lunes, 6 de octubre de 2025

Eres Para Mí: Capítulo 62

 —Me dijiste que confiaban en mí y te creí. Dijiste que era una persona valiosa, ingeniosa y fuerte, y también me lo creí. Necesitaba que me echaran una mano y lo hiciste de modo incondicional. Somos amigos y algo más.


Mucho más en tan poco tiempo. Tal vez eso fuera parte del problema.


—¿Por qué no has confiado en mí para apoyarte? —dió un paso hacia él.


—No voy a discutir contigo —contestó él retrocediendo.


—No estoy discutiendo, sino luchando por tí, por nosotros y por un posible futuro en común.


—No quiero que nadie cargue con mis limitaciones. Tú estás empezando y te espera todo lo bueno de la vida.


—Pero tú no.


—Te irá mejor sin mí, mucho mejor.


—Y eso que creía que iba a ser yo quien se resistiera a nuestra relación pensando que no estaba a la altura. No tengo dinero ni contactos ni me considero más inteligente que la mayoría. Sin embargo, me has hecho creer que se me puede valorar y querer por ser como soy, por ser Paula. ¿Por qué no puedes ser tú mismo, herido y sin buena visión periférica, pero entero y digno de ser querido?


Las defensas de Pedro iban desmoronándose como si fueran cerillas. Debía apartarla de su lado, antes de caer a sus pies hecho un penoso guiñapo incapaz de dejarla marchar.


—Tu padrastro y tu hermanastro te echaron de casa. Y a tu padre no quieres ni verlo —dijo él con desprecio—. No puedes luchar contra tus demonios, ¿Y pretendes hacerlo con los míos?


—¿Ese es tu argumento? —se acercó y le puso un dedo en el pecho—. Puedo luchar contra mis demonios y lo haré. Y después volveré a por tí. Mientras tanto, tal vez puedas matar a un par de los tuyos.


Se dirigió a la puerta.


—Te dejas la mochila —pero ella no se volvió.


—Te he construido un jardín sensorial repleto de texturas, sombras, agua y sonidos. Es un refugio para relajarse y renovarse, un lugar majestuoso y tranquilo que te he diseñado con todo mi amor. Los planos están en la mochila. ¿Qué más da que no puedas ver todo lo que he escrito? Tú eres el que posee recursos ilimitados. Si no quieres ir a experimentarlo por tí mismo, haz que alguien te lo explique.


Las puertas de la casa se cerraron suavemente. Él se apoyó en la de salida y se apretó los ojos, que de repente le picaban. Ella había hablado apasionadamente y la quería por eso. En realidad, la quería y punto. Se había dado cuenta en algún momento de la discusión ¿Pero cómo iba a permitir que se quedara y a hacerla feliz, si no veía lo que tenía delante? Debía dejar que se fuera. Sus limitaciones no eran responsabilidad de ella. Al final se daría cuenta de que tenía razón.

Eres Para Mí: Capítulo 61

Pedro no esperaba compañía, así que cuando sonó el sistema de seguridad para anunciarle que alguien quería entrar, salió con calma del spa, agarró una toalla y se acercó a la pantalla de seguridad para ver quién era. Brenda y Federico, por fin, se habían ido esa mañana a su casa, tras varios días de estar con él y de asegurarse de que tenía todo lo necesario. Iba al médico todos los días y un fisioterapeuta lo visitaba dos veces a la semana. Julio, el oftalmólogo, lo había examinado en el hospital y en su casa, hacía dos días. Había recorrido la vivienda y le había hecho preguntas sobre el trabajo y su rutina diaria. Y después le había prescrito una serie de ayudas y aparatos para la vista. Le preguntó dónde estaba la bonita mujer que había conocido y él le respondió que trabajando. No quería que Paula fuera testigo de su debilidad y su miedo. Volvería a verla cuando estuviera bien, lo cual podría tardar mucho. Acabó de secarse y se inclinó sobre la pantalla para ver quién había en la puerta. Y allí estaba ella. Llevaba botas, pantalones cortos, una camiseta, una mochila al hombro, gafas de sol y el cabello recogido en una cola de caballo. Parecía sucia y cansada, pero fuerte y sana. Y él se enfrentó a un dilema, porque quería y no quería verla a la vez.


