miércoles, 5 de marzo de 2025

Engañada: Capítulo 52

La historia ocupaba la portada entera. "Magnate de las joyas abandonado en el altar". Además, del titular, había dos fotografías. Una de ellas era algo borrosa y se podía apreciar a Paula montándose en la Vespa de su salvador. La otra era un primer plano de Pedro en los escalones de la catedral, con la mirada fija en el horizonte, buscándola a ella. Sus hermosos rasgos no revelaban nada, pero sus ojos… Había una expresión salvaje en ellos. Le pareció encontrar en ellos un profundo sufrimiento. Incapaz de soportar aquella imagen, cerró la página y respiró profundamente. ¿Qué había hecho? Un momento, ¿cómo que qué había hecho? ¿De verdad se había olvidado ya que todo aquello era culpa de Pedro? Si él le hubiera dicho la verdad sobre el testamento de su abuelo desde el principio, nada de aquello habría ocurrido. Si se había sentido demasiado decepcionado para hablar con ella al respecto, ¿Por qué no había hecho que sus abogados se pusieran en contacto con ella para explicarle lo ocurrido? Además, todas las excusas que él le había dado solo resultaban plausibles cuando no se trataba de un multimillonario. Pedro se podía permitir el mejor bufete del mundo. Paula jamás podría haber presentado batalla. De repente, un movimiento a sus espaldas la sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza y vió el cabello alborotado de Pedro subiendo por las escaleras. No tardó en aparecer en la terraza. Solo llevaba puesto un bañador negro. De todas las mañanas que habían pasado juntos, aquella era la primera que no lo veía completamente vestido. La primera y la última. Tragó saliva y le dedicó una sonrisa. Enzo la miró y respiró profundamente.


—¿Disfrutando de las vistas, señorita Chaves?


—Mucho —susurró ella. 


Observó el torso de Pedro y sintió que el pulso se le aceleraba.


Con los ojos brillantes, él se sentó a su lado y estiró las largas piernas.


—Todo el dinero de tu abuelo es ya tuyo, y también la casa. Las acciones te pertenecerán también dentro de unas pocas horas. Cuando los bancos abran, serás lo suficientemente rica como para comprarte una vista como esta donde quieras.


La ira que Paula solía experimentar cuando se mencionaban las acciones se negó a aparecer. No sabía si fue porque comprendía que aquel era el principio del fin, porque seguía viendo la portada de aquel tabloide o por la excitación que sentía en las venas al estar sentada junto a un Pedro medio desnudo. Fuera como fuera, la tempestad parecía haberse calmado. Ya no quería seguir discutiendo.


—No voy a quedarme con nada. No me preguntes por las acciones. Necesito tiempo para pensar lo que voy a hacer con ellas y no puedo hacerlo cuando estoy sentada junto a tí. Sin embargo, sí sé que no me voy a quedar con nada del resto.

Engañada: Capítulo 51

Aún atónita por el té, Paula se llevó la taza a la terraza, una zona muy amplia en la que había una piscina y hamacas alrededor de la misma. La última vez que estuvo allí fue de madrugada con Pedro, cuando las románticas luces solares les guiaron hasta el lugar donde tomaron asiento. Mientras avanzaba con la taza en la mano, vió que el sol ya teñía la línea del horizonte. Estaba amaneciendo. Aspiró el aroma del jazmín que adornaba aquella zona y miró hacia el jardín. Si se esforzaba, podía vislumbrar las sombras de los periodistas que seguían acampados al otro lado de la verja. El corazón le dio un vuelco. Menos de doce horas atrás, había estado dispuesta a darles la munición que necesitaban para destruir a Pedro. Sin embargo, eso había sido antes de que encontrara el paraíso entre sus brazos. Ya no podía hacerlo. Sin embargo, si se quedaba allí, se destruiría a sí misma.


