miércoles, 12 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 50

¿Cómo podía seguir sintiendo esa necesidad insaciable de él? Pedro se había aprovechado de ella en un descabellado juego de venganza, y ella se había tragado sus mentiras sobre el amor, y aunque ella también había mentido sobre sus sentimientos, no era un engaño como el de los hermanos Alfonso, que pretendían la destrucción total de la familia Chaves. Pretendía construir una relación en la que ambos pudieran apoyarse por el bien de su hijo, pero nunca volvería a confiar en él.


—Tenemos que comprarte un tocador.


Tan perdida estaba en sus pensamientos que no había oído a Pedro entrar en el dormitorio, y dió un respingo enorme.


—¡Me has asustado!


Cuando concluyó la cena, con ella se fue la atmósfera relajada que habían tenido. La conversación dejó de fluir, y no volvieron a mirarse, pero la sensación que le corría por las venas había hecho que se levantase de golpe de la mesa, asustada de sí misma.


—Me voy a la cama —había dicho.


A él aún le quedaba media copa de vino, pero tras apurarla, asintió.


—Que duermas bien.


No le había preguntado si iban a compartir cama. No sabía qué respuesta quería escuchar.


—La próxima vez, llamaré a la puerta —contestó, mirándola en el espejo con una pequeña sonrisa.


Paula siguió haciéndose el moño, consciente de que él continuaba observándola, intentando controlar el temblor de sus manos. Pedro sabía que necesitaba moverse. Cuanto más se quedara allí mirándola, más intenso se volvería el deseo de acercarse y deshacer aquel moño, igual que en la noche de bodas, y que los mechones de su hermoso cabello resbalasen por entre sus dedos. Mientras se sujetaba el recogido con una goma, sus ojos volvieron a encontrarse.


—Me voy a cepillarme los dientes —dijo él, respirando hondo.


Ella asintió sin moverse de donde estaba. Dió media vuelta y entró en el baño. Antes de que pudiera recuperar la calma, se vió asaltado por el perfume del gel de ducha de Paula. El pecho se le cerró de tal modo que le costaba trabajo respirar. Abrió el armario, y se encontró con su cepillo de dientes y su pasta, metidos en un vaso de cristal. Había diseñado personalmente aquel cuarto de baño, y no se había imaginado que un día entraría y se encontraría con los objetos de aseo de una mujer ordenados en aquel armario, y el corazón le pareció que se le salía del pecho. El armario tenía cuatro baldas. Ella no había movido sus cosas, sino que había colocado las suyas con cuidado de que no le molestaran. 

Falso Matrimonio: Capítulo 49

 —Solo estaba pensando lo fácil que es para los hombres el embarazo.


—Espera a que esté del tamaño de una ballena y se me antoje una tostada de dentífrico. Ya verás como entonces no te parece tan fácil —se burló, dándole unas palmaditas en la mano.


Tardó un poco en comprender lo que había dicho porque el roce de su piel le provocó una descarga inesperada. Debía haberlo hecho sin pensar, porque la vió enrojecer de pronto y apartar la mano. A ella le ardían las yemas de los dedos por tocarlo, así que tomó su vaso de agua fingiendo que no había pasado nada, que estaba tranquila, pero no era así. ¿En qué narices estaba pensando? En realidad, en nada. Se limitaba a disfrutar del momento sin barreras, y durante unos segundos, se olvidó de todo y se dejó arrastrar hacia una intimidad que ninguno de los dos deseaba. Pero… Las mariposas habían vuelto a revolotear en su estómago. En realidad, no habían dejado de hacerlo desde que él entró en la biblioteca. Se sentía más viva cuando Pedro estaba cerca. Hasta podía escuchar el latido de su propio corazón y el circular de la sangre por las venas. Cuando se atrevió a volver a mirarlo, lo encontró con los dientes apretados y una sonrisa tensa.


—Sé muy poco de embarazos —dijo, fingiendo que no había ocurrido nada—. Estoy al tanto de los cambios físicos que ocurren, pero el resto… —se encogió de hombros—. Sé que vas a necesitar mucho apoyo, pero tendrás que decírmelo tú porque yo no tengo ni idea de cuándo.


—No te creas que yo sé mucho más que tú. Cuando vayamos a ver al médico, todo quedará más claro.


