miércoles, 26 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 75

Era domingo, y dado que al día siguiente iniciaba un viaje de una semana de duración a Japón, había insistido en que Paula y él salieran juntos a cenar. El restaurante elegido, muy cerca de su casa, era conocido por su excelente cocina. Fueron caminando de la mano por las concurridas calles de Nueva York, y por primera vez desde su llegada, Paula se sintió cómoda caminando por ellas. No creía que llegara a sentirse neoyorkina, pero estaba segura de que, cuando llegase el momento de trasladarse a su propia casa, sería capaz de abrazar esa libertad sin temor alguno.


—He tenido una idea en cuanto a lo que quiero dedicarme en el futuro —dijo al acabar el primer plato de los nueve que tenía el menú degustación.


—Cuéntame —contestó él, muy interesado.


—He pensado que podría abrir una pastelería.


Pedro sonrió.


—Me parece una idea excelente. Nadia no para de hablar de la tarta que le hiciste a su hija.


—Me ha pedido otra para Navidad, y su hermana me ha pedido una para su aniversario de boda —le contó, incapaz de contener el orgullo que sentía—. Su prima se casa al año que viene, y también quiere que le haga la tarta nupcial. ¡Y me van a pagar!


—¡Pues claro! ¿Quieres abrir un local?


—¡Uy, no! Quizás algún día, cuando el bebé sea mayor y ya no dependa tanto de mí, pero por ahora me conformo con el de boca en boca. He pensado que puedo pedirles su testimonio, hacer muchas fotos y preparar un portfolio, y luego, cuando esté preparada y nuestro hijo sea mayor, y yo… —cruzó los dedos—… sea capaz de leer mejor, podré hacer una página web profesional. Cuando llegue ese momento, ¿Podré hablar con alguien de tu equipo de marketing para pedirle consejo?


—Por supuesto. Te dije que te ayudaría en lo que estuviera a mi alcance, y eso voy a hacer.


—Gracias —dijo, y respiró hondo.


—¿Qué ocurre?


—Es que… Resulta muy frustrante que, incluso ahora que tengo la posibilidad de hacer algo por mí misma, siga necesitando ayuda. Es frustrante saber que siempre voy a necesitarla.


—No tiene nada de malo pedir ayuda cuando se necesita. Yo nunca habría podido crear mi negocio si no lo hubiera hecho.


—¿Ah, sí?


—Mi primera tienda era un asqueroso edificio de seis plantas no lejos de aquí. Yo le había visto potencial, pero no tenía dinero para comprarlo, ni para acometer la reforma que necesitaba, ni para adquirir lo necesario para abrirlo.


El camarero llegó con el segundo plato, que a ella le pareció una langosta gigante colocada artísticamente sobre unos palitos marrones en una salsa blanca y con algo de lechuga a un lado. Cuando tomó el primer bocado, sus papilas gustativas, simplemente, explotaron.

Falso Matrimonio: Capítulo 74

Una pareja de aspecto tremendamente excéntrico se unió a ellos, con la guía de las obras expuestas pegada al pecho.


—¿Han estado en la sala Angelino? —preguntó el hombre.


Llevaba una americana de terciopelo amarilla a cuadros y una pajarita verde neón. Tanto le llamó la atención su vestimenta que apenas oyó la pregunta.


—Sí, ya hemos estado —contestó Pedro, apretándole la mano porque, si abría más los ojos, se le iban a salir de las cuencas.


—¿Qué les ha parecido la pieza Gatsby?


Era el sombrero que flotaba, un panamá corriente suspendido entre la pared y el techo por medios invisibles.


—Fantástica —contestó con una sonrisa.


—Sí que lo es —replicó el hombre asintiendo, y se volvió a Paula—. ¿Y tú qué piensas, jovencita, de la pieza Shadow?


—¿Era el maniquí? —preguntó, sin soltar la mano de Pedro.


 Él le había ido leyendo los títulos.


—Bueno, en realidad no es un maniquí, pero sí, se parece.


—Es un maniquí al que le han arrancado la cabeza —intervino Pedro—. Tengo ese mismo modelo en la sección de señoras de mis tiendas.


Pero aquella velada se convocaba para hacer relaciones. No se había gastado cuarenta mil dólares por las entradas para meterse en una discusión con un hombre que un día podía serle útil.


