Era domingo, y dado que al día siguiente iniciaba un viaje de una semana de duración a Japón, había insistido en que Paula y él salieran juntos a cenar. El restaurante elegido, muy cerca de su casa, era conocido por su excelente cocina. Fueron caminando de la mano por las concurridas calles de Nueva York, y por primera vez desde su llegada, Paula se sintió cómoda caminando por ellas. No creía que llegara a sentirse neoyorkina, pero estaba segura de que, cuando llegase el momento de trasladarse a su propia casa, sería capaz de abrazar esa libertad sin temor alguno.
—He tenido una idea en cuanto a lo que quiero dedicarme en el futuro —dijo al acabar el primer plato de los nueve que tenía el menú degustación.
—Cuéntame —contestó él, muy interesado.
—He pensado que podría abrir una pastelería.
Pedro sonrió.
—Me parece una idea excelente. Nadia no para de hablar de la tarta que le hiciste a su hija.
—Me ha pedido otra para Navidad, y su hermana me ha pedido una para su aniversario de boda —le contó, incapaz de contener el orgullo que sentía—. Su prima se casa al año que viene, y también quiere que le haga la tarta nupcial. ¡Y me van a pagar!
—¡Pues claro! ¿Quieres abrir un local?
—¡Uy, no! Quizás algún día, cuando el bebé sea mayor y ya no dependa tanto de mí, pero por ahora me conformo con el de boca en boca. He pensado que puedo pedirles su testimonio, hacer muchas fotos y preparar un portfolio, y luego, cuando esté preparada y nuestro hijo sea mayor, y yo… —cruzó los dedos—… sea capaz de leer mejor, podré hacer una página web profesional. Cuando llegue ese momento, ¿Podré hablar con alguien de tu equipo de marketing para pedirle consejo?
—Por supuesto. Te dije que te ayudaría en lo que estuviera a mi alcance, y eso voy a hacer.
—Gracias —dijo, y respiró hondo.
—¿Qué ocurre?
—Es que… Resulta muy frustrante que, incluso ahora que tengo la posibilidad de hacer algo por mí misma, siga necesitando ayuda. Es frustrante saber que siempre voy a necesitarla.
—No tiene nada de malo pedir ayuda cuando se necesita. Yo nunca habría podido crear mi negocio si no lo hubiera hecho.
—¿Ah, sí?
—Mi primera tienda era un asqueroso edificio de seis plantas no lejos de aquí. Yo le había visto potencial, pero no tenía dinero para comprarlo, ni para acometer la reforma que necesitaba, ni para adquirir lo necesario para abrirlo.
El camarero llegó con el segundo plato, que a ella le pareció una langosta gigante colocada artísticamente sobre unos palitos marrones en una salsa blanca y con algo de lechuga a un lado. Cuando tomó el primer bocado, sus papilas gustativas, simplemente, explotaron.