lunes, 10 de marzo de 2025

Engañada: Capítulo 58

Una miríada de sentimientos se reflejó en el tenso rostro de Pedro antes de que esbozara una leve sonrisa.


—Vamos, señorita Chaves. Deja que te enseñe todo esto.


Era la primera vez que Paula le exigía sinceridad y que él prefería no contestar. Su instinto le advirtió que no insistiera. Respiró profundamente y entró tras él en el departamento.


—¿Ha cambiado mucho desde que tú viviste aquí? —le preguntó.


—No mucho. La combinación de colores sigue siendo la misma.


¿Combinación de colores? No creía que aquel concepto se pudiera aplicar a la decoración del departamento. Básicamente, todo era blanco, desde las tapicerías hasta el suelo de mármol e incluso los marcos de los pocos cuadros que colgaban de las paredes. Incluso los cuadros tenían unas tonalidades muy apagadas. El único color real provenía de los rayos de sol que se filtraban por las ventanas. No se imaginaba que nadie pudiera sentirse cómoda en un lugar tan estéril. Tampoco se pudo imaginar cómo un niño pequeño podría jugar y correr en un lugar que tenía la apariencia de un hospital. Decidió que no quería pensar en la infancia de Pedro. No quería volver a tener otra conversación intensa. Algunas de las cosas que él le había contado le había hecho mucho daño. No quería mostrarse vulnerable cuando tenía que ser fuerte para afrontar lo que se le avecinaba. Lo único que quería era volver a encontrar la chispa que había sentido antes, olvidarse del pasado y del futuro y vivir un presente del que no volvería a disfrutar. Agarró la mano de Pedro, tiró de ella y sonrió.


—Vamos, enséñame todo esto como me has prometido.


—Señorita Chaves —dijo él tras unos instantes. Una amplia sonrisa apareció en su rostro, —tus deseos son órdenes.


Pedro retomó su papel como guía y le mostró a Paula una enorme cocina totalmente blanca, un comedor en el que nadie en su sano juicio se atrevería a comer por miedo a dejar una mancha y el despacho más ordenado del mundo entero. Allí era el lugar desde el que Ana había gobernado su imperio criminal. Al otro lado del apartamento estaban los dormitorios.


—Éste es el cuarto de invitados —anunció Pedro mientras abría la primera puerta. Al verlo, Paula pensó inmediatamente que Dios ayudara a cualquier invitado al que le sangrara la nariz durante la noche. Después, abrió otra puerta. —Y éste es el dormitorio de Robina Hood.


Paula hizo un gesto de contrariedad antes de asomarse a un dormitorio más grande, dominado por una cama blanca tallada en forma de cisne. Por último, Pedro abrió la siguiente puerta con un amplio y elegante ademán. Los ojos de ella tuvieron que ajustarse a un espacio tan oscuro que él dió la luz para que ella pudiera verlo adecuadamente. Las paredes estaban pintadas de gris oscuro. La ropa de cama era de un azul profundo, que iba a juego con las alfombras y las cortinas. Por otro lado, el armario, el escritorio y la cómoda eran negros. No le preguntó por qué había elegido esos colores, aunque suponía que, en parte, había sido para molestar a su madre. Sobre las estanterías, había libros que se habían leído en muchas ocasiones y, en la pared opuesta a la cama, colgaba un póster algo ajado de una supermodelo escasamente vestida. Se volvió para mirarlo y señaló el póster. Pedro se encogió de hombros.

Engañada: Capítulo 57

El interior del edificio era incluso más elegante que el exterior. El vestíbulo estaba decorado en tonos blancos y dorados. Una mujer de aspecto severo y cabello negro como el azabache, que seguramente debió de abrir la puerta a Pedro, lo saludó con familiaridad y comenzó a hablar rápidamente con él en italiano. Pedro le respondió a la misma velocidad y, antes de que Paula supiera lo que estaba ocurriendo, él la indicó el camino al ascensor.


—¿Vamos a subir al departamento? —le preguntó ella mientras entraba en el interior.


Pedro apretó el botón.


—Aún le pertenece a mi madre. Te habría enseñado también el de mi padre, pero está alquilado y no creo que a los actuales inquilinos les hubiera hecho mucha gracia que los despertara un desconocido el domingo por la mañana porque quería enseñárselo a su…


Pedro se interrumpió en seco mientras las puertas se cerraban. Se quedó en silencio unos segundos antes de sacudir la cabeza y soltar una carcajada.