—¿Quieres que te acompañe?


—Eres el padre. Deberías estar.


—La semana que viene no tengo que viajar, así que podemos concertar una cita. ¿Te parece bien?


—Tengo la agenda un poco apretada, pero seguro que puedo reorganizarla bromeó.


Sus miradas se encontraron y el corazón le dió un salto al ver que la miraba divertido. Divertido, y algo más. Algo que apretó su corazón como si fuera un puño y que, cuando dejó de hacerlo, obligó a su sangre a explotar por todo el cuerpo. 


Paula estaba peinándose ante el espejo del vestidor. Se había duchado, se había cepillado los dientes y se había puesto el pijama. Todo muy normal, excepto cómo se sentía. El estómago le ardía con tanta fuerza que era imposible achacarlo a las náuseas del embarazo. Ya se había engañado lo suficiente, diciéndose a sí misma y a su hermana que amaba a Pedro cuando, desde el principio, todo había sido atracción mezclada con una imperiosa necesidad de disfrutar de la libertad que representaba. No volvería a mentirse. La atracción por él no había disminuido. De hecho, había habido un momento, hacia el final de la comida, en la que sus miradas se habían retenido y los recuerdos de los sentimientos y las sensaciones que había experimentado haciendo el amor con él, habían vuelto a consumirla. Las estaba sintiendo en la piel en aquel momento. Y por dentro también. Oleadas de calor le ardían en el vientre con una necesidad que… Apretó los dientes y empezó a recogerse el pelo como hacía siempre para dormir.

Falso Matrimonio: Capítulo 48

Pedro tomó su primer bocado de pollo a la cazadora y se quedó mirando a la mujer que lo había preparado.


—¿Está bueno? —preguntó ella, con el tenedor en el aire.


—Paula, está increíble.


Su cumplido la hizo sonrojarse.


—Sabía que te gusta cocinar, pero esto es otra cosa… Esto es digno del mejor restaurante.


—Qué tontería.


—Lo digo en serio. Y te advierto que he comido en unos cuantos restaurantes con estrellas Michelin.


Paula arrugó el entrecejo. No parecía creérselo. Pedro tomó un sorbo del vino que había abierto para acompañarlo, y le pareció perfecto.


—¿Quién te ha recomendado el vino?


—Es el que sirvo siempre con este plato.


—¿Es que eres somelier?


—¿Qué es un somelier?


—Es un experto profesional del vino. Están especialmente formados para maridar comida y vino.


—¿Y les pagan por eso? —se sorprendió—. Como decía nuestra niñera inglesa, se aprende algo nuevo cada día. En casa de mi padre, cuando preparaba algún plato nuevo, recorría la bodega hasta encontrar el vino que lo acompañase a la perfección.


Pedro intentó que no le notase la reacción visceral ante la mención de su padre. Paula estaba haciendo un gran sacrificio para que pudiera ser el padre de su hijo. Debía odiarlo por lo que le había hecho, pero estaba anteponiendo las necesidades de su hijo a las propias, y él tenía que hacer lo mismo. Tenía que lograr aprender a separarla de su padre porque, si no lo lograba, ¿Cómo iba a poder separar al nieto del abuelo? Ya se había convencido de que su idea de vivir juntos hasta que naciera el bebé era la mejor solución.


—¿Prueba y error?


Ella asintió con una risilla, tan inesperada que fue como música para sus oídos.


—Una vez, cuando estaba preparando por primera vez una receta toscana, probé ocho botellas de vino, lo cual a mi padre no le hizo mucha gracia, sobre todo porque una era un Barolo de diez mil euros.


—¿Y maridó bien con la receta?


—¡No! —se rió abiertamente.


—Está claro que tienes una buena nariz.


Paula arrugó la nariz en un gesto tan ridículo que Pedro también se echó a reír. Tomó otro sorbo de aquel vino tan delicioso y miró la copa de agua que tenía ella. Su buen humor se empañó un poco, y ella debió notarlo.


—¿Qué ocurre?

Falso Matrimonio: Capítulo 47

Tardó un instante en darse cuenta de que la puerta de la biblioteca se había abierto, y un instante más en detectar el perfume a maderas que se había difundido por la estancia. De un tirón se quitó los cascos y se incorporó.