—Hola —dijo ella con alegría, cuando le abrió la puerta—. Te estabas bañando —añadió al fijarse en la toalla.


—Paula —dijo él en tono frío—. ¿A qué has venido?


—Me he dado cuenta de que nuestra relación, amistad o lo que sea, se basa en que aparezcas de repente y sin avisar. ¿Acaso no puedo hacer yo lo mismo?


Sin decir nada, Pedro se apartó para dejarla entrar. Si de verdad pensaba romper con ella, lo mejor no era hacerlo en la puerta, por si los oía alguien. Paula se dirigió a la cocina, dejó la mochila en un taburete y se volvió hacia él con los brazos cruzados. Lo observó de pies a cabeza.


—No pareces estar a las puertas de la muerte.


—No lo estoy.


—Bueno es saberlo. No has respondido a mis llamadas, ni siquiera a las de negocios.


Ni a las suyas ni a las de nadie.


—Según Brenda, estás sumido en un pozo de autocompasión y desesperación —dió una vuelta alrededor de él lentamente, como si estuviera contemplando una escultura—. Entenderás mi preocupación, aunque debo señalar que tu trasero sigue estando muy bien, al igual que el resto de tu cuerpo. Eso no quiere decir que sea una persona superficial a la que solo le atrae tu físico, pero te he visto en peores condiciones.


—Estoy bien.


—No me lo creo.


—¿Qué quieres que te diga?, ¿Qué no he recuperado la visión?


—Sí, empecemos por ahí.


A Pedro le brillaron los ojos de ira. Ella también estaba enfadada. Y si él no podía darse cuenta porque no la veía bien, se lo demostraría verbalmente.

viernes, 3 de octubre de 2025

Eres Para Mí: Capítulo 60

 —Yo… —¿Querría él que estuviera allí? Él no le había hablado mucho de las heridas ni de la recuperación. Salvo aquella primer noche en la cabaña en que se habían tumbado juntos un par de horas, se había comportado como si no tuviera más problemas de salud que una ocasional disminución de la visión periférica—. Por favor, dile que he llamado.


—¿Quieres que te llame?


—¡Sí! —exclamó ansiosa.


—Se lo diré.


—Gracias —deseaba con todas sus fuerzas estar allí, pero no sabía si tenía derecho—. Me gustaría ir a verlo —su relación era reciente, pero era indudable que podía llamarlo y animarlo en persona, si él lo deseaba—. Estoy preocupada.


«Lo que estás es enamorada», pensó. Eso también. Se había dado cuenta ante la posibilidad de no volver a verlo.


—¿Es un error que tenga ganas de gritarle?


—De ninguna manera: Hazlo. Nosotros estamos andando de puntillas en actitud estoica y de apoyo, y no funciona. No soy médico, pero, si quieres saber mi opinión, ha intentado hacer más de lo que podía, pero no quiere reconocerlo porque se avergüenza. Y, Paula, te voy a decir algo porque sé que no vas a utilizarlo en su contra ni a contárselo a la prensa.


—Claro que no.


—Lo sé. Pedro está luchando para aceptar que no volverá a estar en tan buena forma ni tan sano como antes. Intenta hacerlo entrar en razón, aunque eso lo impulse a criticarte y atacarte.


—Estoy acostumbrada. Mi padre era un alcohólico que no sentía mucho cariño por mí. No es que quiera contarte mi vida ni insinuar que Pedro se le parece. En absoluto. Pero sé desenvolverme sola en este mundo imperfecto. Me enfrento a los problemas sin vacilar, salvo en lo que se refiere a mi padre biológico. Pero estoy en ello. Soy dura y tengo capacidad de recuperación y al final consigo lo que quiero. Si salgo ahora, llegaré por la mañana.


No sabía si lo que estaba diciendo tenía sentido.


—De todos modos, esperaré a que me llame.


—Le están haciendo una resonancia magnética. Le diré que has llamado. Y cuando yo vuelva a casa, podemos quedar a tomar un café, ¿De acuerdo?


—De acuerdo —Paula tuvo la desagradable impresión de que lo único que había conseguido con aquella llamada era revelar su enamoramiento.