La mansión de Pedro estaba en lo alto de una colina, con algunas de las mejores vistas que el dinero podía comprar. Se acurrucó sobre un sofá blanco que había al otro lado de la terraza y vió cómo el sol salía sobre la hermosa Florencia. La mañana después de que se comprometieran, él la había despertado muy temprano para que se reuniera con él en aquel mismo lugar para disfrutar de aquella misma vista. Había observado muy atentamente la reacción de Paula. Había querido compartirla con ella. Había querido que ella adorara aquel amanecer tanto como él… De repente, a Paula le resultó imposible soportar los recuerdos que aquel hermoso amanecer estaba evocando. Se sacó el teléfono del bolsillo de la bata y lo encendió. Necesitaba distraerse desesperadamente. Suponía que tendría muchos mensajes, pero había subestimado el número. Había mensajes de personas con las que apenas había tenido contacto durante años, de la familia, de amigos y de sus compañeros de trabajo. Todos los mensajes eran diferentes variaciones sobre el mismo tema. "¿Qué ha ocurrido?" "¿Te encuentras bien?" "Por favor, dime que estás bien". "Llámame. Dime que te encuentras a salvo". Respiró profundamente y empezó a responder, dando prioridad a su tía y a sus primos. "Estoy bien. Lo prometo. Te lo explicaré todo cuando te vea". ¿Podría hacerlo? ¿Podría explicar que el gran amor de su vida y la romántica historia de amor que había vivido se habían basado en una mentira? ¿Sería capaz de arriesgarse a que alguien hablara con la prensa sobre Pedro para sacarse un dinerillo?


Estuvo a punto de soltar una carcajada. ¿De verdad le preocupaba que eso pudiera pasar? No iba a mentir por él. Pedro se lo había buscado y no se merecía su protección. Además, se podía permitir los mejores abogados para acallar todos los rumores. Sin embargo, no había nada que pudiera hacer para impedir que se hablara de que Paula lo había abandonado en el altar. Antes de que pudiera decidir que no era una buena idea, escribió la búsqueda en el tabloide más popular del Reino Unido.

lunes, 3 de marzo de 2025

Engañada: Capítulo 50

Se levantó de la cama, se puso el salto de cama y salió en silencio del dormitorio. En el pasillo, se secó las lágrimas y se colocó la mano sobre el corazón para poder calmarse. Consiguió tranquilizarse un poco antes de entrar en el dormitorio en el que debería haber estado descansando. Se secó otra lágrima y sacó una bata de la maleta. Se la puso y, cuando se ciñó el cinturón, sintió que la piel aún estaba muy sensible por las apasionadas caricias de Pedro. Solo pensarlo le debilitaba aún más las piernas. Que Dios la ayudara, pero había sido la mejor noche de su vida. Y también la peor. Las recriminaciones no servían de nada. Había sabido perfectamente lo que hacía cuando se metió en su cama. Sin embargo, jamás se había imaginado lo mucho que gozaría. Pedro la había transportado a las cimas más altas del placer una y otra vez. Si pudiera olvidarse de lo que sentía su corazón, volvería de nuevo junto a él, se sentaría encima a horcajadas y le exigiría que fuera su esclavo sexual durante el tiempo que hiciera falta para agotar la pasión que ardía entre ellos. Solo imaginar la respuesta de él la llenaba de una profunda excitación. Sin embargo, no podía olvidarse de lo que sentía su corazón. Cada beso, cada caricia, cada orgasmo… Todo la había empujado un poco más allá de los límites. 


Estaba desesperadamente enamorada de una manera que jamás sería correspondida. Al menos, no por parte de Pedro. Decidió que era ridículo seguir con aquellos pensamientos. Necesitaba recuperar la compostura y dejar de desear lo que no podía tener. Se dirigió a la cocina para prepararse algo de beber. Encendió las luces y fue directamente al armario en el que sabía que se guardaba el café y, al abrir el armario, sintió que el corazón se le sobresaltaba. Tomó la caja que había junto a la del café. En menos de un segundo, se vió transportada al principio, cuando acompañó al apuesto italiano que le cambió la rueda al hotel. Estaba encantada de poder pasar un rato en su compañía. Fue Pedro quien la condujo más allá de la barra del bar a una mesa. Entonces, Paula vió los tarros de cristal con las características bolsas triangulares junto a la máquina de café. Inmediatamente, se olvidó del chocolate caliente. Costaba al menos cinco veces más que su té habitual, pero era la marca con la que se daba el capricho de comprarse una caja todos los años por su cumpleaños. Recordaba vagamente habérselo comentado a Enzo cuando pidieron lo que iban a tomar. Le había alegrado mucho verlo en el bar y, mientras se lo tomaba mirando los ojos de Pedro, se había preguntado si el día podía mejorar aún más. Él se había acordado. No le había vuelto a mencionar el té desde aquel día, pero estaba segura de que aquella caja no había estado en el armario hacía tres días, la última vez que se preparó un té en aquella cocina. Pedro se lo había comprado como sorpresa de cumpleaños.

