tenía razones personales para querer echar a Pedro Alfonso, pero ya están superadas. Ahora, se trata estrictamente de negocios. El coste de transportar los minerales que necesitamos de otros estados sería desorbitado. Además, Alfonso no tiene razones legítimas para negarme esos contratos y sus directores lo saben. Si puedo conseguir que se deshaga de ellos, lo haré. Con Joaquín o sin Joaquín.
—Bien dicho —afirmó McGee con una sonrisa—. Jamás creí que te interesara la venganza. Eres demasiado sensata —añadió. En silencio, Paula dio las gracias porque McGee no lo supiera todo—. Has perdido un poco de peso, ¿no?
—Probablemente. Siempre me ocurre con el frío. Tráeme las cifras de la fusión con Camfield Computers, ¿quieres?
—No puedo. Las tiene Joaquín
—Pero si le estamos proporcionando personal de apoyo. Tenemos todo el derecho del mundo a tener acceso a los detalles del contrato.
—Veré lo que puedo hacer —dijo McGee—. No sabes lo mucho que se ha implicado en todo lo que hacemos aquí.
—Aún no lo he decidido.
— ¿Te marcharás con el hombre que te espera en Chicago?
— ¿Y por qué no? —Replicó ella con ironía—. Hay hombres en el mundo que desean algo permanente.
—Idiotas.
—No. Simplemente hombres corrientes que están cansados de vivir solos.
—Yo no tengo por qué estar solo, cielo —dijo él con una fría sonrisa—. Lo único que tengo que hacer es chascar los dedos.
—Lo sé. Mientras el dinero te dure, no pasará nada. Sin embargo, ¿quién acudiría a tu lado cuando estuvieras enfermo si no tienes dinero? ¿Quién te leería si te quedaras ciego o te tomaría la mano si te estuvieras muriendo?
Pedro cerró los ojos brevemente. Casi no podía soportar el dolor. Paula habría hecho todas esas cosas porque lo amaba. Sin embargo, no podía corresponderle del mismo modo. No se atrevía...
—Tengo que marcharme —anunció con voz firme.
No miró hacia atrás. Se dirigió directamente al coche y se metió en él. Paula observó cómo se marchaba antes de cerrar la puerta. Suponía que debería estarle agradecida por haberle dado la posibilidad de romper con el pasado. A partir de aquel momento, podía seguir con sus planes, con su vida, sin seguir soñando sueños imposibles. Acababa de darse cuenta de lo imposibles que habían sido.
Necesitaba desesperadamente marcharse durante un par de días. Además, tenía reuniones con clientes que no podía posponer. Llamó a la señora Dade a su casa y le pidió que le diera el lunes libre para poder ocuparse de la venta de la casa de su tía. No era cierto, pero sirvió para evitar que tuviera que ir a trabajar.
Minutos más tarde, llamó para que le enviaran el avión a recogerla. Se puso la peluca y el abrigo dos horas más tarde, llamó a un taxi y ya estaba esperando en el aeropuerto cuando el avión llegó. Aquella misma tarde estaba en su casa con Franco entre sus brazos. Al menos, así tenía tiempo para aceptar el rechazo de Pedro. Y pensaba aprovecharlo todo lo que pudiera.
Aquella noche, Franco estaba sentado en el regazo de su madre mientras ella veía por televisión las noticias de economía. Su hijo. Sólo con mirarlo, se sentía cálida y femenina. Pedro le había dicho que no quería tener hijos. Una pena. Él jamás conocería la alegría de ver generaciones de su familia en el rostro de Franco ni de verse amado por el niño.
—Mami, ¿por qué tienes que ver eso tan aburrido?
—Mi niño —comentó ella entre risas—. Eso tan aburrido me ayuda en mi trabajo.
— ¿Eres un hombre de negocios?
—No. Soy una mujer de negocios —le corrigió ella—. Ya lo sabes.
—Supongo que sí. He sacado un diez en ortografía —dijo—, pero le tiré un bloque a Betty y tuve que ir al despacho para hablar con el señor Dodd.
— ¿Llamó él aquí?
—Sí. Llamó al señor Gimenez. Él dijo un par de palabras feas y le soltó al señor Dodd que si Betty me volvía a pegar, yo tenía su permiso para tirarle otro bloque, También le dijo al señor Dodd que si me volvía a regañar por defenderme, él le daría al señor Dodd un buen bocadillo de nudillos. Al día siguiente, el señor Dodd estaba muy nervioso.
Paula tuvo que ahogar una carcajada. El señor Gimenez ejercía aquel efecto en la mayoría de las personas
—A pesar de todo, no deberías pegar a nadie.
— ¿Por qué no si me pegan a mí primero?
En aquel momento, el teléfono empezó a sonar, librando a Paula de tener que encontrar una respuesta. Gimenez asomó la cabeza por la puerta.
—Es McGee. Quiere saber si estarás en el despacho mañana.
—Dile que sí y pregúntale... No importa. Ya se lo preguntaré yo. Volveré dentro de un momento, hijo.
—Claro —repuso el niño, sabiendo que no sería así
A la mañana siguiente, estaba en el despacho antes de que abriera oficialmente. Utilizó su llave para entrar. Por su aspecto, parecía la ejecutiva que en realidad era con su traje oscuro, blusa blanca y zapatos muy elegantes. Se sentó a su escritorio y empezó a leer los informes que tenía encima. Mientras trabajaba, no podía dejar de pensar en el pequeño discurso que le había echado Pedro. En resumidas cuentas, la dejaba porque no podía consentir que ella fuera la dueña de su mundo. Se permitió una sonrisa. ¿Qué diría Pedro cuando descubriera que tal vez fuera él quien no encajaba en el de ella?
La posibilidad de que él se negara a cederles los contratos de minerales y que hubiera que absorber por completo su empresa empezó a preocuparle. ¿Lo haría sólo por venganza o por el bien de su propia empresa?
Si tenía que obligar a Pedro a renunciar a la empresa que era su vida entera, ¿podría cargar con esa culpa? Don le había dicho que podrían conseguir aquellos minerales en otra parte, y probablemente así era. Sin embargo, los costes se incrementarían espectacularmente, sobre todo en transportes. Ese esfuerzo podría terminar pasándoles factura a ellos. Joaquín no lo sabía, pero Paula sí. No había dejado ningún cabo suelto en aquel proyecto. Efectivamente, no le quedaba más remedio que seguir adelante con su plan.
McGee llamó a la puerta y entró en el despacho, cerrando la puerta a sus espaldas.
— ¿Cuánto tiempo vas a quedarte aquí?
—Sólo hoy. Tal vez mañana si llamo para decir que estoy enferma. ¿Qué es lo que querías?
—Saber si te has dado cuenta del tiempo que tu cuñado se pasa en este despacho y lo que está sacando de tus archivos.
— ¿Sabes lo que estás diciendo?
—Por supuesto. Te estoy diciendo que Joaquín Gonzalez está trabajando en tu contra a cada oportunidad que tiene. Con esta pelea que has entablado con Alfonso Properties, le has puesto un arma en las manos y te va a destruir con ella si no tienes cuidado.
Paula entornó los ojos. Acababa de comprobar que sus sospechas no eran totalmente infundadas.
—Cuéntamelo todo.
—Se ha aprovechado de tu ausencia y les ha dicho a los clientes que estás de vacaciones. Ha desviado varios asuntos a su propio despacho, ha convencido a tu antigua secretaria para que se vaya a trabajar con él y, en su tiempo libre, está cultivándose a tus ejecutivos en fiestas. Además, ha ido hablando con todos los accionistas de Alfonso Properties, no sólo con los que tú le pediste que contactara.
—Me pregunto con qué fin.
—Creo que lo sabes. Nosotros creemos que va a pedir un voto de «no» confianza para ti en la próxima reunión de accionistas.
— ¿Crees que lo conseguirá?
—De mí no. Los beneficios que has reportado a la empresa resultan difíciles de ignorar, aunque este asunto de los minerales no esté muy claro. Estoy contigo. Y también cinco de los otros. Sin embargo, Joaquín tiene mucho peso con algunos de los restantes y lo está ejerciendo. Ten cuidado.