—¡Has vuelto! —dijo. 


Qué estupidez de observación. Pues claro que había vuelto. Lo tenía delante. Las mariposas de su estómago se despertaron tan sobresaltadas como ella. ¿Cómo era posible que, cada vez que se separaban, se olvidase de lo devastador que era, y que cada vez que lo veía de nuevo tras un tiempo separados, la intensidad de su reacción creciera?


—Lo siento —dijo, intentando parecer despreocupada—, es que creía que llegarías más tarde.


El latido del corazón se le aceleró al ver aparecer en su cara los hoyuelos que acompañaban a su sonrisa.


—He terminado antes de lo que creía.


—¿Has tenido buen viaje?


Pedro se encogió de hombros. Los Ángeles no era precisamente su ciudad favorita. A menos que fueras una mariposa social, no había nada que hacer allí cuando viajaba por cuestiones de trabajo, y siempre le gustaba hacer algo diferente después de trabajar. Algo físico.


—Ha sido productivo. ¿Qué tal tú?


Había sido una sorpresa que se hubiera tomado la molestia de llamar por teléfono para saber si todo iba bien. Lo había hecho al terminar la reunión del día anterior, y porque ya no era capaz de seguir soportando el silencio. Después de la tensión durante la comida, y la turbadora confesión sobre su dislexia, se habían pasado el resto del día en distintas partes de la casa. Él había vuelto a dormir en la biblioteca, y la tensión aún era tangible entre ellos cuando se había despedido de ella a la mañana siguiente.


—Todo bien, gracias.


—Bien. Voy a darme una ducha. He pensado que podríamos salir a comer. ¿Has decidido lo que te va a apetecer…? ¿Qué pasa?


Ella había bajado la mirada.


—Es que pensé que estarías cansado después de tanto viaje y tanta reunión, y se me había ocurrido preparar un pollo a la cazadora —seexplicó, encogiéndose de hombros—. Pero no importa. Lo puedo congelar. Me lo comeré la próxima vez que salgas de viaje.


No podía creerse que hubiera sido capaz de cocinar para él, teniendo en cuenta cómo habían sido las cosas entre ellos. Había detectado un olor a comida al entrar, pero la cocina estaba tan lejos de la entrada que creyó que era cosa de su imaginación.


—¿Cuándo va a estar listo?


—Ya lo está. Lo he dejado dentro del horno para que no se enfríe. Solo me falta la pasta que va de acompañamiento.


—Genial. Entonces voy a ducharme y comemos juntos.


Le costó muchísimo que su voz no revelara la tensión que le atenazaba desde que había entrado en la biblioteca, momento en que su cuerpo había decidido entrar en guerra consigo mismo.


—No recuerdo la última vez que comí en el comedor.


Ella sonrió. Desde luego era una sonrisa que podía parar el tráfico.


—Comes como un neoyorquino.


—¿Y cómo sabes cómo come un neoyorquino?


—He estado charlando con Nadia.


Su risa brotó sin cortapisas.


—¡Ella sí que es una auténtica neoyorquina!

Falso Matrimonio: Capítulo 46

 —Tengo la esperanza de que, ahora que conozco la causa de mi problema, pueda encontrar ayuda para aliviarlo —dijo tras un momento de silencio mientras Ciro intentaba poner orden en sus pensamientos—, pero por favor, deja que antes me acostumbre a mi nueva vida aquí. Todo esto me sobrepasa.


Pedro se masajeó las sienes.


—Deberías habérmelo dicho antes. Eres tú la que siempre habla de sinceridad.


—Lo sé —admitió—, pero es que tenía miedo. Lo siento.


El corazón se le encogió.


—Estaré en Los Ángeles hasta el viernes. ¿Qué te parece si pasamos el fin de semana explorando la ciudad y nuestro vecindario? Te hará bien familiarizarte con todo, y así podrás juzgar por tí misma si Nueva York intimida tanto como tú crees.


—Eso estaría bien.


—Entonces, de acuerdo. Y Paula… Si te he molestado, no era mi intención.


Ella sonrió con tristeza y, mirándolo a los ojos, contestó:


—¿De verdad?