—¿Sabes una cosa? No tengo ni idea de cómo referirme a tí.


Paula se miró las manos. Observó el lugar donde debería estar su alianza de boda y también el dedo en el que había llevado el anillo de compromiso. Se dió cuenta de lo mucho que echaba de menos a su esposo.


—No importa cómo te refieras a mí —le dijo con toda la despreocupación que pudo reunir. —Me iré dentro de cuatro horas.


Por suerte, no tuvo que escuchar la respuesta de Pedro dado que las puertas se abrieron. Paula salió a un pequeño rellano en el que había dos puertas. Pedro apretó el pulgar sobre el mecanismo de la puerta que había a la izquierda. La luz se volvió verde y él pudo abrir la puerta.


—No está dentro, ¿Verdad? —dijo Paula. De repente, se sintió muy nerviosa.


—No estaríamos aquí si ella estuviera dentro —replicó él secamente.


—¿Has estado en contacto con ella?


—Solo para decirle que se mantenga lejos de mi vida.


—¿No piensas perdonarla?


—Nunca.


—Nunca es mucho tiempo.


De repente, Pedro se volvió para mirarla a ella. Lo hizo muy fijamente con sus hermosos ojos castaños.


—¿Y tú? ¿Me vas a poder perdonar alguna vez a mí?


—Es diferente —replicó ella.


—¿Sí? ¿Acaso crees que no sé que estas son las últimas horas que voy a pasar contigo? Es imposible retomar la relación con mi madre, como es imposible también contigo. No espero tu perdón, cara. Lo único que espero es que te marches de Florencia sabiendo a ciencia cierta que lo que te hice nunca tuvo nada que ver contigo y eso es algo de lo que me lamentaré hasta el fin de mis días. Sin embargo, a ella no puedo perdonarla. Mi madre me traicionó por venganza y lo hizo de la peor manera posible.


—¿Porque sabía que sufrirías una humillación pública? —susurró ella tras tragar saliva.

Engañada: Capítulo 56

 —Como le pasó a tu familia, mi padre y mis abuelos no tenían dinero de sobra, pero yo nunca pasé hambre o frío. Lo que más recuerdo sobre esos primeros seis años de mi vida era que me sentía seguro y feliz.


No había nada que Paula pudiera decir al respecto. Como cuando le habló de lo ocurrido con su madre, Pedro no esperaba ni compasión ni palabras de apoyo. Él no querría escucharlo, pero a ella le dolía pensar que solo había conocido la seguridad y la felicidad durante los primeros seis años de su vida. Se terminó su capuchino y se preguntó cómo un hombre con tantos principios y con unas ideas tan claras podría haber llegado hasta lo que Pedro había hecho. En realidad, no necesitaba Schulz Diamonds. Tenía dinero de sobra para haber creado una docena de laboratorios. Sin embargo, antes de que pudiera preguntárselo, él extendió una mano y le pasó un dedo por el labio superior.


—Bigote de capuchino —le explicó con una sonrisa. 


Entonces, se metió en la boca el dedo que había utilizado para limpiarle la crema a Paula. Ella ni siquiera podía pensar en la razón por la que aquel pequeño gesto era más íntimo que todo lo que habían hecho en la cama juntos ni por qué le produjo tanta pesadumbre en el pecho.


—Siempre un caballero.


—Siempre —replicó él. Entonces, volvió a extender la mano. — Vamos, señorita Chaves. Tengo una cosa más que mostrarte.


—¿El departamento de tu madre cuando fuiste a vivir con ella? — sugirió ella.


Pedro se inclinó sobre la mesa y la besó.


—Ya sabía yo lo lista que eras…




El tráfico era mucho más denso en aquella segunda etapa de lo que se podía considerar un recorrido por la infancia de Pedro, aunque, por supuesto, mucho menos que un día de diario o un sábado. Aunque mantenía una velocidad segura y adecuada, iba esquivando los coches como un profesional hasta que detuvo la Vespa frente a un edificio mucho más elegante que los que le había mostrado anteriormente. Aquel barrio exudaba riqueza del mismo modo que el anterior había hablado de familia.