—Lo haré —dijo, poniéndose de pie—. Esos minerales son necesarios, ¿sabes? He estado trabajando en un informe que explica mi posición. Te lo dejaré y asegúrate de que todo el mundo tenga una copia. No quiero que nadie piense que sólo busco venganza. Tenía razones personales para querer echar a Pedro Alfonso, pero ya están superadas. Ahora, se trata estrictamente de negocios. El coste de transportar los minerales que necesitamos de otros estados sería desorbitado. Además, Alfonso no tiene razones legítimas para negarme esos contratos y sus directores lo saben. Si puedo conseguir que se deshaga de ellos, lo haré. Con Joaquín o sin Joaquín.
—Bien dicho —afirmó McGee con una sonrisa—. Jamás creí que te interesara la venganza. Eres demasiado sensata —añadió. En silencio, Paula dio las gracias porque McGee no lo supiera todo—. Has perdido un poco de peso, ¿no?
—Probablemente. Siempre me ocurre con el frío. Tráeme las cifras de la fusión con Camfield Computers, ¿quieres?
—No puedo. Las tiene Joaquín
—Pero si le estamos proporcionando personal de apoyo. Tenemos todo el derecho del mundo a tener acceso a los detalles del contrato.
—Veré lo que puedo hacer —dijo McGee—. No sabes lo mucho que se ha implicado en todo lo que hacemos aquí.
Atrapada en este Amor: Capítulo 34
Entonces, se guardó el mechero rápidamente, pero Paula lo reconoció. Era uno que ella le había regalado mientras estuvieron juntos hacía seis años. Era muy barato, porque entonces no tenía mucho dinero. Resultaba sorprendente que siguiera utilizándolo, aunque no fuera consciente de su significado.
—Aún te sonrojas. En el pasado eras muy tímida. Toda inocencia y generosidad.
—Demasiado ignorante y estúpida —le corrigió ella con una amarga sonrisa—. Hábitos que tú te encargaste de corregir.
—El sarcasmo no te sienta bien.
—Te sorprendería de lo letal que puede ser como arma en el contexto adecuado.
—A veces te conviertes en un anacronismo. Me da la impresión de que no te conozco.
— ¿De verdad? Tal vez haya cambiado.
—Por supuesto que has cambiado, Paula, de un modo que no puedo comprender —dijo él, lanzando el humo entre los labios—. Jamás te hablé de mi padre — añadió de repente—. Era sólo dos años mayor que mi madre, un astuto hombre de negocios con buen ojo, según decían. No había nada que él no fuera capaz de hacer para conseguir dinero. Estaba decidido a morir siendo un hombre rico. No comprendes por qué te estoy contando ahora esto, ¿verdad? —añadió, tras contemplar el rostro de Paula—. Lo comprenderás. A mi padre no le parecía mal acostarse con la esposa de un ejecutivo para tener más enchufe con él. Era capaz de cualquier cosa, lo que fuera, por salir adelante. No le importó lo que su actitud pudiera hacerle a mi madre.
—Ella permaneció a su lado.
—En su día, las mujeres ricas no trabajaban. El divorcio era una vergüenza. Creo que mi madre no quería a mi padre. La familia de ella era muy pobre y ellos la animaron a irse con mi padre cuando vieron que él estaba interesado. Aparentemente, no era muy diferente de las otras mujeres porque yo nací un mes antes de tiempo.
Paula se quedó asombrada. De algún modo, no se podía imaginar a la siempre digna Ana Alfonso quedándose embarazada fuera del matrimonio.
—Mi padre tuvo una amante detrás de otra a lo largo de toda su vida. Se murió en brazos de una de ellas. Todo el mundo lo sabía. El escándalo estuvo a punto de destruir la vida de mi madre. El daño que mi padre le hizo a su orgullo duró casi veinte años.
—Por eso no te has casado nunca, ¿verdad? —dijo ella.
—En realidad, no. Jamás encontré a ninguna mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida —afirmó con intención, sin dejar de observarla a ella—. Sin embargo, he aprendido que la fidelidad no existe. Creo que no podría sentar la cabeza aunque sólo pensar en el compromiso no me resultara repulsivo.
—Entiendo —susurró Paula, bajando los ojos.
—Nunca antes te hablé de esto. Entonces, sólo eras una niña. Eras demasiado joven para comprender lo cruel que puede ser la vida. Tú buscabas un final feliz.
—Mientras que tú sólo querías sexo sin ataduras — comentó ella, llena de cinismo—. Que poco comprensivo por mi parte. Por supuesto, por eso me pediste que me casara contigo —añadió, sorprendiéndolo—. Porque sabías que me negaría a seguir viéndote si me enteraba de que lo único que tú buscabas era una aventura.
—Eras especial, más de lo que te imaginas...
—Sin embargo, no tenías nada que darme. Todos estos años te he culpado por el modo en el que me trataste, por haberme convertido en poco más que un objeto sexual. En todo este tiempo, no he tratado de ver las cosas bajo tu punto de vista. Yo sólo era una chica sin educación, sin modales y, aparentemente para ti, sin moralidad. No habría encajado en tu mundo ni en un millón de años.
—Igual que ahora —le espetó él—. Lo siento. No quería sonar superior, pero tú no tienes ni idea de mi estilo de vida, de cómo vivo normalmente. Tú eras cálida y dulce y te deseaba. Aún te deseo. Eso no terminará nunca. Sin embargo, no tengo más propensión al matrimonio ahora de la que tenía hace seis años. No quiero ataduras ni permanencia. Quiero mi libertad más que nada. Incluso más de lo que te deseo a ti.
—Comprendo.
— ¿No tienes nada que decirme?
—Tampoco tengo nada que darte, Pedro —replicó ella, encogiéndose de hombros —. Nada más que lo que tuvimos el otro día y se trata de algo completamente inútil. Soy demasiado mayor para esa clase de relación.
-Sí...
Estuvieron en silencio varios minutos. Paula se sentía carente de todo sentimiento. Pedro se lo había robado todo. No sabía qué decir. Pedro acababa de decir que no sentía por ella nada más de deseo, un deseo que dejaba en el pasado, donde debía estar, y que jamás podría sentar la cabeza. Paula se lo había imaginado, pero no había querido creerlo. Sus sueños secretos de formar una familia con Pedro y Franco acababan de morir ante sus ojos.
Al ver su tristeza, Pedro se sintió culpable. Estaba tratando de luchar contra ella, tal y como lo había hecho seis años atrás. Sabía que Paula podría adueñarse de él tal y como lo había hecho en el pasado. Tenía que evitarlo porque ella se podía convertir en su vida. La había perdido una vez y había estado a punto de morir entonces. Ya no podría prescindir de ella, por lo que era mucho mejor no empezar algo que no se podría terminar. Paula jamás podría encajar en su mundo.
—Quiero que comprendas —dijo él de repente—. No debería haberte obligado a meterte en la cama conmigo aquella tarde que fuimos al campo de batalla. Yo no tenía ningún derecho.
—No fue sólo culpa tuya —afirmó ella—. Yo también lo deseaba. ¿Te importaría darle a tu madre un mensaje de mi parte? —añadió. No podía evitar sentirse algo culpable de lo que estaba planeando para él. Su venganza, que tan dulce le había parecido hacía un mes, se estaba volviendo más amarga a cada minuto que pasaba.
— ¿De qué se trata? —preguntó él, extrañado.
—Dile que no tiene nada de lo que preocuparse. No preguntes de qué se trata. Es algo personal. Díselo. Ella lo comprenderá —concluyó. Se puso de pie. Tenía un aspecto elegante y frágil—. Adiós, Pedro.
Él se puso también de pie.
—He perdido el paraíso —susurró—. Me arrepentiré toda la vida, pero sería una insensatez invitar de nuevo a la locura.
—Tienes razón —afirmó Paula. Entonces, lo acompañó hasta la puerta—. Yo... no estaré aquí durante mucho tiempo más.
