—Estás plenamente convencido de eso, ¿verdad?
—Ni siquiera eras una mujer adulta, cielo. Yo no esperaba amor por parte de una niña. Tu cuerpo era lo único que yo deseaba.
—Desgraciadamente, me lo dejaste muy claro. ¿Por qué no me dejaste en paz? No tenías nada que ofrecerme, pero me arrebataste todo lo que yo podía tener de valor. Mi amor, mi virginidad...
—Me lo entregaste todo porque quisiste —le espetó él—. Me lo diste con una pasión que me dejó sin aliento y sin que yo tuviera que pedírtelo. Aparte de desnudarte en público, hiciste todo lo posible por llamar mi atención.
Aquello era cierto. Paula no pudo responderle porque ciertamente le había dado aquella impresión. Bajó los ojos y contempló el vestido en su elegante caja.
—La vida nos enseña lecciones muy duras —murmuró.
— ¿Por qué no aceptas el vestido?
—Porque yo no soy tu amante.
Pedro sonrió, pero sus ojos transmitían una mirada fría y enojada.
-¿No?
—No —replicó ella firmemente. La tranquilidad que había en su voz detuvo en seco a Pedro.
—Me deseas.
—Por supuesto que te deseo, Pedro —replicó ella—, pero soy lo suficientemente mayor como para tomar decisiones sensatas. Lo último que necesito es sacar del baúl una relación del pasado.
— ¿Por tu maravilloso señor Gonzalez? —preguntó él con un tono burlón de voz.
—No. Porque tengo demasiado orgullo. Tú me utilizaste una vez. No voy a permitir que vuelvas a hacerlo. Lo de ayer fue un accidente. Un error. Dejé por un instante que el pasado cegara el presente. Sin embargo, do volverá a ocurrir.
—Tú me deseas —insistió él.
—Supongo que te desearé siempre —confesó Paula—. Tú y yo sufrimos de adicción mutua en la cama. Es una pena, porque no podemos hacer nada al respecto. Sin embargo, yo necesito mucho más que unas horas de pasión. En el pasado, era pura magia y yo no tenía que pensar en el futuro. Ahora sí.
—No tienes verdaderas ataduras —dijo, suavizando el tono de su voz—. Ni yo tampoco.
—Eres un Alfonso —replicó ella—. Tu madre me considera de una especie diferente. Ella volvería a separarnos, si tú no me dejaras de lado por una razón u otra. No hay futuro en lo que siento por ti, Pedro. Tendría mejor suerte en lo que siento por el señor Gonzalez.
—En primer lugar, mi madre jamás nos separó. ¡Lo hizo tu propia avaricia!
—Piensa lo que quieras, pero vete a tu casa —le espetó ella. Tomó la caja y se la entregó—. Y llévate eso. No tengo ningún lugar al que ir en el que me pueda poner algo tan llamativo.
—Tan elegante. Dios sabe que seguramente no hayas visto un vestido tan caro en toda tu vida y tú lo estás rechazando.
De hecho, Paula había visto vestidos así de caros antes. Su armario estaba lleno de diseños originales que eran incluso más caros que el que ella le estaba devolviendo a Pedro.
—Me gusta el regalo, pero no me gustan las ataduras que implica.
—Quién lo hubiera dicho. Orgullo de una mujer como tú —musitó.
Paula se irguió. No le gustaba aquella insinuación.
— ¿Acaso te sientes insultada? ¿Y por qué ibas a estarlo? Las mujeres que no tienen moralidad no pueden permitirse el lujo de tomarse demasiado en serio.
—Crees que me conoces muy bien —susurró ella con voz dura. Prácticamente estaba temblando de la ira.
—Te conozco de la cabeza a los pies —replicó Pedro en un tono similar—. Dios mío, lo único que tengo que hacer es rozarte para que seas mía.
—Fuera de aquí.
—Es mejor que no vengas a ese baile conmigo — murmuró—. Probablemente no has adquirido modales en los últimos seis años. Estoy seguro de que ni siquiera sabes que tenedor utilizar en una mesa bien puesta o dónde poner la servilleta.
En aquellos momentos, Paula estaba temblando de la ira.
—Te aseguro que sé dónde me gustaría poner uno de esos tenedores en estos momentos. ¡Fuera de aquí he dicho!
Pedro dudó, aunque sólo durante un instante. Entonces, lanzó una fría carcajada.
—Buenas noches, Paula. Que duermas bien — dijo antes de marcharse y cerrar la puerta a sus espaldas.
Sin embargo, cuando estuvo en su coche e iba de camino a casa, se maldijo por todas las cosas que había dicho. No había nada que Paula, igual que él, pudiera hacer cuando se tocaban, pero él la había hecho parecer una zorra. No había sido su intención hacer algo así, pero le había dolido mucho que ella lo rechazara. Había pensado que habían vuelto a empezar, pero Paula le había dado con la puerta en las narices.
«Mejor», pensó, tratando de aliviar así su orgullo. Su padre le había demostrado que a un Alfonso no le resultaba posible serle fiel a una única mujer. Había visto como la vida de su madre quedaba destruida por la constante infidelidad de su esposo. Eso había cambiado su opinión del matrimonio, del amor. Nada duraba para siempre y mucho menos la atracción. Eso era lo único aje había habido entre Paula y él. Atracción.
Sin embargo, al recordar la pasión que los dos habían compartido, no le parecía así. La necesidad que los dos habían sentido el uno por el otro había durado muchos años y el modo en el que ella había vuelto a acogerle le sabía dejado atónito. Jamás había sentido con ninguna mujer lo que sentía cuando estaba con Paula en la cama. Era como morir del modo más exquisito.
Gruñó al sentir que el placer se apoderaba de él. Iba a perderla una vez más y no sabía si podría soportarlo una segunda vez. Si por lo menos ella pudiera tolerar lo que había entre ellos sin promesas de eternidad... ¿No había comprendido ya que nada duraba para siempre?
No hacía más que pensar lo que ella le había dicho. No hacía más que insinuar que su madre había tenido algo que ver en la ruptura. Pedro sabía que eso no era cierto. Su madre lo adoraba. Ella jamás haría nada que pudiera hacerle daño.
El vestido que llevaba en el asiento de al lado lo enojaba. Siguiendo un impulso, detuvo el coche en un puente, lo sacó de la caja y lo arrojó al río. Mientras observaba cómo se alejaba flotando sobre las aguas corriente abajo, se sintió como si estuviera viendo el pasado. No le debería haber dicho aquellas cosas a Paula. Iban a hacer que todo resultara mucho más complicado.
sábado, 2 de mayo de 2015
Atrapada en este Amor: Capítulo 29
Pedro se echó a reír. Entonces, se levantó de la cama y empezó a vestirse.
—Hoy en día las mujeres están más liberadas que los hombres. Normalmente, no tengo que preocuparme de tomar precauciones, aunque, en realidad, no sé si las habría tomado contigo. Jamás te dejé embarazada en los viejos tiempos, cuando no utilizábamos nada.
Paula no se molestó en responder.
—Tal vez seas estéril —comentó él, aunque odió aquellas palabras en el momento en el que las pronunció. En realidad, no comprendía por qué.
—Sí, supongo que sí —dijo Paula , disfrutando de una ironía que no quiso compartir con él.
—Al mismo tiempo, no deseo correr riesgos. No quiero hijos.
—¿Nunca? —le preguntó Paula mientras él se abotonaba la camisa.
—No —respondió él, terminando de vestirse—. Los hijos suponen un compromiso. Ya te dije hace mucho tiempo que yo no buscaba compromisos.
—Lo recuerdo —susurró ella. ¿Qué había esperado? ¿Que cambiara en aquellos seis años?
—Y, aparentemente, tú tampoco los quieres. No te has casado.
—Me gusta estar sola —mintió. No quería decir que sí lo había estado.
-¿Sí?
Pedro soltó una dura carcajada. Una parte de él estaba muy alegre al ver que Paula seguía deseándolo, que su cuerpo revelaba el tiempo que había estado sin tener relaciones sexuales. Sin embargo, otra parte odiaba la facilidad con la que ella se había sometido, el modo en el que él mismo había reaccionado ante ella. Con Paula no podía controlarse. Perdía la perspectiva. Era como un niño.
—Ahora que ya tienes lo que habías venido a buscar, ¿por qué no te marchas a tu casa? —le preguntó ella.
—Creía que me ibas a dar de cenar.
—Yo no tengo ganas de comer.
—Siempre tenías hambre después de que hiciéramos el amor.
—De eso hace mucho tiempo.
—Bueno, si has conocido a otros hombres en este tiempo, veo que no han dejado una profunda huella en ti. Te morías de ganas porque te poseyera.
—Eso también se podría decir de ti, ¿no te parece? ¡La primera vez ni siquiera pudiste contenerte!
El rostro de Pedro se volvió completamente rígido. Sin decir ni una palabra más, se colocó el sombrero y se marchó.
—Vaya, vaya con el hombretón. Si no puedes soportar el calor, no te acerques a la cocina.
Se levantó y se dio una larga ducha para tratar de borrar el aroma de Pedro, el tacto de sus manos. No pudo conseguirlo. Pedro seguía odiando la idea del matrimonio y no quería tener hijos. Paula no había esperado otra cosa, pero le dolía. Pedro tenía un precioso hijo. Se preguntó cómo reaccionaría cuando supiera lo de Franco porque, inevitablemente, se iba a enterar de ello.
Lo que más le molestaba era la facilidad con la que se había entregado a él. Sin duda, Pedro esperaría una sumisión fácil cada vez que le apeteciera. Iba a tratar de utilizarla una y otra vez. Ella tendría que dejarle muy claro que eso no iba a ser así. Aunque eso significara privarse del éxtasis que sentía a su lado.
Cuando Paula fue a trabajar a la mañana siguiente, vio a Pedro en el restaurante. La observaba orgulloso, como si fuera una posesión suya, con un deseo fiero y urgente.
Paula se presentó ante él con un menú y su acostumbrada sonrisa.
— Buenos días, Pedro. ¿Quieres pedir ya o prefieres que te dé unos minutos para que puedas estudiar el menú?
—Preferiría tenerte a tí que cualquiera de los platos que están en esta carta.
—Te recomiendo el jamón asado —dijo ella cortésmente, sin prestar atención a las connotaciones de la frase—. Y el café está recién hecho. ¿Te apetece que te traiga una taza?
Pedro suspiró muy enojado. Así que ésa era la actitud que iba a adoptar. Le entregó rápidamente el menú.
—Sí, tráeme una taza de café. Y tomaré beicon, huevos y tostadas.
—Sí. Enseguida.
Paula le sirvió lo que había pedido minutos más tarde, tras haberle hecho esperar el café. Pedro se sentía muy molesto y se le notaba. Se quejaba por todo, incluso sobre lo fuerte que estaba el café. Sin embargo, ella no dejó de mostrarse cortés y educada, aunque nada más.
Pedro se marchó sin mirar atrás. Y, tal y como Paula notó, sin dejarle una propina. Ella sonrió y siguió con su trabajo.