Engañada: Capitulo 49

 —Entonces —murmuró él, acercando el rostro al de ella, —¿Crees ahora que no estaba fingiendo el deseo que siento por tí?


—Lo has demostrado muy bien, sí. Gracias —susurró ella en un hilo de voz. —Ahora, si quieres demostrar que todo lo que dijiste sobre los sentimientos y demás era cierto, dame todas las acciones de Schulz Diamonds. Tal vez yo me convierta en una gurú de los negocios… O se lo entregue todo a la protectora de perros de la que te hablé antes.


Pedro siguió mirándola muy fijamente a los ojos. Entonces, entrelazó los dedos con los de ella.


—Cásate conmigo y te entregaré todos mis intereses empresariales para que hagas lo que quieras con ellos.


Paula acercó un poco más el rostro al de él. El deseo le corría por las venas totalmente desatado.


—Mete en el lote el departamento de Nueva York y el avión privado y me lo pensaré.


—Puedes quedarte con todo. Con todo.


La excitación se había apoderado tan completamente de ella que apenas podía hablar.


—O estás muy desesperado por esas acciones o piensas de verdad que soy idiota.


—No, cara. Solo estoy desesperado porque sigas en mi vida.


Paula no pudo impedir que un gemido se le escapara de los labios. Mirar los ojos de Pedro era como contemplar una oscura piscina de deseo. Además, sabía que él estaba viendo lo mismo en ella.


—Creo que voy a tener que añadir a tu informe escolar algo más.


«Pedro se esfuerza demasiado».


Él la estrechó contra su cuerpo y le tomó una mano. Entonces, la deslizó hasta su erección.


—Esto es lo único que está demasiado…


Paula abrió los ojos e, instintivamente, agarró el miembro. Sintió su propia excitación al sentir cómo este palpitaba y se tensaba aún más entre los dedos. Pedro tembló y le acarició la cintura.


—Esto es lo que me haces —dijo en voz ronca. —No lo puedes negar. Lo haces tú sola…


Entonces, le separó los labios con la lengua y asaltó los delicados labios de Paula. Ya no hablaron más.


Cuando Paula se despertó, el dormitorio seguía sumido en una total oscuridad. Pedro estaba tumbado a su lado. A juzgar por lo profunda que era su respiración, estaba totalmente dormido. Sabía que solo había dormido un rato. No le hacía falta mirar el reloj para saber que no había pasado más de una hora. Trató de respirar profundamente para impedir que cayeran las lágrimas, pero la presión que tenía en el pecho era demasiado abrumadora. Necesitaba aire. Necesitaba escapar de aquella cama antes de que los pensamientos que tenía en la cabeza y los sentimientos que vibraban dentro de ella se hicieran de nuevo con el control.

Engañada: Capítulo 48

A Paula le habría gustado añadir que no había nada que comprender, pero una sensación parecida al pánico se apoderó de su garganta y le impidió formar las palabras.


—Claro que sí. Hay mucho que comprender. Si pudieras ver el interior de mi cabeza y de mi corazón, sabrías que las inseguridades que hicieron que te cuestionaras por qué un hombre como yo desearía a una mujer como tú no tienen fundamento alguno.


Pedro había dicho las palabras necesarias para impedir que el pánico se apoderara de ella, pero Paula lo interrumpió con una carcajada llena de ironía.


—Pedro, ¿Se te ha olvidado que sé exactamente por qué un hombre como tú desea a una mujer como yo? Lo organizaste todo entre nosotros para que pudieras echarles tus sucias zarpas a las acciones de mi abuelo.


