miércoles, 6 de noviembre de 2024

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 69

 —Sin embargo, conseguiste salir.

 

—Tardé cuatro años en hacerlo, pero sí. Mi cuñado ya había muerto en la guerra y mi hermana me necesitaba. Me quedé con Delfi y con Valentín hasta que terminó el proceso de divorcio. Entonces… Entonces me vine aquí.


Paula sonrió, pero Pedro seguía preguntándose por la cronología. Ella parecía haberse dejado muchas partes. En particular, le resultaba extraño que ella se hubiera marchado de Pensilvania para mudarse a una remota isla de la costa de Carolina del Sur. Se lo dijo. Ella asintió, pero no respondió inmediatamente. Estuvieron caminando en silencio unos minutos hasta que, por fin, ella estuvo preparada.


 —No podía quedarme en mi lugar de nacimiento.

 

—Demasiados malos recuerdos, supongo…

 

—Sí, pero también buenos, dado que allí fue donde me crie. Esa no fue la razón por la que me marché. Incluso después de que se firmaran los papeles del divorcio y nuestro matrimonio estuviera anulado oficialmente, David seguía tratando de controlarme. Empezó suplicándome que regresara. Me dijo que lo había malinterpretado todo. Que si era culpable de algo era de quererme demasiado. Quería otra oportunidad para demostrarme que había cambiado. Yo solo quería seguir con mi vida. Se presentaba en todos los sitios a los que yo iba. En la tintorería, en el dentista… Empezó a presentarse en la casa de mi madre sin avisar para llevarle flores y fingir que le preocupaba mi bienestar. En aquel momento, ella sabía ya lo suficiente para ver que estaba mintiendo, pero el resto del pueblo… Scott utilizaba todos los argumentos que podía para manipularme y, cuando no le funcionaba nada, empezó a manipular a la opinión pública.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—Empezaron a correr rumores por la ciudad de que yo tenía una aventura y que esa era la razón de que lo hubiera dejado. Me retrató como una mujer fría e interesada. Incluso trató de que todo el mundo me viera como poco patriota.

 

—¿Cómo?

 

—Porque él era veterano. Los manipuló de todas las maneras posibles, y aún sigue haciéndolo.

 

—Parece que podrías escribir un libro… Sin embargo, sobreviviste y, por lo que veo, ahora eres más fuerte que nunca.

 

—Es verdad —dijo ella orgullosa.

 

—¿Y sabe tu ex marido dónde encontrarte?

 

—No me he ocultado —replicó ella—. Tuve que marcharme de mi ciudad natal, pero no pienso consentir que él me convierta en una especie de reclusa. Además, jamás recurrió al maltrato físico.


Pedro asintió, a pesar de que pensaba que solo un pequeño salto separaba a alguien tan controlador como Scott de convertirse en un maltratador.

 

—¿Has pensado en pedir una orden de alejamiento?

 

—Ya la tengo. No soy idiota. Mi madre y mi hermana también las tienen.

 

—Muy bien.

 

—Aún se encuentran con él de vez en cuando, pero al menos ha dejado de presentarse en sus casas. Le he dado su foto a todas las líneas de ferry. Me avisan cuando viene hacia aquí.

 

—Espera un momento… ¿Has dicho cuándo? ¿Ha estado aquí? 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 68

 —¿Qué ocurrió?

 

—Yo me he preguntado lo mismo un millón de veces — admitió paula—. ¿Cómo fue posible que no me diera cuenta de lo que se me venía encima? Lo único que sé es que el muchacho solícito con el que salí y el hombre controlador con el que me casé eran como el doctor Jekyll y el señor Hyde.

 

—¿Te… Te hizo daño?


 —¿Físicamente? No. Es decir, me agarró por los hombros unas cuantas veces y me zarandeó, pero jamás me pegó ni nada por el estilo. Sin embargo, emocionalmente…


Paula tardó en seguir. En ese tiempo, Pedro sintió que la sangre que se le helaba.


 —Todo en nuestra casa tenía que ser como él quería. Las latas perfectamente alineadas, pero sin tocarse. Las toallas dobladas de un modo específico. Todo lo que se metía en el lavavajillas tenía que enjuagarse escrupulosamente. La más pequeña mancha de comida me suponía un buen sermón. Sé lo que estás pensando…


 —Lo dudo.

