miércoles, 26 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 74

Una pareja de aspecto tremendamente excéntrico se unió a ellos, con la guía de las obras expuestas pegada al pecho.


—¿Han estado en la sala Angelino? —preguntó el hombre.


Llevaba una americana de terciopelo amarilla a cuadros y una pajarita verde neón. Tanto le llamó la atención su vestimenta que apenas oyó la pregunta.


—Sí, ya hemos estado —contestó Pedro, apretándole la mano porque, si abría más los ojos, se le iban a salir de las cuencas.


—¿Qué les ha parecido la pieza Gatsby?


Era el sombrero que flotaba, un panamá corriente suspendido entre la pared y el techo por medios invisibles.


—Fantástica —contestó con una sonrisa.


—Sí que lo es —replicó el hombre asintiendo, y se volvió a Paula—. ¿Y tú qué piensas, jovencita, de la pieza Shadow?


—¿Era el maniquí? —preguntó, sin soltar la mano de Pedro.


 Él le había ido leyendo los títulos.


—Bueno, en realidad no es un maniquí, pero sí, se parece.


—Es un maniquí al que le han arrancado la cabeza —intervino Pedro—. Tengo ese mismo modelo en la sección de señoras de mis tiendas.


Pero aquella velada se convocaba para hacer relaciones. No se había gastado cuarenta mil dólares por las entradas para meterse en una discusión con un hombre que un día podía serle útil.


—Disculpen, pero es que aún no hemos estado en la sala Rodrigo, y queremos verla antes de que empiece la cena —dijo, y tiró suavemente de Paula—. ¿Subimos a la primera planta?


—Vamos. Creo que me muero si tengo que escuchar algo más —se miraron como dos conspiradores y aún reían cuando llegaron al primer piso, que se había despejado de obras de arte para crear un enorme restaurante y una pista de baile. 


Una banda de rock, conocida por sus excesos hedonistas, animaba la velada, con el batería aliviando la sed con una botella de vodka. A medida que la noche avanzaba, Pedro se dió cuenta de que el vocalista no le quitaba ojo a Paula. En realidad, muchos hombres la miraban, y no podía culparlos. Había elegido un vestido dorado largo con unos delgadísimos tirantes y un generoso escote en uve que realzaba su pecho, cada día más generoso; llevaba su preciosa melena suelta y ondulada, y era la viva imagen de la belleza. Pero era algo más que su belleza lo que a él le hacía sonreír como el gato que se comió al ratón. La mujer tímida que no se había soltado de su mano en la celebración de su boda, que siempre daba un paso atrás para que fuera él quien hablara, había ganado en confianza hasta el punto de ser ella quien iniciaba las conversaciones, en lugar de solo dejarse llevar. Un buen número de los presentes en la gala también habían asistido como invitados a su boda, y aunque sabía que no debería sorprenderle, le llamó la atención que se acordara de todos sus nombres. Qué memoria tenía. Qué mujer era. Más tarde, mientras evolucionaban juntos en la pista de baile, cayó en la cuenta de que ya había dejado de ver a su padre cada vez que la miraba. Ahora ya solo la veía a ella. Solo a su hermosa y valiente mujer… El corazón se le encogió cuando su pensamiento voló a lo que ocurriría dentro de seis meses. En ese tiempo llegaría el momento en que se marcharía de su casa.

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