—No eres ninguna carga para mí —le dijo—. ¿Es que no tienes idea de lo increíble que eres? Me siento orgulloso de tí por todo lo que has conseguido. Por cómo luchas por contrarrestar tu dislexia. Eso es increíble. Y muy sexy.
Y selló sus palabras con un beso que actuó como un bálsamo para su alma.
—Detesto a tu padre, sí, y odio todo lo que me recuerda a él — añadió en un tono mucho más suave, mientras depositaba besos en su mejilla y en su cuello—. Le desprecio por lo que le hizo a mi padre, pero también por lo que te ha hecho a tí. Eres su hija, pero tienes derecho a ser una mujer independiente —tiró de la toalla y se embriagó con el cuerpo que se hacía más bello a cada hora que pasaba—. Y te deseo más de lo que he deseado a ninguna otra mujer en toda mi vida.
Paula no dijo nada, pero notó que su respiración se había vuelto más superficial y acelerada, y al volver a mirarla a los ojos, vió en ellos un fuego que hizo que su corazón se expandiera, imitando lo que le había pasado a su erección.
—Estoy dispuesto a admitir que he cometido errores, grandes errores, contigo —continuó, acariciándola, disfrutando de sus estremecimientos—. No soy perfecto. Solo soy humano —tomó su mano para guiarla a su pene—. Todo lo que siento por tí es más de lo que he sentido nunca.
Ella abrió los ojos de par en par y apretó su erección.
—¿Lo ves? —continuó, y succionó su pezón perfecto. Ella gimió y se retorció debajo de su cuerpo—. Esto es lo que me haces. Me vuelves loco. No puedo pensar en otra cosa que no seas tú, día y noche. No dejo de imaginarnos en la cama… —lamió su otro pezón—. Me imagino haciéndote el amor todo el tiempo —fue bajando por su vientre—. Quiero acariciar hasta el último centímetro de tu carne —llegó al inicio de su pubis. Olía su excitación y se llenó de ella los pulmones—. Quiero abrirte como una flor y saborear tus secretos ocultos.
Su gemido nació del centro de su ser.
Paula sabía lo que iba a pasar, y también sabía que bastaría con cerrar las piernas o decir no, y se detendría. Desde que eran amantes, había esperado el momento en que volviera a besarla en el clítoris, indecisa entre el alivio y la desilusión cuando no lo hacía. Porque, desde aquel momento de horror en la noche de bodas, cuando intentó hacerlo, no había dejado de pensar en ello, preguntándose cómo sería. Los libros clásicos con los que disfrutaba no contenían escenas de amor con una intimidad como aquella, así que se preguntaba si sería tan placentero como cuando la acariciaba entre las piernas. ¿Y a él? ¿Le gustaría? Se derritió como chocolate caliente al darse cuenta de que había estado esperando a que ella se sintiera cómoda con él como amante. Que había comprendido que el sexo y la intimidad para una virgen era mucho. Había ido despacio porque la comprendía. Porque se preocupaba por ella. Y con aquellos pensamientos en la cabeza, sintió su lengua en el centro de su placer y una sacudida eléctrica la hizo saltar. ¿La lengua? Se esperaba solo un roce de sus labios…
—Relájate —le dijo, separando delicadamente sus piernas sin dejar de mirarla a los ojos, y Paula lo vió sonreír antes de hundirse entre sus muslos.
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