lunes, 4 de noviembre de 2024

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 62

 —¡Pedro! —gritó Paula—. ¿Qué estás haciendo?

 

—Tratando de ponerme de pie.

 

—¡No! De ninguna manera. ¿Me oyes? Tienes que volver a sentarte y esperar a Juan.


El mismo orgullo que le había empujado a lo largo de tantas sesiones de fisioterapia se apoderó de él. No iba a sentarse. No iba a esperar. Iba a ponerse de pie y a salir de la bañera por sus propios medios. Con los dos brazos sobre el borde de la bañera, se puso de rodillas. Quedaba ya muy poco agua en el fondo. Tuvo dudas. Tal vez debería esperar…

 

—¡Pedro! 


—Estoy bien. Puedo hacerlo —dijo esperando poder convencerlos a los dos.


 —Cúbrete porque voy a entrar —anunció ella un instante antes de hacer girar el pomo.


¿Qué diablos…? ¿Sería capaz? Claro que lo fue. Pedro tuvo el tiempo suficiente para tirar de la toalla y colocársela antes de que ella entrara. Tenía los ojos cerrados y llevaba una mano extendida, aparentemente para asegurarse de que no se chocaba con nada.

 

—¿Estás visible? —le preguntó—. ¿Puedo abrir los ojos?


Él estaba descansando sobre los talones, con la toalla sobre el regazo. Aunque estaba lo suficientemente cubierto, se sentía desnudo. Era más fuerte y más pesado de lo que había estado aquel día, cuando ella lo vió sin camiseta, pero distaba mucho del físico esculpido que él había poseído hacía ya mucho tiempo.

 

—Preferiría que no me vieras así, Paula.


Ella abrió los ojos y los fijó en el rostro de Pedro.


 —¿Verte cómo, Pedro? Estás perfectamente cubierto.

 

—No me refería a eso. Yo solía estar… Mucho mejor físicamente que ahora…

 

—A mí me parece que estás bastante bien, en especial para alguien que se está recuperando.


El tono de su voz pareció bastante normal, pero las mejillas se le habían cubierto de un ligero rubor. Al verla de aquella manera, Pedro sintió que su ego engordaba.


 —¿De verdad?

 

—Sí.

 

—Tú también me pareces muy bien a mí. Eres muy hermosa, Paula. Por dentro y por fuera. Tan fuerte…

 

—No hay muchos hombres que aprecien la fuerza en una mujer.

 

—Yo sí.


Las últimas gotas de agua terminaron de salir por el desagüe. El ruido que hicieron rompió la magia.


 —¿Me puedes dar mi albornoz?


Mientras Paula se daba la vuelta para alcanzarlo, él apartó la toalla empapada. Cuando ella se lo entregó, se lo puso y se apretó bien el cinturón.


 —Estoy listo —le dijo mientras volvía a ponerse de rodillas.


Ella se dió la vuelta y lo estudió durante un instante.

 

—Creo que sería mejor que me metiera en la bañera contigo.

 

Ese comentario despertó la libido de Pedro. Mientras estaba tratando de controlar su deseo, vió cómo ella se quitaba los zapatos y se metía en la bañera.

 

—Deja que me coloque detrás de tí —dijo ella. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 61

 —Dígame si es demasiado —le había dicho Juan antes de subir la resistencia de la bicicleta estática. 