—Disculpen, pero es que aún no hemos estado en la sala Rodrigo, y queremos verla antes de que empiece la cena —dijo, y tiró suavemente de Paula—. ¿Subimos a la primera planta?


—Vamos. Creo que me muero si tengo que escuchar algo más —se miraron como dos conspiradores y aún reían cuando llegaron al primer piso, que se había despejado de obras de arte para crear un enorme restaurante y una pista de baile. 


Una banda de rock, conocida por sus excesos hedonistas, animaba la velada, con el batería aliviando la sed con una botella de vodka. A medida que la noche avanzaba, Pedro se dió cuenta de que el vocalista no le quitaba ojo a Paula. En realidad, muchos hombres la miraban, y no podía culparlos. Había elegido un vestido dorado largo con unos delgadísimos tirantes y un generoso escote en uve que realzaba su pecho, cada día más generoso; llevaba su preciosa melena suelta y ondulada, y era la viva imagen de la belleza. Pero era algo más que su belleza lo que a él le hacía sonreír como el gato que se comió al ratón. La mujer tímida que no se había soltado de su mano en la celebración de su boda, que siempre daba un paso atrás para que fuera él quien hablara, había ganado en confianza hasta el punto de ser ella quien iniciaba las conversaciones, en lugar de solo dejarse llevar. Un buen número de los presentes en la gala también habían asistido como invitados a su boda, y aunque sabía que no debería sorprenderle, le llamó la atención que se acordara de todos sus nombres. Qué memoria tenía. Qué mujer era. Más tarde, mientras evolucionaban juntos en la pista de baile, cayó en la cuenta de que ya había dejado de ver a su padre cada vez que la miraba. Ahora ya solo la veía a ella. Solo a su hermosa y valiente mujer… El corazón se le encogió cuando su pensamiento voló a lo que ocurriría dentro de seis meses. En ese tiempo llegaría el momento en que se marcharía de su casa.

Falso Matrimonio: Capítulo 73

Ninguno de los dos había mencionado el acuerdo original por el que iban a compartir cama solo unas semanas. Por primera vez desde la boda, sentía que su relación estaba en otro nivel. Eran un equipo, una pareja, socios. Ahora podía mirar al futuro con esperanza en el corazón. El bebé tenía que nacer en seis meses, de modo que su cuerpo no tardaría en empezar a cambiar. Si eso hacía que la pasión entre ellos se apagase, ya cruzaría ese puente cuando llegasen a él. Confiaba en que su amistad bastaría para poder criar a su hijo cuando se mudara a su propia casa. Y si la pasión entre ellos seguía existiendo, encontrarían el modo de hacerlo funcionar, aunque vivieran bajo techos diferentes. Eso sí: nunca más volvería a cerrar los ojos. Pedro ya le había partido el corazón en una ocasión, y no iba a volver a darle esa oportunidad. Pero era un buen hombre. Le oía hablar con su madre con una paciencia infinita, y le había dado el contacto de tres tutores especializados en dislexia en adultos. De hecho, había elegido a uno que el lunes siguiente iría a su casa. Tardó una eternidad en prepararse para la gala, y cuando estuvo lista, se presentó ante Pedro, que la admiró con los ojos abiertos de par en par y emitió un silbido de apreciación. Ella, si hubiera sabido silbar, también lo habría hecho al verlo a él porque derrochaba masculinidad con aquella chaqueta negra de etiqueta. De modo que llegó a la gala con el corazón rebosante de felicidad. La galería no era como ella se la había imaginado. De pequeña había estado en Florencia, en la galería de los Uffizi, y de la visita recordaba frescos en los techos, exquisitas esculturas y vastos lienzos. Las dos se parecían únicamente en tamaño. Todo allí era blanco: suelos, paredes, techos, todo aparte del arte, que era muy distinto al que se exhibía en los Uffizi. Aquellas piezas eran todas modernas, y los invitados podrían disfrutarlas antes de que la gala propiamente dicha empezase. Pero aquella clase de arte necesitaba de explicaciones. En los Ufizzi no había pasado nada porque no pudiera leer, porque el arte hablaba por sí mismo. Allí, no tenía la más mínima idea de qué quería decir aquel enorme cubo más alto que Pedro. O la gigantesca escultura que colgaba de una silla de madera. O algunos de los cuadros que solo mostraban manchas de color. Pero a los demás invitados, parecían interesarles mucho.


—¿De verdad te gusta todo esto? —le susurró a Pedro cuando estuvo segura de que nadie podía oírla. 