 

—¿Qué tiene de malo todo esto? Sin embargo, después de un tiempo, sus palabras eran como gotas de agua sobre la piedra. Me iban dejando mella. Empecé a dudar de mí misma. Ese comportamiento obsesivo resultaba enojoso, pero entonces empezó a ser paranoico. Me quitó el móvil y yo tenía que pedirle permiso para utilizar el teléfono fijo. Me decía que era por mi bien. Me decía que yo era demasiado inocente. Que no veía los verdaderos motivos de la gente… En realidad, en eso tenía razón. No vi cómo era él hasta que estuvimos legalmente casados.

 

Pedro no era un experto en matrimonios, pero lo que Paula estaba describiendo era una condena, no un matrimonio. Su ex marido era un carcelero.

 

—Nada de eso fue culpa tuya.


—Lo sé. Ahora.

 

—Sin embargo, en su momento no estabas tan segura, ¿Verdad?

 

—No. Yo me culpaba por lo que estaba ocurriendo. Las gotas de agua, ya sabes… Cuando David se enfadaba o se disgustaba, siempre era por algo que yo había hecho o que no había hecho.


 —Lo que hizo que su mal humor se convirtiera en tu problema.

 

—No lo hagas —dijo ella de repente.

 

—¿El qué?

 

—Compararte con él. No te pareces en nada.

 

—Te lo agradezco, créeme, pero sé que puedo resultar un completo idiota.


 —Por supuesto —afirmó ella, en tono de broma—, pero no te pareces en nada a David. Tú nunca has utilizado la guerra psicológica contra mí o contra los que te rodean. Esa era su táctica. Me culpaba por su mal humor tan a menudo que me lo empecé a creer. Scott era un maestro en conseguir que yo me sintiera inútil y, sobre todo, inadecuada.


Eso era algo que Pedro no había hecho nunca. Jamás había hecho que los que le rodeaban se sintieran inferiores.


 —¿Y qué decía tu familia?


 —Nada porque no lo sabían.

 

—¿No hablaste con ellos? —preguntó él muy sorprendido.

 

—No. ¿Cómo le podía contar a mi madre que tenía razón sobre David cuando ella no hacía más que decirme lo mucho que se alegraba de que yo no la hubiera escuchado? Cuando estaba mi madre, él se comportaba perfectamente, al igual que con mi hermana y mi cuñado. Yo era la única que veía al verdadero David. Y me tenía medio convencida de que yo era realmente así. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 67

 —¿Y estaba equivocada?

 

—No. En absoluto —admitió él, aunque le resultó difícil hacerlo con la mujer por la que estaba empezando a desarrollar unos sentimientos muy serios—. No estoy orgulloso, pero yo era todas esas cosas y muchas más.


 —Era —dijo ella—. Me gusta el sonido de esa palabra.


—¿De verdad?

 

—Sí.

 

—A mí también me gusta. He cambiado, Paula. Quiero asegurarme de que lo sepas. Es muy importante para mí.

 

—¿Por qué? ¿Por qué es tan importante? —le preguntó ella mientras lo examinaba con sus hermosos ojos azules.

 

—Es que… Tu opinión me importa mucho. Jamás he conocido a nadie como tú.

 

—Me siento… Halagada. 


Pedro sintió que el alma se le caía a los pies. Aquello no era exactamente lo que había esperado escuchar. Bajó la cabeza.

 

—¿Eso es todo? Podría haber jurado que, el otro día sentías… Algo más.

 

—Eres mi jefe, Pedro. Trabajo para tí.

 

—¿Y si no fuera así? Dime que no te sientes atraída por mí.

 

Ella lanzó una risa ahogada.

 

—Sabes que sí lo estoy.

 

—¿Pero?

 

—Pero no estoy buscando una relación.

 

—Tu ex te hizo mucho daño…

 

—Sí —admitió ella.

 

—¿Quieres hablar al respecto? Tal vez yo esté tan sorprendido como tú, pero en las últimas semanas he aprendido a escuchar.

 

—No se trata de algo que me guste recordar, y mucho menos hablar al respecto.


 —Lo entiendo. No pasa nada.