—¿Has tenido una Vespa antes?


Eso fue lo primero que le preguntó Paula en cuanto se quitó el casco.


—Muy a pesar de mi madre, sí.


—¿Fue esa la razón de que te la compraras?


—La desaprobación de mi madre era un buen motivo, pero no fue la razón.


—¿Las chicas?


Pedro le golpeó la nariz suavemente con un dedo y sonrió.


—Eres muy lista, señorita Chaves —le dijo. 


Entonces, le agarró la mano y la condujo hasta la puerta de madera, que se abrió como por arte de magia sin que él la tocara.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Engañada: Capítulo 55

Tomaron asiento en la terraza y esperaron a que el adormilado camarero fuera a tomarles nota. Paula sentía una profunda energía y no podía parar de sonreír. Era como si todo su ser hubiera recibido ya una inyección de cafeína. Todo le parecía más hermoso y nítido. Pedro estuvo leyendo mensajes hasta que el camarero les llevó el café y los dulces que habían pedido. Entonces, señaló un edificio de cinco plantas que había al otro lado de la calle.


—Ahí era donde vivía con mi padre.


Sorprendida por aquella inesperada revelación, Paula trató de leer su mirada bajo las oscuras gafas de sol. No tardó en rendirse. Decidió entonces dedicar su atención al bloque de viviendas que Pedro le había indicado.


—¿En qué departamento?


—El que hay justo enfrente. El del tercer piso por encima de la pizzería. Cuando yo era niño, había una tienda de ultramarinos —dijo. — El dueño me regalaba una manzana todas las mañanas cuando iba al piso de mis abuelos.


—¿Cuál era el suyo?


—El del primer piso, encima de la floristería. Tenían un patio para todo el bloque en el que yo iba a jugar. Yo era muy pequeño, pero había un tobogán y un columpio y yo me peleaba con los otros niños para que me dejaran subirme en ellos.


Paula cerró los ojos y aspiró lentamente. Trató de imaginarse a un Pedro de pocos años tirándose por un tobogán. Hacía solo un día que sabía que él se había pasado los primeros seis años de su vida viviendo con su padre. Y solo faltaban unas pocas horas para que hiciera exactamente un día desde que la madre de Pedro había arrojado la bomba que había cambiado su mundo por completo.


—¿Por qué me enseñas todo esto?


—Porque quería que vieras de dónde vengo antes de que te marches para siempre. Y porque se lo debo a mi padre. Jamás debí menospreciar el papel que él y mis abuelos representaron en aquellos primeros años de mi vida. Otra cosa de la que lamentarme —añadió con una triste sonrisa. — Aún puedo escuchar su voz regañándome por haber intentado subirme a la balaustrada del balcón y el olor del disolvente que utilizaba para limpiar sus brochas. Sin embargo, su rostro desapareció para mí hace mucho tiempo. No importa que me pase una hora mirando una fotografía para tratar de fijar su rostro en mi pensamiento. Al día siguiente se me ha vuelto a borrar de nuevo. Ahora, tengo que seguir viviendo, sabiendo que lo alejé aún más de mí por conseguir mis propios fines. Y a mis abuelos también. Me dijeron muchas veces que querían conocerte antes de la boda. Y yo no hice más que inventarme excusas.


—No podías arriesgarte a que ellos me contaran la verdad sobre tus primeros años…


—Sí —dijo Pedro. 


En aquella ocasión, Paula pudo ver sus ojos a través de los oscuros cristales de las gafas y comprobó que parecía muy arrepentido. 


—Después de que me marchara a vivir con mi madre, los ví muy poco. Sin embargo, durante los primeros seis años de mi vida fueron una presencia muy importante para mí. Mi abuela me recogía del colegio todos los días y me cocinaba siempre mis platos favoritos. Crees que Eduardo prepara una melanzane alla parmigiana, pero te aseguro que nadie la hace tan buena como ella.


Paula tardó unos instantes en darse cuenta de que Pedro estaba hablando de la berenjena con queso que a él tanto le gustaba.

Engañada: Capítulo 54

Paula se mordió los labios al sentir que Pedro deslizaba la mano hacia atrás, hasta cubrirle el trasero. Entonces, la deslizó por debajo del salto de cama y le agarró con fuerza uno de los glúteos.