—Aún te sonrojas. En el pasado eras muy tímida. Toda inocencia y generosidad.
—Demasiado ignorante y estúpida —le corrigió ella con una amarga sonrisa—. Hábitos que tú te encargaste de corregir.
—El sarcasmo no te sienta bien.
—Te sorprendería de lo letal que puede ser como arma en el contexto adecuado.
—A veces te conviertes en un anacronismo. Me da la impresión de que no te conozco.
— ¿De verdad? Tal vez haya cambiado.
—Por supuesto que has cambiado, Paula, de un modo que no puedo comprender —dijo él, lanzando el humo entre los labios—. Jamás te hablé de mi padre — añadió de repente—. Era sólo dos años mayor que mi madre, un astuto hombre de negocios con buen ojo, según decían. No había nada que él no fuera capaz de hacer para conseguir dinero. Estaba decidido a morir siendo un hombre rico. No comprendes por qué te estoy contando ahora esto, ¿verdad? —añadió, tras contemplar el rostro de Paula—. Lo comprenderás. A mi padre no le parecía mal acostarse con la esposa de un ejecutivo para tener más enchufe con él. Era capaz de cualquier cosa, lo que fuera, por salir adelante. No le importó lo que su actitud pudiera hacerle a mi madre.
—Ella permaneció a su lado.
—En su día, las mujeres ricas no trabajaban. El divorcio era una vergüenza. Creo que mi madre no quería a mi padre. La familia de ella era muy pobre y ellos la animaron a irse con mi padre cuando vieron que él estaba interesado. Aparentemente, no era muy diferente de las otras mujeres porque yo nací un mes antes de tiempo.
Paula se quedó asombrada. De algún modo, no se podía imaginar a la siempre digna Ana Alfonso quedándose embarazada fuera del matrimonio.
—Mi padre tuvo una amante detrás de otra a lo largo de toda su vida. Se murió en brazos de una de ellas. Todo el mundo lo sabía. El escándalo estuvo a punto de destruir la vida de mi madre. El daño que mi padre le hizo a su orgullo duró casi veinte años.
—Por eso no te has casado nunca, ¿verdad? —dijo ella.
—En realidad, no. Jamás encontré a ninguna mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida —afirmó con intención, sin dejar de observarla a ella—. Sin embargo, he aprendido que la fidelidad no existe. Creo que no podría sentar la cabeza aunque sólo pensar en el compromiso no me resultara repulsivo.
—Entiendo —susurró Paula, bajando los ojos.
—Nunca antes te hablé de esto. Entonces, sólo eras una niña. Eras demasiado joven para comprender lo cruel que puede ser la vida. Tú buscabas un final feliz.
—Mientras que tú sólo querías sexo sin ataduras — comentó ella, llena de cinismo—. Que poco comprensivo por mi parte. Por supuesto, por eso me pediste que me casara contigo —añadió, sorprendiéndolo—. Porque sabías que me negaría a seguir viéndote si me enteraba de que lo único que tú buscabas era una aventura.
—Eras especial, más de lo que te imaginas...
—Sin embargo, no tenías nada que darme. Todos estos años te he culpado por el modo en el que me trataste, por haberme convertido en poco más que un objeto sexual. En todo este tiempo, no he tratado de ver las cosas bajo tu punto de vista. Yo sólo era una chica sin educación, sin modales y, aparentemente para ti, sin moralidad. No habría encajado en tu mundo ni en un millón de años.
—Igual que ahora —le espetó él—. Lo siento. No quería sonar superior, pero tú no tienes ni idea de mi estilo de vida, de cómo vivo normalmente. Tú eras cálida y dulce y te deseaba. Aún te deseo. Eso no terminará nunca. Sin embargo, no tengo más propensión al matrimonio ahora de la que tenía hace seis años. No quiero ataduras ni permanencia. Quiero mi libertad más que nada. Incluso más de lo que te deseo a ti.
—Comprendo.
— ¿No tienes nada que decirme?
—Tampoco tengo nada que darte, Pedro —replicó ella, encogiéndose de hombros —. Nada más que lo que tuvimos el otro día y se trata de algo completamente inútil. Soy demasiado mayor para esa clase de relación.
-Sí...
Estuvieron en silencio varios minutos. Paula se sentía carente de todo sentimiento. Pedro se lo había robado todo. No sabía qué decir. Pedro acababa de decir que no sentía por ella nada más de deseo, un deseo que dejaba en el pasado, donde debía estar, y que jamás podría sentar la cabeza. Paula se lo había imaginado, pero no había querido creerlo. Sus sueños secretos de formar una familia con Pedro y Franco acababan de morir ante sus ojos.
Al ver su tristeza, Pedro se sintió culpable. Estaba tratando de luchar contra ella, tal y como lo había hecho seis años atrás. Sabía que Paula podría adueñarse de él tal y como lo había hecho en el pasado. Tenía que evitarlo porque ella se podía convertir en su vida. La había perdido una vez y había estado a punto de morir entonces. Ya no podría prescindir de ella, por lo que era mucho mejor no empezar algo que no se podría terminar. Paula jamás podría encajar en su mundo.
—Quiero que comprendas —dijo él de repente—. No debería haberte obligado a meterte en la cama conmigo aquella tarde que fuimos al campo de batalla. Yo no tenía ningún derecho.
—No fue sólo culpa tuya —afirmó ella—. Yo también lo deseaba. ¿Te importaría darle a tu madre un mensaje de mi parte? —añadió. No podía evitar sentirse algo culpable de lo que estaba planeando para él. Su venganza, que tan dulce le había parecido hacía un mes, se estaba volviendo más amarga a cada minuto que pasaba.
— ¿De qué se trata? —preguntó él, extrañado.
—Dile que no tiene nada de lo que preocuparse. No preguntes de qué se trata. Es algo personal. Díselo. Ella lo comprenderá —concluyó. Se puso de pie. Tenía un aspecto elegante y frágil—. Adiós, Pedro.
Él se puso también de pie.
—He perdido el paraíso —susurró—. Me arrepentiré toda la vida, pero sería una insensatez invitar de nuevo a la locura.
—Tienes razón —afirmó Paula. Entonces, lo acompañó hasta la puerta—. Yo... no estaré aquí durante mucho tiempo más.
Atrapada en este Amor: Capítulo 33
—Traté de hablar con Pedro, pero él no quiso escucharme.
Su madre no se lo permitió. Comprendo por qué quieres destruirla a ella, pero a mí me parece que ese Alfonso también es una víctima. Tiene un hijo de cinco años al que no conoce. Cuando lo descubra, si lo descubre algún día, es mejor que su madre y tú busquén un hoyo en el que esconderse.
Paula no se había parado a pensar en aquello. Trató de imaginarse cómo Pedro se sentiría y se dio cuenta de que el señor Gimenez tenía razón. La absorción iba a ser la menor de sus preocupaciones si Pedro se enteraba del embarazo que la había llevado directamente a los brazos de Juan Gonzalez. El hecho de que Juan hubiera adoptado legalmente a Franco iba a ser otro punto de la contienda.
—Es mejor que te lo pienses muy bien antes de seguir adelante —le aconsejó el señor Gimenez—. Si deseas tanto esa empresa, tómala. Sin embargo, es mejor que dejes en paz el pasado, a menos que quieras sacrificar también a Franco. ¿O acaso no crees que Alfonso se enfrentaría contigo cuando descubra que tiene un hijo?
Por supuesto que lo haría. Paula palideció. Si llegaban a los tribunales y él demostraba su paternidad, existía una posibilidad de que pudiera arrebatarle al niño. Ana haría todo lo que estuviera en su mano para ayudarlo.
— ¿Y qué voy a hacer? —le preguntó al señor Gonzalez.
Él se acercó a ella y la miró con los ojos llenos de compasión.
—Marcharte mientras puedas.
—Lo he puesto todo en movimiento. No puedo detenerme ahora. Es demasiado tarde.
—Entonces, apártate hasta una distancia segura. Deja que el pasado muera.