Paula se había tumbado en el sofá de la biblioteca para escuchar su libro favorito con los cascos. Más allá de la puerta cerrada se oían voces distantes y movimiento, pero como el personal de Pedro se ocupaba de la limpieza, no le dió importancia. En los cuatro días que ya llevaba allí, se había ido acostumbrando a su presencia. Lo mejor era que no vivían en la casa. Acudían puntualmente cada día a limpiar, se ocupaban de la ropa y se marchaban. Se había pasado sola las dos noches que Pedro llevaba en Los Ángeles. Al principio, se había sentido rara y un poco atemorizada. Nunca antes había estado sola. Incluso los tres meses que había vivido en la granja, el personal de seguridad de su padre estaba siempre allí por si lo necesitaba. Siempre había estado a merced de su padre. Estar sola allí era bien distinto. Pedro le había dejado el número del conserje, que se había ocupado de proporcionarle lo que había necesitado, pero en ningún momento había tenido la sensación de que la vigilaban, de que informaban de sus movimientos y sí, era muy distinto. Distinto y bueno. El único punto negativo era la terquedad con la que sus pensamientos se empeñaban en revolotear alrededor de él. Después de contarle lo de su dislexia, no habían vuelto a hablar de ello, pero había notado un cambio en él. Si la menospreciaba por ello, solo el tiempo lo diría. Diciéndoselo no buscaba su compasión. Sin la verdad, seguiría considerándola una malcriada y una vaga, y aunque había sido la confesión más difícil de su vida, prefería que la creyera tonta que todo lo demás. Apartando por enésima vez sus pensamientos de Pedro, cerró los ojos e intentó concentrarse en el enfrentamiento verbal de Elizabeth con el señor Darcy.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 45

 —Pedro, por favor… Déjalo ya —tardó otro instante en mirarlo—. No podría hacer mi propia investigación porque no puedo leer.


Pedro la miró sin entender.


—¿No puedes leer? ¿En una pantalla?


—En ningún sitio.


—¿Pero qué…? —movió la cabeza, pestañeando—. ¿Qué clase de broma es esta? Yo te he visto leer.


—No.


—Sí. Anoche, en la biblioteca.


—Tenía un libro en la mano, pero no estaba leyendo. Daría lo que fuera por poder leer.


—Pero si te he visto leer las cartas de los restaurantes…


Pero la piel se le heló al recordar lo ocurrido apenas media hora antes, cuando ella se había empeñado en pedirle opinión al camarero. Y también recordó que, durante el tiempo que habían salido juntos, siempre elegía después de que la persona que los atendía le recitara los platos. Movió la cabeza de nuevo, intentando despejarla.


—Pero tú eres una persona que ha tenido que leer. Se nota en la clase de lenguaje que utilizas. Y has mencionado libros que has leído.


—Libros que he disfrutado —aclaró—. Delfina me introdujo los audiolibros cuando yo tenía catorce años. Me encanta escucharlos.


—Pero… —tragó saliva. Conocía a Paula desde hacía tres meses. Se había casado con ella. Estaba embarazada de él. ¿Cómo era posible que no supiera algo tan fundamental sobre ella?—… ¿Cómo es posible que una persona llegue a los veintiuno sin saber leer?


—Hace poco que he descubierto que soy disléxica. Muy disléxica. No lo sabía —se mordió un labio—. Pensaba lo que piensa todo el mundo: Que soy idiota.


—Tú no eres idiota.


Eso podía decirlo con toda seguridad. Ella sonrió y pinchó un langostino con su tenedor.


—No veo las letras como los demás. Para mí son solo garabatos. Las palabras escritas no significan absolutamente nada para mi cerebro. Siempre ha sido así.


Se había quedado sin apetito, y empujó el plato a un lado.


—¿Por qué no me lo has dicho antes?


Respiró hondo y volvió a mirar por la ventana.


—Me daba vergüenza.


—¿Vergüenza, de qué?


Lo miró de nuevo. Los ojos le brillaban.


—De ser así. Los hombres como tú…


—¿Los hombres como yo?


—Podrías haberte casado con cualquiera. Tú fuiste mi única opción, y yo estaba desesperada por casarme contigo —confesó en un susurro—. Sentía tantas cosas por tí, y quería tener la libertad que tú representabas. Me daba un miedo atroz que supieras la verdad y cancelases la boda.