—Porque por ahí no puede pasar un coche —murmuró con voz ronca. Rodeó a Paula con el otro brazo y bajó la mano hasta colocarla encima del otro glúteo. —Pero una Vespa sí.


Un segundo más tarde, Paula abandonó su asiento para terminar a horcajadas sobre el regazo de Pedro. La erección se erguía por debajo del bañador. Ella comenzó a acomodarse encima de él, buscando cómo bajarle la prenda… ¿Cómo era posible sentir una necesidad tan vertiginosa por él después de la noche que habían compartido, casi sin dormir? Un instante después, la erección quedó liberada. En ese instante, Paula dejó de pensar.


Florencia estaba a punto de despertarse cuando Paula y Pedro se escaparon de la mansión. Los florentinos que no estuvieran durmiendo aún, estarían a punto de disfrutar como ellos de un maravilloso día de verano. Eran solo las siete de la mañana. Ella solo había dormido una hora, por lo que debería estar agotada. Sin embargo, tenía un maravilloso brillo en la piel y en el corazón que hacían olvidar el agotamiento. Mientras avanzaban por el jardín de la mansión de Pedro, Paula le colocó las manos en las caderas y levantó el rostro hacia el sol. Estaba dispuesta a aprovechar al máximo aquellas últimas seis horas. Ya no podía hacerse más daño. No podía amarlo más de lo que ya lo amaba. El precio que tendría que pagar sería el mismo con o sin aquellas seis horas al lado de Pedro. Un par de minutos después, llegaron a una pequeña puerta. Pedro la abrió con un código y salieron a un camino de tierra que pronto fue a dar a la carretera en la que estaban apostados todos los periodistas, aunque mucho más abajo, por lo que se zafaron de ellos sin ser vistos. Las calles estaban casi vacías, pero, a medida que fueron entrando en la ciudad, esta se fue haciendo más bulliciosa. Después de cruzar el río, entraron en una parte de la ciudad que Paula no había visitado nunca. Estuvieron callejeando un rato y, por fin, llegaron a una calle muy estrecha, alineada con toda clase de tiendas de alimentación. Pedro detuvo la Vespa junto a un pequeño café que tenía algunas mesas en la acera. Después de aparcar la Vespa junto a otras dos, ayudó a Paula a desmontar y le desabrochó el casco para quitárselo. Ella inmediatamente se ahuecó y se colocó el cabello, lo que hizo que Pedro soltara una carcajada. Él no llevaba casco, dado que solo tenían uno y había insistido en que fuera Rebecca quien se lo pusiera.

Engañada: Capítulo 53

 —Comprendo por qué quieres deshacerte de todo, pero te recomiendo que no tomes decisiones precipitadas.


—Jamás le dijo a mi madre que mi abuela había muerto. ¿Lo sabías? Mi madre se enteró por casualidad. Una amiga leyó la esquela en el periódico. ¿Te imaginas cómo se sintió? Le rompió el corazón. ¿Cómo puedo quedarme el dinero de alguien que causó tanto dolor?


—Lo único que te digo es que sé cómo te sientes. No cometas el mismo error que yo y dejes que la traición y el dolor te lleven en una dirección de la que luego te vas a arrepentir. Sé que mi mundo te resulta abrumador a veces, pero también he visto que eres feliz visitando países nuevos y disfrutando de todas las experiencias que hemos compartido. ¿De verdad quieres regresar a un mundo tan pequeño?


—No era tan pequeño…


—No fue eso lo que me pareció al ver cómo reaccionabas al mío. Cara, a tus padres también les pasó. Tenían planes para viajar. Tú misma me lo dijiste. Estaban esperando a que terminaras tus estudios y pagar la hipoteca.


—Viajar era su sueño, no el mío.


—Ese dinero te liberará.


—Yo no tengo que pagar hipoteca.


El dinero que Paula recibía de su casa le pagaría un alquiler en algún sitio hasta que terminara el contrato y ella pudiera volver a su hogar. Era una triste ironía que sus padres hubieran tenido que morir para verse libres de sus deudas. El seguro de vida pagó lo que quedaba de hipoteca. De repente, se escuchó el sonido de un claxon en la distancia. El ruido le recordó a Paula cómo su salvador había ido haciendo sonar el suyo para no atropellar a nadie en su huida desde la catedral.


