viernes, 3 de octubre de 2025

Eres Para Mí: Capítulo 56

 —¿Quieres que te suplique? —preguntó ella.


—Sí —contestó él admirado ante lo maravillosa que era Paula en la cama—. Desde luego que sí.


Pedro se quedó cinco días más, que estuvieron repletos de sexo. Se dedicó a dictar nuevos parámetros al programa de conducción automática del camión, para que no acabara cada cinco minutos en un banco de arena. Paula se pasaba el día trabajando en su proyecto paisajístico. Abandonó la idea de presentarle los dibujos por ordenador y prefirió explicarle lo que quería hacer en diversas zonas, mientras paseaban por ellas. Él dió el visto bueno a sus planes, se negó a que ella hiciera el duro trabajo que requerían y acordaron contratar una cuadrilla de trabajadores durante dos semanas para llevarlo a cabo. Discutieron sobre si ella debía quedarse o si la cuadrilla debía ocupar ambas cabañas. Paula no veía motivo alguno para marcharse y sí para quedarse y supervisar el trabajo. Pedro decía que debía ocupar la habitación de Rosa en su casa y hacer un viaje de ida y vuelta de cuatro horas todos los días. Sabía que se estaba comportando de forma absurda, mientras discutían sobre confianza en los demás, seguridad y estereotipos. Pero no estuvo tranquilo hasta que Paula agarró el móvil para llamar a Mariana, su antigua compañera de laboratorio, que tal vez estuviera buscando trabajo o conociera a alguien que lo buscara. Media hora después, había conseguido a dos trabajadoras, además de la hermana de Mariana, que era fontanera y tenía su propia excavadora. Pedro triplicó el coste del trabajo en el contrato que Paula le había presentado, lo firmó y dejaron de discutir para volver a hacer el amor. Pedro se habría quedado más tiempo, de no ser porque tenía varias citas médicas con distintos especialistas. Pidió a Paula que fuera a Brisbane el siguiente fin de semana para que viera el bebedero para pájaros que pensaba instalar, aunque ella ya lo había pedido.


—Lo único que quieres es volver a verme —bromeó ella, y él no se defendió. Era la pura verdad.




-MMM…


Pedro odiaba los «mmms» de Julio, el oftalmólogo. No se trataba de que no fuera un buen conversador, ya que el médico hablaba cuando quería. Y dado que Julio era el mejor oftalmólogo del país, confiaba en que supiera lo que decía, aunque a veces necesitara un diccionario para entenderlo.  Si su vista hubiera mejorado, esas expresiones durante aquel examen le habrían confirmado que todo iba bien. Sin embargo, era innegable que la vista no le había mejorado y que los dolores de cabeza eran cada vez más frecuentes. Miró la luz brillante que el oftalmólogo le había indicado y la lámpara de hendidura le tomó fotografías de los ojos.


—Hemos terminado.

miércoles, 1 de octubre de 2025

Eres Para Mí: Capítulo 55

Las suaves caricias se convirtieron en ansiosas cuando le introdujo las manos por debajo de la ropa para sentir la calidez de su piel y la forma de su cuerpo. Le deslizó los labios por la mandíbula hasta la clavícula. Olía maravillosamente y lo excitaba la forma en que ella se aferraba a él. Nunca le había preocupado tanto el placer de una mujer. La levantó del suelo y ella lo rodeó con las piernas. Cayeron en la cama y comenzaron a desnudarse. Cuando sus pieles se rozaron por primera vez, él creyó que se moría. Gustaba a las mujeres y a ellas les gustaba y sabía complacerlas. Pero ninguna ejercía un poder sobre él semejante al de Paula, que lo impedía pensar y, mucho menos, planear lo que iba a hacer. La fue besando hasta llegar a los senos y comprobó que con la punta de la lengua la volvía loca de deseo. Dejó que lo tumbara de espaldas para colocarse encima de él y comenzar a frotarse sobre su erección. Eso los excitó mucho, por lo que, tal vez, de ahora en adelante dejaría que fuera Paula quien tomara las decisiones en los contactos íntimos. Ella se deslizó por su masculinidad, lo que le provocó un gemido. Rodó para quedarse encima de ella y dejó que su instinto tomara el mando. Cuando llegó al orgasmo, él lo hizo a los pocos segundos y, aunque no fue su mejor actuación ni la más considerada, fue indudablemente la experiencia sexual más intensa de su vida. Estaba exhausto, era incapaz de pensar y no dejaba de sonreír.


