viernes, 6 de junio de 2025

Has Vuelto A Mí: Capítulo 63

Los había encargado por internet días antes, cuando estaba radiante de felicidad por las escapadas que hacía con Pedro a la playa. Si iba a vivir el momento quería que su madre también lo hiciera. Pero con el corazón deliberadamente sellado y su inminente marcha del día siguiente, se preguntaba si no habría sido demasiado frívola e ingenua.


-Supongo que es duro celebrar la Navidad cuando tu madre está tan enferma.


–Sí.


Él la miró con curiosidad y ella deseó haber mantenido la boca cerrada. ¿Por qué arruinar su última noche juntos reviviendo su traumático pasado familiar?


–¿No quieres hablar de ello?


Paula le dedicó una sonrisa agradecida.


–Prefiero disfrutar de esto –señaló la mesa mientras los primeros invitados empezaban a llegar, y cedió al impulso de besar a Pedro en la mejilla–. Gracias por obligarme a acompañarte a esta boda.


Pedro tuvo la decencia de parecer avergonzado.


–Un hombre tiene que cumplir con su deber.


Y una mujer también, pensó Paula. Aquella velada se dedicaría a beber, bailar y divertirse. Y más tarde pasaría una noche increíble en la cama de Pedro, atesorando los recuerdos que la acompañarían toda la vida.


–Podrías agradecérmelo como es debido.


–¿Cómo?


Él la rodeó por la cintura.


–Mira hacia arriba.


–Vigas de madera artesanales, paneles rojos...


–Muérdago –murmuró él, un segundo antes de besarla.


Paula se derritió ante la pasión voraz de aquellos labios, y fue solo cuando él se apartó que oyó los vítores y palmadas de los Alfonso. Se puso tan roja como el revestimiento del techo mientras Pedro saludaba al clan. Cuando la acompañó a su sitio y le acarició la espalda mientras le retiraba la silla, una punzada de anhelo atravesó la coraza protectora de ella. ¿Cómo sería pertenecer a una familia como aquella? ¿Cómo sería vivir rodeada de afecto y risas? Nunca había tenido nada igual, y hasta ese momento nunca había sentido tan fuertemente esa carencia.


–Eh, estrella del surf, ¿Cuándo vas a presentarnos? –preguntó un hombre alto, fuerte y rubio que estaba sentado junto a Pedro.


–Paula, te presento a mi primo Rodrigo –apoyó posesivamente un brazo en el respaldo de la silla–. Rodrigo, te presento a mi amiga Paula.


–Es un placer conocer a una mujer tan guapa –la alabó Rodrigo mientras le estrechaba la mano, pero su sonrisa era más bobalicona que lasciva.


–Gracias –respondió ella, y agradeció que Rodrigo empezara a preguntarle a Pedro por las condiciones climatológicas para la temporada de surf.


Amiga... Pedro la había presentado como si fuera una amiga, y aunque tal vez fuera cierto sonaba muy frío e impersonal después de lo que habían compartido. Por mucho que intentara convencerse de lo contrario, tenía que rendirse a la evidencia. Los besos bajo el muérdago, la pasión en las dunas y los abrazos en el balcón le habían hecho desear lo mismo que en Capri. Un milagro. Que él la amara. Pero después de lo que había sufrido con su madre había dejado de creer en los milagros.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 62

No se lo preguntó en voz alta, pero sus ojos eran lo suficientemente elocuentes. Pedro había vivido como quería, sin arrepentirse de nada. Entonces oyó una risa flotando en el ambiente y se giró hacia el delicioso sonido. Paula estaba riéndose con la cabeza echada hacia atrás, una risa alegre, sincera, desinhibida, y él sintió que le daba un vuelco el corazón. Se engañaba a sí mismo. Sí se arrepentía de algo en su vida. De haberse alejado de aquella mujer tan increíble y maravillosa. La pregunta era ¿Cometería el mismo error dos veces?


–No es tan malo echar raíces –le dijo su padre con una sonrisa–. Nos pasa a los mejores... Y si no, pregúntale a tu hermano.


Pedro puso una mueca al ver a Tomás bailando el Time Warp con su novia. Su hermano, torpe y desgarbado. Jimena, desternillándose de risa.