Pedro se sentía muy desilusionado. Los retazos de información que ella le había dado sobre su ex eran tan escasos que hacían que él sintiera más curiosidad. Sin embargo, sabía que era mejor no presionarla. Echaron de nuevo a andar. Tenían los dedos entrelazados, pero Paula rompió el contacto cuando se agachó para recoger una caracola. Al darse cuenta de que estaba rota, la devolvió al océano. Entonces, volvió a agarrar a Pedro de la mano.


 —David era marine. Un buen amigo del marido de mi hermana. Así nos conocimos. Fue el padrino en la boda de Ignacio y Delfina y yo era la dama de honor. Tuvimos un noviazgo muy rápido y, seis meses después, nos casamos. A mi madre le pareció que era demasiado pronto. Yo estaba terminando la universidad. Ella quería que yo experimentara un poco más la vida antes de sentar la cabeza. Creo que le preocupaba que yo estuviera buscando una figura paterna, dado que jamás había conocido a mi padre.


Pedro comprendía perfectamente los motivos de la madre, pero prefirió guardar silencio y esperar a que Paula continuara.


 —Mientras estábamos saliendo, era el perfecto caballero. Me abría las puertas, me daba su abrigo si tenía frío… Cuando íbamos a cenar a un restaurante, insistía en pedir lo que yo iba a tomar. Cuando íbamos al cine, él escogía la película. Ahora me doy cuenta de que estas dos últimas cosas deberían haber hecho saltar las alarmas, pero no fue así. Pensé que eran ejemplos de caballerosidad algo chapada a la antigua. Pensé que me estaba casando con el hombre de mis sueños, pero estaba muy equivocada. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 66

 —Será más fácil andar ahí. La arena es lisa y dura. Por supuesto, tal vez te mojes de vez en cuando.

 

—No me importa.

 

Cuando llegaron a la orilla, caminar resultaba ciertamente mucho más fácil. Paula saltaba para evitar las olas, pero Pedro no tenía ni la agilidad ni la coordinación necesarias para hacerlo, por lo que los pies, con zapatos y todo, estuvieron inmediatamente mojados. No le importó. Aparte de la cita para ir al médico, aquella era la única vez que había salido del hotel desde que llegó. Por supuesto, lo de estar en el porche no contaba, dado que era más un espectador que un participante.

 

—Vas muy bien —comentó ella.


 —Gracias. Estoy tratando de no avergonzarme delante de tí después de lo ocurrido ayer con lo de la bañera.

 

—No sé… A mí me parece que salió todo muy bien considerando todas las cosas…


 —Terminó antes de empezar.


 —No es así como lo recuerdo yo.

 

—¿No? Pues a mí me parece que la llegada de Juan fue de lo más inoportuna.


 —En esto tengo que estar de acuerdo contigo —comentó ella riendo.

 

—Además de ser mi fisioterapeuta, está empezando a parecerme una carabina de las de antes.

 

—¿Acaso la necesito?

 

—Bueno, podrías necesitarla —susurró Pedro. Se detuvo en seco y la agarró de la mano, obligándola a hacer lo mismo—. Aquí es donde, como tu jefe, debería disculparme por mi descarado comportamiento. 


—¿Descarado, eh? A mí me pareció más bien horizontal.


Ella frunció los labios. Pedro sintió la tentación de besarla, pero tenía algo muy importante que decir.


 —Sé la reputación que tengo…

 

—Yo también la conozco. He leído tus hazañas, Pedro. Mucho antes de que llegaras a la isla. De hecho, incluso antes de que empezara a trabajar aquí. Tenía curiosidad por saber cosas sobre el hombre que iba a ser mi jefe.


 —¿Y?


 —Me gustaría decir que no te juzgué y que te dí el beneficio de la duda. Después de todo, los periódicos sensacionalistas son famosos por hacer una montaña de un grano de arena, pero saqué algunas conclusiones.


 —¿Que donde hay humo siempre está el fuego?


Paula asintió. Efectivamente, Pedro había vivido sin preocupaciones, validando la mala opinión que su madre tenía de él.