Su casa estaba llena de arte que a ella también le gustaba y que, si algún día tenía dinero suficiente, se compraría para su propia casa. Con una sonrisa le susurró al oído:


—Horrible, ¿Verdad?


Paula se echó a reír, absurdamente complacida porque pensaran lo mismo en otra cosa más, y Pedro ahogó su risa con un beso en la boca, breve pero muy intenso.

Falso Matrimonio: Capítulo 72

Presionó con la lengua el botón inflamado de su clítoris y la sensación fue… Fue maravillosa. Agarró la mano que él tenía sobre su vientre y la apretó, cerrando los ojos para dejarse arrastrar al mayor placer imaginable. No quería que terminase. ¿Cómo podía haber pensado que algo así podía ser pecaminoso o sucio? Qué inocente había sido. Pedro le había abierto el cuerpo y la mente. Pasara lo que pasase en el futuro, nunca lamentaría haber sido su amante. Si acababan compartiendo solo eso, atesoraría aquellos sentimientos para siempre. Justo cuando creía haber llegado al pico más alto de las sensaciones, todo explotó en su interior. Gritó su nombre mientras las oleadas la sacudían, lanzándola a un punto desconocido hasta entonces para ella. No hubo tiempo de recuperar el aliento porque él ascendió por su cuerpo en un camino de besos que pasó por su vientre, sus pechos y su boca —tardó un momento en darse cuenta de que aquel sabor desconocido era el suyo propio—, y la penetró con una fuerza que le hizo aullar de nuevo su nombre hasta que no supo dónde empezaba ella y dónde terminaba él.


Pedro intentaba seguir soñando. A su lado, Paula se acurrucaba contra él, su mano cálida buscando la de él en la oscuridad. Estaba soñando con su hijo. Una preciosa niña que tenía el mismo aspecto que ella debía haber tenido de bebé. En el sueño, estaba tumbado en el sofá con su hija bailando sentada en él. El amor que llenó su corazón durante el sueño… Intentó respirar, pero el corazón se le había expandido tanto que le había aplastado los pulmones.



Poco más de un mes después, Pedro anunció que iban a asistir a la gala de una conocida galería de arte. Exigió de ella que se buscara un vestido de cóctel, y encantada, Paula recorrió sus grandes almacenes con una personal shopper que no dejaba de decirle que cualquier cosa que se probaba le quedaba perfecta. Qué iba a decir de la mujer del jefe… Desde luego, disfrutó de la experiencia. Nunca antes había ido de compras sin tener que pensar en qué iba a decir su padre cuando le viera las prendas puestas. A Pedro no le importaría lo que se pusiera, pero quería que se sintiera orgulloso. Las cosas entre ellos habían cambiado muchísimo, gracias sin duda a la sinceridad con que habían hablado de su sentimiento de culpa y su muto deseo. Incluso había acortado un viaje que tenía a París y, nada más entrar por la puerta de casa, se había ido a por ella para llevarla al dormitorio.

Falso Matrimonio: Capítulo 71

 —No eres ninguna carga para mí —le dijo—. ¿Es que no tienes idea de lo increíble que eres? Me siento orgulloso de tí por todo lo que has conseguido. Por cómo luchas por contrarrestar tu dislexia. Eso es increíble. Y muy sexy.


Y selló sus palabras con un beso que actuó como un bálsamo para su alma.


—Detesto a tu padre, sí, y odio todo lo que me recuerda a él — añadió en un tono mucho más suave, mientras depositaba besos en su mejilla y en su cuello—. Le desprecio por lo que le hizo a mi padre, pero también por lo que te ha hecho a tí. Eres su hija, pero tienes derecho a ser una mujer independiente —tiró de la toalla y se embriagó con el cuerpo que se hacía más bello a cada hora que pasaba—. Y te deseo más de lo que he deseado a ninguna otra mujer en toda mi vida.


Paula no dijo nada, pero notó que su respiración se había vuelto más superficial y acelerada, y al volver a mirarla a los ojos, vió en ellos un fuego que hizo que su corazón se expandiera, imitando lo que le había pasado a su erección.


—Estoy dispuesto a admitir que he cometido errores, grandes errores, contigo —continuó, acariciándola, disfrutando de sus estremecimientos—. No soy perfecto. Solo soy humano —tomó su mano para guiarla a su pene—. Todo lo que siento por tí es más de lo que he sentido nunca.