—Ha sido… —no iba a reconocer que, hasta ese momento, no había tenido buen sexo—. Ha sido esclarecedor.


—Estoy de acuerdo.


¿Sonreía ella? Como no la veía bien, le recorrió los labios con la yema de los dedos, que ella mordió.


—Para. Intento saber si estás satisfecha. ¿Estás sonriendo?


Ella lo abrazó, colocó la cabeza debajo de su barbilla y le puso la mano en el corazón.


—Con todo el corazón.


—¿Porque estás satisfecha?


—Porque me haces feliz.


—Quiero estar seguro de que estás satisfecha. Si no es así, puedo hacerte otras cosas, hasta que mi pobre cuerpo esté listo para continuar.


—Ah, muy bien —esa vez él notó la sonrisa de ella en el pecho—. Podría estar más satisfecha, no te quepa duda.


—¿Estás segura? —le deslizó la mano hasta la rodilla y ella le puso la pantorrilla en el hombro, mientras él le besaba el interior del muslo.


Le acarició el centro de su feminidad con la lengua y ella arqueó la espalda. Y él utilizó el pulgar para acceder mejor a su objetivo.


—¿Pero segura de verdad? —ella se agarró a las sábanas cuando él le sopló en la carne sensible e inflamada.


—¡Estoy segura!


Pero él no hizo nada, porque lo satisfacía excitarla.

Eres Para Mí: Capítulo 54

 —Muy bien, pero el dinero que Murray te mandaba no es un hecho que carezca de importancia. Por aquel entonces, no tenía tanto como para irlo repartiendo alegremente.


Ella se mordió la lengua para no espetarle palabras hirientes. «Él no tiene la culpa. No le digas nada que lo pueda herir. Dile lo que realmente quieres decirle».


—Siento que veas esta faceta de mi personalidad. Soy una amargada y una desagradecida, y me importa un bledo el dinero que me regalara por mi cumpleaños. ¿Por qué no me dijo nada mi madre? No quería que supiera nada de él, y él no quería saber nada de mí —las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas—. Me traicionaron.


—Los sentimientos son muy complicados. Para algunos, entre los que me incluyo, la forma de enfrentarse a ellos es huyendo para estar solo. Deberías hablar con Brenda sobre lo de refugiarte en tu habitación. Ella lo estuvo haciendo durante años.


La hermosa y traumatizada adolescente se tuvo que obligar a salir de ella para hacer fotos y mandárselas al prisionero que le había salvado la vida. Paula conocía la historia.


—No voy a estar años encerrada en mi habitación, a causa del comportamiento de mi padre.


—Si te parece bien, te acompaño a la habitación.


—No es buena idea.


—¿Por qué?


—Porque probablemente te empujaré dentro y, con total desvergüenza, te pediré que me hagas olvidar a mis padres y que me hagas sentir deseada.


—¿En serio? —preguntó él con los ojos brillantes.


De repente, Paula notó que no podía respirar y que no era porque fuera a romper a llorar.


—Pues encantado de poder servirte de ayuda. De hecho, como buen caballero, insisto en hacerlo.


Y ella iba a aceptar el ofrecimiento. Le daba igual que fuera su cliente. Lo deseaba; mejor dicho, lo necesitaba. Y Paula se lo merecía. Pedro solo quería ayudarla. Creía, sinceramente, que las investigaciones que había llevado a cabo y la información que había reunido la ayudarían. No se le había ocurrido que pudieran hacerle daño. Y ahora solo quería arreglarlo. Entraron en la habitación en silencio. Pedro la abrazó y la besó en los labios. El beso comenzó siendo una disculpa y una forma de consuelo, pero bastó la apasionada y desinhibida reacción de Paula para que él perdiera el control y se transformara en otra cosa.