Aquella noche, llamó a Chicago y estuvo hablando con el señor Gonzalez y con Franco. Echaba de menos su casa, especialmente después de lo que había pasado con Pedro. Quería salir corriendo, pero no podía hacerlo.
El hecho de que alguien llamara a la puerta no la sorprendió. Había esperado que Pedro tratara de volver a hablar con ella después de horas. Ella le dejó pasar y frunció el ceño al ver que él traía una enorme caja y la dejaba encima del sofá.
— ¿Qué es eso?
—Algo para tí. Te voy a llevar a un baile benéfico mañana por la noche.
No lo iba a hacer, porque el señor Gonzalez iba a acudir con unos contratos urgentes al día siguiente por la tarde. No obstante, no podía darle todos los detalles.
Abrió la caja y palideció al ver el vestido que él le había comprado. Era de un llamativo color cereza, con lentejuelas y sin espalda, con una abertura muy larga a un lado. Era la clase de vestido que se compraría para una amante, pero no para la mujer por la que tenía sentimientos de cariño.
— ¿Estás tratando de darme un mensaje? —le preguntó, mirándolo.
Pedro la miró de la cabeza a los pies. Parecía muy cansada, como si su trabajo la estuviera matando. Se aseguró que no podía ser. Después de todo, sólo estaba sirviendo mesas. Desconocía lo que Paula hacía después de su horario de trabajo.
— ¿Te refieres al vestido? No es más que eso.
—Es un vestido muy caro. La clase de vestido que un hombre le compra a su amante para ir a bailar.
— ¿Acaso no era eso lo que eras hace seis años? — le preguntó con voz insolente. Lo que ella acababa de decirle le hacía sentirse incómodo.
—Hace seis años yo estaba enamorada de tí—replicó ella—. Por eso me acosté contigo.
—Tonterías. Te gustaba mi dinero, el lujo de mi apartamento y las cosas bonitas que yo te compraba.
—Hoy en día las mujeres están más liberadas que los hombres. Normalmente, no tengo que preocuparme de tomar precauciones, aunque, en realidad, no sé si las habría tomado contigo. Jamás te dejé embarazada en los viejos tiempos, cuando no utilizábamos nada.
Paula no se molestó en responder.
—Tal vez seas estéril —comentó él, aunque odió aquellas palabras en el momento en el que las pronunció. En realidad, no comprendía por qué.
—Sí, supongo que sí —dijo Paula , disfrutando de una ironía que no quiso compartir con él.
—Al mismo tiempo, no deseo correr riesgos. No quiero hijos.
—¿Nunca? —le preguntó Paula mientras él se abotonaba la camisa.
—No —respondió él, terminando de vestirse—. Los hijos suponen un compromiso. Ya te dije hace mucho tiempo que yo no buscaba compromisos.
—Lo recuerdo —susurró ella. ¿Qué había esperado? ¿Que cambiara en aquellos seis años?
—Y, aparentemente, tú tampoco los quieres. No te has casado.
—Me gusta estar sola —mintió. No quería decir que sí lo había estado.
-¿Sí?
Pedro soltó una dura carcajada. Una parte de él estaba muy alegre al ver que Paula seguía deseándolo, que su cuerpo revelaba el tiempo que había estado sin tener relaciones sexuales. Sin embargo, otra parte odiaba la facilidad con la que ella se había sometido, el modo en el que él mismo había reaccionado ante ella. Con Paula no podía controlarse. Perdía la perspectiva. Era como un niño.
—Ahora que ya tienes lo que habías venido a buscar, ¿por qué no te marchas a tu casa? —le preguntó ella.
—Creía que me ibas a dar de cenar.
—Yo no tengo ganas de comer.
—Siempre tenías hambre después de que hiciéramos el amor.
—De eso hace mucho tiempo.
—Bueno, si has conocido a otros hombres en este tiempo, veo que no han dejado una profunda huella en ti. Te morías de ganas porque te poseyera.
—Eso también se podría decir de ti, ¿no te parece? ¡La primera vez ni siquiera pudiste contenerte!
El rostro de Pedro se volvió completamente rígido. Sin decir ni una palabra más, se colocó el sombrero y se marchó.
—Vaya, vaya con el hombretón. Si no puedes soportar el calor, no te acerques a la cocina.
Se levantó y se dio una larga ducha para tratar de borrar el aroma de Pedro, el tacto de sus manos. No pudo conseguirlo. Pedro seguía odiando la idea del matrimonio y no quería tener hijos. Paula no había esperado otra cosa, pero le dolía. Pedro tenía un precioso hijo. Se preguntó cómo reaccionaría cuando supiera lo de Franco porque, inevitablemente, se iba a enterar de ello.
Lo que más le molestaba era la facilidad con la que se había entregado a él. Sin duda, Pedro esperaría una sumisión fácil cada vez que le apeteciera. Iba a tratar de utilizarla una y otra vez. Ella tendría que dejarle muy claro que eso no iba a ser así. Aunque eso significara privarse del éxtasis que sentía a su lado.
Cuando Paula fue a trabajar a la mañana siguiente, vio a Pedro en el restaurante. La observaba orgulloso, como si fuera una posesión suya, con un deseo fiero y urgente.
Paula se presentó ante él con un menú y su acostumbrada sonrisa.
— Buenos días, Pedro. ¿Quieres pedir ya o prefieres que te dé unos minutos para que puedas estudiar el menú?
—Preferiría tenerte a tí que cualquiera de los platos que están en esta carta.
—Te recomiendo el jamón asado —dijo ella cortésmente, sin prestar atención a las connotaciones de la frase—. Y el café está recién hecho. ¿Te apetece que te traiga una taza?
Pedro suspiró muy enojado. Así que ésa era la actitud que iba a adoptar. Le entregó rápidamente el menú.
—Sí, tráeme una taza de café. Y tomaré beicon, huevos y tostadas.
—Sí. Enseguida.
Paula le sirvió lo que había pedido minutos más tarde, tras haberle hecho esperar el café. Pedro se sentía muy molesto y se le notaba. Se quejaba por todo, incluso sobre lo fuerte que estaba el café. Sin embargo, ella no dejó de mostrarse cortés y educada, aunque nada más.
Pedro se marchó sin mirar atrás. Y, tal y como Paula notó, sin dejarle una propina. Ella sonrió y siguió con su trabajo.
Aquella noche, llamó a Chicago y estuvo hablando con el señor Gonzalez y con Franco. Echaba de menos su casa, especialmente después de lo que había pasado con Pedro. Quería salir corriendo, pero no podía hacerlo.
El hecho de que alguien llamara a la puerta no la sorprendió. Había esperado que Pedro tratara de volver a hablar con ella después de horas. Ella le dejó pasar y frunció el ceño al ver que él traía una enorme caja y la dejaba encima del sofá.
— ¿Qué es eso?
—Algo para tí. Te voy a llevar a un baile benéfico mañana por la noche.
No lo iba a hacer, porque el señor Gonzalez iba a acudir con unos contratos urgentes al día siguiente por la tarde. No obstante, no podía darle todos los detalles.
Abrió la caja y palideció al ver el vestido que él le había comprado. Era de un llamativo color cereza, con lentejuelas y sin espalda, con una abertura muy larga a un lado. Era la clase de vestido que se compraría para una amante, pero no para la mujer por la que tenía sentimientos de cariño.
— ¿Estás tratando de darme un mensaje? —le preguntó, mirándolo.
Pedro la miró de la cabeza a los pies. Parecía muy cansada, como si su trabajo la estuviera matando. Se aseguró que no podía ser. Después de todo, sólo estaba sirviendo mesas. Desconocía lo que Paula hacía después de su horario de trabajo.
— ¿Te refieres al vestido? No es más que eso.
—Es un vestido muy caro. La clase de vestido que un hombre le compra a su amante para ir a bailar.
— ¿Acaso no era eso lo que eras hace seis años? — le preguntó con voz insolente. Lo que ella acababa de decirle le hacía sentirse incómodo.
—Hace seis años yo estaba enamorada de tí—replicó ella—. Por eso me acosté contigo.
—Tonterías. Te gustaba mi dinero, el lujo de mi apartamento y las cosas bonitas que yo te compraba.
Atrapada en este Amor: Capítulo 28
Hay grupos trabajando en su favor en Washington, pero es un asunto muy complicado...
Se detuvo en seco. De nuevo, había estado a punto de revelar un secreto y decirle a Pedro que ella financiaba uno de esos grupos.
Regresaron a Billings en silencio. —Aún no has comido —comentó Pedro cuando detuvo el coche delante de la casa de Paula.
—No tengo hambre.
—Podría ir a comprar algo de cenar —insistió, tras apagar el motor—. Podríamos hablar un poco más.
El corazón de Paula latía tan rápidamente... Recordaba tan bien la última vez que habían ido a visitar el campo de batalla y lo que había ocurrido después. Tenía que pensar en su nueva vida, en su hijo.
—Paula...
La voz de Pedro era de terciopelo. Prácticamente ronroneaba. La electricidad seguía presente entre ambos. El deseo no había desaparecido. Él era el único hombre al que había amado en toda su vida.
—Yo... Prepararé algo de comer —susurró. Sin embargo, el significado de lo que había dicho iba mucho más allá y él lo sabía.
Cuando los dos entraron en la casa y Pedro cerró la puerta, pareció de repente que no habían transcurrido tantos años. Paula estaba allí, no era un sueño. Las razones por las que no debía tocarla se desvanecieron como si se tratara de humo.
—Te deseo —susurró —. ¡Oh, Paula , te deseo tanto!
Paula empezó a temblar atenazada por su propia necesidad. Jamás había pensado en precauciones ni en consecuencias en lo que se refería a Pedro. No importaba nada más que él y el amor que sentía.
—Yo también te deseo —admitió ella.
—No hay mañana, Paula —dijo él—. No hay ayer. Sólo el día de hoy.
—Sí —dijo Paula suavemente. Entonces, Pedro la tomó entre sus brazos.
En silencio, Paula no hacía más que repetirse todas las razones por las que debía detener a Pedro. Sin embargo, la boca de él se apoderó de la suya y se encajó perfectamente contra ella. De repente, fue como si los años volvieran hacia atrás y ella volviera a ser la muchacha con su primer amor, su único amor, entre los brazos.
—No te resistas —susurró él, tomándola en brazos—. No te resistas. ¡Te deseo tanto!
Pedro la llevó sin esfuerzo al dormitorio y la tumbó sobre la cama. A continuación, se tumbó a su lado.
Era como la primera vez. Pedro se movía con lentitud, con cuidado, con ternura infinita. Ella se rindió por completo tras una pequeña protesta y observó cómo él la iba desnudando. La miró atentamente, descubriendo las sutiles diferencias que había entre el cuerpo de la muchacha que había poseído y el de la mujer que tenía ante sus ojos. Frunció ligeramente el ceño y le tocó el vientre, donde se apreciaba una ligera cicatriz. Paula había sufrido una cesárea para tener a Franco. Contuvo el aliento y se preguntó si Pedro reconocería a qué se debía aquella intervención.
— ¿Tuviste un accidente? —le preguntó suavemente
—No. Es una operación. Yo... tuve un problema femenino —mintió.