–Piensa en lo que te he dicho, hijo –añadió Horacio, señalando a Paula con la cabeza–. No cometas la tontería de perder a una mujer como ella por culpa de tu estilo de vida libre y despreocupado. Los tiempos cambian, y nosotros hemos de hacer lo mismo. O nos adaptamos a los cambios, o nos quedamos atrás.


Mientras Paula se acercaba a ellos, Horacio se rió y empujó a Pedro hacia ella. Él no sabía qué pensar. La cabeza le daba vueltas por las revelaciones de su padre y por el dilema que se le presentaba. ¿Se atrevería a abandonar un sueño para seguir otro?


–Nunca había celebrado una Navidad como esta –dijo Paula, mirando la mesa sin salir de su asombro.


Los manteles blancos, las velas carmesíes, los jarrones llenos de adornos, la reluciente porcelana, la cubertería de plata y las coronas de flores salpicadas de purpurina se extendían de un extremo a otro de la carpa.


–Tomi y Jimena querían combinar los motivos nupciales con los navideños, pero creo que mi madre ha impuesto su criterio decorativo –dijo Pedro, señalando el muérdago que colgaba de unos ganchos estratégicamente colocados–. La Navidad es su gran pasión y cada año tira la casa por la ventana.


–Es precioso –Paula carraspeó, avergonzada por las emociones que le comprimían la garganta–. Eres afortunado...


–¿Cómo celebras tú la Navidad? –le preguntó él, apretándole la mano.


–De una forma mucho más discreta –murmuró ella.


En los últimos años su madre había empeorado tan rápidamente que fue imposible llevarla de viaje en los cumpleaños y navidades. Las celebraciones consistían en comida china y pastel de chocolate, villancicos en su iPod y una alegría forzada cuando a ninguna de las dos le apetecía celebrar nada. Incluso los regalos habían adquirido un matiz más práctico, aunque eso no impidió que Paula le regalara un lector de libros electrónico que se podía manejar con un dedo, una crema orgánica especial para su arrugada piel y, aquel año, los bombones favoritos de Alejandra.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 61

 –¿Sigues pensando que hiciste lo correcto al no contármelo?


–Hijo, eras un campeón mundial de surf cuando finalmente te lo conté. Lo habías conseguido. Habías hecho realidad tu sueño. Estaba muy orgulloso de tí –parpadeó un par de veces, como si intentara reprimir las lágrimas–. Eso era lo que quería para tí. Que triunfaras en la vida. Verte competir, seguir tus logros en internet... Fue lo que me ayudó a vencer la enfermedad y seguir adelante cuando sentía que no había esperanza –lo agarró del brazo y le dio una ligera sacudida–. Me ayudaste de una manera que no puedes ni imaginar. Y nada de eso habría sido posible si hubieras sabido lo del cáncer.


Pedro estaba tan perplejo que no sabía qué responder. Horacio señaló a la familia.


–Los quiero mucho a todos y me han ayudado muchísimo, pero sus constantes atenciones llegaban a ser un engorro –esbozó una triste sonrisa–. A veces fingía estar cansado y me retiraba a la cama con mi portátil para ver lo que estabas haciendo por el mundo.


–Maldita sea, papá... –fue todo lo que a Pedro se le ocurrió balbucear mientras se pasaba una mano por el pelo.


–¿Sabías que tuve la oportunidad de irme de gira con la orquesta sinfónica de Melbourne?


El cambio de tema sorprendió todavía más a Pedro, quien negó silenciosamente con la cabeza.


–Me habría encantado tocar para un gran público –se irguió y miró con afecto a su esposa–. Pero conocí a tu madre y mis sueños cambiaron. Acabé enseñando a los chicos del pueblo, degustando el delicioso cordero asado y la tarta de manzana de tu madre y dando con ella largos paseos por la playa al anochecer –le puso la mano en el hombro–. Nunca me he arrepentido de quedarme en Torquay, pero no quería que tú renunciaras a tus sueños, hijo. Quería que tuvieras la oportunidad que yo no tuve.