 

—Déjame adivinar —dijo él—. Pensaste que era un caradura, que vivía gastándome mi herencia en vez de ganarme la vida. Que me iba de juerga siete días a la semana, rodeado de personas tan superficiales y egoístas como yo. 

lunes, 4 de noviembre de 2024

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 65

Comprobó que ella no protestaba, que no se resistía. Cuando los labios de ambos se unieron, ella cerró los ojos. Pedro sintió que ella le rodeaba los hombros con los brazos. En el instante antes de que él profundizara el beso, un sonido, medio suspiro medio gemido, vibró en la garganta de Paula. Ella estaba tan excitada como él… Desgraciadamente, estaba empezando a resultar evidente que él no podía sostenerse así, encima de ella, durante mucho tiempo más. Los brazos estaban empezando a temblarle por el esfuerzo. En cualquier momento, iban a dejar de sostenerle. Aunque aún pesaba bastantes kilos menos de su peso habitual, a él le preocupaba que si bajaba el torso hacia el de ella, le resultaría demasiado pesado, en especial dado que el suelo de azulejos no cedería como lo haría un colchón. Estaba a punto de sugerir que se marcharan a seguir a otra parte, cuando se oyeron pasos. Rompieron el beso y los dos miraron hacia la puerta. Juan estaba en el umbral, con las manos en las caderas, tratando por todos los medios de ocultar una sonrisa.

 

—Veo que no ha necesitado mi ayuda para salir de la bañera, señor Alfonso. 




—¿Vas a dar tu paseo? —le preguntó Pedro a Paula el día siguiente por la tarde al ver que se ponía sus zapatillas deportivas.

 

—Así es. No tardaré mucho. Los desafío a Juan y a tí a una partida de gin rummy cuando regrese.


Aquello no era lo que él quería escuchar. Desde lo ocurrido en el cuarto de baño, Pedro no había podido disfrutar de un momento a solas con ella. Juan estaba siempre con ellos. En su caso, tres eran multitud.


 —¿Te importa si te acompaño?

 

—¿A dar un paseo? —replicó ella muy sorprendida.

 

—Eso es.

 

—A la playa.

 

—Allí es donde sueles ir a pasear, ¿No?


Paula miró a Juan, que estaba en la cocina preparando Dios sabía qué.

 

—¿Qué? —preguntó Pedro con exasperación—. ¿Acaso necesito permiso?

 

—No. Yo solo… Resulta difícil andar sobre la arena.

 

—Estoy dispuesto para el desafío, a menos que prefieras ir sola…

 

—No. No me importa tener compañía —comentó ella con una sonrisa—. Solo quería asegurarme de que a Juan le parecía buena idea.


Juan sonrió.

 

—Hará más ejercicio caminando sobre la arena que sobre la máquina. La sesión de esta noche ha sido bastante intensa, señor Alfonso. ¿Cree que podrá hacerlo?


De lo único de lo que Pedro estaba seguro era de que quería estar a solas con Paula. Sonrió y asintió. 


—Estoy seguro.


Su bastón no le ofrecía mucho apoyo dado que no hacía más que hundirse en la arena. Paula caminaba muy cerca de él, pero avanzaban muy lenta y trabajosamente, a pesar de que habían elegido un camino muy utilizado que había entre las dunas. Cuando llegaron a la playa propiamente dicha, ella señaló la orilla. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 64

Pedro comenzó a levantarse, tratando de apoyar la mayor parte del peso en la pierna buena. Paula le agarraba las manos y le sonreía para animarlo. ¿Cómo era posible que aquella mujer pudiera tensarle y deshacer sus preocupaciones al mismo tiempo? «… Promover el bienestar general…».

 

—Lo has conseguido.

 

—Con tu ayuda —dijo él.

 

—Formamos un buen equipo.


Pedro asintió y se inclinó hacia ella, atraído por su aroma. Tardó un segundo en darse cuenta de que ella estaba dando un paso atrás.

 

—Vamos.


Pedro dió un paso. Debía de haber un poco de agua en el suelo, porque notó que el pie comenzaba a resbalársele. Cuanto más se esforzaba él por mantener el equilibrio, más precario era este. Paula abrió los ojos con preocupación y le rodeó con sus brazos al ver que él empezaba a caerse. La caída pareció tener lugar a cámara lenta. No se hizo daño dado que cayó muy despacio y encima terminó haciéndolo sobre el cuerpo de Paula. Desde el suelo, contempló un par de ojos azules que lo miraban tan sorprendidos como él se sentía.


 —¿Te encuentras bien? —le preguntó él, moviendo el peso para que la cadera y la pierna cayeran sobre el suelo. 