¿Y si él quería mantener la relación en secreto? ¿Y si solo se trataba de una aventura y no quería volver a verla? Pedro no le devolvió la llamada. Y Paula tardó una semana en darse cuenta de que no iba a hacerlo. El equipo había terminado de trabajar en la última cabaña y estaba haciendo las maletas para volver a Brisbane. Ella estaba indecisa sobre si ir también, porque ¿Qué iba a hacer allí? ¿Llamar a la puerta de Pedro y pedirle que la dejara entrar? «Sí. Te pidió que confiaras en él. ¿Y si está esperando que acudas en su ayuda, como él acudió a ayudarte?». Cuando el equipo se dirigió hacia el este en un convoy de camiones, fue con él.

Eres Para Mí: Capítulo 59

 —Forman parte del proceso de recuperación —no todo era mentira.


Le habían dicho que podía hacer ejercicio con moderación. Quienes querían escalar por primera vez iban a Kangaroo Point, ya que no se necesitaba experiencia. Y Pedro era un escalador experimentado. La pierna se le había fortalecido y el hombro dislocado ya estaba en su sitio. En cuanto a la vista… La disminución de la visión periférica lo obligaría a mirar todo el rato de frente. Pero necesitaba ponerse a prueba.


—¿Con quién vas a ir a escalar?


—Con Rafael —era instructora profesional y campeona de escalada en interiores—. No le importará que vengas —le pagaba lo suficiente para que no le importase, y Federico tenía experiencia.


—Podría ir mañana por la mañana, porque esta tarde tengo una reunión con la Agencia de Protección Ambiental.


—No pasa nada —Pedro no iba a reconocer que la presencia de su hermano lo había animado, después de una semana repleta de citas médicas y noticias cada vez peores sobre su salud.


Necesitaba un desafío, algo que lo estimulase y lo ayudara a sentirse útil de nuevo y a creer que valía para algo.



Paula no sabía si Pedro había lanzado un satélite sobre el lugar donde se hallaba y por eso ni su equipo ni ella se habían quedado sin cobertura telefónica durante los dos meses anteriores. Había reunido a un grupo de personas que querían seguir trabajando para ella. El siguiente proyecto era para un centro de información turística de una ciudad pequeña con el fin de convertirlo en la puerta de entrada de turistas a toda la zona. Después, ya tenía cerrado un contrato con una celebridad local en Sunshine Coast. Al final del día entraba en Internet para consultar la previsión meteorológica y las noticias. Solía hacerlo mientras cenaba, pero ese día perdió el apetito al leer un titular: "Un magnate multimillonario vuelve a caerse". Dos fotos lo acompañaban: Una, la de un grupo reunido en la cumbre del acantilado; la otra, una antigua foto de Pedro de esmoquin. ¿Se había caído por el acantilado? No, había tenido un accidente escalando. Según un testigo, no había sido una caída grave. Estaba cerca de la cima y se había desmayado. Sus compañeros lo habían ayudado y llevado hasta la cima, donde lo esperaba una ambulancia. Según el artículo, su condición era estable. Marcó con manos temblorosas el número que Reid le había dado, pero saltó el buzón de voz, y no dejó un mensaje. A continuación llamó a Brenda.


—Hola, soy Paula —dijo con voz ronca y vacilante—. He visto la noticia.


—¿Quieres saber cómo está Pedro?


—Sí.


—Estamos en el hospital. Le están haciendo pruebas. Parece que está bien; enfadado con todo y con todos, pero bien.


—¿Qué ha pasado?


—Intenta sacarle información a alguien que no quiere dártela — Brenda parecía a punto de perder la paciencia.


—¿Tan mal están las cosas?


—Federico está muy preocupado y Pedro nos dice que nos vayamos porque se encuentra bien, cuando es incapaz de firmar los papeles del hospital porque apenas puede leerlos.