Pedro estaba convencido de que el fisioterapeuta solo le decía aquellas frases para picarle en su orgullo. Fuera como fuera, el truco había funcionado. Hacía todo lo que Joe le decía e incluso pedía más. Y estaba pagando su orgullo en aquellos momentos. A pesar de tanto sufrimiento, le parecía que estaba haciendo progresos. Los músculos del muslo y de la pantorrilla no parecían estar tan rígidos ni tan fuera de control cuando caminaba. Aún tenía que apoyarse mucho en el bastón, pero le estaba empezando a parecer que la pierna estaba más firme. Y eso después de menos de un mes. Se maldijo por no haber puesto tanto empeño antes. ¿Quién sabía dónde estaría en aquellos momentos si se hubiera aplicado de aquel modo desde el principio? O si hubiera ido antes a Alfonso Haven. Creía que la isla tenía mucho que ver con la mejora de su estado. Y, por supuesto, Paula. En realidad, Paula principalmente. Ella le había dado el empujón que necesitaba para empezar de nuevo a vivir. No estaba seguro de cómo podría pagárselo, pero lo haría. Recordó los papeles del finiquito que había hecho que su abogado redactara. Con ellos, se aseguraba que Paula recibía una compensación más que generosa no solo por sus años de servicio, sino por la ayuda que le había prestado en su recuperación. Sin embargo, eso no era precisamente la recompensa que tenía en mente. De hecho, hacía semanas que no pensaba en los papeles ni quería pensar en el hecho de que ella pudiera marcharse del hotel. Que se marchara de su lado. Más que en cualquier otro momento de su vida, esta parecía fluir. Su futuro distaba mucho de estar determinado. Cosas que Pedro había creído que deseaba ya no importaban. Cosas que había pensado que jamás le gustarían, de repente le gustaban. No estaba seguro cómo, pero Paula había puesto orden al caos. De algún modo, ella figuraba en su futuro. Veinte minutos más tarde, se sentó en la bañera y apagó los chorros. El agua se había enfriado y quería salir. Desgraciadamente, no lo podía hacer sin ayuda. Llamó a Juan tres veces antes de oír por fin pasos junto a la puerta.


 —Entra rápidamente —gritó—. Me estoy convirtiendo en una pasa.

 

No fue Juan quien contestó, sino Paula.

 

—Juan no está…

 

—¿Qué quieres decir con que Juan no está? ¿Adónde ha ido?

 

—No estoy segura, pero no está en el departamento. Yo había venido por un yogur cuando oí que estabas gritando. Puedo ir a buscarle si quieres…


 —No importa. Puedo… Puedo hacerlo —dijo él mientras retiraba el tapón de la bañera. El agua comenzó a salir por el desagüe.

 

—¿Hacer qué? ¿Qué es lo que vas a hacer, Pedro?

 

—Voy a salir de la bañera.


 —Creo que deberías esperar a Juan —comentó ella muy preocupada.

 

El agua bajaba rápidamente. La piel se le puso de gallina.  No iba a esperar.


 —Tendré cuidado —prometió.


Ponerse de pie iba a resultar difícil, pero el verdadero desafío sería pasar la pierna por encima de la bañera. De un modo u otro, tendría que mantener el equilibrio sobre la pierna mala. ¿Le aguantaría la rodilla? 

viernes, 1 de noviembre de 2024

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 60

 —Tendría que confiar en tí.

 

—¿Y ahora no confías en mí?

 

—Estoy empezando a hacerlo.

 

—En ese caso, me esforzaré un poco más.

 

Pedro se rebulló en el asiento. La caña que utilizaba como bastón cayó al suelo.

 

—Eso me recuerda que tengo algo para tí.

 

—¿Un regalo?

 

—Más bien una sorpresa.

 

—Incluso mejor —replicó él con una sonrisa.


Las manos de ambos se tocaron. Un simple roce de la piel producía en ellos el mismo efecto que el de la cerilla al entrar en contacto con las ramas. Kellen le miró los labios y, en ese momento, ella se obligó a romper el contacto visual. Sacó su teléfono móvil.

 

—Tengo que hacer una llamada.


 —¿Ahora? ¿Después de decirme que me vas a dar una sorpresa?

 

—La llamada tiene que ver con la sorpresa.

 

Paula llamó a Pablo. El joven botones respondió inmediatamente dado que estaba esperando la llamada.

 

—Lista —dijo Paula antes de colgar.

 

—Muy enigmático —murmuró Pedro—. Me tienes intrigado.

 

Al ver que Pablo se acercaba a ellos con el bastón envuelto en papel, sonrió.


 —¡Vaya! Me pregunto qué será eso —bromeó mientras tomaba el regalo. El botones regresó inmediatamente al interior del hotel.

 

—Las apariencias pueden resultar engañosas.

 

—Cierto. ¿Lo abro ahora?

 

—A menos que quieras seguir con el suspense…

 

Pedro rasgó el papel.

 

—¡Un bastón! ¿Quién se lo habría imaginado?

 

—No se trata de un bastón cualquiera. Este pertenecía a tu abuelo.


A Pedro se le heló la sonrisa en los labios al mirar el bastón que tenía entre las manos. Lo dió la vuelta con reverencia.

