Presionó con la lengua el botón inflamado de su clítoris y la sensación fue… Fue maravillosa. Agarró la mano que él tenía sobre su vientre y la apretó, cerrando los ojos para dejarse arrastrar al mayor placer imaginable. No quería que terminase. ¿Cómo podía haber pensado que algo así podía ser pecaminoso o sucio? Qué inocente había sido. Pedro le había abierto el cuerpo y la mente. Pasara lo que pasase en el futuro, nunca lamentaría haber sido su amante. Si acababan compartiendo solo eso, atesoraría aquellos sentimientos para siempre. Justo cuando creía haber llegado al pico más alto de las sensaciones, todo explotó en su interior. Gritó su nombre mientras las oleadas la sacudían, lanzándola a un punto desconocido hasta entonces para ella. No hubo tiempo de recuperar el aliento porque él ascendió por su cuerpo en un camino de besos que pasó por su vientre, sus pechos y su boca —tardó un momento en darse cuenta de que aquel sabor desconocido era el suyo propio—, y la penetró con una fuerza que le hizo aullar de nuevo su nombre hasta que no supo dónde empezaba ella y dónde terminaba él.
Pedro intentaba seguir soñando. A su lado, Paula se acurrucaba contra él, su mano cálida buscando la de él en la oscuridad. Estaba soñando con su hijo. Una preciosa niña que tenía el mismo aspecto que ella debía haber tenido de bebé. En el sueño, estaba tumbado en el sofá con su hija bailando sentada en él. El amor que llenó su corazón durante el sueño… Intentó respirar, pero el corazón se le había expandido tanto que le había aplastado los pulmones.
Poco más de un mes después, Pedro anunció que iban a asistir a la gala de una conocida galería de arte. Exigió de ella que se buscara un vestido de cóctel, y encantada, Paula recorrió sus grandes almacenes con una personal shopper que no dejaba de decirle que cualquier cosa que se probaba le quedaba perfecta. Qué iba a decir de la mujer del jefe… Desde luego, disfrutó de la experiencia. Nunca antes había ido de compras sin tener que pensar en qué iba a decir su padre cuando le viera las prendas puestas. A Pedro no le importaría lo que se pusiera, pero quería que se sintiera orgulloso. Las cosas entre ellos habían cambiado muchísimo, gracias sin duda a la sinceridad con que habían hablado de su sentimiento de culpa y su muto deseo. Incluso había acortado un viaje que tenía a París y, nada más entrar por la puerta de casa, se había ido a por ella para llevarla al dormitorio.
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