Ella abrió los ojos de par en par y apretó su erección.


—¿Lo ves? —continuó, y succionó su pezón perfecto. Ella gimió y se retorció debajo de su cuerpo—. Esto es lo que me haces. Me vuelves loco. No puedo pensar en otra cosa que no seas tú, día y noche. No dejo de imaginarnos en la cama… —lamió su otro pezón—. Me imagino haciéndote el amor todo el tiempo —fue bajando por su vientre—. Quiero acariciar hasta el último centímetro de tu carne —llegó al inicio de su pubis. Olía su excitación y se llenó de ella los pulmones—. Quiero abrirte como una flor y saborear tus secretos ocultos.


Su gemido nació del centro de su ser.


Paula sabía lo que iba a pasar, y también sabía que bastaría con cerrar las piernas o decir no, y se detendría. Desde que eran amantes, había esperado el momento en que volviera a besarla en el clítoris, indecisa entre el alivio y la desilusión cuando no lo hacía. Porque, desde aquel momento de horror en la noche de bodas, cuando intentó hacerlo, no había dejado de pensar en ello, preguntándose cómo sería. Los libros clásicos con los que disfrutaba no contenían escenas de amor con una intimidad como aquella, así que se preguntaba si sería tan placentero como cuando la acariciaba entre las piernas. ¿Y a él? ¿Le gustaría? Se derritió como chocolate caliente al darse cuenta de que había estado esperando a que ella se sintiera cómoda con él como amante. Que había comprendido que el sexo y la intimidad para una virgen era mucho. Había ido despacio porque la comprendía. Porque se preocupaba por ella. Y con aquellos pensamientos en la cabeza, sintió su lengua en el centro de su placer y una sacudida eléctrica la hizo saltar. ¿La lengua? Se esperaba solo un roce de sus labios…


—Relájate —le dijo, separando delicadamente sus piernas sin dejar de mirarla a los ojos, y Paula lo vió sonreír antes de hundirse entre sus muslos.

lunes, 24 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 70

 —Sacaré el tiempo, no te preocupes. Es bueno que pienses en el futuro. Eres demasiado joven para pasarte el resto de la vida sin tener nada en lo que ocuparte pero, mientras vivas aquí, deja que yo me ocupe de tí. Ese bebé que llevas dentro es hijo mío, y ya me siento bastante culpable sin que se añadan más cosas. Si hay algo que yo pueda hacer para ayudarte con tu carrera, o en cualquier otro sentido, dímelo. Quiero ayudar.


Y era cierto: Quería ayudar. Pero no entendía por qué la idea de que se marchara, un momento que una semana antes no veía llegar, le resultaba insoportable. Lo mismo que tampoco soportaba saber que había llegado el momento de que se trasladara a la habitación de invitados. Respiró hondo y apartó la mirada de aquellos hermosos ojos castaños. Entonces vió un hermoso ramo de flores en el alféizar de la ventana.


—¿De dónde ha salido ese ramo?


Paula se puso tan colorada que, por un momento, pensó que tenía un admirador, hasta que se le ocurrió algo todavía peor.


—¿Son de tu padre?


—¿Sería un problema que lo fuesen?


—Esta es mi casa —contestó, sintiendo crecer la náusea—. No quiero compartir mi espacio íntimo con nada que venga de ese hombre.


Ella entornó los ojos.


—La mitad de mi ADN es suyo.


Un dato que desearía poder olvidar.


—La mejor mitad debe venir de tu madre.


Paula cerró los ojos. No podía soportar la idea de que, para él, siempre estaría manchada. ¿Cómo iba a ser la relación con su hijo, un bebé inocente del que rara vez hablaba? La había acompañado al médico, pero ni siquiera en ese momento había mostrado un gran interés. Su comentario sobre el ADN era como un cuchillo clavado en el corazón.


—Las flores las he comprado yo. Me parecía que el departamento necesitaba un poco de alegría.


—¿Las has pedido?


—No. He ido a la floristería y las he comprado.


—¿Has salido sola de casa?


—Sí.


—¡Eso es maravilloso! —recordaba cómo se había aferrado a su mano cuando salieron por primera vez, y cómo se había pegado a él fueran donde fuesen. Para ella, era un logro lo que había hecho—. Estoy orgulloso de tí.


—¿Orgulloso significa que no soy ya tanta carga para tí? —espetó—. No te preocupes, que me marcharé antes de que te des cuenta, y podrás dejar de preocuparte porque mi padre pueda mancharte tu precioso espacio.


