lunes, 12 de mayo de 2025

Has Vuelto A Mí: Capítulo 17

¿Qué podría haber apagado la chispa?


–¿Sigues viajando ligera de equipaje? –le preguntó él, extendiendo la mano hacia su bolsa de viaje.


Ella la arrojó en el asiento trasero sin decir nada.


–Está bien, como quieras... Parece que será un viaje muy largo.


Alcanzó a ver un atisbo de remordimiento mientras ocupaba su asiento con la espalda muy rígida y los brazos cruzados, dando a entender que no quería estar allí. Y mucho menos cerca de él.


–Sabes que hay una hora y media hasta Torquay, ¿No? –le dijo mientras arrancaba el motor y se internaba en el tráfico.


–Sí –lo miró fugazmente tras las gafas de sol Audrey Hepburn que le cubrían la mitad del rostro.


–¿Y piensas llevar esa cara todo el viaje? ¿Voy a tener que recurrir al veo-veo para arrancarte una sonrisa?


–Estoy aquí por trabajo.


–Tonterías –con un brusco volantazo se metió en una bocacalle, ganándose los bocinazos de los demás conductores.


–¿Pero qué...? –empezó a preguntar ella cuando detuvo el coche.


Él no le dió tiempo a acabar y la besó con toda la frustración contenida. Al principio ella se resistió, pero Pedro no desistió. Si bien lo había hecho para demostrarle algo, en cuanto sus labios entraron en contacto recordó, con todo detalle, cómo eran sus besos. Y quería más. Movió la boca sobre la suya, ligera y provocativamente, acuciándola a rendirse y aceptar la evidencia. Ella permaneció con los labios apretados... Hasta que él le acarició la nuca y deslizó la mano entre sus cabellos para acariciarle el cuero cabelludo como sabía que tanto le gustaba. Oyó un pequeño gemido de protesta y supo que se había rendido cuando ella le puso la mano en el pecho y le dió un tímido empujón. Un segundo después sus labios se relajaron y él aprovechó para introducirle la lengua en la boca, desafiándola a que lo rechazara completamente seguro de que no lo haría. Se besaron como un par de adolescentes en el coche durante unos largos segundos, y cuando Pedro se retiró vió algo que lo impactó con más fuerza que una ola de tres metros. Su Paula había vuelto. Los ojos le ardían, tenía curvados sus apetitosos labios y su rostro resplandecía como él recordaba. Era lo que Pedro quería, pero no había contado con la reacción de su cuerpo. Ser vapuleado por las olas era más fácil que enfrentarse a aquella imagen. Pero mientras él buscaba algo que decir, ella volvió a cerrarse y un ceño fruncido ensombreció su radiante expresión.


–¿Contento de haber robado un beso por los viejos tiempos? ¿Querías demostrar algo?


Él sacudió la cabeza, aún aturdido por su reacción. Aquel beso no debería haber significado nada...


–Solo quería poner en evidencia lo que has dicho sobre el trabajo.


Ella arqueó una de sus elegantes cejas.


–¿Y pensabas que bastaría con un simple beso?

Has Vuelto A Mí: Capítulo 16

 –La próxima semana estaré fuera.


Alejandra levantó la mirada y Paula se puso tensa. Si tenía que soportar otro sermón sobre lo mucho que trabajaba y lo poco que se divertía se volvería loca. Claro que tampoco podía culpar a su madre, a quien le encantaba que le contase cosas del bar Rivera, de los bailes y de la gente con la que salía. Para ella era una ventana al mundo exterior, un modo de vivir a través de su hija, y adornaba y exageraba aquellas historias para que su vida pareciera mucho más interesante de lo que realmente era. Bastante tenía ya su madre como para preocuparse por una hija que solo salía de vez en cuando, iba a clases de baile dos veces por semana y se pasaba el resto del tiempo trabajando para pagar las facturas de la residencia.


–¿Por vacaciones?


–Por trabajo. Estaré en Torquay –lo dijo con toda la naturalidad posible, como si aquella población costera no le recordara otra playa llena de surfistas y tíos buenos en bañador. Especialmente uno.


–¿Seguro que es por trabajo? –Alejandra se inclinó tanto hacia delante que a punto estuvo de caerse de la silla de ruedas. Paula tuvoque cruzar los brazos para no hacer ademán de sujetarla–. Tu expresión está muy cambiada...