—Eso solo cuenta para cómo empezó nuestra relación. Si no hubiera tenido tanto miedo de perderte, te habría dicho la verdad hace ya mucho tiempo —le dijo, tras colocarle un dedo en los labios que impidiera que Paula volviera a interrumpirlo. —Sé que todo ha terminado entre nosotros. Sé que, en cuestión de horas, vas a marcharte de mi vida para siempre y que nada de lo que yo pueda decirte hará que cambies de opinión. No voy a ir en contra de mi palabra para decirte cómo me siento al respecto, pero si tú no tuvieras las inseguridades que te hicieron sentir que no eras lo suficientemente buena para mí, yo no tendría que decírtelo. Ya lo sabrías. Me habrías dejado en el altar de todas maneras y querrías castigarme por ello, pero no habrías dudado de mí. Esas inseguridades vienen de alguna parte. 


Paula le obligó a apartar el dedo.


—Buen intento. Si yo estuviera escribiendo un informe para uno de mis alumnos, diría que tienes imaginación, pero que te dejas llevar demasiado por ella.


Pedro entornó la mirada. Durante un largo instante, la miró con la inmovilidad de una estatua. A Paula le costó mucho mantener la mirada y la impasibilidad de su propio rostro. Entonces, él le dedicó una mirada de incredulidad y sacudió ligeramente la cabeza.


—Si crees que te he dicho todo esto con la esperanza de conseguir que cambies de opinión, acabas de demostrar lo que te he dicho. Paula, tú para mí vales más que nada. Daría mis propias acciones para conseguir que me creyeras.


Paula sintió un profundo alivio al volver a pisar un terreno con el que estaba familiarizada. Sonrió. Si Pedro quería seguir jugando, no le importaba. Era mucho mejor que cuando trataba de diseccionarla.


—Venga. —¿Quieres todas las acciones?


—No especialmente. No sabría qué hacer con ellas, pero puedes dármelas para ver si con esto consigo creer que, por arte de magia, sientes por mí algo más allá del deseo.


Mucho mejor. Por fin había recuperado el control. El pánico se había reducido al mínimo. Un brillo se reflejó en los ojos de Pedro. Cuando habló, su voz portaba un lascivo magnetismo que le humedeció a Paula de nuevo la entrepierna.


Engañada: Capítulo 47

Sus padres hicieron un gran esfuerzo para pagarle aquel viaje, ahorrando todo lo que podían para poder pagarlo. Le entristecía pensar que les había faltado tan poco para poder permitirse todo lo que no habían podido pagarse antes. Prácticamente habían terminado de pagar la hipoteca. Paula estaba a punto de terminar sus estudios y convertirse en una persona con independencia económica… Desgraciadamente, los dos habían muerto muy jóvenes cuando habían dado por sentado que les quedaban muchos años por delante para explorar el mundo.


—Siempre andaban justos de dinero, pero nunca me faltó nada. Siempre tuve seguridad emocional. Jamás temí que fueran a divorciarse. Se adoraban y eran tan cariñosos el uno con el otro…


Paula cerró los ojos. Esa era precisamente una de las cosas que más le habían gustado sobre Pedro. La necesidad de tocarla constantemente. Había sido casi tan fuerte como la necesidad que ella tenía de tocarlo a él. Había sido una de las cosas que la habían convencido de que su matrimonio sería tan fuerte y feliz como lo había sido el de sus padres. ¿Acaso no había dejado ella su trabajo para estar con él tal y como había hecho su madre con sus estudios? Durante toda su vida, había tenido una visión romántica e idealizada del matrimonio de sus padres…


—¿Cara?


Paula parpadeó y lo miró. La preocupación que vio en su mirada le encogió el corazón.


—Las expectativas que yo tenía sobre nuestro matrimonio eran muy poco realistas —susurró ella, tras apartar la mirada. —Desde el principio, supe que era imposible que un hombre como tú mirara a una mujer como yo, pero resultabas tan convincente… Además, estaba la fábula con la que yo había crecido: la de la chica rica que se enamoraba del muchacho pobre. En mi pensamiento, todo se conjuró para convencerme de que tú y yo estábamos hechos el uno para el otro. Sin embargo, lo que yo estaba buscando era el matrimonio de mis padres. Quería ser la persona más importante en la vida de alguien y no…


Paula no había querido hablar tanto. Inconscientemente, las palabras se le habían escapado de los labios sin pensar. Sin embargo…


—¿No qué? ¿No ser la que se queda sola? —le preguntó Pedro.