Pedro no podía creerse lo que estaba oyendo. Miró a su padre y, por primera vez en muchos años, vió realmente a su padre.


–¿Por eso no me lo contaste?


Horacio asintió.


–Siento haber sido un imbécil ayer en la escuela. Los dos somos demasiado orgullosos, y cuanto más nos distanciábamos más culpable me sentía y más difícil me resultaba intentar solucionarlo. Cuando te ví retomando la relación con tus hermanos y con tu madre deseé hacer lo mismo, pero no sabía cómo expresar lo que sentía.


–Sinceramente, papá, no sé qué decir... Intenté acercarme a tí varias veces, pero tú lo hacías imposible al fingir que no pasaba nada. Ahora me cuentas todo esto y... No sé cómo tomármelo.


–Aceptándolo y siguiendo adelante. La vida es muy corta –Horacio miró hacia la pista de baile, donde el alcalde estaba pisándole el pie a su madre por enésima vez–. Estoy feliz con las decisiones que he tomado en mi vida.


«¿Y tú?».

miércoles, 4 de junio de 2025

Has Vuelto A Mí: Capítulo 60

 –No ha sido suerte, papá. Es el legendario encanto de los Alfonso.


La carcajada de Horacio sonó como si tuviera algo obstruyéndole la garganta. Posiblemente su conciencia...


–Lo que tú digas... Pero esa chica merece la pena.


–Gracias. Lo tendré en cuenta –maldijo en silencio su sarcasmo cuando Horacio endureció su expresión.


–No la dejes escapar –le aconsejó su padre.


Pedro intentó contener la irritación. ¿Cómo se atrevía su padre a darle consejos sobre las relaciones personales cuando no le permitía acercarse a él? Horacio carraspeó.


–Estamos preocupados por tí, hijo.


Sí, claro. Su padre estaba tan preocupado que había rechazado todos los intentos de Archer por acercarse a él.


–No lo estén. Tengo la vida que quiero –hizo el signo shaka con la mano–. Mi sueño hecho realidad.


El severo escrutinio de su padre casi lo hizo retorcerse.


–¿En serio?


–Pues claro que sí –respondió con demasiada precipitación y excesiva vehemencia–. Me gusta lo que hago. Es mejor que... –se calló antes de hablar más de la cuenta.


–¿Mejor que qué? –insistió su padre–. ¿Mejor que estar cerca de tu familia?


Pedro respiró hondo para conservar la calma.


–¿De verdad quieres hablar de esto? ¿Aquí y ahora?


Horacio negó con la cabeza y entornó los ojos con preocupación.


–Lo único que quiero es lo mejor para tí.


Pedro sabía que debería marcharse. Decir alguna frivolidad para disimular su profundo rencor y largarse de allí. Pero había tenido un día horrible, se sentía confuso respecto a Paula y estaba hasta las narices de ser el malo de la película por culpa de la vida que había decidido llevar.


–Lo que es mejor para mí es ser honesto conmigo mismo. ¿Y qué me dices de tí, papá? ¿Qué es lo mejor para tí? –años de ira y angustia reprimidas salieron a la superficie sin que pudiera, ni quisiera, hacer nada por impedirlo–. ¿Tener cerca a tu familia mientras luchas contra una enfermedad mortal? ¿Poder confiar en tus hijos para que se hagan cargo de tus negocios mientras te sometes a la quimio? ¿Saber que tu familia te apoyará pase lo que pase?


Horacio se encogió visiblemente, pero Pedro no había acabado.


–Te ví aquel día, papá, cuando finalmente me contaste la verdad –ahogó un gemido. Aquella imagen se le había quedado grabada en la retina–. Dieciocho meses después, me consideraste lo bastante responsable para hablarme de tu cáncer de próstata. Me fui hecho una furia y tú te sentaste al piano, guardaste tus partituras en una carpeta y te pusiste a llorar. Lloraste como si te hubieran comunicado una sentencia de muerte en vez de haber sobrevivido al cáncer. Y en aquel momento supe lo que tuviste que sufrir –bajó la voz–. Deberías habérmelo contado antes, papá. ¡Me habría quedado aquí!