Pedro respiró hondo.


—¿Qué te hizo pensar eso?


—Pues que eres un hombre de éxito, con una confianza en tí mismo increíble. No te da miedo nada, y cualquier cosa que te propongas, la consigues. Fíjate en todo esto… —hizo un gesto con la mano que abarcaba todo lo que había alrededor—. No puedo ni imaginarme lo duro que has debido trabajar y la determinación que se necesita para crearlo. Te he contado ahora lo de mi dislexia porque es horrible que pienses que soy una vaga, una malcriada que no ha querido hacer absolutamente nada, y no es que no quiera, sino que no puedo. Igual que tampoco he podido rebatir las ideas de mi padre sobre el mundo, porque no tenía modo de contrastarlas, aunque quisiera. Delfina estaba en la universidad, de modo que no formaba parte de la conversación, y por supuesto, nadie del personal de mi padre iba a contradecirle. La tecnología ha hecho que mi vida sea más fácil hace poco, pero entonces no tenía nada, de modo que creí a mi padre porque no tenía razón para pensar que fuese a mentirme.


A Pedro le asaltaban los pensamientos uno tras otro, y la culpa le roía el estómago. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ahora veía las señales que antes le habían pasado desapercibidas. No era propenso a pasar nada por alto, pero con Paula… Con ella había ignorado las señales porque, tal y como ella había señalado, eran tantos sus prejuicios que los había utilizado para que se adaptasen a la idea que él mismo se había hecho.

Falso Matrimonio: Capítulo 44

 —¿Ah, no? Yo diría que estás decidido a encontrarme defectos. Has dado por hecho que no quiero usar el transporte público porque no me gusta codearme con la gente corriente. ¿Cómo te atreves a pensar algo así de mí? Jamás he pensado que sea mejor que nadie. Sé que no lo soy.


—No pretendía decir eso…


—Te he pedido que no me mientas, y eso es exactamente lo que querías decir. ¿Cómo vas a conocerme de verdad si sigues asumiendo cosas sobre mí solo para que encajen en tus propios prejuicios? ¿Tienes idea de lo protegida que ha sido mi vida? ¡Nunca he tenido la oportunidad de utilizar el transporte público! La idea de hacerlo aquí, en una ciudad tan peligrosa como esta, me aterra. ¡La idea de ir a cualquier parte yo sola en esta ciudad, me aterra!


Volvió a mirar por la ventana. Apretaba los dientes y parpadeaba mucho. Estaba a punto de echarse a llorar… Antes de que pudiera hacer algo, llegó el camarero con la comida. Cuando volvieron a quedarse solos, Paula pinchó un pedazo de aguacate. Menos mal que había contenido el llanto, porque se le daba fatal tratar con las mujeres cuando lloraban, aunque fuesen lágrimas de cocodrilo.


—¿De dónde has sacado la idea de que Nueva York es un sitio tan peligroso?


Ella no lo miró.


—De mi padre.


—¿Te lo ha dicho él?


Ella asintió.


—No sé cómo habrá tenido esa impresión, pero no es cierta. Lleva años sin serlo. Por supuesto, hay zonas que es mejor evitar, pero todas las ciudades las tienen.


—Me habló de ello cuando dejé el colegio. Quería visitar América y ver todos los lugares que aparecían en mis películas favoritas, pero él me explicó lo peligrosa que es América y el resto del mundo.


La sangre le golpeó en las sienes al imaginarla, de niña, viendo las mismas películas que había visto él y formulando los mismos sueños, con la diferencia de que a ella la habían disuadido fácilmente para que renunciara a los suyos. No había nada sobre la faz de la tierra que hubiera podido disuadirlo a él.


—¿Y lo creíste?


—¿Por qué no iba a creerlo?


—¿No se te ocurrió investigar por tu cuenta?


Paula negó con la cabeza, y reparó en que se había puesto tan roja como el tomate cereza que se acababa de meter en la boca.


—¿Te crees todo lo que te dicen? —insistió, cada vez más irritado—. Cinco minutos revisando las estadísticas sobre la delincuencia te habrían dado la verdad.


Hubo una pausa. Luego dejó el tenedor en el plato y apoyó la frente en una mano.