—Paula, no era eso lo que quería decir.


—No me mientas, Pedro. Disculpa, pero tengo que irme a la ducha.


Paula estaba ya en la ducha cuando Pedro entró en la alcoba. Había cerrado la puerta del baño, así que tuvo que esperar pacientemente a que terminara. Cuando salió con una toalla alrededor del cuerpo, lo miró con el ceño fruncido y se cruzó de brazos. Maldiciendo entre dientes, la tomó en brazos y, antes de que ella pudiera protestar, la dejó sobre la cama y clavó su mirada en aquellos ojos castaños que ardían con el mismo fuego que a él lo consumía por dentro.

Falso Matrimonio: Capítulo 69

Pero la verdadera obra de arte era ella: Llevaba los vaqueros y la camiseta cubiertos de harina. Incluso en el pelo la llevaba, y una salpicadura de azúcar rosada había acabado en su mejilla izquierda. El pecho se le contrajo de tal modo que, durante un instante, fue incapaz de hablar. Con esfuerzo apartó la mirada de ella y la puso en la tarta.


—Es increíble. ¿La has hecho tú?


Ella asintió sonriendo.


—Es para la hija de Nadia. Es su cumpleaños, y le van a dar una fiesta.


—¿Nadia te ha pedido que se la hagas?


—El otro día estuvimos hablando. Me dijo que le encantaban mis bagels… Por cierto, no sabía que le habías llevado algunos. Le dije que me aburría aquí, y que en el convento hacía dulces. Fue entonces cuando me dijo si querría hacerle la tarta.


—¿Hacías dulces para el convento?


—Tartas y pastas principalmente. Los vendían e invertían el dinero en sus obras benéficas.


—No me lo habías contado.


—Es que no lo hacía con regularidad. Solo un par de días a la semana.


—¿Y eso no te parece regular? —preguntó, rascándose la cabeza.


¿Cómo era posible que los investigadores a los que había encargado que rebuscaran en su pasado lo hubieran pasado por alto? En realidad, tenía que reconocer que Miguel hacía un buen trabajo rodeándose de gente que le era fiel por encima de todo. No había conseguido infiltrar a nadie en su entorno.


—Yo quería hacerlo todos los días, pero molestaba al chef de mi padre, y me racionaron el uso de la cocina de la villa.


—Conozco gente que pagaría una fortuna por una tarta como esta — dijo, contemplándola.


—Ojalá supiera cómo hacer de ello mi carrera. Lo único que se me da bien es la jardinería y la repostería.


—¿Quieres tener una carrera?


—Lo único que he deseado toda mi vida es ser independiente. Sé que me vas a comprar un apartamento cuando el bebé nazca, y que te ocuparás de los gastos del mantenimiento, pero lo que no quiero es que me mantengas a mí.


Aquella era la primera vez que Paula hablaba de irse a vivir a otro sitio desde que eran amantes, y oírselo decir con aquella despreocupación hizo que todos los músculos de su cuerpo se tensaran.


—Eres mi esposa y la madre de mi hijo —respondió, y fue una sorpresa que consiguiera mantener el tono calmado de su voz—. Los dos son mi responsabilidad.


Ella lo miró a los ojos y, por cómo contestó, también ella se estaba esforzando por no perder la calma.


—Yo no soy responsabilidad tuya, y no quiero serlo. Llevo toda mi vida teniendo que responder ante un hombre. Nunca le faltará nada a nuestro hijo, pero cuando me vaya de aquí, será ganando mi propio dinero. Puede que te parezca una tontería, pero quiero pagarme mi propia ropa y todas las cosas que sean solo mías.


—No me parece una tontería —contestó, intentando deshacer el nudo que se le había hecho en la garganta—. Y saber cuáles son tus puntos fuertes es un buen modo de empezar. ¿Quieres que te busque un tutor especializado en dislexia en adultos, y que pueda ayudarte en ese aspecto?


—Eres muy amable, pero tú ya tienes bastante lío.