— ¿Te encuentras bien ahora? ¿Te has recuperado por completo?
-Sí.
Con la mano, Pedro le trazó el vientre hasta llegar a los hermosos y rosados pechos, coronados de malva. Notó que se había incrementado su tamaño.
—Siempre fuiste muy hermosa —dijo—, pero eres mucho más voluptuosa ahora que entonces.
Cuando él comenzó a acariciarla, Paula sintió despertar las sensaciones de entonces. Había transcurrido tanto tiempo...
Los minutos fueron pasando lentamente. Pedro le devoraba ansiosamente los pechos, el vientre e incluso el interior de los muslos, excitando plenamente a Paula. De repente, ella le agarró la camisa y se la quitó. Pedro sonrió y colaboró a la hora de desnudarse. Era mucho más corpulento de lo que lo había sido entonces, mucho más atlético.
Pedro sonrió cuando empezó a penetrarla.
—Es casi como si fuera la primera vez. ¿Es que tu último amante no estaba tan dotado como yo?
—No —respondió ella, sonrojándose ante la intimidad del comentario.
—Siempre encajé dentro de ti como si fueras un guante —susurró, mordisqueándole seductoramente el labio inferior—. Incluso la primera vez, cuando te hice daño. No dijiste ni una palabra. Jamás me dijiste que yo había sido el único hombre que habías conocido. A pesar de todo, yo lo supe de todos modos —añadió. Entonces, la animó a que separara las largas piernas un poco más—. Así, cielo. Trata de relajarte un poco. No quiero que te sientas incómoda.
—Ha... ha pasado mucho tiempo —susurró ella, mientras Pedro la poseía sin dejar de mirarla a los ojos.
—Ya lo veo. ¿Quieres que me detenga y te excite un poco más? ¿Te resultaría así más fácil?
—No. Ya estoy bien.
Levantó un poco más las caderas y realizó un gesto de dolor al sentir cómo él la llenaba tan plenamente. Sin embargo, no se apartó. Se arqueó y se empujó hacia él. Entonces, oyó el profundo gemido de placer que Pedro exhaló cuando ella lo acogió plenamente. Antes de que Franco naciera, jamás había podido hacer algo así.
—Jamás... —susurró él—. Jamás antes había sido así...
El inesperado movimiento de Paula lo sorprendió de tal manera que se vio presa de las convulsiones del placer. Se agarró con fuerza al cabecero de la cama y empujó con fuerza, ciego, sordo y mudo a todo lo que no fuera la agonía de su necesidad.
Paula permaneció tranquila, observándolo, gozando al ver su placer. Sin embargo, en el último momento, Pedro salió del interior del cuerpo de ella, librándola así de la posibilidad de un embarazo. Segundos más tarde, se desmoronó encima de Paula, completamente empapado de sudor.
—No has tenido tiempo. Lo siento —susurró.
Paula no respondió. Siempre había sido así. La necesidad lo empujaba de tal modo que le hacía perder el control. Sin embargo, siempre la compensaba. Era un hombre muy generoso.
Efectivamente, segundos más tarde, Paula sintió los delicados labios de Pedro sobre los pechos. No dejaba de besarlos, torturándolos hasta que los pezones se irguieron por completo. Siguió besándola y mordisqueándole la piel hasta que el deseo de Paula volvió a despertarse. Al mismo tiempo, le colocó la mano en la entrepierna y encontró hábilmente el centro de su feminidad. Lo estimuló hasta que éste se convirtió en una llama tan cálida que hizo que Paula gritara de placer.
Estaba empezando a sentir los primeros temblores del orgasmo cuando sintió que él se colocaba encima de ella. Se agarró con fuerza a él y abrió los ojos justo en el mismo instante en el que Pedro la penetró con un firme y único pujo.
La sonrisa que tenía en los labios se convirtió en fuego cuando empezó a moverse dentro de ella. Paula se aferró a él y se dejó llenar, luchando desesperadamente para alcanzar el orgasmo. Éste llegó con la fuerza de una tormenta, levantándola y matándola con su cálido placer.
Se arqueó hacia Pedro y emitió un sonido que no había pronunciado desde la última vez que hicieron el amor. Entonces, gritó de puro éxtasis al notar que sus músculos se atenazaban de pura tensión y se soltaban de repente como si fueran una goma elástica.
Sin saber por qué, se echó a llorar. Aquellas lágrimas reconocían la brevedad del paraíso, la negra angustia de volver a perderlo, el dolor de todos los años que había pasado sin él.
Cuando Paula abrió los ojos, él estaba fumando un cigarrillo. Se cubrió con la sábana y se sentó en la cama. Se sentía barata y fácil. Se había entregado a él sin oposición alguna.
—No estás tomando la píldora, ¿verdad? —dijo él.
—No. No había tenido que hacerlo durante mucho tiempo.
—Ya lo he notado. Esta vez he evitado que te quedes embarazada, pero no te puedo prometer que me pueda volver a contener. Me aseguraré de llevar un preservativo de ahora en adelante.
— ¿Toman la píldora el resto de las mujeres con las que estás? —preguntó ella con frialdad.
Se detuvo en seco. De nuevo, había estado a punto de revelar un secreto y decirle a Pedro que ella financiaba uno de esos grupos.
Regresaron a Billings en silencio. —Aún no has comido —comentó Pedro cuando detuvo el coche delante de la casa de Paula.
—No tengo hambre.
—Podría ir a comprar algo de cenar —insistió, tras apagar el motor—. Podríamos hablar un poco más.
El corazón de Paula latía tan rápidamente... Recordaba tan bien la última vez que habían ido a visitar el campo de batalla y lo que había ocurrido después. Tenía que pensar en su nueva vida, en su hijo.
—Paula...
La voz de Pedro era de terciopelo. Prácticamente ronroneaba. La electricidad seguía presente entre ambos. El deseo no había desaparecido. Él era el único hombre al que había amado en toda su vida.
—Yo... Prepararé algo de comer —susurró. Sin embargo, el significado de lo que había dicho iba mucho más allá y él lo sabía.
Cuando los dos entraron en la casa y Pedro cerró la puerta, pareció de repente que no habían transcurrido tantos años. Paula estaba allí, no era un sueño. Las razones por las que no debía tocarla se desvanecieron como si se tratara de humo.
—Te deseo —susurró —. ¡Oh, Paula , te deseo tanto!
Paula empezó a temblar atenazada por su propia necesidad. Jamás había pensado en precauciones ni en consecuencias en lo que se refería a Pedro. No importaba nada más que él y el amor que sentía.
—Yo también te deseo —admitió ella.
—No hay mañana, Paula —dijo él—. No hay ayer. Sólo el día de hoy.
—Sí —dijo Paula suavemente. Entonces, Pedro la tomó entre sus brazos.
En silencio, Paula no hacía más que repetirse todas las razones por las que debía detener a Pedro. Sin embargo, la boca de él se apoderó de la suya y se encajó perfectamente contra ella. De repente, fue como si los años volvieran hacia atrás y ella volviera a ser la muchacha con su primer amor, su único amor, entre los brazos.
—No te resistas —susurró él, tomándola en brazos—. No te resistas. ¡Te deseo tanto!
Pedro la llevó sin esfuerzo al dormitorio y la tumbó sobre la cama. A continuación, se tumbó a su lado.
Era como la primera vez. Pedro se movía con lentitud, con cuidado, con ternura infinita. Ella se rindió por completo tras una pequeña protesta y observó cómo él la iba desnudando. La miró atentamente, descubriendo las sutiles diferencias que había entre el cuerpo de la muchacha que había poseído y el de la mujer que tenía ante sus ojos. Frunció ligeramente el ceño y le tocó el vientre, donde se apreciaba una ligera cicatriz. Paula había sufrido una cesárea para tener a Franco. Contuvo el aliento y se preguntó si Pedro reconocería a qué se debía aquella intervención.
— ¿Tuviste un accidente? —le preguntó suavemente
—No. Es una operación. Yo... tuve un problema femenino —mintió.
— ¿Te encuentras bien ahora? ¿Te has recuperado por completo?
-Sí.
Con la mano, Pedro le trazó el vientre hasta llegar a los hermosos y rosados pechos, coronados de malva. Notó que se había incrementado su tamaño.
—Siempre fuiste muy hermosa —dijo—, pero eres mucho más voluptuosa ahora que entonces.
Cuando él comenzó a acariciarla, Paula sintió despertar las sensaciones de entonces. Había transcurrido tanto tiempo...
Los minutos fueron pasando lentamente. Pedro le devoraba ansiosamente los pechos, el vientre e incluso el interior de los muslos, excitando plenamente a Paula. De repente, ella le agarró la camisa y se la quitó. Pedro sonrió y colaboró a la hora de desnudarse. Era mucho más corpulento de lo que lo había sido entonces, mucho más atlético.
Pedro sonrió cuando empezó a penetrarla.
—Es casi como si fuera la primera vez. ¿Es que tu último amante no estaba tan dotado como yo?
—No —respondió ella, sonrojándose ante la intimidad del comentario.
—Siempre encajé dentro de ti como si fueras un guante —susurró, mordisqueándole seductoramente el labio inferior—. Incluso la primera vez, cuando te hice daño. No dijiste ni una palabra. Jamás me dijiste que yo había sido el único hombre que habías conocido. A pesar de todo, yo lo supe de todos modos —añadió. Entonces, la animó a que separara las largas piernas un poco más—. Así, cielo. Trata de relajarte un poco. No quiero que te sientas incómoda.
—Ha... ha pasado mucho tiempo —susurró ella, mientras Pedro la poseía sin dejar de mirarla a los ojos.
—Ya lo veo. ¿Quieres que me detenga y te excite un poco más? ¿Te resultaría así más fácil?
—No. Ya estoy bien.
Levantó un poco más las caderas y realizó un gesto de dolor al sentir cómo él la llenaba tan plenamente. Sin embargo, no se apartó. Se arqueó y se empujó hacia él. Entonces, oyó el profundo gemido de placer que Pedro exhaló cuando ella lo acogió plenamente. Antes de que Franco naciera, jamás había podido hacer algo así.
—Jamás... —susurró él—. Jamás antes había sido así...
El inesperado movimiento de Paula lo sorprendió de tal manera que se vio presa de las convulsiones del placer. Se agarró con fuerza al cabecero de la cama y empujó con fuerza, ciego, sordo y mudo a todo lo que no fuera la agonía de su necesidad.
Paula permaneció tranquila, observándolo, gozando al ver su placer. Sin embargo, en el último momento, Pedro salió del interior del cuerpo de ella, librándola así de la posibilidad de un embarazo. Segundos más tarde, se desmoronó encima de Paula, completamente empapado de sudor.
—No has tenido tiempo. Lo siento —susurró.
Paula no respondió. Siempre había sido así. La necesidad lo empujaba de tal modo que le hacía perder el control. Sin embargo, siempre la compensaba. Era un hombre muy generoso.