–Es por la perspectiva de estar fuera la semana antes de Navidad.


Alejandra volvió a recostarse pesadamente en la silla.


–¿Estarás fuera en Navidad?


Fue el turno de Paula para inclinarse hacia delante y apretar la mano de su madre, con cuidado de no arañarle la piel.


–Volveré a tiempo para la comida de Navidad. ¿Crees que voy a perderme el relleno de arándanos de la residencia Colldon?


Alejandra soltó una risita.


–No me importaría que no pasaras la Navidad conmigo si fuera por un joven bien plantado. Pero ¿Por trabajo? Eso sí que no.


En realidad era por un joven bien plantado y por trabajo, y Paula tenía el presentimiento de que necesitaría escapar de ambas cosastras una larga semana en Torquay. Se levantó y besó a su madre en la mejilla.


–Siento ser tan breve, pero tengo que irme a casa a hacer el equipaje. Me marcho mañana por la mañana.


Sorprendentemente, Alejandra le agarró la mano y se irguió con las pocas fuerzas que le quedaban.


–No olvides divertirte un poco entre tanto trabajo, Paula –le apretó débilmente la mano–. La vida es muy corta.


Paula asintió mientras contenía las lágrimas.



Pedro no tenía costumbre de tomar el pelo a las mujeres, y después de la reacción que Paula había tenido el día anterior no debería buscarle las cosquillas. Pero eso fue exactamente lo que hizo al alquilar el Roadster rojo para desplazarse a Torquay. Paula entendería el significado, aunque viendo su ceño fruncido y sus labios apretados no parecía probable que se lo echase en cara. La chica burlona y despreocupada que él recordaba había desaparecido tras aquella fachada tensa y reservada. 

miércoles, 7 de mayo de 2025

Has Vuelto A Mí: Capítulo 15

Después de la vida tan activa que había llevado no iba a rendirse sin lucha. Les leía a los otros pacientes y dirigía al personal de cocina en la preparación de las comidas exóticas aprendidas en sus viajes alrededor del mundo, en el transcurso de los cuales conoció a Miguel Chaves. El matrimonio no duró mucho, ni ninguno de los otros tres matrimonios de Miguel, pero afortunadamente Alejandra conservó el amor por la gastronomía mundial. Paula había crecido a base de burritos, tatatouille, korma y szechuan, un crisol de sabores acompañados por las fascinantes aventuras que su madre le relataba. Nunca conoció realmente a su padre, pero Alejandra lo había suplido con creces. Se dedicó en cuerpo y alma a educar a su hija y no volvió a salir con un hombre hasta que ella se graduó en el instituto y se marchó de casa. Y aun entonces sus relaciones solo duraban unos pocos meses. Siempre se había preguntado si la pasión y exuberancia de su madre eran demasiado para esos hombres maduros que buscaban a Martha Stewart y se encontraban con Lara Croft. 


En la residencia Colldon, se colgó una tarjeta de visita al cuello y se encaminó hacia el fondo del bonito y acogedor edificio. Colldon se asemejaba más a un hotel boutique que a una residencia, con moquetas de color pastel, paredes pintadas de malva y amarillo narciso y un suave olor a limón y jengibre emanando de los conductos de ventilación. Paula haría todo lo que estuviera en su mano para que su madre se quedara allí. Incluso convivir con Pedro Alfonso durante una semana. Sacudió la cabeza para disipar la imagen, pero no lo consiguió y siguió viendo sus ojos aguamarina ardiendo con el mismo fuego que la había abrasado años atrás. Qué tonta había sido al pensar que tenía ventaja sobre él. Cierto que Pedro ignoraba quién estaba detrás de P.C. Designs, pero el elemento sorpresa no servía de nada cuando él sacaba a relucir sus armas. Se masajeó los músculos agarrotados del cuello mientras entraba en la habitación de Alejandra. No llamó a la puerta. Nadie lo hacía. La puerta estaba siempre abierta para todo el que quisiera charlar un poco con ella.


–Hola, mamá, ¿Cómo estás? –le preguntó con un nudo en la garganta al ver como intentaba abrocharse la rebeca.


Los azules ojos de Alejandra se entornaron mientras se señalaba la cremallera con una mano temblorosa.