Falso Matrimonio: Capítulo 68

Tres días después, Paula salió del ascensor y se dirigió decidida a la puerta de salida. Podría hacerlo. Iba a hacerlo. El conserje sonrió educadamente y le abrió la puerta. Todos sus sentidos quedaron desbordados de inmediato. Olas de gente yendo en todas direcciones. Turistas y paseadores de perros entrando y saliendo de Central Park, compradores, trabajadores que caminaban apresurados para llegar a su destino. Era lo que Pedro le había contado. Por tercera noche consecutiva, habían hecho el amor durante casi todas la horas de oscuridad, y aún no habían hablado de aquel cambio en su relación, lo cual era un alivio porque se sentía tan confusa que no habría sabido qué decir. Lo único que sabía con certeza es que era incapaz de resistirse a él. Había despertado algo en ella que se sobreponía a su capacidad racional de pensamiento. Mientras pasaba el día sola, intentaba endurecerse y recordarse que vivir con él era solo algo temporal, hasta que naciera el bebé. Se había ido a trabajar antes de que ella se despertara, pero recordaba vagamente un roce de sus labios y una suave caricia en el pelo. Luego, se había despertado con el pecho contraído y la necesidad de salir y sentir el sol en la cara. Que fueran amantes no cambiaba su objetivo, que era lograr para sí una libertad verdadera y total. ¿Cómo conseguirlo si ni siquiera se atrevía a salir de su casa sola? ¿Acaso Alejandra Schulz se escondería en las sombras esperando a que un hombre la tomase de la mano para cruzar la calle? No, desde luego que no. Pero no fue Alejandra Schulz quien acudió a sus pensamientos cuando, respirando hondo, se unió a la multitud. Fue Pedro.


Pedro cerró los ojos antes de entrar en su casa. Era lo mismo cada día al volver del trabajo: tenía que prepararse antes de entrar.


—¿Paula?


—Estoy en la cocina.


Debería habérselo imaginado. Su cocina nunca había tenido tanto uso. Él no solía cocinar. Teniendo en Nueva York restaurantes de comida para llevar y cafés de todo tipo y estilos, no había visto necesario contratar un chef. Con un nudo en el estómago, siguió el aroma de los dulces y la encontró cargando el lavavajillas. Daba igual la cantidad de veces que le dijera que tenía personal contratado para limpiar: Ella se empeñaba en hacerlo. Sobre la isla descansaba la tarta más grande que había visto fuera de una boda, tan fantásticamente decorada que podría considerarse una obra de arte.

Falso Matrimonio: Capítulo 67

Recordó entonces con una angustia que le aceleró el latido del corazón cómo la había acusado de firmar la compra de la casa sin reparar en que el precio de venta era ridículamente bajo. Seguro que ella recordaba las palabras exactas que había usado. ¿Hasta qué punto se podía estar equivocado con otra persona? Clavó su mirada en los ojos oscuros de la mujer en cuyo vientre crecía su hijo y se sintió peor que en toda su vida. ¿Una princesita mimada? Ojalá hubiera tenido esa suerte. Aquella era la mujer cuya madre había muerto cuando tenía tres años, dejándola a merced de un padre narcisista que había explotado sus tremendas dificultades de aprendizaje en su propio beneficio para que dependiera de él para siempre… O hasta que se casara con un hombre que él considerara con la valía suficiente para cuidar de ella. Y en aquel momento, comprendió que Miguel Chaves amaba a su hija. No había sido solo su estatus de millonario lo que le había atraído de él como posible yerno, sino los fuertes lazos familiares con los que había crecido. Miguel había dado por hecho que cuidaría de su esposa con el mismo celo con que su padre había cuidado de su madre, y que derramaría sobre ella la misma cantidad de amor. Tanto si había sido el narcisismo lo que le había impedido buscar ayuda para su hija como si había sido otro motivo, no podía negar que había protegido a Paula. Considerando su necesidad de independencia, pero convencido al mismo tiempo de que no estaba en condiciones de serlo, había buscado la propiedad perfecta para ella: Un lugar en el que podría tener sensación de libertad estando bajo su cuidado y protección. La casa familiar de los Alfonso. Y así se lo iba a decir a Paula cuando sonó su teléfono. Era Nadia, recordándole la reunión en la que ya debía estar.


—Tienes que irte, ¿No? —adivinó Paula.


Él asintió.


—Lo siento —dijo, aunque no sabía qué era lo que sentía. Tampoco sabía por qué la tristeza que veía en sus ojos le resultaba tan insoportable.


—No lo sientas —contestó ella, forzando una sonrisa—. ¿Queda lejos tu oficina?