Aquel pensamiento le provocaba náuseas. Su pasado era Pedro. Iba a tener que marcharse de Billings para regresar a una vida que no suponía más que la adquisición de poder y riqueza. Había sido suficiente cuando la venganza la había empujado, pero después de escuchar las palabras del señor Gimenez, le parecía que le esperaba un enorme vacío, sólo con Franco para poder mantenerse cuerda.
—Veo que te he disgustado. Lo siento —susurró el señor Gimenez, acariciándole suavemente el cabello, algo que raramente hacía—. Pau, no quiero ver cómo te destruyen. Has subestimado a Alfonso desde el principio. Él no es ningún estúpido. Márchate.
—Muy bien. Puedo utilizar los poderes para obligarle a cedernos esos minerales, amenazarle con la absorción y llevarla a cabo si tengo que hacerlo, pero dejaré a Myrna en paz.
—Buena chica. Las personas pagan sus errores. Si se hace sufrir a alguien, se termina sufriendo tarde o temprano.
— ¿Termina alguna vez el sufrimiento? —se preguntó Paula, recordando el amor que sentía hacia Pedro y sabiendo que él no la amaba a ella.
—No lo sé —replicó el señor Gimenez. Entonces, se levantó y se dirigió a la puerta—. Creo que no. Come un poco más. Estás perdiendo peso.
—Estoy cansada —admitió ella—. Dos trabajos al mismo tiempo podrían dejar a la mayoría de la gente en los huesos.
—Podrías dejar el restaurante.
— ¿Y quedarme sin el salario mínimo? ¡Ni hablar!
El señor Gimenez se echó a reír.
—Muy bien. Ya no te daré más consejos. Me mantendré en contacto.
—Gracias, señor Gimenez.
—Tú eres la única familia que tengo —respondió él, encogiéndose de hombros—. Tengo que cuidarte.
Cuando él se marchó, Paula tuvo que reprimir las lágrimas. El señor Gimenez la apreciaba mucho. Ésa era la única razón por la que ella no le había quitado la palabra cuando él le señaló la locura que estaba a punto de llevar a cabo.
Cerró la puerta y regresó al salón. El estómago se le había hecho un nudo al darse cuenta de las consecuencias que podría sufrir por lo que iba a haber hecho. No podía arriesgarse a perder a Franco. Pedro podía ser muy cruel. No le importaba dar golpes bajos. Ana se lo había enseñado a hacer.
Al recordar que Ana ni siquiera sabía de la existencia de Franco, comenzó a tranquilizarse. En el peor de los casos, siempre podía marcharse del país. No tenía que preocuparse de la custodia mientras tuviera medios económicos para defenderse y así era. Juan se había ocupado de ello.
Sonrió aliviada. Había sufrido un ataque de pánico. No había razón para preocuparse. Todo saldría bien.
Estuvo trabajando gran parte de la noche. Al día siguiente, llamó a casa para hablar con Franco y se metió en la cama muy tarde, aunque casi no pudo dormir.
El domingo, se despertó casi a mediodía. En Chicago llevaba con frecuencia a Franco a la iglesia, pero no había asistido a ninguna misa desde que llegó a Billings. Le resultaba turbador entrar en una iglesia cuando estaba pensando sólo en vengarse.
Estaba terminando de peinarse cuando oyó que alguien llamaba a la puerta trasera. Se quedó completamente inmóvil, preguntándose si podía negarse a abrir. Cuando insistieron, tuvo que ir a abrir a pesar de que ya sabía de quién se trataba.
—Es domingo —dijo Pedro con un gesto de crueldad en los labios—. No vas a la iglesia —añadió. Evidentemente, él sí que había estado porque iba muy elegantemente vestido con su sombrero vaquero y botas.
— ¿No está tu madre contigo?
—No. La mandé a casa con una de sus amigas. ¿No me vas a ofrecer una taza de café? —le preguntó con un gesto de pura malicia.
—Café es lo único que tengo —replicó con voz firme, a pesar de que las rodillas le temblaban—. Entra.
Pedro tomó asiento mientras ella se ponía a preparar el café. Al final, puso dos tazas en la mesa.
— ¿Estás buscando algo? —preguntó, al ver que Pedro no dejaba de mirar a su alrededor.
—En realidad no. Eres una buena ama de casa. Siempre lo fuiste. Gladys te enseñó bien.
—También me enseñó cómo cocinar. Pareces muy cansado —dijo ella, tras mirarle más atentamente al rostro.
—No puedo dormir —respondió él con una amarga sonrisa—. No hago más que pensar en ti.
—No es más que deseo —afirmó ella, apretando los dientes—. Nada más. Ya lo sabes.
Pedro lanzó un suspiro. Entonces, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno.
Su madre no se lo permitió. Comprendo por qué quieres destruirla a ella, pero a mí me parece que ese Alfonso también es una víctima. Tiene un hijo de cinco años al que no conoce. Cuando lo descubra, si lo descubre algún día, es mejor que su madre y tú busquén un hoyo en el que esconderse.
Paula no se había parado a pensar en aquello. Trató de imaginarse cómo Pedro se sentiría y se dio cuenta de que el señor Gimenez tenía razón. La absorción iba a ser la menor de sus preocupaciones si Pedro se enteraba del embarazo que la había llevado directamente a los brazos de Juan Gonzalez. El hecho de que Juan hubiera adoptado legalmente a Franco iba a ser otro punto de la contienda.
—Es mejor que te lo pienses muy bien antes de seguir adelante —le aconsejó el señor Gimenez—. Si deseas tanto esa empresa, tómala. Sin embargo, es mejor que dejes en paz el pasado, a menos que quieras sacrificar también a Franco. ¿O acaso no crees que Alfonso se enfrentaría contigo cuando descubra que tiene un hijo?
Por supuesto que lo haría. Paula palideció. Si llegaban a los tribunales y él demostraba su paternidad, existía una posibilidad de que pudiera arrebatarle al niño. Ana haría todo lo que estuviera en su mano para ayudarlo.
— ¿Y qué voy a hacer? —le preguntó al señor Gonzalez.
Él se acercó a ella y la miró con los ojos llenos de compasión.
—Marcharte mientras puedas.
—Lo he puesto todo en movimiento. No puedo detenerme ahora. Es demasiado tarde.
—Entonces, apártate hasta una distancia segura. Deja que el pasado muera.
Aquel pensamiento le provocaba náuseas. Su pasado era Pedro. Iba a tener que marcharse de Billings para regresar a una vida que no suponía más que la adquisición de poder y riqueza. Había sido suficiente cuando la venganza la había empujado, pero después de escuchar las palabras del señor Gimenez, le parecía que le esperaba un enorme vacío, sólo con Franco para poder mantenerse cuerda.
—Veo que te he disgustado. Lo siento —susurró el señor Gimenez, acariciándole suavemente el cabello, algo que raramente hacía—. Pau, no quiero ver cómo te destruyen. Has subestimado a Alfonso desde el principio. Él no es ningún estúpido. Márchate.
—Muy bien. Puedo utilizar los poderes para obligarle a cedernos esos minerales, amenazarle con la absorción y llevarla a cabo si tengo que hacerlo, pero dejaré a Myrna en paz.
—Buena chica. Las personas pagan sus errores. Si se hace sufrir a alguien, se termina sufriendo tarde o temprano.
— ¿Termina alguna vez el sufrimiento? —se preguntó Paula, recordando el amor que sentía hacia Pedro y sabiendo que él no la amaba a ella.
—No lo sé —replicó el señor Gimenez. Entonces, se levantó y se dirigió a la puerta—. Creo que no. Come un poco más. Estás perdiendo peso.
—Estoy cansada —admitió ella—. Dos trabajos al mismo tiempo podrían dejar a la mayoría de la gente en los huesos.
—Podrías dejar el restaurante.
— ¿Y quedarme sin el salario mínimo? ¡Ni hablar!
El señor Gimenez se echó a reír.
—Muy bien. Ya no te daré más consejos. Me mantendré en contacto.
—Gracias, señor Gimenez.
—Tú eres la única familia que tengo —respondió él, encogiéndose de hombros—. Tengo que cuidarte.