Efectivamente, segundos más tarde, Paula sintió los delicados labios de Pedro sobre los pechos. No dejaba de besarlos, torturándolos hasta que los pezones se irguieron por completo. Siguió besándola y mordisqueándole la piel hasta que el deseo de Paula volvió a despertarse. Al mismo tiempo, le colocó la mano en la entrepierna y encontró hábilmente el centro de su feminidad. Lo estimuló hasta que éste se convirtió en una llama tan cálida que hizo que Paula gritara de placer.
Estaba empezando a sentir los primeros temblores del orgasmo cuando sintió que él se colocaba encima de ella. Se agarró con fuerza a él y abrió los ojos justo en el mismo instante en el que Pedro la penetró con un firme y único pujo.
La sonrisa que tenía en los labios se convirtió en fuego cuando empezó a moverse dentro de ella. Paula se aferró a él y se dejó llenar, luchando desesperadamente para alcanzar el orgasmo. Éste llegó con la fuerza de una tormenta, levantándola y matándola con su cálido placer.
Se arqueó hacia Pedro y emitió un sonido que no había pronunciado desde la última vez que hicieron el amor. Entonces, gritó de puro éxtasis al notar que sus músculos se atenazaban de pura tensión y se soltaban de repente como si fueran una goma elástica.
Sin saber por qué, se echó a llorar. Aquellas lágrimas reconocían la brevedad del paraíso, la negra angustia de volver a perderlo, el dolor de todos los años que había pasado sin él.
Cuando Paula abrió los ojos, él estaba fumando un cigarrillo. Se cubrió con la sábana y se sentó en la cama. Se sentía barata y fácil. Se había entregado a él sin oposición alguna.
—No estás tomando la píldora, ¿verdad? —dijo él.
—No. No había tenido que hacerlo durante mucho tiempo.
—Ya lo he notado. Esta vez he evitado que te quedes embarazada, pero no te puedo prometer que me pueda volver a contener. Me aseguraré de llevar un preservativo de ahora en adelante.
— ¿Toman la píldora el resto de las mujeres con las que estás? —preguntó ella con frialdad.
viernes, 1 de mayo de 2015
Atrapada en este Amor: Capítulo 27
— ¿No? —Preguntó ella con un cinismo que no correspondía a su juventud—. Yo creía que, para un hombre, el sexo resultaba satisfactorio con cualquier pareja.
— ¿Acaso encontraste tú un placer así con otro hombre? —le espetó él.
Paula pensó en Juan y en lo mucho que él la había amado. Recordó la noche antes del accidente de avión, cuando notó los primeros despertares del amor por su marido.
—Estuve muy cerca...
Los celos se apoderaron de Pedro. No había esperado aquella respuesta por parte de Paula ni tampoco el brillo que se le había pintado en los ojos.
-¿Y él?
—Él me amaba —dijo llena de orgullo y respeto por la figura de Juan—. Yo era su mundo. Si él no hubiera muerto, yo aún seguiría a su lado y jamás habría vuelto a pensar en ti durante el resto de mi vida.
Pedro palideció. Apretó las manos y soltó una maldición.
—Adelante, pierde los estribos —le dijo ella muy tranquila—. Ya no te pertenezco. Ya no soy tu esclava. Por eso me has traído aquí, ¿verdad? Para ver si seguía amándote, para ver si aún era vulnerable hacia ti — añadió, colocándose las manos en las caderas. Por suerte, estaban prácticamente solos—. Me gusta besarte, Pedro. Tal vez incluso disfrutara pasando una tarde en la cama contigo, pero podría marcharme después sin mirar atrás —añadió con una sonrisa de pura malicia—. Pierde el control si quieres. Eso no cambiará nada. No conseguirás que vuelva a amarte.
— ¿Acaso me amaste alguna vez?
— ¿Y eso qué importa ya? Como lo que ocurrió en este campo de batalla, es historia. Los detalles han quedado ocultos en el pasado. Todo está muerto, Pedro. ¿A quién le importa analizar ahora lo que ocurrió?
Pedro no respondió. Encendió un cigarrillo, atónito por los intensos sentimientos que aún tenía hacia ella. Su propio comportamiento lo intranquilizaba.
—Vayámonos —dijo, dándose la vuelta.
Recorrieron el museo, donde estaba una copia de la última orden que Custer había enviado a Benteen. También había una réplica del traje blanco que Custer llevaba aquel cálido día de junio de 1876, cuando se marchó a Little Bighorn con su columna. También se presentaban coloristas objetos indios y el equipamiento que los nativos llevaron a la batalla.
—Cuando un Sioux iba a la batalla —le dijo a Pedro—, siempre se ponía sus mejores galas, o al menos las llevaba consigo para que, si moría, pudieran enterrarlo con ellas. Se decoraba el cuerpo y la cara con los símbolos sagrados y, en ocasiones, decoraba a su caballo del mismo modo. Mientras cargaba, entonaba su cántico de guerra. Era una ocasión muy importante cuando un guerrero entablaba batalla. No obstante, luchaban individualmente. No aceptaban órdenes de sus superiores, como en el ejército. Los Sioux y los Cheyennes pertenecían a una sociedad guerrera, en la que había jefes y subjefes. Durante la batalla, las sociedades atacaban juntas, pero se destacaba a guerreros individuales en los cánticos que se entonaban después en el campamento.
— Sabes mucho sobre la cultura india —observó Pedro—. A menudo se me olvida que creciste en una reserva. Supongo que los indios te enseñaron muchas de estas cosas.
—Sí, pero también he leído al respecto. La cultura Crow es fascinante. Su estructura social es idílica para la cooperación y la armonía mutuas.
—Las flechas siempre me han fascinado —comentó Pedro conduciéndola a otra vitrina del museo—. Cada tribu tenía su modo de fabricar las flechas, al igual que cada guerrero. Por la manufactura, se sabe perfectamente quién ha disparado la flecha. Un indio era capaz de disparar ocho flechas antes de que la primera tocara el suelo y sin errar en su blanco. Sin embargo, no eran muy buenos tiradores de rifle.
—Eso le pasaba a mi tío. Me preguntó por qué.
—Supongo que es porque el modo en el que se mira un rifle y un arco para disparar es muy diferente
Paula volvió a pensar en la batalla de Little Bighorn. Suspiró al pensar en lo que debían de haber sentido los soldados cuando se vieron rodeados de un número tan ingente de indios y supieron que iban a morir. Y después de eso, vio los indios corriendo para salvar la vida, eternamente amenazados por lo que le había ocurrido a Custer, tanto si su tribu había estaba relacionada con la batalla o no.
—Muchos de los soldados acababan de llegar del este y no habían visto en su vida a un indio —comentó Pedro—. Los indios iban pintados, como sus caballos, gritaban sin parar mientras disparaban rifles y arcos. Había polvo y gritos de los heridos por todas partes. Además, los indios eran todos guerreros muy experimentados en la batalla. Los reclutas no tuvieron posibilidad alguna.
—Sin embargo, Custer sí que tenía experiencia — afirmó Paula.
— Sí. También había algunos oficiales con experiencia, como Reno y Benteen. Custer era veterano de la Guerra Civil, en la que luchó contra antiguos compañeros de West Point como Robert E. Lee o J.E.B. Stuart. Fue un hombre muy afortunado en el campo de batalla, pero su suerte se terminó aquí. Había dejado la artillería porque no quería ir demasiado despacio y o no creyó a los exploradores indios o no valoró lo suficiente sus comentarios sobre la fuerza del campamento indio. Entonces, dividió las fuerzas entre el comandante Reno, el capitán Benteen y él mismo... Los historiadores no se ponen de acuerdo en lo que realmente ocurrió. Sólo lo saben Custer y sus hombres si hubiera podido evitarse una tragedia así. Algunos dicen que Reno y Benteen deberían haber acudido en su ayuda, pero que los aislaron y no pudieron hacerlo.
—Reno sufrió un juicio militar, ¿no?
—No. Él mismo acudió a declarar, cansado de que se dudara de él. Quedó libre de cargos. También Benteen fue exonerado de toda culpa en la muerte de Custer. Los rumores los persiguieron durante todas sus vidas
Paula guardó silencio a partir de entonces. El contenido de las vitrinas la entristecía profundamente, tanto por los soldados como por los indios. Siempre le había sorprendido que Pedro supiera tanto de la batalla. Tenían aquel interés en común, junto con muchos otros. Por fin, abandonaron el museo.
En el exterior, Paula se fijó en que había unos indios vendiendo sus mercancías.
— Son Cheyenne —dijo Pedro—. Resulta irónico, ¿verdad? El campo de batalla está en territorio Crow. En el pasado, los Crow y los Cheyennes eran enemigos a muerte, como los Crow y los Sioux.
—Quedan tan pocos miembros de todas las tribus que ya no tiene sentido pelear. Les cuesta mucho mantener los pocos derechos que aún tienen y deshacerse de los especuladores que les quieren comprar las tierras. Ni siquiera pueden venderlas sin consentimiento del gobierno.
— ¿Acaso encontraste tú un placer así con otro hombre? —le espetó él.
Paula pensó en Juan y en lo mucho que él la había amado. Recordó la noche antes del accidente de avión, cuando notó los primeros despertares del amor por su marido.
—Estuve muy cerca...
Los celos se apoderaron de Pedro. No había esperado aquella respuesta por parte de Paula ni tampoco el brillo que se le había pintado en los ojos.
-¿Y él?
—Él me amaba —dijo llena de orgullo y respeto por la figura de Juan—. Yo era su mundo. Si él no hubiera muerto, yo aún seguiría a su lado y jamás habría vuelto a pensar en ti durante el resto de mi vida.
Pedro palideció. Apretó las manos y soltó una maldición.
—Adelante, pierde los estribos —le dijo ella muy tranquila—. Ya no te pertenezco. Ya no soy tu esclava. Por eso me has traído aquí, ¿verdad? Para ver si seguía amándote, para ver si aún era vulnerable hacia ti — añadió, colocándose las manos en las caderas. Por suerte, estaban prácticamente solos—. Me gusta besarte, Pedro. Tal vez incluso disfrutara pasando una tarde en la cama contigo, pero podría marcharme después sin mirar atrás —añadió con una sonrisa de pura malicia—. Pierde el control si quieres. Eso no cambiará nada. No conseguirás que vuelva a amarte.
— ¿Acaso me amaste alguna vez?
— ¿Y eso qué importa ya? Como lo que ocurrió en este campo de batalla, es historia. Los detalles han quedado ocultos en el pasado. Todo está muerto, Pedro. ¿A quién le importa analizar ahora lo que ocurrió?
Pedro no respondió. Encendió un cigarrillo, atónito por los intensos sentimientos que aún tenía hacia ella. Su propio comportamiento lo intranquilizaba.
—Vayámonos —dijo, dándose la vuelta.
Recorrieron el museo, donde estaba una copia de la última orden que Custer había enviado a Benteen. También había una réplica del traje blanco que Custer llevaba aquel cálido día de junio de 1876, cuando se marchó a Little Bighorn con su columna. También se presentaban coloristas objetos indios y el equipamiento que los nativos llevaron a la batalla.