 

—Lo recuerdo… Mi abuelo no necesitaba bastón para caminar, pero un amigo suyo fue a Grecia y se lo trajo.

 

—Entonces, esa criatura que lleva tallada en el mango, ¿Es parte de la mitología griega?

 

—Sí. Se trata de un hipocampo. ¿Dónde lo has encontrado?

 

—En el almacén. Estaba buscando un jarrón cuando lo ví. Podría haber allí más efectos personales de tu abuelo si quieres mirar en alguna ocasión.


 —Lo haré —dijo él—. Gracias. 


Pedro apoyó la cabeza contra el borde de la bañera y sintió cómo los chorros de agua caliente le calmaban los doloridos músculos. Después de tres semanas de tortura, había pensado que Juan le daría el fin de semana libre o que, al menos, aliviaría un poco la rutina de ejercicios. No había sido así. Al contrario, las sesiones de aquel sábado habían sido más intensas que nunca. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 59

Paula encontró el bastón mientras estaba en el almacén buscando un jarrón en el que guardar más caracolas. Era negro, curvado, bellamente tallado y con incrustaciones de madreperla. Examinó la figura que había tallada en el mango. ¿Era un caballito de mar? La cola no parecía la correcta. Era más ancha, escamosa, con más forma de cola de serpiente que de otra cosa y con una aleta de pez en la punta. No obstante, estaba completamente segura de a quién había pertenecido: Al abuelo de Pedro. Además de que él estaría encantado de tener el bastón de su abuelo, el descubrimiento no podía haber llegado en mejor momento dado que la madera que Joe había encontrado en la playa se había partido y aún no habían recibido el que habían encargado.  Esperó hasta la hora de la cena para dárselo. En realidad no se trataba de un regalo, dado que ya le pertenecía, pero ella se lo envolvió de todos modos. Se moría de ganas por ver su reacción cuando lo abriera. En vez de cenar en el comedor, ella sugirió que cenaran en el porche que había fuera. Aquella noche, había pocos comensales cenando fuera porque había amenaza de tormenta. Efectivamente, el cielo estaba completamente gris.

 

—¿Estás segura de que quieres comer aquí fuera? —le preguntó Pedro por segunda vez, cuando una ráfaga de viento les arrancó la servilleta del regazo.


 —Si el viento arrecia, podemos regresar al interior, pero yo prefiero cenar aquí fuera. La Madre Naturaleza va a hacer acto de presencia más tarde.


 —Es una manera de decirlo —replicó él—. Parece que estás deseando. 


—Me gustan las tormentas —admitió ella—, en especial cuando estoy a resguardo. Siempre me han gustado excepto cuando…

 

—¿Cuando qué?

 

—Cuando tenía veintitantos años —contestó ella.

 

—¿Por qué entonces?

 

Ella negó con la cabeza.

 

—Entonces estabas casada, ¿No?

 

—¿Y tú? ¿Qué te parecen a tí las tormentas? —preguntó ella tratando de cambiar de tema.


Para su sorpresa, Pedro chascó los dedos y sacudió la cabeza.

 

—Pensaba que te tenía…

 

—¿Qué quieres decir?

 

—Pensaba que ibas a abrirte un poco, tal vez incluso contarme algunos de tus más profundos y oscuros secretos.

 

—No tengo secretos que contar. Ni oscuros ni de ningún tipo.

 

—Si los tuvieras, ¿Los compartirías conmigo?

 

Aquella pregunta hizo que Paula tragara saliva. Algo estaba ocurriendo entre ellos, algo más fuerte que el viento que los azotaba. Este hecho le causaba el mismo sentimiento de anticipación que la tormenta que se avecinaba. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 58

Romina entornó la mirada mientras que Pedro trataba de no soltar una carcajada.

 

—¿Te importa? Pedro y yo estábamos teniendo una conversación privada.

 

—¿Te dejo solo? —le preguntó Paula a Pedro.

 

—No. Teníamos una cita para almorzar —respondió él. Entonces, miró a Romina—. Mira, Romi. Te agradezco tu preocupación, pero no hay necesidad. Tal vez no esté bien, pero estoy mejorando. 


—Sí, sobre eso… Bueno, tu madre me dijo que habías ido a Charleston a ver a otro especialista. Ella también me mencionó algunas de las opiniones médicas que ya te habían dado.