–Muy bien... Hasta que a alguien se le ocurrió ponerme hoy esta rebeca –su desafiante sonrisa le encogió el corazón a Paula–. Los botones son un engorro, pero estas cremalleras de plástico no son mucho mejores.


«¿Necesitas ayuda?», las palabras casi brotaron de los labios de Paula, pero las refrenó a tiempo. A Alejandra no le gustaba que la tratasen como a una inválida. Y aún menos aceptar ayuda. Se sentó frente a ella e ignoró los síntomas que su madre trataba de ocultar.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 14

Aquella era otra de sus preocupaciones. Durante los próximos días tendría que dedicarse por entero a la campaña de Pedro, lo que le impediría visitar a su madre con frecuencia la semana previa a la Navidad. O eso o hacer largos trayectos de ida y vuelta desde el pueblo costero. Pedro le preguntaría por qué tenía que visitar a su madre tan a menudo, y ella no quería darle explicaciones de su vida privada. No cuando su relación era estrictamente profesional.


–Y si has encontrado solución a tus problemas económicos, ¿Por qué tienes esa cara? –quiso saber Arturo, frunciendo exageradamente el ceño.


–Porque las soluciones más simples suelen ocultar otros enredos y complicaciones.


–Explícate.


–El dueño de la empresa que me ha contratado es un viejo amigo.


–¿Un antiguo amor, tal vez?


¿Había llegado a amar a Pedro? Tras la amarga separación, y en los meses que siguieron a su regreso a Melbourne, muchas veces se había preguntado si el vacío que se le quedó en el corazón, el constante nudo que le oprimía el estómago y el ansia por subirse a un avión y seguirlo por las playas del mundo era amor. A punto estuvo de hacerlo una vez, cuando vio su nombre en un artículo de Hawái. Se puso a buscar vuelos por internet e incluso llegó a reservar uno, pero cuando se disponía a hacer clic en la opción de pago, se quedó pensando durante un angustioso minuto en la dolorosa separación y al final cerró la página sin comprar nada. Aquel momento supuso el punto de inflexión. Desde entonces comenzó a trabajar a un ritmo frenético para llegar sin fuerzas al final de la jornada y caer rendida en la cama. Cuatro semanas después le diagnosticaron la enfermedad a su madre, lo que hizo que se olvidara, relativamente, de Pedro. Y allí estaba de nuevo, irrumpiendo en su vida, tan seguro, atractivo y peligrosamente seductor como siempre. Era imposible olvidar la pasión que habían compartido. La chispa podría prender en cualquier momento... Más le valdría meter el extintor en la maleta por si acaso.


–No hace falta que respondas –le dijo Arturo–. Llevas escrito en la cara lo que sientes por él.


–No siento nada por él.


Arturo sonrió y fue a atender a un cliente sediento de sangría.


A Paula le habría gustado tomarse una o dos jarras cuando el grupo de flamenco empezó a tocar, pero tenía cosas más importantes que hacer. Como visitar a su madre. A Alejandra no le gustaba nada escuchar sus quejas y lamentos, por lo que esos días habían acordado limitar las visitas a dos veces por semana. Los médicos le habían dado a Alejandra tres años, pero no se imaginaban qué clase de mujer era Alejandra Chaves. Había sobrevivido siete, y aunque los temblores iban en aumento sus ojos seguían vivos y llenos de determinación.


Has Vuelto A Mí: Capítulo 13

Saludó con la cabeza a los rostros familiares de camino a la barra, animándose con cada paso mientras Arturo agitaba las manos y le indicaba su sitio de siempre.


–¿Tienes hambre, querida?


Comer era lo último que le apetecía con el nudo que se le había formado en el estómago, pero si no lo hacía Arturo sabría que le pasaba algo y no tenía ganas de hablar de ello. Lo que quería era sacarse a Pedro de la cabeza.


–¿Puedo tomar el especial?


–Marchando –dijo Arturo con un guiño.


Mientras Arturo preparaba un plato de terracota con pulpo marinado, aceitunas, banderillas, calamares fritos y huevos rellenos de gambas, Paula buscó algún tema de conversación que no tratara del chantajista que en una ocasión le robó el corazón.


–¿Vas a contarme qué te ocurre antes del café o después? –le preguntó Arturo al servirle el plato junto al expresso de siempre.


Ella abrió la boca para desmentirlo, pero al ver la brillante mirada de Arturo supo que no podría engañarlo.