—Creía que te lo había dicho —contestó. Obviamente, no. Ella lo recordaría—. Mi oficina central está al otro lado del edificio. ¿Te acuerdas de dónde está Nadia? ¿Viste que había otra puerta?


Al mencionar a Nadia, tomó otro bagel para llevárselo.


—¿A la izquierda de su mesa?


—Esa es mi entrada a las oficinas. Todo mi personal de administración trabaja desde allí.


—No lo sabía.


—Así es todo más fácil.


—¿Y por qué Nadia no trabaja con los demás?


—Es que a veces es muy sensible a los ruidos. Llámame si necesitas algo, ¿Vale?


Paula asintió, y él salió rápidamente de la cocina, desesperado por alejarse de aquella mujer que por fin había logrado que comprendiera a su enemigo. Entendía el sentimiento de protección de Miguel por su hija porque él también lo sentía.

Falso Matrimonio: Capítulo 66

 —Tiene que ser algo rápido. La primera reunión es dentro de media hora.


—¿Salmón ahumado y queso de untar?


—Genial.


Mientras ella sacaba un par de platos y se afanaba con el desayuno para los dos, recordó haber oído su voz la primera vez que se despertó en la noche.


—¿Con quién hablabas antes?


—Con Delfina.


—¿Ocurre algo?


Untaba queso crema en la mitad de un panecillo cuando contestó:


—El reconocimiento de voz de mi teléfono no funcionaba. Quería la receta de los bagels y no quería despertarte.


—¿Y ella te la ha leído?


Paula asintió al tiempo que colocaba el salmón y alcanzaba el molinillo de pimienta.


—¿Y cómo haces si no puedes escribirla?


—La recuerdo. No puedo leer o escribir, pero he aprendido a retener información. Si me describes una receta, la recuerdo para siempre. Si me lees un artículo del periódico, puedo repetirlo palabra por palabra.


Lo colocó en un plato y se lo ofreció.


—¿No puedes leer nada? —preguntó después de haber tomado un bocado del bagel más delicioso que había probado en su vida.


—Mi nombre, el de Imma, el de mi padre y nuestro apellido. Miguel me cuesta, pero con tiempo puedo conseguirlo —un rubor le cubrió la cara—. También puedo leer tu nombre.


Ese comentario no debería acelerarle el corazón.


—¿Cómo es que te lo han diagnosticado tan tarde? Algo así tendría que haber sido detectado hace años.


—No he tenido un diagnóstico formal —explicó—. Hablé de ello con la hermana María la última vez que estuve en el convento. Ella fue mi primera profesora, y me contó que las monjas sospecharon que era disléxica cuando tenía seis años. Se lo dijeron a mi padre, pero él se subió por las paredes ante la sugerencia de que a su princesa pudiera pasarle algo, así que hicieron cuanto pudieron para ayudarme, pero tenían demasiado miedo como para pelear por mí.


—Pero tu padre tuvo que darse cuenta de que necesitabas ayuda, ¿No? Las notas del colegio tenían que cantárselo. ¡Lo único que tenía que hacer era comparar tu trabajo con el de tu hermana!


—He pensado mucho en ello, y he llegado a la conclusión de que tener una hija tonta le venía muy bien —contestó con amargura—. No tuvo el hijo que siempre quiso, así que hizo de mi hermana su heredera, y decidió que yo era más adecuada para ser una figura decorativa en la casa. Al fin al cabo, tampoco podía salir al mundo y labrarme una carrera profesional, ¿No? ¿Quién iba a contratar a alguien que no puede leer ni escribir, y que a duras penas se maneja con los números?


—¿También tienes problemas con los números?


—Puedo reconocerlos individualmente, aunque confundo el cinco y el dos, pero si me pones dos juntos, no soy capaz de identificarlos. Cuando era pequeña, quería trabajar en mi pastelería favorita, pero cuando se lo pedí en una ocasión —debía rondar los diez años—, me dijeron que hacía falta más que saber hacer dulces. Tendría que poder manejar una caja registradora, controlar el stock y anotar los pedidos… Y yo no podía hacer nada de todo eso.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 65