—Robaste una Vespa —le dijo a Pedro.


—Sí —replicó él, sonriendo. —Le quité las llaves a un repartidor. Me has convertido en un delincuente.


—¿Que te he convertido en un delincuente? ¿De verdad vamos a ir por ese camino?


Pedro sonrió y se mesó el cabello.


—Ya me he puesto en contacto con él y le he hecho una transferencia por lo que vale la Vespa con un poco más por los inconvenientes. ¿Quieres que vayamos a dar un paseo? —le preguntó de repente, mirándola con un hermoso brillo en la mirada.


—¿Un paseo?


—Sí. Esa Vespa ahora es mía. Vamos a dar un paseo. Disfrutemos de la mañana antes de que salga el sol y haga demasiado calor para tu delicada piel inglesa.


La broma de Pedro hizo que Paula sonriera. Siempre se habían divertido mucho. Dentro de unas pocas horas, ya no lo harían más. No volverían a bromear más. 


—¿Y los periodistas?


—Podemos salir de aquí por una ruta secreta.


Pedro había acercado el rostro al de Paula para susurrarle al oído. Entonces, deslizó la mano por la abertura de la bata para colocársela sobre el muslo. Aquel contacto y su aliento sobre la piel provocó un escalofrío de placer en ella. No pudo contenerse y se acercó a él, de manera que sus senos quedaron prácticamente pegados al torso de Enzo. Además, si giraba la cabeza, las bocas estarían prácticamente juntas…


—Jamás me lo habías comentado…

Engañada: Capítulo 52

La historia ocupaba la portada entera. "Magnate de las joyas abandonado en el altar". Además, del titular, había dos fotografías. Una de ellas era algo borrosa y se podía apreciar a Paula montándose en la Vespa de su salvador. La otra era un primer plano de Pedro en los escalones de la catedral, con la mirada fija en el horizonte, buscándola a ella. Sus hermosos rasgos no revelaban nada, pero sus ojos… Había una expresión salvaje en ellos. Le pareció encontrar en ellos un profundo sufrimiento. Incapaz de soportar aquella imagen, cerró la página y respiró profundamente. ¿Qué había hecho? Un momento, ¿cómo que qué había hecho? ¿De verdad se había olvidado ya que todo aquello era culpa de Pedro? Si él le hubiera dicho la verdad sobre el testamento de su abuelo desde el principio, nada de aquello habría ocurrido. Si se había sentido demasiado decepcionado para hablar con ella al respecto, ¿Por qué no había hecho que sus abogados se pusieran en contacto con ella para explicarle lo ocurrido? Además, todas las excusas que él le había dado solo resultaban plausibles cuando no se trataba de un multimillonario. Pedro se podía permitir el mejor bufete del mundo. Paula jamás podría haber presentado batalla. De repente, un movimiento a sus espaldas la sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza y vió el cabello alborotado de Pedro subiendo por las escaleras. No tardó en aparecer en la terraza. Solo llevaba puesto un bañador negro. De todas las mañanas que habían pasado juntos, aquella era la primera que no lo veía completamente vestido. La primera y la última. Tragó saliva y le dedicó una sonrisa. Enzo la miró y respiró profundamente.


—¿Disfrutando de las vistas, señorita Chaves?


—Mucho —susurró ella. 


Observó el torso de Pedro y sintió que el pulso se le aceleraba.


Con los ojos brillantes, él se sentó a su lado y estiró las largas piernas.


—Todo el dinero de tu abuelo es ya tuyo, y también la casa. Las acciones te pertenecerán también dentro de unas pocas horas. Cuando los bancos abran, serás lo suficientemente rica como para comprarte una vista como esta donde quieras.


La ira que Paula solía experimentar cuando se mencionaban las acciones se negó a aparecer. No sabía si fue porque comprendía que aquel era el principio del fin, porque seguía viendo la portada de aquel tabloide o por la excitación que sentía en las venas al estar sentada junto a un Pedro medio desnudo. Fuera como fuera, la tempestad parecía haberse calmado. Ya no quería seguir discutiendo.


—No voy a quedarme con nada. No me preguntes por las acciones. Necesito tiempo para pensar lo que voy a hacer con ellas y no puedo hacerlo cuando estoy sentada junto a tí. Sin embargo, sí sé que no me voy a quedar con nada del resto.