—Cuando un Sioux iba a la batalla —le dijo a Pedro—, siempre se ponía sus mejores galas, o al menos las llevaba consigo para que, si moría, pudieran enterrarlo con ellas. Se decoraba el cuerpo y la cara con los símbolos sagrados y, en ocasiones, decoraba a su caballo del mismo modo. Mientras cargaba, entonaba su cántico de guerra. Era una ocasión muy importante cuando un guerrero entablaba batalla. No obstante, luchaban individualmente. No aceptaban órdenes de sus superiores, como en el ejército. Los Sioux y los Cheyennes pertenecían a una sociedad guerrera, en la que había jefes y subjefes. Durante la batalla, las sociedades atacaban juntas, pero se destacaba a guerreros individuales en los cánticos que se entonaban después en el campamento.
— Sabes mucho sobre la cultura india —observó Pedro—. A menudo se me olvida que creciste en una reserva. Supongo que los indios te enseñaron muchas de estas cosas.
—Sí, pero también he leído al respecto. La cultura Crow es fascinante. Su estructura social es idílica para la cooperación y la armonía mutuas.
—Las flechas siempre me han fascinado —comentó Pedro conduciéndola a otra vitrina del museo—. Cada tribu tenía su modo de fabricar las flechas, al igual que cada guerrero. Por la manufactura, se sabe perfectamente quién ha disparado la flecha. Un indio era capaz de disparar ocho flechas antes de que la primera tocara el suelo y sin errar en su blanco. Sin embargo, no eran muy buenos tiradores de rifle.
—Eso le pasaba a mi tío. Me preguntó por qué.
—Supongo que es porque el modo en el que se mira un rifle y un arco para disparar es muy diferente
Paula volvió a pensar en la batalla de Little Bighorn. Suspiró al pensar en lo que debían de haber sentido los soldados cuando se vieron rodeados de un número tan ingente de indios y supieron que iban a morir. Y después de eso, vio los indios corriendo para salvar la vida, eternamente amenazados por lo que le había ocurrido a Custer, tanto si su tribu había estaba relacionada con la batalla o no.
—Muchos de los soldados acababan de llegar del este y no habían visto en su vida a un indio —comentó Pedro—. Los indios iban pintados, como sus caballos, gritaban sin parar mientras disparaban rifles y arcos. Había polvo y gritos de los heridos por todas partes. Además, los indios eran todos guerreros muy experimentados en la batalla. Los reclutas no tuvieron posibilidad alguna.
—Sin embargo, Custer sí que tenía experiencia — afirmó Paula.
— Sí. También había algunos oficiales con experiencia, como Reno y Benteen. Custer era veterano de la Guerra Civil, en la que luchó contra antiguos compañeros de West Point como Robert E. Lee o J.E.B. Stuart. Fue un hombre muy afortunado en el campo de batalla, pero su suerte se terminó aquí. Había dejado la artillería porque no quería ir demasiado despacio y o no creyó a los exploradores indios o no valoró lo suficiente sus comentarios sobre la fuerza del campamento indio. Entonces, dividió las fuerzas entre el comandante Reno, el capitán Benteen y él mismo... Los historiadores no se ponen de acuerdo en lo que realmente ocurrió. Sólo lo saben Custer y sus hombres si hubiera podido evitarse una tragedia así. Algunos dicen que Reno y Benteen deberían haber acudido en su ayuda, pero que los aislaron y no pudieron hacerlo.
—Reno sufrió un juicio militar, ¿no?
—No. Él mismo acudió a declarar, cansado de que se dudara de él. Quedó libre de cargos. También Benteen fue exonerado de toda culpa en la muerte de Custer. Los rumores los persiguieron durante todas sus vidas
Paula guardó silencio a partir de entonces. El contenido de las vitrinas la entristecía profundamente, tanto por los soldados como por los indios. Siempre le había sorprendido que Pedro supiera tanto de la batalla. Tenían aquel interés en común, junto con muchos otros. Por fin, abandonaron el museo.
En el exterior, Paula se fijó en que había unos indios vendiendo sus mercancías.
— Son Cheyenne —dijo Pedro—. Resulta irónico, ¿verdad? El campo de batalla está en territorio Crow. En el pasado, los Crow y los Cheyennes eran enemigos a muerte, como los Crow y los Sioux.
—Quedan tan pocos miembros de todas las tribus que ya no tiene sentido pelear. Les cuesta mucho mantener los pocos derechos que aún tienen y deshacerse de los especuladores que les quieren comprar las tierras. Ni siquiera pueden venderlas sin consentimiento del gobierno.
Atrapada en este Amor: Capítulo 26
—Sigues fumando —dijo ella.
—Lo dejé durante un tiempo —contestó, sin especificar que sólo había empezado a hacerlo cuando Paula había vuelto a entrar en su vida.
— ¿Cómo te van los negocios?
—Bien.
—Supongo que resulta agradable no tener nubes en el horizonte.
—Yo no he dicho eso. Siempre hay problemas en una empresa. Últimamente nos pasamos el tiempo evitando absorciones.
— ¿El qué? —preguntó ella, fingiendo ignorancia.
—Las empresas rivales ven potencial en nosotros y tratan de absorbernos.
—No te pueden absorber así como así.
—No, pero compran acciones y entonces tratan de convencer a los accionistas mayoritarios para que los apoyen.
Frunció el ceño al pensar en los rumores que había escuchado sobre Gonzalez International. Juan Gonzalez había muerto, pero su hermano Joaquín seguía vivo y se decía que la viuda de Juan tenía un increíble genio para los negocios y unos nervios de acero. Resultaba extraño no haber visto una foto suya nunca. Se decía que no le gustaban las fotografías. Había hecho que uno de sus ejecutivos comprobara aquel rumor, pero Bill le había asegurado que no había nada de verdad al respecto. No obstante, no sabía qué pensar. Bill llevaba un tiempo oponiéndose sistemáticamente a todo lo que él decía.
—No has vuelto desde que te marchaste de aquí, ¿verdad? —le preguntó a Paula de repente.
—No. Me habría gustado hacerlo. Echaba de menos a mi tía. Las llamadas telefónicas y las cartas no son lo mismo.
—Jamás le dijiste por qué te habías marchado.
—No. No habría servido de nada más que para disgustarla.
—Eso no habría evitado a la mayoría de las mujeres llorar encima de ella.
—Yo no soy como la mayoría de las mujeres. No necesito castigar a otras personas por mis propios problemas.
— ¿Es eso una puya?
—Dímelo tú, Pedro. Jamás te sentiste feliz por el modo en el que estabas conmigo. No te gustaba que tuviera tanto poder sobre ti y no querías ningún compromiso. Creo que estabas buscando una excusa para mandarme a paseo. Facundo te lo puso en bandeja. Con un poco de ayuda.
— ¿De quién?
—No soy yo quien te debe responder a esa pregunta...
—A mi madre no le gusta tenerte en Billings —dijo él, después de una pausa.
—No me sorprende, pero no puede echarme. Esta vez no.
— ¿Qué quieres decir con eso de esta vez?
Paula sonrió, pero no se dignó a contestar.
— ¿Has estado en el campo de batalla desde que estuvo allí el equipo arqueológico?
— Sí. El fuego que arrasó la zona fue muy útil. Las excavaciones que se llevaron a cabo arrojaron una nueva luz sobre lo ocurrido en la batalla. Como ya sabes, Custer envió a un mensajero a Benteen para que llevara más munición en unas mulas. Eso fue lo último que se supo de él hasta dos días después de la batalla, cuando se encontraron los cadáveres.
—Y por eso, nadie sabe cómo dispuso Custer a sus hombres o cuál era su posición cuando montó el ataque contra las fuerzas combinadas de Sioux y Cheyenne — comentó Paula. Su tío le había contado muchas cosas sobre la batalla. Uno de sus antepasados había sido
explorador para el Séptimo de Caballería en el momento de la batalla de Little Big Horn.
—Así es. Los relatos de los exploradores Crow indican que Custer fue advertido de que había un gran agrupamiento de indios en el Little Big Horn, pero, aparentemente, no les hizo caso. Ni siquiera lo creyó cuando vio el campamento, dado que sólo vio mujeres y niños. Tal vez pensó que los guerreros estaban lejos, cazando, y que contaba con el elemento sorpresa.
—Pero, según parece, fueron los indios los que contaron con ello.
—Sí. Los exploradores Crow y Arikara dijeron más tarde que Custer se vio abrumado por el gran número de indios.
— ¿No empleaban muchos oficiales dos traductores para asegurarse de que, cuando hablaban con los indios, éstos no cometían ningún error a la hora de descifrar el lenguaje de signos de los indios? —preguntó ella.
—Así es, pero se sabe que Custer entendía bastante bien el lenguaje de los signos.
—Fascinante.
—A mí la historia me parece fascinante. Jamás me canso de ir al museo o de recorrer el campo de batalla.
Cuando por fin llegaron al desvío, tomaron un pequeño camino asfaltado que los conducía al lugar histórico. Aparcaron frente al museo y subieron caminando hasta el lugar. Un gran número de tumbas aparecían marcadas por cruces blancas en una gran zona delimitada por una verja de hierro forjado.
En lo alto de la colina estaba el monumento que enumeraba los nombres de los soldados que murieron en la batalla. En un tiempo pasado, todos los soldados del Séptimo de Caballería estaban enterrados en una fosa común, a excepción del cadáver del general Custer, que se llevó a West Point para enterrarlo allí. Al otro lado del museo, había tumbas de muchos otros hombres, como veteranos de Vietnam. El comandante Marcus Reno estaba enterrado allí.
— ¿Y el capitán Benteen? —preguntó Paula.
—Falleció y está enterrado en Atlanta —respondió Pedro mientras contemplaba en paisaje—. ¿Recuerdas lo que hicimos cuando regresamos a mi apartamento?
Por supuesto que Paula lo recordaba. Pedro los había desnudado a ambos y entonces la llevó al cuarto de baño. La metió en el jacuzzi antes de tumbarse a su lado. La colocó de manera que los chorros le provocaran un orgasmo arrollador y, mientras aún estaba temblando de puro placer, unió su cuerpo al de ella en uno de los actos sexuales más satisfactorios que habían compartido nunca. A continuación, Pedro la poseyó en el suelo del cuarto de baño, en la moqueta del dormitorio y en la cama. Paula había tardado días en recuperarse de la experiencia. Eso tan sólo había ocurrido unos pocos días antes de que Ana la acusara de robo.
—Fue la última vez que hicimos el amor —dijo Pedro, mientras contemplaba el campo de batalla y el cuerpo se le atenazaba con los recuerdos del placer—. Después de eso, no pude tenerte durante días por haber sido tan insaciable. Antes de que pudiéramos volver a estar juntos, surgió lo del tema del dinero... Te aseguro que me moriré sin volver a experimentar algo como lo de aquella tarde, Paula. No encontré lo que tuve contigo en el resto de las mujeres.
—Lo dejé durante un tiempo —contestó, sin especificar que sólo había empezado a hacerlo cuando Paula había vuelto a entrar en su vida.
— ¿Cómo te van los negocios?
—Bien.
—Supongo que resulta agradable no tener nubes en el horizonte.
—Yo no he dicho eso. Siempre hay problemas en una empresa. Últimamente nos pasamos el tiempo evitando absorciones.