Eres Para Mí: Capítulo 53

 —Creo que deberías buscar en Internet fotos de Murray y sus hijos. Después, si quieres que contrate a una persona que investigue dónde se hallaba cuando tu madre se quedó embarazada de tí, lo haré. Aquel día estaba resultando lleno de sorpresas.


—¿Me parezco a él?


—Un poco. Te pareces más a uno de los hijos. Creo que compró la concesión minera para conseguir dinero para tu madre y para tí. Sospecho que lo envió a través de mi padre porque tu madre rechazó su ofrecimiento de ayuda económica.


Paula respiró hondo.


—Eso es mucho suponer.


—Como te he dicho, puedo contratar a un investigador para que averigüe los hechos. Puede que seas hija de un hombre rico.


Ella siempre había querido saber quién era su padre, pero no se lo imaginaba rico y poderoso ni creía que supiera que tenía una hija. Si lo que suponía Pedro era verdad, Francisco Murray sabía de su existencia, pero no había querido conocerla.


—Eres cruel al hacerme dudar de mi identidad.


—¿Acaso está mal?


Ella se levantó de la mesa y salió al porche. Pedro siguió observándola con cautela.


—Dime qué piensas —dijo apoyándose en la barandilla.


—Ese hombre sabía que existía, pero no ha querido saber nada de mí. Y está muy bien que nos ayudara a mi madre y a mí económicamente, pero ahora soy una persona adulta y no me debe nada. Además, tu padre murió hace años, por lo que es indudable que ese dinero no sigue llegando. No sé qué hacer con la información que me has dado —se apoyó en la barandilla y contempló las estrellas.


Pedro no la imitó, sino que siguió mirándola.


—Podrías intentar contactar con él.


—¿Y qué le digo? ¿Qué para mí no significa nada el dinero que me mandaba? No va a querer hablar conmigo.


—Yo no le diría eso.


—Él tomó una decisión, cuando nací. El dinero no es afecto, sino una manera conveniente de aliviar el sentimiento de culpa.


—Creí que te gustaría saberlo.


—¡Pues no! Es probable que la historia de tu familia se remonte a siglos atrás. Sabes quién eres. No entiendes lo que supone no saber quién es tu padre y soñar con que un día lo conocerás. En mis sueños bonitos, mi padre se emocionaba al saber que tenía una hija. Era un hombre maravilloso y estaba encantado de conocerme —reprimió una risa amarga.


—¿Qué pasaba en los sueños desagradables?


—Que sabía de mi existencia desde el principio y que le daba igual —no iba a dejar que Reid la viera desmoronarse—. Gracias por la cena. Me marcho.


—Paula, espera. Deja que…


—¡No vas a solucionarlo! —él no se merecía su cólera—. Lo siento, pero me voy.


—Cuando dices que te vas, ¿Te refieres a montarte en la camioneta y marcharte?


—No —señaló su cabaña. Estaba demasiado oscuro para conducir sin perderse—. Me voy a mi… No quiero venirme abajo delante de tí. Me voy a mi habitación.

Eres Para Mí: Capítulo 52

Pero entonces recordó que le había contado que había llevado a su hermano a un bar de carretera y que había pedido un montón de comida para desayunar; y que también ella había sido testigo de cómo devoraba los aperitivos tailandeses en la tienda de ropa de baño. Era el mismo hombre. La comida era excelente y Paula prefería comer a hablar, lo cual probablemente era una falta de educación en determinados círculos sociales, pero había trabajado mucho y estaba hambrienta. Solo cuando estaba comiéndose su mitad de mango, y también la de Pedro, que no la quiso, la charla trivial se volvió más seria.


—Así que no hemos progresado en la búsqueda de nuestra hermana, pero he descubierto algo interesante sobre el dinero que mi padre regaló a tu madre, después de tu nacimiento. ¿Te lo cuento? —preguntó él.


Paula se limpió el jugo de mango que le chorreaba por la barbilla y los dedos. Quería mucho a su madre, pero era evidente que las decisiones que esta había tomado a lo largo de su vida no habían beneficiado a Ari. La familia reconstruida era un ejemplo clásico.