 

—En ese caso, estoy seguro de que ya sabe que mis días en la pista de baile han terminado —replicó él.


Sorprendentemente, después de hablar con Paula, ya no le importaba. Romina, por el contrario, lanzó una expresión de dolor.

 

—¡Ay, Pedro! ¡No digas esas cosas! ¡Ni siquiera las pienses!

 

—¿Los dejo solos? —volvió a preguntar Paula. 


El tono seco de su voz le dijo exactamente a Pedro lo que pensaba de la teatralidad de la otra mujer.

 

—No hay necesidad. Jen ya se marcha —afirmó él mirando a la rubia—. Te agradezco tu preocupación, pero no es necesario. De verdad.


Ella frunció los labios y asintió. Pedro sabía que ella no le creía del todo.


 —Si cambias de opinión, mi padre conoce a un cirujano ortopédico en Johns Hopkins. El doctor Taft es relativamente joven, pero mi padre dice que es excelente en su trabajo. Un verdadero visionario en lo que se refiere a la implementación de nuevos protocolos de tratamiento. Muchos atletas profesionales lo buscan después de sufrir lesiones que podrían terminar con sus carreras. Es capaz de hacer milagros.

 

Por segunda vez, ella se inclinó para darle un beso. Después de mirar a Paula con desprecio, se marchó.

 

—¿Vas a llamarlo?

 

—¿A quién?

 

—A ese médico milagroso del que ha hablado tu novia.

 

—En primer lugar, Romina no es mi novia. Lo fue en el pasado. Nada más. De eso hace mucho tiempo.

 

Paula se encogió de hombros.

 

—¿Y en segundo lugar?


 —En segundo lugar, no. No voy a llamarlo. No quiero ni más médicos ni más opiniones.


 —¿Cómo dices?

 

—El diagnóstico sería el mismo. Mi evolución, sin embargo, depende de mí.

 

—Así es.


Paula sonrió. Parecía satisfecha. Contenta. Algo en ella era diferente. Pedro la estudió de cerca y trató de descubrir de qué se trataba exactamente. Su atuendo era el mismo. Como siempre, llevaba el cabello recogido en una coleta. El maquillaje era mínimo, tan solo un poco de rímel en las pestañas. Algunas personas podrían decir que ella no era nada del otro mundo. Bonita, pero nada llamativa. Pedro podría haber sido uno de ellos si no hubiera visto la determinación y el acero que había debajo de aquella piel. Para él, Paula era muy hermosa y lo era cada más con cada cosa que aprendía sobre ella.


 —¿Por qué me miras de ese modo?

 

—Por nada en particular —mintió él, a pesar de que la verdad le aguijoneaba por dentro como si fuera una abeja fuera de control.

 

Por primera vez en su vida, corría el riesgo de enamorarse. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 57

Ella le ofreció una paternalista sonrisa mientras que él rechinaba los dientes. Tan solo una semana antes, él le habría preguntado si había ido a la isla para ver al inválido. La habría tratado muy groseramente y habría sido insufrible. Al contrario de Paula, que le había hecho ver su mal comportamiento, Romina se habría echado a llorar y se habría marchado corriendo.

 

—¿Recibiste las flores que te envié? —le preguntó ella.

 

—¿Flores?

 

—Sí. Hice que te las enviaran al hospital después del accidente.

 

Pedro recordaba una serie de ramos, plantas y tarjetas que habían llenado su habitación, aunque no se había preocupado en saber quién las enviaba. Sin embargo, asintió de todos modos.


 —Gracias. Muy amable de tu parte.

 

—Era lo menos que podía hacer. Estaba muy preocupada por ti y sigo estándolo, Pedro. Si hay algo que pueda hacer para ayudarte, lo que sea, solo tienes que decirlo.

 

—Eres muy amable —repitió. Romina se inclinó hacia él y le dijo:

 

—¿Sabes una cosa? Jamás he conseguido olvidarte…

 

—Romi…


 —Tantos años y aún sigo esperando que… 


Pedro jamás le había hecho promesas, pero, tras salir durante cuatro años, era normal que ella hubiera sacado conclusiones. Él lo lamentaba. También lamentó que, justo en el momento en el que Romina acababa de admitir lo que sentía por él, Paula se presentó en la mesa. Los miró a ambos con una ceja levantaba, pero no dejó entrever lo que estaba pensando en ningún momento.