Cuando él se marchó, Paula tuvo que reprimir las lágrimas. El señor Gimenez la apreciaba mucho. Ésa era la única razón por la que ella no le había quitado la palabra cuando él le señaló la locura que estaba a punto de llevar a cabo.
Cerró la puerta y regresó al salón. El estómago se le había hecho un nudo al darse cuenta de las consecuencias que podría sufrir por lo que iba a haber hecho. No podía arriesgarse a perder a Franco. Pedro podía ser muy cruel. No le importaba dar golpes bajos. Ana se lo había enseñado a hacer.
Al recordar que Ana ni siquiera sabía de la existencia de Franco, comenzó a tranquilizarse. En el peor de los casos, siempre podía marcharse del país. No tenía que preocuparse de la custodia mientras tuviera medios económicos para defenderse y así era. Juan se había ocupado de ello.
Sonrió aliviada. Había sufrido un ataque de pánico. No había razón para preocuparse. Todo saldría bien.
Estuvo trabajando gran parte de la noche. Al día siguiente, llamó a casa para hablar con Franco y se metió en la cama muy tarde, aunque casi no pudo dormir.
El domingo, se despertó casi a mediodía. En Chicago llevaba con frecuencia a Franco a la iglesia, pero no había asistido a ninguna misa desde que llegó a Billings. Le resultaba turbador entrar en una iglesia cuando estaba pensando sólo en vengarse.
Estaba terminando de peinarse cuando oyó que alguien llamaba a la puerta trasera. Se quedó completamente inmóvil, preguntándose si podía negarse a abrir. Cuando insistieron, tuvo que ir a abrir a pesar de que ya sabía de quién se trataba.
—Es domingo —dijo Pedro con un gesto de crueldad en los labios—. No vas a la iglesia —añadió. Evidentemente, él sí que había estado porque iba muy elegantemente vestido con su sombrero vaquero y botas.
— ¿No está tu madre contigo?
—No. La mandé a casa con una de sus amigas. ¿No me vas a ofrecer una taza de café? —le preguntó con un gesto de pura malicia.
—Café es lo único que tengo —replicó con voz firme, a pesar de que las rodillas le temblaban—. Entra.
Pedro tomó asiento mientras ella se ponía a preparar el café. Al final, puso dos tazas en la mesa.
— ¿Estás buscando algo? —preguntó, al ver que Pedro no dejaba de mirar a su alrededor.
—En realidad no. Eres una buena ama de casa. Siempre lo fuiste. Gladys te enseñó bien.
—También me enseñó cómo cocinar. Pareces muy cansado —dijo ella, tras mirarle más atentamente al rostro.
—No puedo dormir —respondió él con una amarga sonrisa—. No hago más que pensar en ti.
—No es más que deseo —afirmó ella, apretando los dientes—. Nada más. Ya lo sabes.
Pedro lanzó un suspiro. Entonces, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno.
sábado, 2 de mayo de 2015
Atrapada en este Amor: Capítulo 32
Te puedes casar y tener una familia. Yo te ayudaré a volver a empezar en otra parte.
—Es demasiado tarde para eso —replicó Paula , sin inmutarse—. Ya conoce usted mis condiciones.
—No se lo puedo contar a Pedro. ¡No puedo! Él me odiaría…….
—Usted es su madre. No puede odiarla.
—Paula, por el amor de Dios... No me hagas —suplicó Ana con lágrimas en los ojos. Entonces se agarró con fuerza al delantal de Paula—. Es mi hijo. Sólo quería lo mejor para él.
—Y yo no lo era.
—Tenías veintiún. Eras pobre. Yo quería una igual para él, alguien que pudiera reportarle estabilidad, seguridad y un futuro feliz. Él te deseaba, pero la lujuria le impidió ver lo que eras en realidad. No habría durado. Él estaba resentido contigo. No quiso comprometerse contigo, pero me dijo que tuvo que hacerlo para seguir viéndote, que sólo estaba jugando contigo...
Paula hizo un gesto de dolor y cerró los ojos. Siempre había dado por sentado que Pedro la amaba. Ya lo sabía todo. Sólo había sido deseo. Jamás había pensado en algo permanente entre ellos a pesar de lo que le dijo cuando le pidió que se casara con él.
—No me di cuenta de lo que había hecho hasta que fue demasiado tarde —prosiguió Ana—. Unos detectives privados te estuvieron buscando durante más de un año, pero no pudieron encontrarte. De algún modo, te habría compensado.
—Hay cosas que no se pueden compensar.
— ¿Tuviste al niño? ¿Lo diste en adopción?
Paula no respondió. Se limitó a mirar a Ana con el odio reflejado en la mirada.
—Tendrá que pasarse el resto de su vida preguntándoselo y ni siquiera entonces sabrá el infierno por el que tuve que pasar.
—No, supongo que no lo sabré nunca —dijo Ana. Durante un instante, se reflejó en sus ojos algo parecido a la comprensión—. No debería haber venido. Sin embargo, Pedro está sufriendo. Sufre de verdad. Si no sientes pena por mí, ¿no la puedes sentir por lo menos hacia él?
—La única razón por la que está sufriendo es porque le he negado mi cama —le espetó Paula, viendo como la otra mujer se sonrojaba—. Jamás me amó. Sólo era deseo, como usted misma ha dicho. Cuando me vaya, encontrará a otras mujeres —añadió con una fría carcajada—. Igual que hizo cuando me marché la primera vez.
—Desde que te marchaste, es un hombre muy diferente. Tantas mujeres... Te busca por todas partes y no puede encontrarte. Si hubiera permitido que te quedaras, tal vez se habría cansado de ti. Tal vez hubiera terminado por hartarse.
—Ya se había cansado de mí. Estaba buscando una razón para deshacerse de mí. Usted se la dio, eso es todo. Bueno, ¿quiere que le traiga algo? Mi turno termina dentro de veinte minutos y me espera un montón de trabajo en casa.
—Limpieza, supongo —replicó Ana con una sonrisa—. Yo ya no tengo que hacer ese tipo de cosas, pero recuerdo... Bueno, si cambias de opinión, en lo de marcharte... Te podría dar veinte mil.
—Ya le he dicho que no puede comprarme.
Ana se levantó de la silla.
—Eso es cierto. Era una de las cosas que más admiraba sobre ti. Yo fui como tú... una vez. Sigues enamorada de él, ¿verdad? —le preguntó, tras recoger el bolso-. Eso empeora la situación...
Se marchó antes de que Paula tuviera tiempo de considerar aquella frase tan enigmática. Sin embargo, Ana se había equivocado en aquella ocasión. Paula no amaba a Pedro. Lo odiaba. Durante el camino a casa no dejó de repetirse esas dos palabras. Al llegar a casa, vio que el señor Gimenez ya estaba esperándola con en montón de papeles.
—Eso es, mátame con un montón de informes, entiérrame en estadísticas —protestó ella, mientras el guardaespaldas colocaba todas las carpetas sobre la mesa
—Tú eras la que quería ser la mejor ejecutiva — bromeó.
—Es cierto. ¿Cómo está mi niño?
—Te echa mucho de menos, por supuesto — respondió. Entonces, le entregó un sobre cerrado—. Joaquín me dijo que te diera esto. Es el informe sobre los progresos que ha estado haciendo en la consecución de los poderes sobre las acciones. Me dijo que te comunicara que a Alfonso le han soplado lo de la OPA. Sabe que va a producirse y de dónde viene.
— ¿Sabe algo sobre mí? —preguntó Paula muy pálida.
— ¿Y cómo iba a saberlo? — Replicó el señor Gimenez—. Pau Gonzalez es tan sólo un nombre para él, como lo es para la mayoría de las personas. Nadie sabe quién eres en realidad.
—Espero que tengas razón —afirmó Paula. Abrió el sobre y leyó el listado de hombres y de poderes que Joaquín había conseguido obtener—. Escribiré una nota para que se la lleves a Joaquín. Yo he conseguido las acciones del tío abuelo de Pedro. Creo que con eso nos va a bastar. Ahora, lo que necesito es que Joaquín se dirija directamente a uno de los miembros de la junta de accionistas, el que se llama Bill. Va en contra de Pedro. Don los conoce a todos. Yo aún no me atrevo a meter la nariz.