–No es nada, en serio...


Arturo chasqueó la lengua.


–Querida, hace más de siete años que te conozco –se señaló su calva coronilla y las arrugas de la frente–. Puede que me esté haciendo viejo, pero... –se señaló la sien–, mi mente es más certera que la espada de Antonio Banderas en El zorro.


Paula se echó a reír. Si por Arturo fuera, Antonio Banderas sería el presidente de España. Su amigo cruzó los brazos y los apoyó en la barra.


–Sabes que voy a quedarme aquí hasta que me lo cuentes.


–¿Y qué pasa con los clientes?


–Para eso les pago a las camareras –sonrió–. Bueno, ¿Vas a contármelo o voy a tener que emborracharte con mi mejor sangría?


–Nada de sangría. Mañana empiezo a trabajar temprano –le costó resistirse a la tentación, no obstante. Una jarra de la mejor sangría del mundo la ayudaría a olvidar que al día siguiente tenía que acompañar a Pedro a Torquay–. Muy bien –movió algunas aceitunas por el plato antes de dejar el tenedor–. P.C. Designs ha conseguido el mayor encargo de su historia.


Arturo se enderezó y ejecutó un divertido giro flamenco.


–Eso es fantástico. Muy bien hecho, querida.


–Sí. Servirá para pagar las facturas de mamá durante un año, por lo menos.


–¿Cómo está Alejandra?


–Igual que siempre, decidida a afrontar el futuro con valor y entusiasmo –algo que a Paula le costaba hacer cada vez más cuando iba a visitarla. 


Mientras Alejandra se relajaba en su silla de ruedas como si fuera su butaca favorita, a Paula se le encogía el corazón al advertir un temblor en sus manos, un fallo en el habla o un atisbo de somnolencia. Ya no podía relajarse en presencia de su madre. El esfuerzo que le suponía ocultar su angustia le atenazaba la garganta y la dejaba extenuada al final de cada visita. Quería pasar con ella todo el tiempo posible, pero aquella horrible enfermedad no solo estaba causando estragos en su madre. Arturo le dió una palmadita en la mano.


–Salúdala de mi parte la próxima vez que vayas a verla.


–Lo haré.


Has Vuelto A Mí: Capítulo 12

La primera vez que Paula tuvo conocimiento del problema fue cuando su madre la invitó a acompañarla al neurólogo. Nora odiaba las agujas, y para ella era peor someterse a una electromiografía que sufrir los síntomas de la enfermedad. El diagnóstico las dejó aturdidas a ambas, especialmente la falta de cura y la tasa de mortalidad. Aún así, Alejandra continuó viviendo de manera independiente hasta que los síntomas lo hicieron imposible. Alejandra no había querido ser una carga para su única hija, de modo que Paula buscó los mejores especialistas e instalaciones mientras intentaba ignorar el progresivo deterioro en la salud de su madre. Si la miraba fijamente casi podía ver la imparable destrucción de las motoneuronas, responsable del progresivo debilitamiento muscular y, finalmente, de la muerte. Para no pensar en ello intentó concentrarse en todo lo demás: en la vista, el olor, el sabor, el tacto y la memoria de su madre, cosas que permanecerían intactas hasta el final. Su madre siempre la reconocería, y aquella certeza era lo único que la hacía seguir adelante cuando la angustia ante la inminente pérdida la ahogaba por las noches. Por si fuera poco, había descubierto además que tenía un cincuenta por ciento de probabilidades de heredar la enfermedad. Los médicos le habían explicado que el trastorno neurológico de su madre se debía a una mutación en el gen SOD1. Aquel diminuto gen superóxido dismutasa, localizado en el cromosoma 21, controlaba su destino. El informe clínico resonaba en su cabeza como un eco aterrador: Las personas con el gen defectuoso tenían una altísima probabilidad de desarrollar la esclerosis en una edad avanzada o de empezar a sufrir los síntomas con veintipocos años. Como ella.