Eres Para Mí: Capítulo 58

Le había resultado muy difícil entregar las riendas de la empresa que había creado a otras personas, a pesar de que eran de fiar, visionarias y no necesitaban que estuviera al mando. Pedro las había elegido muy bien. Incluso Federico se había ofrecido a ayudarlo. Esa mañana, mientras se hacía el examen ocular, su hermano había presentado las previsiones cuatrimestrales al consejo de administración; Federico, cuyo conocimiento de los motores solares era, como mucho, escaso, pero que creía incondicionalmente en el calendario programado por Pedro para sacarlos al mercado. Su hermano se estaba dejando la piel para que la empresa familiar siguiera funcionando mientras él se recuperaba. El negocio prosperaba sin él, lo que no debería dolerle, ya que indicaba que los cimientos que había establecido eran tan sólidos que lo seguían siendo sin él. Sin embargo, cuanto más se prolongaba la recuperación, más inútil se sentía. Su seguridad en sí mismo y su puesto en la familia se basaban en su capacidad de resolver problemas; en su visión y su ética del trabajo; y en su inteligencia para haber creado una empresa valorada en millones de dólares por medio de sus contactos y del dinero que le había prestado la familia. No quería que lo apartaran como a un inútil. Quería estar seguro de su valía personal. Y, por primera vez desde los diecisiete años, cuando había desayunado con su hermano en la cafetería de una gasolinera, la ponía en duda. Incluso Paula había tomado las riendas de su empresa en ciernes. Cuando acabara de desarrollar el proyecto paisajístico, dedicaría unas semanas a comprobar que los jardines crecían como debían y después se marcharía. Su trabajo comenzaba a ser conocido gracias a las fotos que Brenda había publicado en redes sociales y revistas. Paula podía triunfar. Y eso hacía que la función de hada madrina de Pedro fuera prescindible. Además, su encanto como príncipe azul dejaba mucho que desear, porque ya no se movía con la desenvoltura de antes. Soportaba lo mejor que podía ser un príncipe herido, pero odiaba ser un príncipe permanentemente discapacitado. Se apoyó en la encimera de la cocina de la casa de Brisbane, mientras Federico se quitaba la chaqueta y se dirigía a la nevera, de la que sacó un zumo.


—El consejo de administración te apoya, al igual que los accionistas —dijo Federico. Pedro se limitó a asentir, porque ese último logro nada tenía que ver con él—. ¿Me escuchas?


—Claro que sí. Me parece bien.


Pero Federico no se tragó el falso entusiasmo de su hermano.


—Creí que te alegrarías.


—Así es. Oye, ¿Por qué no subimos a Kangaroo Point esta tarde? — el acantilado era un lugar de escalada en la ciudad, con excelentes vistas de la misma.


—¿Has vuelto a escalar?


—Sí —afirmó Pedro. 


Iba a ser su primer intento, pero no hacía falta que Federico lo supiera.


—¿Puedes hacerlo? ¿Qué te ha dicho el oftalmólogo?


—Está muy contento con mis progresos. Todo va mejor.


—¿Y los dolores de cabeza? —preguntó Federico mirándolo fijamente.

Eres Para Mí: Capítulo 57

Cuando el médico rodó con la silla hacia una pantalla de ordenador montada en la pared, Pedro se puso a su lado, aunque no tenía muchas posibilidades de ver lo que veía él, si no se acercaba mucho más. Pero, por si ayudaba a Julio a elaborar un diagnóstico y explicarle lo que le pasaba, se quedó mirando la pantalla.


—Mi vista no ha mejorado en este último mes, ¿Verdad? —preguntó.


—En efecto.


—¿Por qué?


—Creo que porque el trauma de la cabeza y el daño del nervio óptico son tan graves que no va a recuperarse del todo. Ha avanzado, señor Alfonso, pero el sistema de recuperación del cuerpo es limitado. Siempre verá mejor con el ojo derecho que con el izquierdo y es posible que la pérdida de visión periférica no mejore. Vuelva a ponerse el parche en cualquiera de los ojos, a ver si así le disminuyen los dolores de cabeza. Lleve gafas de sol día y noche y observe si también lo ayuda con esos dolores.


—Supongo que recuperar el permiso de conducir es imposible —al principio pensó que podría hacerlo, pero había perdido la esperanza.


—Ya sé lo que quiere que le diga. Y también que algún imbécil experto en salud mental le habrá dicho que es posible, pero mi reputación profesional no corre peligro si le digo que nadie en su sano juicio va a dejarle volver a conducir.


—Entendido.


—¿Quiere solicitar una segunda opinión?


—No —se trataba de sus ojos, y sabía lo que podían hacer y lo que no—. ¿Le he dicho que he conocido a una mujer preciosa?