— ¿El qué? —preguntó ella, fingiendo ignorancia.
—Las empresas rivales ven potencial en nosotros y tratan de absorbernos.
—No te pueden absorber así como así.
—No, pero compran acciones y entonces tratan de convencer a los accionistas mayoritarios para que los apoyen.
Frunció el ceño al pensar en los rumores que había escuchado sobre Gonzalez International. Juan Gonzalez había muerto, pero su hermano Joaquín seguía vivo y se decía que la viuda de Juan tenía un increíble genio para los negocios y unos nervios de acero. Resultaba extraño no haber visto una foto suya nunca. Se decía que no le gustaban las fotografías. Había hecho que uno de sus ejecutivos comprobara aquel rumor, pero Bill le había asegurado que no había nada de verdad al respecto. No obstante, no sabía qué pensar. Bill llevaba un tiempo oponiéndose sistemáticamente a todo lo que él decía.
—No has vuelto desde que te marchaste de aquí, ¿verdad? —le preguntó a Paula de repente.
—No. Me habría gustado hacerlo. Echaba de menos a mi tía. Las llamadas telefónicas y las cartas no son lo mismo.
—Jamás le dijiste por qué te habías marchado.
—No. No habría servido de nada más que para disgustarla.
—Eso no habría evitado a la mayoría de las mujeres llorar encima de ella.
—Yo no soy como la mayoría de las mujeres. No necesito castigar a otras personas por mis propios problemas.
— ¿Es eso una puya?
—Dímelo tú, Pedro. Jamás te sentiste feliz por el modo en el que estabas conmigo. No te gustaba que tuviera tanto poder sobre ti y no querías ningún compromiso. Creo que estabas buscando una excusa para mandarme a paseo. Facundo te lo puso en bandeja. Con un poco de ayuda.
— ¿De quién?
—No soy yo quien te debe responder a esa pregunta...
—A mi madre no le gusta tenerte en Billings —dijo él, después de una pausa.
—No me sorprende, pero no puede echarme. Esta vez no.
— ¿Qué quieres decir con eso de esta vez?
Paula sonrió, pero no se dignó a contestar.
— ¿Has estado en el campo de batalla desde que estuvo allí el equipo arqueológico?
— Sí. El fuego que arrasó la zona fue muy útil. Las excavaciones que se llevaron a cabo arrojaron una nueva luz sobre lo ocurrido en la batalla. Como ya sabes, Custer envió a un mensajero a Benteen para que llevara más munición en unas mulas. Eso fue lo último que se supo de él hasta dos días después de la batalla, cuando se encontraron los cadáveres.
—Y por eso, nadie sabe cómo dispuso Custer a sus hombres o cuál era su posición cuando montó el ataque contra las fuerzas combinadas de Sioux y Cheyenne — comentó Paula. Su tío le había contado muchas cosas sobre la batalla. Uno de sus antepasados había sido
explorador para el Séptimo de Caballería en el momento de la batalla de Little Big Horn.
—Así es. Los relatos de los exploradores Crow indican que Custer fue advertido de que había un gran agrupamiento de indios en el Little Big Horn, pero, aparentemente, no les hizo caso. Ni siquiera lo creyó cuando vio el campamento, dado que sólo vio mujeres y niños. Tal vez pensó que los guerreros estaban lejos, cazando, y que contaba con el elemento sorpresa.
—Pero, según parece, fueron los indios los que contaron con ello.
—Sí. Los exploradores Crow y Arikara dijeron más tarde que Custer se vio abrumado por el gran número de indios.
— ¿No empleaban muchos oficiales dos traductores para asegurarse de que, cuando hablaban con los indios, éstos no cometían ningún error a la hora de descifrar el lenguaje de signos de los indios? —preguntó ella.
—Así es, pero se sabe que Custer entendía bastante bien el lenguaje de los signos.
—Fascinante.
—A mí la historia me parece fascinante. Jamás me canso de ir al museo o de recorrer el campo de batalla.
Cuando por fin llegaron al desvío, tomaron un pequeño camino asfaltado que los conducía al lugar histórico. Aparcaron frente al museo y subieron caminando hasta el lugar. Un gran número de tumbas aparecían marcadas por cruces blancas en una gran zona delimitada por una verja de hierro forjado.
En lo alto de la colina estaba el monumento que enumeraba los nombres de los soldados que murieron en la batalla. En un tiempo pasado, todos los soldados del Séptimo de Caballería estaban enterrados en una fosa común, a excepción del cadáver del general Custer, que se llevó a West Point para enterrarlo allí. Al otro lado del museo, había tumbas de muchos otros hombres, como veteranos de Vietnam. El comandante Marcus Reno estaba enterrado allí.
— ¿Y el capitán Benteen? —preguntó Paula.
—Falleció y está enterrado en Atlanta —respondió Pedro mientras contemplaba en paisaje—. ¿Recuerdas lo que hicimos cuando regresamos a mi apartamento?
Por supuesto que Paula lo recordaba. Pedro los había desnudado a ambos y entonces la llevó al cuarto de baño. La metió en el jacuzzi antes de tumbarse a su lado. La colocó de manera que los chorros le provocaran un orgasmo arrollador y, mientras aún estaba temblando de puro placer, unió su cuerpo al de ella en uno de los actos sexuales más satisfactorios que habían compartido nunca. A continuación, Pedro la poseyó en el suelo del cuarto de baño, en la moqueta del dormitorio y en la cama. Paula había tardado días en recuperarse de la experiencia. Eso tan sólo había ocurrido unos pocos días antes de que Ana la acusara de robo.
—Fue la última vez que hicimos el amor —dijo Pedro, mientras contemplaba el campo de batalla y el cuerpo se le atenazaba con los recuerdos del placer—. Después de eso, no pude tenerte durante días por haber sido tan insaciable. Antes de que pudiéramos volver a estar juntos, surgió lo del tema del dinero... Te aseguro que me moriré sin volver a experimentar algo como lo de aquella tarde, Paula. No encontré lo que tuve contigo en el resto de las mujeres.
Atrapada en este Amor: Capítulo 25
—Comparado con el trabajo en una fábrica de ropa, es como unas vacaciones —mintió.
Los ojos de Pedro la observaron muy cautelosamente durante un instante, pero, después de un minuto, perdieron el brillo de sospecha que había en ellos. Se levantó y agarró el sombrero.
—No volveré a arrinconarte, si es eso lo que te detiene —dijo—. Reavivar el pasado no sirve de nada. No debería haber permitido que volviéramos al terreno físico. Sé que no puedes evitar el modo en el que reaccionas ante mí, Paula —añadió con resignación—. Tal vez no te lo creas, pero yo tampoco puedo. Sigo deseándote. Me imagino que te desearé siempre.
—Lo único que ha habido siempre entre nosotros ha sido el deseo —afirmó ella—. No tengo espacio en mi vida para volver a experimentar esa atracción física.
—Cuando estábamos juntos, a mí me costaba mucho más. Jamás podía controlar lo que sentía. A veces, ni siquiera podía contenerme lo suficiente como para satisfacerte a ti. Dios mío, iba más allá de la obsesión. No pensaba en nada que no fueras tú.
—A mí me ocurría lo mismo —confesó ella—. Era demasiado joven para controlarlo y tú no dejabas de sentir resentimiento por mí al respecto.
—Tú me embrujaste —dijo él—. No podría haberte negado nada.
—Yo tampoco te lo pedí.
Pedro odiaba recordar aquella época. Él la había acusado de robo, la había hecho huir, había destruido su juventud. Ni siquiera podía culparla por haberse quedado con todos los regalos que le había dado. Paula no tenía nada. Sin embargo, sabía que había sido su propia obsesión la que había motivado todo. Se había aferrado a cualquier excusa para echarla de su vida, para romper el compromiso. Se había sentido aterrado al descubrir que él no era más que un esclavo indefenso ante la pasión que sentía por ella.
—Yo no te di nada más que pena —susurró con voz profunda.
Paula quiso contárselo todo en aquel momento, sacar su cartera y mostrarle al niño que era su vivo retrato. Él le había dado a Franco. No obstante, sabía que aquel camino conduciría al desastre. Tenía que recordar el dolor.
—No me dirás que te sientes culpable a estas alturas —comentó entre risas.
—Me he sentido culpable todos los días de mi vida desde que te marchaste de Billings. Espero seguir sintiéndome así en mi lecho de muerte. Tú eras inocente. Incluso eso te robé.
—No me robaste nada —dijo ella, acercándose a él y extendiendo la mano para tocarle la mejilla—. Tú no pudiste evitar lo ocurrido más que yo. Te deseaba tan desesperadamente, Pedro.
— ¿Me deseas ahora?
Ella deslizó los dedos hasta la firme boca y los apretó contra los labios.
—No puedo permitirme desearte —contestó, al recordar sus responsabilidades y lo que tenía que hacer para llevarlas a cabo—. Oh, Pedro, es demasiado tarde...
Él le colocó las manos sobre los hombros y la abrazó, sin que ella se opusiera. No trató de besarla ni de abrazarla íntimamente. Simplemente la estrechó contra su cuerpo y colocó la mejilla contra el suave cabello de Paula. Entonces, cerró los ojos.
—No te apartes, cielo —susurró, al notar que ella se movía—. Concédeme esto.
Ella se irguió cuando sintió la erección de Pedro contra el vientre.
—Muy bien, no te gusta sentirlo, pero no hay nada que yo pueda hacer al respecto —musitó Pedro, apartándose de ella—. La pobrecita no sabe pensar.
Paula se echó a reír muy a su pesar.
—Vete a trabajar —le dijo.
—Es lo mejor —admitió él. Se colocó el sombrero. Estaba tan guapo que Paula tuvo que hacer un esfuerzo para no arrojarse sobre él.
-Pedro... —lo llamó. Él se detuvo en la puerta, cuando ya tenía la mano sobre el pomo—. Iré al campo de batalla contigo el jueves.
Los ojos de Pedro brillaron tan sólo durante un instante. Entonces, asintió y, sin decir palabra, se marchó.
Paula permaneció inmóvil durante unos segundos, disfrutando del aroma de Pedro que flotaba en el aire. Al final, se terminó su café y fue a vestirse.
Era una semana muy larga. La señora Dade parecía sentir mucha curiosidad por el fin de semana de Paula, pero no preguntó nada. Paula trabajaba más horas de lo que había trabajado la semana anterior, pero lo que más la agotaba era lo que hacía después de marcharse del restaurante. Se quedaba levantada hasta la una o las dos de la madrugada leyendo informes, redactando faxes o estudiando estadísticas. La presión a la que estaba sometida le estaba pasando factura. El jueves estaba agotada y casi se dormía de pie.
Pedro la recogió en el restaurante y frunció el ceño al ver lo desganada que ella parecía.
—Estás agotada —musitó—. ¿Quieres ir a casa y cambiarte?
Paula se miró los vaqueros, las zapatillas y la blusa de rayas que llevaba puestos.
—No, así estoy bien —dijo—. ¿Podemos parar en Hardin y comprar algo caliente para beber? No me he tomado un café antes de marcharme.