—No sé si quiero saberlo. ¿Va a destruir mis ilusiones?


—Puede.


—Bueno, supongo que podré soportarlo.


—Hemos encargado a un auditor forense investigar antiguos registros financieros. El dinero que mi padre entregó a tu madre procedía de un banco propiedad de una empresa australiana, FNQ Metals. Mi padre tuvo ese dinero en su cuenta menos de veinticuatro horas, antes de transferirlo a la cuenta de tu madre. Al principio creí que le había transferido esa cantidad, como muestra de agradecimiento por haber impedido que se jugara la casa. Pero había habido otras transferencias a lo largo de los años, cantidades más pequeñas, el mismo día cada año, cantidades que solo estaban en la cuenta de mi padre menos de veinticuatro horas. ¿Te dice algo el veinticuatro de mayo?


—Es mi cumpleaños.


—Ah —parecía satisfecho—. Me lo imaginaba.


—¿Qué quieres decir?


—Creo que alguien utilizaba a mi padre de intermediario para entregar dinero a tu madre por tu cumpleaños. ¿Quieres que siga?


—¿Hay más?


—FNQ Metals hoy es una empresa pública, pero antes pertenecía a Francisco Murray, que inició su carrera como comprador de ganado en el norte de Queensland. Se casó a los diecinueve años y sigue casado con la misma mujer. Tiene tres hijos, todos en la treintena. Ganó tanto dinero con el ganado que compró una concesión minera, que le proporcionó hierro, cobre y zinc. Todo esto es de conocimiento público. Mi padre no tuvo negocios con él, salvo el de transferir el dinero a tu madre.


Paula intuyó lo que quería decir.


—¿Crees que ese tal Murray es mi padre?


¿Qué veía en ella Pedro al mirarla? ¿Se daba cuenta del pánico que sentía? ¿De los años de esperanza, dolor y dudas? ¿De su intento de hallar pistas en las pertenencias de su madre, una vez fallecida?


Eres Para Mí: Capítulo 51

 —¿Te has tomado un analgésico? —preguntó ella.


—Hace media hora.


—¿Necesitas tomar más?


—No puedo —el médico le había prescrito que los tomara con la frecuencia que le indicaba. 


Tal vez hubiera forzado el cuerpo demasiado al intentar disimular su debilidad. Tal vez hubiera llegado el momento de dejar de hacerlo.


—Puedo traerte una bolsa de hielo de la cabaña.


—¿Vas a intentar curarme de nuevo con aquello de lo que dispongas?


—Con lo que sea necesario —él notó que se levantaba, pero no abrió los ojos—. Vuelvo dentro de cinco minutos.


—¿De cinco minutos?


—Te lo prometo —respondió ella apretándole la mano.



Cuando Paula volvió, Pedro dormía profundamente. Dejó la bolsa de hielo y un vaso de agua en la mesilla y se fue a trabajar. Se puso a plantar esquejes. Estaba contenta y muy segura de haber elegido la profesión adecuada, que le abriría un montón de posibilidades. Y Pedro estaba allí. Él salió a buscarla cuando se estaba poniendo el sol. Observó con atención el trabajo que había realizado. Después la miró y le dijo:


—De acuerdo, creo que la bañera y la ducha exteriores son buena idea. Estás cubierta de barro.


—Sabía que coincidirías conmigo. Los científicos e investigadores que vienen por aquí también acaban cubiertos de barro. Me he encontrado con alguno. Si hubiera una zona para bañarse o ducharse, la utilizarían.


—Vamos a seguir hablando mientras cenamos.


La convenció de que cenase con él, cuando estuviera presentable, prometiéndole que prepararía pescado, ensalada y, de postre, mangos. Ella se duchó deprisa y se reunió con él en su cabaña.


—¿Quieres té frío o algo más fuerte? —le preguntó Pedro, cuando ella entró en la cocina—. Yo voy a tomar agua.


—¿Debido a la medicación?