 

—¿Debería traer otra silla? —preguntó cortésmente.

 

Romina la miró. Aparentemente, se dió cuenta de que ella llevaba un logotipo del hotel en el polo y, antes de que Pedro pudiera decir nada, replicó:


 —No hay necesidad. La mesa ya tiene dos sillas.

 

—Sí, pero la que queda libre está ocupada.

 

—¿Por quién? —le preguntó Romina con tono molesto. Se irguió.


Con zapatos de tacón, era tan alta como Pedro, por lo que era mucho más alta que Paula.

 

—Por mí.

 

Paula tomó asiento y se desdobló la servilleta sobre el regazo.  Romina la miró asombrada, para luego hacer lo mismo con Pedro. Como no estaba seguro de qué hacer, él las presentó.


 —Paula Chaves, ésta es Romina Cherville. Romi, Paula.

 

—Paula, ¿Eh? Veo que trabajas aquí —comentó Jennifer.

 

—Así es. Llevo cinco años trabajando como directora de Alfonso Haven.

 

—Muy bien —replicó Romina en tono condescendiente—. Pedro y yo nos remontamos a más de una década. Éramos novios en la universidad.

 

—Muy bien —repitió Paula, usando el mismo tono burlón. 

Fuiste Mi Salvación: Capítulo 56

Ya se había vestido y tenía el pelo empapado, lo que significaba que acababa de darse una ducha. Tenía una manzana a medio comer en la mano. 


—Veo que no tengo que despertarlos a ninguno de los dos — comentó. Entonces, miró a Pedro—. ¿Está preparado, señor Alfonso?


 —Vamos —respondió él.

 

—Esa es la actitud que estaba esperando. He pensado que vamos a empezar por unos ejercicios básicos de estiramiento antes de empezar con los de fortalecimiento —dijo él. Entonces, miró a Paula—. Podemos empezar en el salón con unas bandas de tensión y el balón terapéutico, pero luego necesitaremos todo el equipamiento.


 —Por supuesto. No hay problema. Dame veinte minutos para ducharme, vestirme y recoger mis cosas y el departamento será todo de ustedes —afirmó. Entonces, miró a Pedro con lo que esperaba que fuera una sonrisa de ánimo en el rostro—. Buena suerte.



 Más tarde de aquel mismo día, Pedro estaba sentado en solitario en una de las mesas del comedor. Estaba cansado, dolorido y tenía sueño, dado que no había podido dormir muy bien. Sin embargo, había resistido el impulso de tumbarse. Había prometido pasar página y, además, Paula le había prometido que almorzaría con él. Desgraciadamente, ella aún no había hecho acto de presencia. Se había comido la mitad de su ensalada, con la aprobación de Joe, cuando oyó una voz familiar.

 

—¡Vaya! Pero si es Pedro Alfonso en persona.


Se dió la vuelta y se encontró con Romina Cherville. En el pasado, habían tenido una relación. Habían estado saliendo en la universidad y, tras la graduación, Romina había esperado el anillo de compromiso. Pedro, por su parte, se había comprado un par de esquís nuevos y se había adquirido un billete de avión para Suiza. Mientras que ella quería sentar la cabeza y tener hijos, él tan solo había querido desafiar a la muerte en las pistas de esquí. La vida de Pedro habría sido muy diferente si ella se hubiera salido con la suya. A pesar de todo, no se arrepentía de nada. Romina no era la mujer junto a la que quería despertarse por las mañanas.  La imagen de una fiera y decidida belleza de cabello negro ocupó su pensamiento. Cuando ella llegó junto a su mesa, él trató de levantarse.

 

—No, no. Pobrecito. No te levantes —dijo ella mientras le obligaba a sentarse y le daba un par de besos en las mejillas—. Había oído que habías vuelto. Brenda… ¿Te acuerdas de Brenda Dobson?… El otro día estuve cenando con ella en el club y nos encontramos con tu madre y tu padre.

 

—Padrastro.

 

—Como sea. Ella me dijo que habías vuelto —concluyó Romina. Inclinó la cabeza hacia un lado. El tono de su voz se volvió meloso y compasivo—. ¿Cómo estás?


 —Estoy bien.

 

—Ay, Pedro… Eres tan valiente…