— ¿Has comido?
—No he tenido tiempo.
—No quiero que te mueras de hambre. Podemos parar en un restaurante y...
—No, por favor. En realidad no tengo hambre. Me apañaré con cualquier cosa.
—Bien.
La carretera a Hardin era larga y no había demasiado que ver por el camino excepto pastos y campos de trigo. El horizonte llegaba hasta el cielo y hacía que los campos parecieran inmensos. A Paula le encantaba aquella sobriedad
—Aquí hay tanto espacio vital —comentó.
—Por eso no me he marchado. Odio las multitudes.
Paula asintió, pero no dijo nada.
— ¿A qué se dedica el señor Gonzalez?
—Es guardaespaldas profesional.
—Dado que, evidentemente, no necesitaría trabajar para ti, ¿quién lo emplea?
Paula tuvo que contener la risa al darse cuenta de que, inevitablemente, Pedro iba a terminar sabiendo para quién trabajaba el señor Gonzalez.
—Viaja mucho.
—Si trabaja para la clase alta, no lo dudo —comentó. No le gustaba pensar en el señor Gonzalez. Se sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa de franela. Aquel día llevaba unos vaqueros y una pelliza porque hacía bastante frío en el exterior.
Los ojos de Pedro la observaron muy cautelosamente durante un instante, pero, después de un minuto, perdieron el brillo de sospecha que había en ellos. Se levantó y agarró el sombrero.
—No volveré a arrinconarte, si es eso lo que te detiene —dijo—. Reavivar el pasado no sirve de nada. No debería haber permitido que volviéramos al terreno físico. Sé que no puedes evitar el modo en el que reaccionas ante mí, Paula —añadió con resignación—. Tal vez no te lo creas, pero yo tampoco puedo. Sigo deseándote. Me imagino que te desearé siempre.
—Lo único que ha habido siempre entre nosotros ha sido el deseo —afirmó ella—. No tengo espacio en mi vida para volver a experimentar esa atracción física.
—Cuando estábamos juntos, a mí me costaba mucho más. Jamás podía controlar lo que sentía. A veces, ni siquiera podía contenerme lo suficiente como para satisfacerte a ti. Dios mío, iba más allá de la obsesión. No pensaba en nada que no fueras tú.
—A mí me ocurría lo mismo —confesó ella—. Era demasiado joven para controlarlo y tú no dejabas de sentir resentimiento por mí al respecto.
—Tú me embrujaste —dijo él—. No podría haberte negado nada.
—Yo tampoco te lo pedí.
Pedro odiaba recordar aquella época. Él la había acusado de robo, la había hecho huir, había destruido su juventud. Ni siquiera podía culparla por haberse quedado con todos los regalos que le había dado. Paula no tenía nada. Sin embargo, sabía que había sido su propia obsesión la que había motivado todo. Se había aferrado a cualquier excusa para echarla de su vida, para romper el compromiso. Se había sentido aterrado al descubrir que él no era más que un esclavo indefenso ante la pasión que sentía por ella.
—Yo no te di nada más que pena —susurró con voz profunda.
Paula quiso contárselo todo en aquel momento, sacar su cartera y mostrarle al niño que era su vivo retrato. Él le había dado a Franco. No obstante, sabía que aquel camino conduciría al desastre. Tenía que recordar el dolor.
—No me dirás que te sientes culpable a estas alturas —comentó entre risas.
—Me he sentido culpable todos los días de mi vida desde que te marchaste de Billings. Espero seguir sintiéndome así en mi lecho de muerte. Tú eras inocente. Incluso eso te robé.
—No me robaste nada —dijo ella, acercándose a él y extendiendo la mano para tocarle la mejilla—. Tú no pudiste evitar lo ocurrido más que yo. Te deseaba tan desesperadamente, Pedro.
— ¿Me deseas ahora?
Ella deslizó los dedos hasta la firme boca y los apretó contra los labios.
—No puedo permitirme desearte —contestó, al recordar sus responsabilidades y lo que tenía que hacer para llevarlas a cabo—. Oh, Pedro, es demasiado tarde...
Él le colocó las manos sobre los hombros y la abrazó, sin que ella se opusiera. No trató de besarla ni de abrazarla íntimamente. Simplemente la estrechó contra su cuerpo y colocó la mejilla contra el suave cabello de Paula. Entonces, cerró los ojos.
—No te apartes, cielo —susurró, al notar que ella se movía—. Concédeme esto.
Ella se irguió cuando sintió la erección de Pedro contra el vientre.
—Muy bien, no te gusta sentirlo, pero no hay nada que yo pueda hacer al respecto —musitó Pedro, apartándose de ella—. La pobrecita no sabe pensar.
Paula se echó a reír muy a su pesar.
—Vete a trabajar —le dijo.
—Es lo mejor —admitió él. Se colocó el sombrero. Estaba tan guapo que Paula tuvo que hacer un esfuerzo para no arrojarse sobre él.
-Pedro... —lo llamó. Él se detuvo en la puerta, cuando ya tenía la mano sobre el pomo—. Iré al campo de batalla contigo el jueves.
Los ojos de Pedro brillaron tan sólo durante un instante. Entonces, asintió y, sin decir palabra, se marchó.
Paula permaneció inmóvil durante unos segundos, disfrutando del aroma de Pedro que flotaba en el aire. Al final, se terminó su café y fue a vestirse.
Era una semana muy larga. La señora Dade parecía sentir mucha curiosidad por el fin de semana de Paula, pero no preguntó nada. Paula trabajaba más horas de lo que había trabajado la semana anterior, pero lo que más la agotaba era lo que hacía después de marcharse del restaurante. Se quedaba levantada hasta la una o las dos de la madrugada leyendo informes, redactando faxes o estudiando estadísticas. La presión a la que estaba sometida le estaba pasando factura. El jueves estaba agotada y casi se dormía de pie.
Pedro la recogió en el restaurante y frunció el ceño al ver lo desganada que ella parecía.
—Estás agotada —musitó—. ¿Quieres ir a casa y cambiarte?
Paula se miró los vaqueros, las zapatillas y la blusa de rayas que llevaba puestos.
—No, así estoy bien —dijo—. ¿Podemos parar en Hardin y comprar algo caliente para beber? No me he tomado un café antes de marcharme.
— ¿Has comido?
—No he tenido tiempo.
—No quiero que te mueras de hambre. Podemos parar en un restaurante y...
—No, por favor. En realidad no tengo hambre. Me apañaré con cualquier cosa.
—Bien.
La carretera a Hardin era larga y no había demasiado que ver por el camino excepto pastos y campos de trigo. El horizonte llegaba hasta el cielo y hacía que los campos parecieran inmensos. A Paula le encantaba aquella sobriedad
—Aquí hay tanto espacio vital —comentó.
—Por eso no me he marchado. Odio las multitudes.
Paula asintió, pero no dijo nada.
— ¿A qué se dedica el señor Gonzalez?
—Es guardaespaldas profesional.
—Dado que, evidentemente, no necesitaría trabajar para ti, ¿quién lo emplea?
Paula tuvo que contener la risa al darse cuenta de que, inevitablemente, Pedro iba a terminar sabiendo para quién trabajaba el señor Gonzalez.
—Viaja mucho.
—Si trabaja para la clase alta, no lo dudo —comentó. No le gustaba pensar en el señor Gonzalez. Se sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa de franela. Aquel día llevaba unos vaqueros y una pelliza porque hacía bastante frío en el exterior.
Atrapada en este Amor: Capítulo 24
Paula sintió un escalofrío al recordar una línea de las Sagradas Escrituras. La venganza me corresponde a mí. Si la venganza era dominio de Dios, ¿no utilizaba Él en ocasiones a las personas para llevarla a cabo? Se negó a ver ninguna otra interpretación. Había esperado demasiado tiempo.
El domingo se despidió de Franco y prometió permitir que el señor Gonzalez lo llevara a Montana para una breve visita. Entonces, se puso su peluca y su caro abrigo y se montó en el avión para regresar a Billings.
Tras llegar a la estación de autobuses en taxi, se metió en los servicios para quitarse la peluca y ponerse las ropas de trabajo de Paula Chaves. Salió de la estación con el aspecto de acabar de bajarse de un autobús y se dirigió a la otra parada para tomar el que la llevaría a casa.
Miró con adoración la ciudad en la que había pasado su infancia. Billings era muy especial para ella. Había acallado el amor que sentía hacia aquellas calles durante sus años de exilio, pero, tras haber regresado, se sentía como si nunca se hubiera marchado. Casi sin darse cuenta, se preguntó cómo sería criar a Franco allí. Podría contarle las historias que su madre, su padre y sus tíos le habían relatado sobre sus antepasados irlandeses y escoceses, al igual que lo que el tío Cuervo Andante le había dicho sobre los indios Crow.
Montana era su hogar. Deseó que también pudiera ser el de Franco. Sólo el tiempo diría si eso sería posible.
Paula estaba muy cansada del fin de semana. Se fue a la cama muy temprano, pero aún se sentía agotada cuando se levantó a la mañana siguiente para prepararse el desayuno.
El hecho de que alguien llamara a la puerta trasera la pilló completamente desprevenida y despertó dolorosos recuerdos. Cuando Pedro iba a buscarla, muchos años antes, siempre acudía a la puerta trasera de la cabaña que su tía tenía en la reserva india. Decía que era menos formal cuando Paula le preguntaba los motivos. Se preguntó quién podría ir a verla a una hora tan temprana.
Se arrebujo bien en el albornoz de color rosa porque hacía algo de fresco, se apartó el cabello del rostro y levantó la cortina para ver de quién se trataba.
Igual que en los viejos tiempos. Era Pedro, con el sombrero en una mano. Estaba vestido para ir a trabajar, con un traje oscuro y una corbata muy conservadora.
Paula abrió la puerta.
— ¿Te has perdido? —le preguntó, sin expresión alguna en el rostro ni en la voz—. El restaurante está por allí —añadió, señalando una calle.
—Sé donde está. Lo que quiero saber es dónde has estado todo el fin de semana.
— ¿Quieres decir que has tenido tiempo para pensar en mí? Yo habría pensado que tu actual novia te mantendría lo suficientemente ocupado como para evitarlo.
—Así es —dijo él con la boca muy tensa.
—Bien. Para responder a tu pregunta, te diré que fui a ver al señor Gonzalez.
—Pensaba que sólo eran amigos —replicó él con los ojos llenos de furia.
—Y lo somos. Nos visitamos de vez en cuando. El autobús resulta muy agradable para los viajes largos, ¿no te parece?
—No lo sé. Yo viajo en avión. ¿Has hecho ya café?
Entró en la cocina, tomó una taza y se sirvió café antes de tomar asiento frente a la mesa de la cocina.
—Espero que te sientas como en tu casa —comentó ella sarcásticamente.
—Así es. Me estás ocultando cosas.
— ¿De verdad? ¿Qué clase de cosas? —preguntó ella con el rostro impasible.
—No lo sé, pero lo descubriré. ¿Vas a preparar el desayuno?
—Esto es el desayuno —contestó, colocando unas tostadas en la mesa.