–Te equivocas –Horacio lo miró como si fuera un desconocido–. Lloré porque sabía que había hecho lo correcto al no contártelo, a pesar de tu reacción... Y a pesar de que tu dolor me hizo más dañoque el maldito cáncer.


Aturdido por las palabras de su padre, Pedro se pellizcó la nariz. No le sirvió de nada para aliviar el dolor que crecía detrás de sus ojos.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 59

Pedro le agarró la mano a Paula durante toda la ceremonia, las felicitaciones a los novios y casi todo el banquete. Cada vez que veía un atisbo de recelo en sus ojos le apretaba la mano, como si no quisiera soltarla nunca. Pero por dentro estaba muerto de miedo. Las bodas le asustaban tanto como los Alfonso al completo. Y aquella noche se enfrentaba a ambas cosas. Por suerte, su familia había conocido a Paula en la barbacoa y eso lo salvaba, por una vez, de los esfuerzos de su madre por emparejarlo. Pero agarrar la mano de ella era algo más que un gesto, y solo él lo sabía. Era como un pilar para él. Su exquisito tacto, su desenvoltura, su buen humor y su habilidad para que todo el mundo se sintiera cómodo con ella eran todo un regalo. Tal vez fuera el romanticismo que se respiraba en el aire, o quizá la magia navideña. Fuera lo que fuese, no quería soltarla. Y no solo su mano. Después de haber sobrevivido a las burlas de las mujeres Alfonso cuando atrapó el ramo, después de haber bailado con Violeta y con otros niños hasta quedarse sin fuerzas, después de haber soportado las bromas de sus hermanos, seguía tan radiante y exuberante como siempre.


Pedro nunca la había visto tan hermosa. No solo por sus relucientes cabellos castaños cayéndole por la espalda, por sus carnosos labios pintados del mismo color que el vestido o por los esbeltos hombros al descubierto. Era ella. Cuando se conocieron en Capri, lo había fascinado su carácter espontáneo e impulsivo. Ella lo había achacado a sus genes italianos, pero era algo más que eso. Su asombrosa vitalidad la convertía en una mujer única y especial, muy distinta a las personas aburridas y amargadas que se pasaban la vida trabajando para pagar las facturas y que se resignaban a una relación estancada. El brillo que despedía garantizaba que nunca sería como esas personas. ¿Cómo sería convivir con aquella vitalidad? ¿Se acabaría apagando? Le encantaba su vida, los viajes, los desafíos y la prosperidad de sus negocios, pero se engañaría a sí mismo si no admitiera que todo eso había perdido un poco de su encanto últimamente. Tenía la sensación creciente de que a su vida le faltaba algo. ¿Sería Paula la compañía adecuada para iluminar sus días? Desde luego que sí, pero ¿Estaría ella dispuesta siendo su madre una enferma terminal?


–Has tenido suerte con esa joven –le comentó su padre, acercándose a él. 


Pedro se preparó inconscientemente para otro enfrentamiento.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 58

Sabía lo que era sentirse defraudado por la familia. Durante mucho ella se había sentido igual con su padre, hasta que aprendió a no esperar nada de aquel hombre egoísta y egocéntrico que le daba más importancia a su estilo de vida que a su única hija. Pero también había podido ver que los Alfonso eran una familia unida y cariñosa. Los padres seguían agarrándose de la mano como unos recién casados, el hermano menor era lo bastante romántico para casarse en Nochebuena, e incluso Federico, según contaba Tomás, estaba dispuesto a embarcarse en una nueva relación después de que su mujer lo hubiese abandonado a los pocos meses de su boda. Pedro había declarado su intención de tender un puente hacia su padre, pero seguía reacio a comprometerse con su familia. Y con ella. Era absurdo sentirse mal por ello. En esa ocasión Paula había iniciado la aventura con los ojos bien abiertos, consciente de lo que podía esperar y lo que no. Desde el principio había sabido que tenía fecha de caducidad, pero los recuerdos la ayudarían a soportar los difíciles tiempos que se avecinaban. En aquel aspecto, la aventura con él había superado sus expectativas. Cada beso, cada caricia, cada susurro se había quedado grabado en su piel y en su cerebro, y la consolarían en las largas noches invernales cuando estuviera trabajando ante el ordenador con un café frío y un cuenco de almendras chocolateadas como toda compañía. Pedro había sido exquisitamente atento y encantador durante los últimos días. No era extraño que se hubiera enamorado perdidamente de él.