Después de la fatídica prueba se pasó varios días con náuseas y sin apenas pegar ojo, y aunque quedó claro que no portaba el gen mutado, y aunque así hubiera sido no tenía por qué desarrollar la enfermedad, como muy razonablemente le explicó el médico, no pudo librarse de la sensación de tener una espada pendiendo sobre su cabeza. Posteriormente, la angustia dejó paso a la culpa. Se sentía culpable de ser ella la afortunada de la familia. Durante todo ese tiempo el grupo de apoyo resultó ser una ayuda inestimable. Entre ellos estaba Arturo, tan frustrado y furioso como ella después de haber perdido a su mujer tras cuarenta años de matrimonio. Juntos daban rienda suelta al resentimiento y la rabia por aquella enfermedad incurable. De aquellas reuniones semanales salió la invitación para visitar el bar Rivera, un local que se convirtió al instante en su segundo hogar. A Paula le encantaba el suelo de madera lleno de arañazos, la barra de caoba que ocupaba la pared del fondo, el empapelado de color granate que creaba una atmósfera cálida y acogedora en la que los clientes pasaban horas degustando las sabrosas tapas y deliciosa sangría. Fue allí donde empezó a aceptar el revés que le imponía la vida y a salir de su aletargamiento. Allí iba a comer, hablar y bailar, cuando Arturo retiraba las mesas y sillas, subía el volumen de la música y enseñaba bailes hispanos a todo el que quisiera aprender. Aquellas noches le permitían olvidar el cambio que había experimentado su vida con la enfermedad de su madre.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 11

 –Pau...


–Lo que pasó entre nosotros es un rae para este proyecto, y a mí no me gustan las complicaciones –espetó ella de golpe, sin mirarlo a los ojos y con la vista fija en el portátil.


–Tú misma lo has dicho. Forma parte del pasado. ¿Por qué debería ser una complicación? –no quería presionarla, pero su rechazo no le dejaba opción–. A menos que...


–¿Qué? –levantó bruscamente la cabeza, y Pedro tuvo su respuesta antes incluso de formular la pregunta.


La llama seguía ardiendo en sus ojos, semioculta en las sombras de sus ojos marrones.


–A menos que aún sientas algo.


–Puedo ser muchas cosas, pero no una masoquista.


Se levantó tan rápidamente que la silla se deslizó hacia atrás sobre sus ruedecillas e impactó contra la pared. El ruido no la disuadió y se dirigió desafiante hacia él. Pedro se separó de la puerta y fue a su encuentro, pero ella levantó una mano antes de que pudiera hablar.


–No soy estúpida, Pedro. En Capri tuvimos una aventura, los dos estamos solteros y vamos a pasar un tiempo juntos trabajando en este proyecto. Es lógico suponer que puedan prender algunas chispas residuales... –volvió a llevarse la mano al pelo y casi se lo arrancó por la irritación–. Pero eso no significará nada. Tengo un trabajo que hacer y no puedo ponerlo en riesgo cometiendo otro error.


Él la agarró sin pensarlo por los brazos.


–Lo que hicimos no fue un error.


–¿Ah, no? ¿Entonces por qué te fuiste?


No podía responderle sin decirle la verdad, de manera que hizo lo mejor que podía hacer. La soltó, se dió media vuelta y se alejó.


–Sigues huyendo... –murmuró ella a sus espaldas.


Pedro no se volvió y aceleró el paso.




Paula se dirigió hacia su bar español favorito, situado en Johnston Street. Muchas chicas se iban a casa con una tarrina gigante de helado cuando necesitaban consuelo. Ella, en cambio, prefería frecuentar el bar Rivera.


–Hola, querida –la saludó Arturo Rivera, el dueño, lanzándole un beso desde detrás de la barra. Paula le devolvió la sonrisa y sintió como parte de la tensión la abandonaba.


Arturo conocía bien su situación, sus miedos e inseguridades y su acuciante necesidad de prosperar en su negocio para poder cuidar de su madre. La había apoyado desde el principio, aquel caballero reservado con su inseparable sombrero porkpie cuya esposa había muerto por el mismo trastorno neurológico que sufría la madre de Paula. Ella no había querido asistir a un grupo de apoyo, pero el médico de su madre había insistido en que sería de gran utilidad para el tratamiento de la enfermedad. De modo que accedió a ello para dar rienda suelta a la frustración, la ira y la impotencia ante el progresivo deterioro físico y mental de su madre. No había sabido nada hasta que fue demasiado tarde. Alejandra había logrado ocultar hasta el último momento la debilidad muscular que la hacía tropezar, la dificultad para sostener objetos en las manos y la falta de agilidad verbal.