Paula frunció el ceño y lo miró fijamente.


—¿Por qué dices eso?


Pedro se incorporó. Tenía una mirada astuta en sus hermosos ojos castaños. Agarró la mano de Paula.


—¿Por qué te sentías la tercera en discordia?


A Paula siempre le había excitado lo musculado que era Pedro comparado con la femenina y esbelta figura que ella tenía. Por primera vez, a pesar de la escasa luz de la luna, se dio cuenta de lo pálida que era su piel comparada con la de él. Un día antes, se habría maravillado y habría gozado con el contraste. En aquel momento, por razones que no lograba comprender, le abría otra fisura en el corazón.


—Solo era una manera de hablar…


—No lo habrías dicho si no significara algo. ¿Acaso sentías que estorbabas?


—No. Mis padres me querían mucho. Jamás lo dudé.


—¿Pero quizá no tanto como se querían el uno al otro?


Paula sintió que se le sobresaltaba el corazón. Apartó inmediatamente la mano.


—Eso es una crueldad…


—Cara, estoy tratando de comprender…

Engañada: Capítulo 46

 —Dime en qué estás pensando —le preguntó Pedro tras unos instantes en silencio.


—Que el matrimonio de mis padres me dió unas expectativas muy poco realistas —replicó ella sin pensar.


—¿Por qué dices eso?


Paula se zafó de él y se sentó sobre el colchón. La cama estaba muy revuelta, pero tiró de la sábana para cubrirse con ella. Se la sujetó sobre los pechos y volvió a recostarse sobre las almohadas.


—Su matrimonio fue muy feliz —dijo, mirando a Pedro a los ojos.


Él había doblado el brazo y tenía la cabeza apoyada sobre la mano. Su cuerpo se extendía, desnudo y magnífico. Tan solo habían pasado unos segundos desde que Paula se apartó de él, pero ya se sentía a la deriva sin la calidez de su cuerpo. Por mucho que se esforzara, no podía dejar de mirarlo.


—¿Te parece poco realista que haya felicidad en un matrimonio? — le preguntó él.


Menos de veinticuatro horas atrás, Paula le habría dicho que no. Lo que ella sentía y lo que creía que Pedro sentía le garantizaba en su opinión una vida entera de felicidad.


—El nivel de felicidad que ellos compartían sí. Vivían el uno para el otro. A veces, yo me sentía como la tercera en discordia. ¿Te dijo mi abuelo que trató de pagar a mi padre?


—Sí.


—¿Y se avergonzaba de ellos? —quiso saber. 


Le sorprendía que alguien pudiera admitir algo así.


—No. Jamás dejó de creer que tu padre era una mala influencia para tu madre.


Paula sintió una profunda ira hacia el abuelo que jamás había conocido, pero al que Enzo había conocido lo suficientemente bien como para que Roberto Schulz le confiara una información tan personal.


—Mi padre solo era malo para ella si no crees que las mujeres tengan libre albedrío —replicó ella. —Mi madre dejó la universidad porque no podía soportar estar separada de él. Ella lo eligió así, pero mi abuelo culpaba a mi padre por ello. De hecho, se negó a conocerlo. Jamás conoció a mi padre. Y no tenía ningún derecho a tener esa clase de prejuicios.


—Tu abuelo terminó aceptando que sus esfuerzos por separarlos le salieron mal y que, en realidad, lo único que consiguió fue unirlos más.


—Creo que ese pensamiento es bastante arrogante por su parte. Si le hubiera dado a mi padre una oportunidad en vez de considerarlo una persona poco válida porque dejó los estudios a los dieciséis años y se puso a trabajar de mecánico, se habría dado cuenta de que mi padre adoraba a mi madre y hubiera sabido que él habría hecho cualquier cosa por ella.


Pedro guardó silencio. Se limitó a mirarla. Paula sintió una nueva oleada de ira al recordar que su segundo viaje al extranjero fue la primera vez que visitó Florencia. El primero fue el viaje de fin de curso a Francia.