—No me extraña que estés tan delgada.
—De todos modos, lo quemo todo.
—Igual que entonces. No había quien te parara — comentó con una expresión de suavidad en el rostro—. Casi no podía mantenerte quieta durante cinco minutos.
—Soy demasiado inquieta para eso —admitió ella mientras se tomaba su tostada.
—Una de tus vecinas vio a una chica de pelo rubio marcharse de aquí. Muy elegante con un abrigo muy caro. Tomó un taxi.
—Sí —mintió ella, sin inmutarse—. Era la hermana del señor Gonzalez. Iba de camino a Chicago y paró aquí para pasar la noche.
—Te llevas muy bien con su familia, ¿eh? —preguntó él, tragándose la mentira.
—Más de lo que me llevé nunca con la tuya.
—Mi madre vio muy bien lo que eras. Eras una ladronzuela que, desde el primer momento, sólo había ido a por mi dinero —comentó él con voz burlona.
—Me llevé mucho más que tu dinero —repuso Paula, pensando en Franco.
—Sí —afirmó Pedro, pensando en una cosa completamente diferente—. Mi cuerpo, mi autoestima y muchos regalos muy caros.
Paula lo había devuelto después de marcharse de Billings. Por supuesto, Ana no se lo había dicho nunca.
— ¿De verdad sigues creyendo lo del dinero?
—Te dije que Facundo lo devolvió. Sin embargo, jamás me dijo quién era su cómplice.
—No se habría atrevido a hacerlo —repuso ella, riendo.
—Jamás me escribiste. Ni siquiera trataste de hacerme entender la verdad por última vez.
—Pensé que se me podría acusar de robo si te decía dónde estaba. Yo no podía saber que Facundo había confesado y que había devuelto el dinero.
—Por supuesto. Jamás se me ocurrió pensar en eso.
—Tal y como ocurrió, fue lo mejor que me pudo pasar. Encontré muchos amigos en Chicago.
—Te busqué en Chicago —admitió él, sorprendiéndola—. Y en otras ciudades. Jamás pude encontrarte.
—Pero no me buscaste en Nassau, ¿verdad? ¿Y por qué ibas a hacerlo? Yo era joven, pobre y estúpida. No era la clase de mujer que puede vivir rodeada de lujos.
— ¿Como qué estabas allí? ¿Cómo la acompañante de un hombre rico?
— ¿Cómo lo has adivinado? —observó ella con una gélida sonrisa.
— ¿Eras la acompañante del señor Gonzalez?
—El señor Gonzalez no es un hombre rico.
—Supongo que ya has aprendido que el dinero no puede comprar la felicidad.
—Lo sé hace mucho tiempo. Bueno, ¿vas a marcharte? El fin de semana ha sido muy largo y tengo que estar en el restaurante dentro de treinta minutos.
Pedro se terminó su café.
—Tienes medio día libre el jueves —dijo—. Te llevaré al campo de batalla de Custer y te compraré un par de pendientes.
Lo habían hecho en una ocasión, cuando habían estado prometidos. Los pendientes eran de estilo indio. Paula aún los tenía en su joyero, junto a los diamantes y esmeraldas que poseía. Jamás se los había vuelto a poner.
—No quiero pendientes.
—Acompáñame de todos modos. No se puede volver atrás en el tiempo, pero sólo por un día...
— ¿No le importará a tu novia? —preguntó ella, aunque sin sarcasmo alguno. No sabía qué hacer. No confiaba en Pedro.
—Ella, como todas las demás, no era más que una atracción pasajera —replicó él—. Ninguna de ellas se parecía a tí.
—No vayas por ese camino, Pedro. No he regresado a Billings para reavivar antiguas brasas. Simplemente estoy descansando. Tengo una vida en Chicago que estará esperándome cuando haya terminado aquí.
— ¿Descansando dices? ¿Trabajando en un restaurante para cobrar el salario mínimo?
Paula guardó silencio durante unos minutos. Había estado a punto de delatarse.
El domingo se despidió de Franco y prometió permitir que el señor Gonzalez lo llevara a Montana para una breve visita. Entonces, se puso su peluca y su caro abrigo y se montó en el avión para regresar a Billings.
Tras llegar a la estación de autobuses en taxi, se metió en los servicios para quitarse la peluca y ponerse las ropas de trabajo de Paula Chaves. Salió de la estación con el aspecto de acabar de bajarse de un autobús y se dirigió a la otra parada para tomar el que la llevaría a casa.
Miró con adoración la ciudad en la que había pasado su infancia. Billings era muy especial para ella. Había acallado el amor que sentía hacia aquellas calles durante sus años de exilio, pero, tras haber regresado, se sentía como si nunca se hubiera marchado. Casi sin darse cuenta, se preguntó cómo sería criar a Franco allí. Podría contarle las historias que su madre, su padre y sus tíos le habían relatado sobre sus antepasados irlandeses y escoceses, al igual que lo que el tío Cuervo Andante le había dicho sobre los indios Crow.
Montana era su hogar. Deseó que también pudiera ser el de Franco. Sólo el tiempo diría si eso sería posible.
Paula estaba muy cansada del fin de semana. Se fue a la cama muy temprano, pero aún se sentía agotada cuando se levantó a la mañana siguiente para prepararse el desayuno.
El hecho de que alguien llamara a la puerta trasera la pilló completamente desprevenida y despertó dolorosos recuerdos. Cuando Pedro iba a buscarla, muchos años antes, siempre acudía a la puerta trasera de la cabaña que su tía tenía en la reserva india. Decía que era menos formal cuando Paula le preguntaba los motivos. Se preguntó quién podría ir a verla a una hora tan temprana.
Se arrebujo bien en el albornoz de color rosa porque hacía algo de fresco, se apartó el cabello del rostro y levantó la cortina para ver de quién se trataba.
Igual que en los viejos tiempos. Era Pedro, con el sombrero en una mano. Estaba vestido para ir a trabajar, con un traje oscuro y una corbata muy conservadora.
Paula abrió la puerta.
— ¿Te has perdido? —le preguntó, sin expresión alguna en el rostro ni en la voz—. El restaurante está por allí —añadió, señalando una calle.
—Sé donde está. Lo que quiero saber es dónde has estado todo el fin de semana.
— ¿Quieres decir que has tenido tiempo para pensar en mí? Yo habría pensado que tu actual novia te mantendría lo suficientemente ocupado como para evitarlo.
—Así es —dijo él con la boca muy tensa.
—Bien. Para responder a tu pregunta, te diré que fui a ver al señor Gonzalez.
—Pensaba que sólo eran amigos —replicó él con los ojos llenos de furia.
—Y lo somos. Nos visitamos de vez en cuando. El autobús resulta muy agradable para los viajes largos, ¿no te parece?
—No lo sé. Yo viajo en avión. ¿Has hecho ya café?
Entró en la cocina, tomó una taza y se sirvió café antes de tomar asiento frente a la mesa de la cocina.
—Espero que te sientas como en tu casa —comentó ella sarcásticamente.
—Así es. Me estás ocultando cosas.
— ¿De verdad? ¿Qué clase de cosas? —preguntó ella con el rostro impasible.
—No lo sé, pero lo descubriré. ¿Vas a preparar el desayuno?
—Esto es el desayuno —contestó, colocando unas tostadas en la mesa.
—No me extraña que estés tan delgada.
—De todos modos, lo quemo todo.
—Igual que entonces. No había quien te parara — comentó con una expresión de suavidad en el rostro—. Casi no podía mantenerte quieta durante cinco minutos.
—Soy demasiado inquieta para eso —admitió ella mientras se tomaba su tostada.
—Una de tus vecinas vio a una chica de pelo rubio marcharse de aquí. Muy elegante con un abrigo muy caro. Tomó un taxi.
—Sí —mintió ella, sin inmutarse—. Era la hermana del señor Gonzalez. Iba de camino a Chicago y paró aquí para pasar la noche.
—Te llevas muy bien con su familia, ¿eh? —preguntó él, tragándose la mentira.
—Más de lo que me llevé nunca con la tuya.
—Mi madre vio muy bien lo que eras. Eras una ladronzuela que, desde el primer momento, sólo había ido a por mi dinero —comentó él con voz burlona.
—Me llevé mucho más que tu dinero —repuso Paula, pensando en Franco.
—Sí —afirmó Pedro, pensando en una cosa completamente diferente—. Mi cuerpo, mi autoestima y muchos regalos muy caros.
Paula lo había devuelto después de marcharse de Billings. Por supuesto, Ana no se lo había dicho nunca.
— ¿De verdad sigues creyendo lo del dinero?
—Te dije que Facundo lo devolvió. Sin embargo, jamás me dijo quién era su cómplice.
—No se habría atrevido a hacerlo —repuso ella, riendo.
—Jamás me escribiste. Ni siquiera trataste de hacerme entender la verdad por última vez.
—Pensé que se me podría acusar de robo si te decía dónde estaba. Yo no podía saber que Facundo había confesado y que había devuelto el dinero.
—Por supuesto. Jamás se me ocurrió pensar en eso.
—Tal y como ocurrió, fue lo mejor que me pudo pasar. Encontré muchos amigos en Chicago.
—Te busqué en Chicago —admitió él, sorprendiéndola—. Y en otras ciudades. Jamás pude encontrarte.
—Pero no me buscaste en Nassau, ¿verdad? ¿Y por qué ibas a hacerlo? Yo era joven, pobre y estúpida. No era la clase de mujer que puede vivir rodeada de lujos.
— ¿Como qué estabas allí? ¿Cómo la acompañante de un hombre rico?
— ¿Cómo lo has adivinado? —observó ella con una gélida sonrisa.
— ¿Eras la acompañante del señor Gonzalez?
—El señor Gonzalez no es un hombre rico.
—Supongo que ya has aprendido que el dinero no puede comprar la felicidad.
—Lo sé hace mucho tiempo. Bueno, ¿vas a marcharte? El fin de semana ha sido muy largo y tengo que estar en el restaurante dentro de treinta minutos.
Pedro se terminó su café.
—Tienes medio día libre el jueves —dijo—. Te llevaré al campo de batalla de Custer y te compraré un par de pendientes.
Lo habían hecho en una ocasión, cuando habían estado prometidos. Los pendientes eran de estilo indio. Paula aún los tenía en su joyero, junto a los diamantes y esmeraldas que poseía. Jamás se los había vuelto a poner.
—No quiero pendientes.
—Acompáñame de todos modos. No se puede volver atrás en el tiempo, pero sólo por un día...
— ¿No le importará a tu novia? —preguntó ella, aunque sin sarcasmo alguno. No sabía qué hacer. No confiaba en Pedro.
—Ella, como todas las demás, no era más que una atracción pasajera —replicó él—. Ninguna de ellas se parecía a tí.
—No vayas por ese camino, Pedro. No he regresado a Billings para reavivar antiguas brasas. Simplemente estoy descansando. Tengo una vida en Chicago que estará esperándome cuando haya terminado aquí.
— ¿Descansando dices? ¿Trabajando en un restaurante para cobrar el salario mínimo?
Paula guardó silencio durante unos minutos. Había estado a punto de delatarse.
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