—¿Ah, sí? Pues parece que sus ojos aún sirven para algo —dijo Julio con voz risueña—. No veo señales de deterioro neurológico, así que no se desanime por los resultados de este examen. Que no haya habido mejoría puede indicar que se ha estabilizado. Los resultados de los futuros exámenes serán algo mejores o algo peores, dependiendo del día y de lo cansado que se encuentre. ¿Le duele la cabeza ahora?


—Sí.


—¿Cuánto, en una escala del uno al diez?


—Cinco.


—¿Se ha tomado un analgésico?


—Aún no, porque no quería que influyera en los resultados del examen.


—Siga inventando motores, señor Alfonso, y dígale a la enfermera que le dé un ibuprofeno al salir.


—No, estoy bien. Me tomaré uno cuando llegue a casa.


—Sé que las personas que han nacido donde usted tienen fama de duras, pero, por su propio bien, la próxima vez que le duela la cabeza tome la medicación que le voy a recetar.


—Gracias, doctor, pero todavía tengo la última receta que me dió.


—De acuerdo.


Descansar y recuperarse. Los únicos que creían que era algo positivo eran quienes no habían soportado durante interminables meses que les dijeran que disminuyeran el ritmo, se relajaran y cedieran el control a los demás. A Pedro, esa mañana ni siquiera lo calmó estar en el piso de Brisbane, especialmente diseñado para el descanso y la relajación.

Eres Para Mí: Capítulo 56

 —¿Quieres que te suplique? —preguntó ella.


—Sí —contestó él admirado ante lo maravillosa que era Paula en la cama—. Desde luego que sí.


Pedro se quedó cinco días más, que estuvieron repletos de sexo. Se dedicó a dictar nuevos parámetros al programa de conducción automática del camión, para que no acabara cada cinco minutos en un banco de arena. Paula se pasaba el día trabajando en su proyecto paisajístico. Abandonó la idea de presentarle los dibujos por ordenador y prefirió explicarle lo que quería hacer en diversas zonas, mientras paseaban por ellas. Él dió el visto bueno a sus planes, se negó a que ella hiciera el duro trabajo que requerían y acordaron contratar una cuadrilla de trabajadores durante dos semanas para llevarlo a cabo. Discutieron sobre si ella debía quedarse o si la cuadrilla debía ocupar ambas cabañas. Paula no veía motivo alguno para marcharse y sí para quedarse y supervisar el trabajo. Pedro decía que debía ocupar la habitación de Rosa en su casa y hacer un viaje de ida y vuelta de cuatro horas todos los días. Sabía que se estaba comportando de forma absurda, mientras discutían sobre confianza en los demás, seguridad y estereotipos. Pero no estuvo tranquilo hasta que Paula agarró el móvil para llamar a Mariana, su antigua compañera de laboratorio, que tal vez estuviera buscando trabajo o conociera a alguien que lo buscara. Media hora después, había conseguido a dos trabajadoras, además de la hermana de Mariana, que era fontanera y tenía su propia excavadora. Pedro triplicó el coste del trabajo en el contrato que Paula le había presentado, lo firmó y dejaron de discutir para volver a hacer el amor. Pedro se habría quedado más tiempo, de no ser porque tenía varias citas médicas con distintos especialistas. Pidió a Paula que fuera a Brisbane el siguiente fin de semana para que viera el bebedero para pájaros que pensaba instalar, aunque ella ya lo había pedido.


—Lo único que quieres es volver a verme —bromeó ella, y él no se defendió. Era la pura verdad.




-MMM…


Pedro odiaba los «mmms» de Julio, el oftalmólogo. No se trataba de que no fuera un buen conversador, ya que el médico hablaba cuando quería. Y dado que Julio era el mejor oftalmólogo del país, confiaba en que supiera lo que decía, aunque a veces necesitara un diccionario para entenderlo.  Si su vista hubiera mejorado, esas expresiones durante aquel examen le habrían confirmado que todo iba bien. Sin embargo, era innegable que la vista no le había mejorado y que los dolores de cabeza eran cada vez más frecuentes. Miró la luz brillante que el oftalmólogo le había indicado y la lámpara de hendidura le tomó fotografías de los ojos.


—Hemos terminado.