—Por eso y porque no quiero que me vuelva a doler la cabeza.


Su cuerpo ya no estaba tenso ni sus ojos transmitían dolor. Ella lo observó emplatar el pescado.


—¿Cómo va la búsqueda de su hermana? —preguntó cuando él puso los platos en la mesa y le indicó que se sentara.


—Estamos en un callejón sin salida. Federico se encarga del asunto — esperó a que ella empezara a comer para hacerlo él. 


Ella no entendía sus buenos modales, que solo servían para recalcar la diferencia de clase social que los separaba.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Eres Para Mí: Capítulo 50

Pedro estaba llenando el dispensador de agua que había cerca del fregadero, lo cual no era difícil.


—¿Quieres un vaso? —preguntó él.


—No, gracias —se acercó y se apoyó en la encimera—. Si me hubieras dicho que venías, te habría hecho un bizcocho.


—¿Te alegras de verme?


—Me alegro muchísimo, pero tengo que confesarte algo.


—Tú dirás.


—Esta mañana me he hecho daño en el hombro al intentar sacar una… Mejor que no te diga el nombre de la planta. El caso es que había que tirar con mucha fuerza y ahora me duele.


—¿Quieres que te dé un masaje?


—No. Me he dado una ducha caliente y me ha sentado muy bien, pero ahora quiero tumbarme y mover el brazo hasta hallar una postura cómoda para el hombro. De niña me lo dislocaba a menudo.


—¿Ahora se te ha dislocado?


—No, pero noto que está a punto de hacerlo. ¿Te tumbas a mi lado y nos agarramos de la mano como en los viejos tiempos? Y si es necesario, me agarras del brazo por el encima del codo y tiras de él.


—Lo que necesites.


Se tumbaron en la cama, con las contraventanas cerradas para que el calor no entrara. Y, por fin, él pudo dejar de fingir que se movía normalmente. Notó que ella movía el brazo, pero sin invadir su espacio. Él no intentó agarrarla de la mano. No tenía tanta necesidad como antes ni quería que Paula creyera que era débil. Fue ella la que lo tomó de la mano. Y su cuerpo se alegró. Nunca se sentía tan en paz consigo mismo como cuando estaban agarrados de la mano.


—¿Qué tal el hombro? —murmuró—. ¿Tengo que tirar de él?


—Creo que bien. ¿Y tu dolor de cabeza?


Pedro intentó activar sus defensas, pero estaba tan contento que desistió.


—¿Cómo sabes que me duele?



—Se te ve en el rostro.


—Pues Brenda no lo ha notado.


—Eso es lo que crees. Es un encanto y se preocupa por tí. Te aseguro que lo ha notado. Me ha pedido que intente convencerte de que te quedes una semana.


—¿Y qué le has dicho?


—Que no creía que pudiera obligarte a hacer nada que no quisieras. No me opongo a la idea de que te quedes unos días. Tengo que trabajar y probablemente también te daré algo que hacer, pero acabo a última hora de la tarde; a veces antes, si me levanto muy temprano. Claro que aquí no hay piscina ni spa, pero estoy pensando en convertir un antiguo abrevadero en una bañera. Una ducha exterior también sería útil. Aquí hay mucho polvo.


—¿Y cuándo esperas tener ambas cosas listas?


—Pues mi cliente debe aceptar la idea y luego depende de cuánto dinero ponga.


—¿Y de dónde vas a sacar el agua?


—El último paisajista que trabajó aquí instaló un maravilloso sistema de filtración del agua, que ahora no funciona, pero conseguiré que lo haga. ¿Te estás durmiendo?


—Casi.


—Duérmete. Estaré cuando te despiertes.


—La última vez que me dijiste eso, me desperté en un hospital a dos mil kilómetros y sin tí. ¿Cómo tienes el hombro?


—Vas a tener que sentarte, ponerme un pie en la axila y tirarme del brazo.


—Vamos allá —se colocó en la posición adecuada. 


No era la primera vez que iba a hacer algo así. Tiró y Paula ni siquiera gimió. Suspiró cuando él volvió a tumbarse y a agarrarla de la mano.