—¿Cuándo es la reunión anual?
—Faltan dos semanas —replicó Paula, mientras escribía rápidamente la nota para Joaquín—. La señora Alfonso ha estado haciendo todo lo posible por comprarme. Me ha ofrecido veinte mil.
—Calderilla, pero ella no lo sabe, ¿verdad?
—No. En realidad, casi lo sentí por ella. Cuando Pedro se entere de lo que ha hecho, jamás la perdonará.
El señor Gimenez aceptó la nota que ella le había escrito a Joaquín y la guardó en su maletín.
—No apruebas lo que estoy haciendo, ¿verdad, señor Gimenez?
—No. La venganza es algo ridículo y muy caro. Son sentimientos desperdiciados. Si obligas a esa mujer a contarle todo a Pedro, destruirás la relación que tiene con su hijo. Además, le vas a quitar su empresa y a mandarle a hacer las maletas. Entonces, ¿qué?
— ¿Qué quieres decir con eso?
—Cuando lo tengas de rodillas, ¿qué vas a hacer?
—Tendré la satisfacción de ver cómo su madre y él pagan por lo que me hicieron.
— ¿Acaso crees que tú no hiciste nada? Saliste huyendo. No trataste de defenderte ni de enfrentarte a esa mujer. No le diste a Alfonso la oportunidad de saber lo de Franco o de que se arrepintiera de lo que había hecho. No estoy diciendo que Juan no te ayudara a ocultarte tras una cortina de humo, pero él tenía sus motivos para no desear que Alfonso te encontrara.
—Es demasiado tarde para eso —replicó Paula , sin inmutarse—. Ya conoce usted mis condiciones.
—No se lo puedo contar a Pedro. ¡No puedo! Él me odiaría…….
—Usted es su madre. No puede odiarla.
—Paula, por el amor de Dios... No me hagas —suplicó Ana con lágrimas en los ojos. Entonces se agarró con fuerza al delantal de Paula—. Es mi hijo. Sólo quería lo mejor para él.
—Y yo no lo era.
—Tenías veintiún. Eras pobre. Yo quería una igual para él, alguien que pudiera reportarle estabilidad, seguridad y un futuro feliz. Él te deseaba, pero la lujuria le impidió ver lo que eras en realidad. No habría durado. Él estaba resentido contigo. No quiso comprometerse contigo, pero me dijo que tuvo que hacerlo para seguir viéndote, que sólo estaba jugando contigo...
Paula hizo un gesto de dolor y cerró los ojos. Siempre había dado por sentado que Pedro la amaba. Ya lo sabía todo. Sólo había sido deseo. Jamás había pensado en algo permanente entre ellos a pesar de lo que le dijo cuando le pidió que se casara con él.
—No me di cuenta de lo que había hecho hasta que fue demasiado tarde —prosiguió Ana—. Unos detectives privados te estuvieron buscando durante más de un año, pero no pudieron encontrarte. De algún modo, te habría compensado.
—Hay cosas que no se pueden compensar.
— ¿Tuviste al niño? ¿Lo diste en adopción?
Paula no respondió. Se limitó a mirar a Ana con el odio reflejado en la mirada.
—Tendrá que pasarse el resto de su vida preguntándoselo y ni siquiera entonces sabrá el infierno por el que tuve que pasar.
—No, supongo que no lo sabré nunca —dijo Ana. Durante un instante, se reflejó en sus ojos algo parecido a la comprensión—. No debería haber venido. Sin embargo, Pedro está sufriendo. Sufre de verdad. Si no sientes pena por mí, ¿no la puedes sentir por lo menos hacia él?
—La única razón por la que está sufriendo es porque le he negado mi cama —le espetó Paula, viendo como la otra mujer se sonrojaba—. Jamás me amó. Sólo era deseo, como usted misma ha dicho. Cuando me vaya, encontrará a otras mujeres —añadió con una fría carcajada—. Igual que hizo cuando me marché la primera vez.
—Desde que te marchaste, es un hombre muy diferente. Tantas mujeres... Te busca por todas partes y no puede encontrarte. Si hubiera permitido que te quedaras, tal vez se habría cansado de ti. Tal vez hubiera terminado por hartarse.
—Ya se había cansado de mí. Estaba buscando una razón para deshacerse de mí. Usted se la dio, eso es todo. Bueno, ¿quiere que le traiga algo? Mi turno termina dentro de veinte minutos y me espera un montón de trabajo en casa.
—Limpieza, supongo —replicó Ana con una sonrisa—. Yo ya no tengo que hacer ese tipo de cosas, pero recuerdo... Bueno, si cambias de opinión, en lo de marcharte... Te podría dar veinte mil.
—Ya le he dicho que no puede comprarme.
Ana se levantó de la silla.
—Eso es cierto. Era una de las cosas que más admiraba sobre ti. Yo fui como tú... una vez. Sigues enamorada de él, ¿verdad? —le preguntó, tras recoger el bolso-. Eso empeora la situación...
Se marchó antes de que Paula tuviera tiempo de considerar aquella frase tan enigmática. Sin embargo, Ana se había equivocado en aquella ocasión. Paula no amaba a Pedro. Lo odiaba. Durante el camino a casa no dejó de repetirse esas dos palabras. Al llegar a casa, vio que el señor Gimenez ya estaba esperándola con en montón de papeles.
—Eso es, mátame con un montón de informes, entiérrame en estadísticas —protestó ella, mientras el guardaespaldas colocaba todas las carpetas sobre la mesa
—Tú eras la que quería ser la mejor ejecutiva — bromeó.
—Es cierto. ¿Cómo está mi niño?
—Te echa mucho de menos, por supuesto — respondió. Entonces, le entregó un sobre cerrado—. Joaquín me dijo que te diera esto. Es el informe sobre los progresos que ha estado haciendo en la consecución de los poderes sobre las acciones. Me dijo que te comunicara que a Alfonso le han soplado lo de la OPA. Sabe que va a producirse y de dónde viene.
— ¿Sabe algo sobre mí? —preguntó Paula muy pálida.
— ¿Y cómo iba a saberlo? — Replicó el señor Gimenez—. Pau Gonzalez es tan sólo un nombre para él, como lo es para la mayoría de las personas. Nadie sabe quién eres en realidad.
—Espero que tengas razón —afirmó Paula. Abrió el sobre y leyó el listado de hombres y de poderes que Joaquín había conseguido obtener—. Escribiré una nota para que se la lleves a Joaquín. Yo he conseguido las acciones del tío abuelo de Pedro. Creo que con eso nos va a bastar. Ahora, lo que necesito es que Joaquín se dirija directamente a uno de los miembros de la junta de accionistas, el que se llama Bill. Va en contra de Pedro. Don los conoce a todos. Yo aún no me atrevo a meter la nariz.
—¿Cuándo es la reunión anual?
—Faltan dos semanas —replicó Paula, mientras escribía rápidamente la nota para Joaquín—. La señora Alfonso ha estado haciendo todo lo posible por comprarme. Me ha ofrecido veinte mil.
—Calderilla, pero ella no lo sabe, ¿verdad?
—No. En realidad, casi lo sentí por ella. Cuando Pedro se entere de lo que ha hecho, jamás la perdonará.
El señor Gimenez aceptó la nota que ella le había escrito a Joaquín y la guardó en su maletín.
—No apruebas lo que estoy haciendo, ¿verdad, señor Gimenez?
—No. La venganza es algo ridículo y muy caro. Son sentimientos desperdiciados. Si obligas a esa mujer a contarle todo a Pedro, destruirás la relación que tiene con su hijo. Además, le vas a quitar su empresa y a mandarle a hacer las maletas. Entonces, ¿qué?
— ¿Qué quieres decir con eso?
—Cuando lo tengas de rodillas, ¿qué vas a hacer?