La mala, por el contrario, permaneció enredada con las de ella y las manos quedaban a ambos lados de los hombros de Paula. Ella sonrió.

 

—Creo que eso lo debería decir yo.

 

Si Paula podía bromear en un momento como aquel, era porque se encontraba bien. Trató de controlar su alocado corazón, pero este volvió a acelerársele al darse cuenta de lo bonita que estaba con el cabello oscuro extendido por completo sobre las losetas blancas del suelo. Además, la pose era bastante íntima. El torso de él estaba a pocos centímetros de los senos de ella y la erección quedaba apretada contra la cadera de Paula, endureciéndose más y más a cada instante que pasaba. Ya no había manera de ocultar su deseo. El preámbulo. El maldito preámbulo. ¿Qué venía a continuación? Algo de las bendiciones…  «… Y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros y para nuestros descendientes…». Paula ya no sonreía. La expresión de su rostro se había vuelto solemne. Los ojos azules que lo observaban se habían vuelto prácticamente opacos. ¿Lo estaba sintiendo ella también? Pedro sabía que estaba luchando una batalla que iba a perder.  «… Ordenamos y establecemos esta Constitución para los Estados Unidos de América».  Terminó de recitar en su pensamiento. En voz alta, murmuró:


 —Al diablo con todo.

 

Al ver cómo ella había cambiado, bajó la cabeza. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 63

Paula se le colocó prácticamente a horcajadas sobre la espalda. Pedro tragó saliva y deseó que las posiciones de ambos estuvieran al revés. Deseó que ella no estuviera completamente vestida, sino desnuda como él y que tuviera la piel húmeda y resbaladiza por el agua y el jabón. Lanzó un gruñido.

 

—¿Te duele algo?


Claro que le dolía, pero negó con la cabeza.

 

—Acabemos con esto.

 

—¡Qué impaciente eres! —musitó.

 

—No tienes ni idea —replicó él.


Paula se inclinó sobre él y le deslizó las manos por debajo de los brazos. No llevaba el cabello recogido en una coleta como era su costumbre, por lo que parte del cabello le cayó a Pedro sobre el rostro. Él respiró profundamente y dejó que el aroma de ella lo envolviera.

 

—Vamos a ponerte de pie. A la de tres, ¿De acuerdo?

 

—Mmm —susurró él. No paraba de inhalar el aroma.

 

—Uno… Dos… Tres…


El tirón que ella dió fue sorprendentemente fuerte. Esto, añadido al propio esfuerzo de Pedro, hizo que él consiguiera poner un pie sobre el fondo de la bañera. Se agarró el muslo con las dos manos y, con la ayuda de Paula, pudo conseguir que su pierna mala cooperara. Por fin, se puso de pie. Las manos de Paula ya no estaban debajo de los brazos de Pedro, sino en la cintura. A ella le resultaría tan fácil desabrochar el cinturón e introducir la mano… Allí, encontraría el cuerpo de Pedro dispuesto y ansioso. A pesar de los esfuerzos de él por pararlo, se la imaginó haciendo precisamente eso. Entonces, se encontró deseando que el agua helada aún llenara la bañera. Lo que fuera con tal de hacerle recuperar el sentido común.


 —Ahora, quiero que te sientes en el borde de la bañera. Yo voy a salir. Entonces, te ayudaré a sacar las piernas —dijo Paula. Ella salió mientras Pedro se sentaba—. ¿Estás listo?


Él asintió a duras penas e hizo lo que ella le ordenaba esperando que el albornoz pudiera ocultar su estado de excitación cuando ella lo ayudara a sacar las piernas de la bañera. Tenía que pensar en otras cosas. Recordó que en el colegio, uno de sus profesores le había hecho escribir el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos cuarenta veces por hablar en clase. Se lo había aprendido de memoria. Comenzó a recitarlo mentalmente. Lo que fuera con tal de no pensar en el sexo.  «Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una unión más perfecta…». Cuando puso los pies sobre el suelo, ella le dió las manos. Se colocó delante de él. Los pechos le quedaban a la altura de la boca. Pedro tragó saliva… «… Establecer Justicia, asegurar la tranquilidad interior, proporcionar la defensa común…».


 —Muy bien. Ahora ponte de pie.