Sintió un pequeño espasmo en el diafragma y respiró profundamente mientras se frotaba bajo las costillas. Pero era inútil. Nada podía aliviar el escozor que la invadía cada vez que pensaba en lo que sentía por Pedro. Y aunque estaba firmemente decidida a despedirse de él al día siguiente, sabía que no le resultaría nada fácil. Al fin entendía por qué su madre se había pasado tanto tiempo anhelando que Miguel la amara. «Siempre queremos lo que no podemos tener», le había dicho Alejandra una vez que Paula se empeñó en que le regalara un poni por Navidad. Se lo había dicho con lágrimas en los ojos, y siempre había sospechado que se refería a algo más. Alejandra había tenido una vida plena y dichosa, pero  recordaba cómo de niña la oía llorar por la noche y cómo se le iluminaba el rostro cuando Miguel volvía a casa para una de sus escasas visitas. Quería mucho a su madre, pero no quería ser como ella. No quería llorar por un amor perdido o imposible. Quería recordar los buenos momentos y disfrutar la segunda oportunidad que había tenido con Pedro... Aunque acabara en lágrimas al igual que la primera.

Has Vuelto A Mí: Capítulo 57

Pedro se pasó la mañana en Winki Pop, su lugar favorito de niño. Tenía una casa en California y otra en Sudáfrica, pero ningún lugar le ofrecía la paz que respiraba en aquella playa. Había salido a hacer surf por la mañana, al alba, ansioso por escapar de la casa y de los sagaces ojos de Paula. La noche anterior intentaba convencerla para que volviera a la cama y de repente ella se adentró en un territorio prohibido, invadiendo su intimidad sin que él fuera capaz de impedirlo. Y lo peor era que en parte tenía razón. Sabía que su familia esperaba de él algo más de lo que estaba dispuesto a dar. Podía verlo cada vez que iba a visitarlos... Y por esa razón casi nunca ponía un pie en la casa. Pero esa vez lo había intentado. Tras los avances logrados con sus hermanos, su madre y Violeta, finalmente había hecho lo que llevaba años queriendo hacer: Había intentado cerrar la brecha que él mismo había abierto con su padre. Por desgracia, la reacción de su padre en la escuela de surf le había demostrado que no podía hacer ni decir nada para recomponer la deteriorada relación. Paula había advertido su malestar y, afortunadamente, no lo había presionado. Hasta que le soltó la bomba la noche anterior. Cuando le confesó que para ella era algo más que una relación, él quiso decirle lo mismo y exponer sus sentimientos y pensamientos más profundos. Pero tenía muy reciente el rechazo de su padre y no había sido capaz de sincerarse ni de enfrentarse a sus emociones. Por una milésima de segundo, mientras observaba a los surfistas en el mar, se preguntó cómo sería tener una relación estable con Paula. Una mujer que lo estuviera esperando en casa. Una mujer a la que amar... La simple idea lo hacía estremecerse de pavor. Se sacudió mentalmente y continuó con la inspección. La escuela estaba lista para abrir sus puertas. No como él... Su estado era lamentable, y teniendo por delante una Nochebuena y una boda las cosas solo podían empeorar.



Paula se vistió con un cuidado especial. Quería hacer de aquella noche algo memorable, y para ello se compró en una boutique del pueblo un despampanante vestido de raso, sin tirantes y de color granate. Quería demostrarle a Pedro lo que estaba dejando escapar. Descubrir que lo amaba no debería haberla sorprendido. En Capri se había enamorado de él y solo la enfermedad de su madre la ayudó a olvidarlo. Pero en aquella ocasión era un sentimiento mucho más fuerte y difícil de ignorar. Por desgracia, aquella Navidad no habría declaraciones de amor bajo el muérdago. De hecho, le sorprendía que él quisiera pasar la Nochebuena con su familia después de que lo hubieran dejado al margen durante la enfermedad de su padre.