—Tendré la satisfacción de ver cómo su madre y él pagan por lo que me hicieron.
— ¿Acaso crees que tú no hiciste nada? Saliste huyendo. No trataste de defenderte ni de enfrentarte a esa mujer. No le diste a Alfonso la oportunidad de saber lo de Franco o de que se arrepintiera de lo que había hecho. No estoy diciendo que Juan no te ayudara a ocultarte tras una cortina de humo, pero él tenía sus motivos para no desear que Alfonso te encontrara.
Atrapada en este Amor: Capítulo 31
Paula estaba considerando sus opciones mientras estaba sentada sola en el sofá. Una parte de ella quería regresar inmediatamente a Chicago y tirarlo todo por tierra, pero no podía hacerlo.
Joaquín le había dicho que estaban avanzando con sus contactos de la costa este. La ira que sentía por Pedro le dio ímpetu a su determinación. Sacó la lista de contactos y vio que el cuarto nombre era el de un tío de Pedro, uno de sus enemigos más acérrimos. Jamás había fingido sentir simpatía alguna por Pedro. Por supuesto, ningún amigo podía ser mejor que un enemigo común, pero no sabía si podría confiar en aquel hombre hasta que lo conociera.
Tomó el teléfono y marcó un número. Dio un nombre falso y preguntó por las acciones que el anciano tenía. Por último, mencionó algo sobre una sorpresa que quería darle a Pedro. El viejo le dijo poco, pero Paula consiguió una reunión con él a la mañana siguiente muy temprano.
Cuando colgó el teléfono, pensó en la reunión que Pedro había organizado con sus accionistas para dos semanas después. Si todo salía bien, ella iba a darle una gran sorpresa a él y a su madre.
No se lamentaba de ello. A lo largo de los años, los Alfonso le habían proporcionado mucho sufrimiento. Era justicia poética poder tener un papel muy activo en ver cómo lo perdían todo.
No obstante, le entristecía que Pedro y ella no pudieran tener una relación permanente. Habría sido muy agradable para Franco, pero no iba a ser posible. Ya no habría más encuentros románticos entre ellos. Había llegado la hora y le quedaba muy poco tiempo para terminar de extender la red.
Germán Alfonso tenía setenta y dos años. Vivía en una casa situada en más de cuatro mil hectáreas de pastos en el sur de Montana. Dio la bienvenida a Paula con una cortesía ya pasada de moda y le ofreció café y pastas.
— Ahora —dijo él, cuando estuvo cómodamente sentado en su mecedora y Paula en el sofá—. ¿Qué desea usted saber sobre mi acciones?
Paula sonrió. Iba vestida con un traje gris y una camisa azul. Llevaba el cabello recogido en una trenza que le caía por la espalda. Tenía el aspecto de la exitosa mujer de negocios que era. Notó que su aspecto le daba más puntos con el tío abuelo de Pedro. Ya había contado con ello.
— ¿Puedo confiar que no se lo dirá a Pedro si se lo cuento? —preguntó sin andarse por las ramas.
—Por supuesto. Me gusta su sinceridad. Sí, claro que puede confiar en mí. Le doy mi palabra.
—En ese caso, le diré que voy tras la empresa de su sobrino —afirmó—. Lo quiero todo y estoy dispuesta a pagar mucho dinero por las acciones. Lo que no pueda comprar, deseo controlarlo a través de poderes.
—Y cuando tenga la empresa, ¿qué es lo que piensa hacer con ella?
—Incorporarla a la mía.
— ¿Usted tiene su propia empresa? —preguntó, impresionado.
-Sí.
—Los tiempos cambian.
—Por supuesto —afirmó ella. Rápidamente pasó a describir lo que quería hacer con los contratos de minerales que tenía Pedro y por qué los necesitaba.
—Entonces, no quiere venderlos. No es propio de él dejar pasar un negocio como ése. Ninguna empresa se puede permitir rechazar esa cantidad de dinero.
—Estoy segura de que tiene sus razones. Según tengo entendido, a la junta de accionistas tampoco le pareció correcta su línea de razonamiento. Sin embargo, yo necesito esos minerales y haré todo lo que esté en mi mano para conseguirlos.
— ¿Por qué? —Preguntó el anciano, frunciendo el ceño—. No se debe simplemente a negocios, ¿verdad?
—Usted sabe demasiado. No, también es un asunto personal. Su madre y él me hicieron mucho daño hace ya algunos años. Me echaron de la ciudad y me dejaron sola en el mundo.
—Tú eres Paula, ¿verdad?
— ¿Cómo lo ha sabido?
—Se enteró toda la familia de lo ocurrido, a pesar de los esfuerzos de Ana por ocultarlo. Te tendió una trampa, ¿verdad? Ana es una mujer fría y dura. Lleva toda la vida fingiendo ser algo que no es. Se casó con el padre de Pedro, que era un play boy. Jamás ha amado a nadie a excepción de su hijo. Una mujer no debería ser tan posesiva con un niño. No puede acarrear nada bueno.
—Eso dicen —murmuró Paula, pensando en lo protectora que era para con su propio hijo. En aquel sentido, odiaba comprender a Ana Alfonso.
— Siempre supe que regresarías algún día. ¿Sabe Ana que estás aquí?
— Sí. A pesar de que lo ha intentado, no puede comprarme.
—Es una mujer muy dura. Algún día pagará por lo que hizo. Sin embargo, eso no depende de ti, sino de Dios. Resulta muy peligroso tomarse la venganza por la propia mano de uno. Las consecuencias podrían volverse contra uno.
—Si puedo hacerme con sus acciones no —replicó ella, riéndose—. ¿Qué me dice?
—Muy bien —respondió él, tras considerarlo durante un minuto—. Puedes disponer de ellas.
— ¿No se lo dirá a Pedro o a Ana ?
—No. Pedro habría sido mejor persona si Ana no lo hubiera apartado de mí. Pensaba que yo no era lo suficientemente bueno como para asociarme con él. Vivo aquí, en el campo, tengo ganado y cosas así. En los viejos tiempos, los míos podrían haber comprado y vendido a los suyos. Ahora, soy una vergüenza para ella.
—Mi tío abuelo era indio —dijo Paula con orgullo en la voz—. Tengo primos en la reserva y no me avergüenzo de ellos.
—Bien hecho. No hay que avergonzarse de las personas decentes, sean ricas o pobres. Es una pena que Ana se haya hecho tan arrogante. Yo sé cosas sobre ella que Ana no querría que se supieran. No siempre ha sido una dama rica de la alta sociedad.
—Se dice que los pecados acaban por pasar factura. Ya lo veremos.
—Muy bien. Te firmaré los papeles que quieres, pero te advierto que no trates de erigirte en juez. Uno termina pagando lo que hace.
—Eso lo sé muy bien.
Con el poder en la mano, regresó a Billings en el coche que había alquilado. Había sido algo arriesgado hacerlo, porque seguramente Pedro la estaba vigilando. Sin embargo, ya no le importaba. Tarde o temprano terminaría por descubrir su secreto.
Se cambió y se fue a trabajar. Allí, se enteró a través de uno de los ejecutivos de Pedro que él se había marchado el día anterior y que no iba a regresar en una semana. Se había preocupado por nada. A Pedro no le importaba lo suficiente como para que sintiera la necesidad de vigilarla. No sabía si sentirse aliviada o desilusionada por la noticia.
A la hora de almorzar, Ana Alfonso entró en el restaurante y se sentó en una de las mesas que le correspondían a ella. Con la ausencia de Pedro, parecía que se sentía lo suficientemente segura como para ir a ver a Paula a su terreno.
Paula se acercó a la mesa y le ofreció el menú con su habitual cortesía. Las manos de Ana cuando lo tomaron.
—Sólo quiero un café y un pastel de manzana — dijo, dejando el menú a un lado—. También quiero que me digas cuánto tiempo piensas quedarte. Sé que fuiste con Pedro al campo de batalla el jueves. Regresó a casa muy disgustado y ayer se marchó sin decirme ni una palabra.
—Tiene veintiocho años —replicó Paula—. Creo que ya tiene la suficiente edad para marcharse sin pedir permiso.
Paula la miró con una mezcla de odio y de súplica.
—Te daré lo que quieras si te marchas. ¡Lo que quieras! Mi hijo es lo único que me queda. Seguramente necesitas dinero. Aún eres joven y seguramente podrás encontrar a alguien de quien enamorarte.
Joaquín le había dicho que estaban avanzando con sus contactos de la costa este. La ira que sentía por Pedro le dio ímpetu a su determinación. Sacó la lista de contactos y vio que el cuarto nombre era el de un tío de Pedro, uno de sus enemigos más acérrimos. Jamás había fingido sentir simpatía alguna por Pedro. Por supuesto, ningún amigo podía ser mejor que un enemigo común, pero no sabía si podría confiar en aquel hombre hasta que lo conociera.
Tomó el teléfono y marcó un número. Dio un nombre falso y preguntó por las acciones que el anciano tenía. Por último, mencionó algo sobre una sorpresa que quería darle a Pedro. El viejo le dijo poco, pero Paula consiguió una reunión con él a la mañana siguiente muy temprano.
Cuando colgó el teléfono, pensó en la reunión que Pedro había organizado con sus accionistas para dos semanas después. Si todo salía bien, ella iba a darle una gran sorpresa a él y a su madre.
No se lamentaba de ello. A lo largo de los años, los Alfonso le habían proporcionado mucho sufrimiento. Era justicia poética poder tener un papel muy activo en ver cómo lo perdían todo.
No obstante, le entristecía que Pedro y ella no pudieran tener una relación permanente. Habría sido muy agradable para Franco, pero no iba a ser posible. Ya no habría más encuentros románticos entre ellos. Había llegado la hora y le quedaba muy poco tiempo para terminar de extender la red.
Germán Alfonso tenía setenta y dos años. Vivía en una casa situada en más de cuatro mil hectáreas de pastos en el sur de Montana. Dio la bienvenida a Paula con una cortesía ya pasada de moda y le ofreció café y pastas.
— Ahora —dijo él, cuando estuvo cómodamente sentado en su mecedora y Paula en el sofá—. ¿Qué desea usted saber sobre mi acciones?
Paula sonrió. Iba vestida con un traje gris y una camisa azul. Llevaba el cabello recogido en una trenza que le caía por la espalda. Tenía el aspecto de la exitosa mujer de negocios que era. Notó que su aspecto le daba más puntos con el tío abuelo de Pedro. Ya había contado con ello.
— ¿Puedo confiar que no se lo dirá a Pedro si se lo cuento? —preguntó sin andarse por las ramas.
—Por supuesto. Me gusta su sinceridad. Sí, claro que puede confiar en mí. Le doy mi palabra.
—En ese caso, le diré que voy tras la empresa de su sobrino —afirmó—. Lo quiero todo y estoy dispuesta a pagar mucho dinero por las acciones. Lo que no pueda comprar, deseo controlarlo a través de poderes.
—Y cuando tenga la empresa, ¿qué es lo que piensa hacer con ella?
—Incorporarla a la mía.
— ¿Usted tiene su propia empresa? —preguntó, impresionado.
-Sí.
—Los tiempos cambian.
—Por supuesto —afirmó ella. Rápidamente pasó a describir lo que quería hacer con los contratos de minerales que tenía Pedro y por qué los necesitaba.
—Entonces, no quiere venderlos. No es propio de él dejar pasar un negocio como ése. Ninguna empresa se puede permitir rechazar esa cantidad de dinero.
—Estoy segura de que tiene sus razones. Según tengo entendido, a la junta de accionistas tampoco le pareció correcta su línea de razonamiento. Sin embargo, yo necesito esos minerales y haré todo lo que esté en mi mano para conseguirlos.
— ¿Por qué? —Preguntó el anciano, frunciendo el ceño—. No se debe simplemente a negocios, ¿verdad?
—Usted sabe demasiado. No, también es un asunto personal. Su madre y él me hicieron mucho daño hace ya algunos años. Me echaron de la ciudad y me dejaron sola en el mundo.
—Tú eres Paula, ¿verdad?
— ¿Cómo lo ha sabido?
—Se enteró toda la familia de lo ocurrido, a pesar de los esfuerzos de Ana por ocultarlo. Te tendió una trampa, ¿verdad? Ana es una mujer fría y dura. Lleva toda la vida fingiendo ser algo que no es. Se casó con el padre de Pedro, que era un play boy. Jamás ha amado a nadie a excepción de su hijo. Una mujer no debería ser tan posesiva con un niño. No puede acarrear nada bueno.
—Eso dicen —murmuró Paula, pensando en lo protectora que era para con su propio hijo. En aquel sentido, odiaba comprender a Ana Alfonso.
— Siempre supe que regresarías algún día. ¿Sabe Ana que estás aquí?
— Sí. A pesar de que lo ha intentado, no puede comprarme.
—Es una mujer muy dura. Algún día pagará por lo que hizo. Sin embargo, eso no depende de ti, sino de Dios. Resulta muy peligroso tomarse la venganza por la propia mano de uno. Las consecuencias podrían volverse contra uno.
—Si puedo hacerme con sus acciones no —replicó ella, riéndose—. ¿Qué me dice?
—Muy bien —respondió él, tras considerarlo durante un minuto—. Puedes disponer de ellas.
— ¿No se lo dirá a Pedro o a Ana ?
—No. Pedro habría sido mejor persona si Ana no lo hubiera apartado de mí. Pensaba que yo no era lo suficientemente bueno como para asociarme con él. Vivo aquí, en el campo, tengo ganado y cosas así. En los viejos tiempos, los míos podrían haber comprado y vendido a los suyos. Ahora, soy una vergüenza para ella.
—Mi tío abuelo era indio —dijo Paula con orgullo en la voz—. Tengo primos en la reserva y no me avergüenzo de ellos.
—Bien hecho. No hay que avergonzarse de las personas decentes, sean ricas o pobres. Es una pena que Ana se haya hecho tan arrogante. Yo sé cosas sobre ella que Ana no querría que se supieran. No siempre ha sido una dama rica de la alta sociedad.
—Se dice que los pecados acaban por pasar factura. Ya lo veremos.
—Muy bien. Te firmaré los papeles que quieres, pero te advierto que no trates de erigirte en juez. Uno termina pagando lo que hace.
—Eso lo sé muy bien.
Con el poder en la mano, regresó a Billings en el coche que había alquilado. Había sido algo arriesgado hacerlo, porque seguramente Pedro la estaba vigilando. Sin embargo, ya no le importaba. Tarde o temprano terminaría por descubrir su secreto.
Se cambió y se fue a trabajar. Allí, se enteró a través de uno de los ejecutivos de Pedro que él se había marchado el día anterior y que no iba a regresar en una semana. Se había preocupado por nada. A Pedro no le importaba lo suficiente como para que sintiera la necesidad de vigilarla. No sabía si sentirse aliviada o desilusionada por la noticia.
A la hora de almorzar, Ana Alfonso entró en el restaurante y se sentó en una de las mesas que le correspondían a ella. Con la ausencia de Pedro, parecía que se sentía lo suficientemente segura como para ir a ver a Paula a su terreno.
Paula se acercó a la mesa y le ofreció el menú con su habitual cortesía. Las manos de Ana cuando lo tomaron.
—Sólo quiero un café y un pastel de manzana — dijo, dejando el menú a un lado—. También quiero que me digas cuánto tiempo piensas quedarte. Sé que fuiste con Pedro al campo de batalla el jueves. Regresó a casa muy disgustado y ayer se marchó sin decirme ni una palabra.
—Tiene veintiocho años —replicó Paula—. Creo que ya tiene la suficiente edad para marcharse sin pedir permiso.
Paula la miró con una mezcla de odio y de súplica.
—Te daré lo que quieras si te marchas. ¡Lo que quieras! Mi hijo es lo único que me queda. Seguramente necesitas dinero. Aún eres joven y seguramente podrás encontrar a alguien de quien enamorarte.
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