Aun antes de oír su voz, supo que se había levantado. Apenas se filtraba luz a través de las cortinas, y consultó el reloj con el ceño fruncido. Las cinco de la mañana. No había dormido más de una hora y, bostezando ruidosamente, pensó si no debería levantarse, ir a por ella y disfrutar de una nueva sesión de sexo. No había tenido nunca una noche como aquella, pero estaba tan agotado que, cuando volvió a abrir los ojos, resultó que habían pasado dos horas, y la cama seguía estando vacía. Se levantó de inmediato y se metió bajo la ducha. Mientras se enjabonaba el pelo, el peso de lo que había hecho cayó sobre él. Le había robado la inocencia. La había mentido, utilizado, dejado embarazada. Y, ahora, habían vuelto a hacer el amor. Nunca había tenido sexo con una mujer y después sentir como si la tela que lo mantenía unido se deshilachara por las costuras. Y encima, había pasado dos veces. Y las dos, con la misma mujer. Y el roto era cada vez más grande. Acababa de pasar la mejor noche de su vida con la mujer cuyo padre había provocado que el corazón del suyo colapsara. Era consciente de que ella no tenía nada que ver. Que era tan víctima como todos los demás, incluso más, pero eso no cambiaba lo mal que se sentía por disfrutar de aquella manera con la hija de su enemigo. Terminó de ducharse, se afeitó, y se vistió rápidamente. Cuando bajaba el segundo tramo de escaleras, percibió el aroma inconfundible de los dulces caseros, y a punto estuvo de trastabillarse porque, con él, volvieron recuerdos de olores similares de la infancia, cuando su madre preparaba dulces caseros para sus chicos. Ojalá hubiera sabido apreciar más todo lo que habían hecho por él. Ojalá no los hubiera tratado como una obligación, con apenas dos visitas al año, siempre tan ocupado construyendo su imperio, viviendo la vida y dando por hecho que siempre estarían ahí. Encontró a Paula lavándose las manos en el fregadero. Llevaba un vestido verde esmeralda hasta la rodilla, el pelo recogido, e iba descalza. No parecía una mujer que acababa de pasarse la noche sin dormir. Su sonrisa tenía un matiz de desconfianza al saludarlo.


—Buenos días.


El deseo volvió a palpitarle en las venas, fuerte e implacable, y sus pensamientos volaron de inmediato a la imagen de cuando la había tenido desnuda en los brazos. Se pasó las manos por el pelo para no tocarla.


—Necesito irme a trabajar.


Ella esbozó una sonrisa, más desconfiada aún que la anterior.


—¿Cuándo volverás?


—No lo sé. Tengo tres reuniones y una conferencia con París.


—¿Te apetece un panecillo?


Señaló la bandeja de bagels que estaban enfriándose en la encimera y que él no había visto al entrar porque toda su atención la captaba ella.

Falso Matrimonio: Capítulo 64

No podría decir si había sido él quien había levantado las caderas, o si había sido Paula quien se había abalanzado sobre él. La cuestión fue que, en cuanto desapareció aquella última barrera, se encontró dentro de ella, en sus húmedos y prietos confines, esforzándose como nunca por no dejarse vencer por el clímax. Apretando los dientes, le rodeó la cintura y comenzó a moverse dentro de ella. Que Paula actuase guiada por el instinto hacía que todo aquello resultara aún más potente. Gimiendo cada vez con más fuerza, la boca en su mejilla, sus pechos aplastados contra él, Pedro hizo cuanto pudo por aguantar, pero aquello era demasiado. Las sensaciones le estaban rompiendo por dentro, se sostenía en las yemas de los dedos… Pero entonces, el tono de sus gemidos cambió por completo y sintió que los músculos de su vagina se tensaban rodeando su pene. Abrazándola aún más fuerte, la penetró una última vez, y con un grito que salió de lo más hondo de su pecho, se dejó ir. Paula, aturdida y agotada, se soltó de su cuello y se acurrucó sobre su pecho. Su aroma a maderas tenía ya otro matiz, y respiró hondo con los ojos cerrados, dejándose inundar por otra clase de sensaciones, no menos potente, que creaban sus lentas caricias en la espalda. Estaban tan pegados que podía sentir los latidos de su corazón al mismo ritmo que los suyos.


—¿Te hago daño en la pierna? —preguntó, y su respuesta fue un beso en lo alto de la cabeza.


Sin darse cuenta, se quedó dormida. No sabría decir cuánto tiempo permaneció así, porque se despertó cuando Pedro cambió de postura.


—¿Lista para que nos vayamos a la cama? —le preguntó él en voz baja, antes de besarla otra vez.


Y fue precisamente aquel beso, más que el placer inconmensurable que le había hecho sentir, lo que le hizo comprender que su mundo había cambiado para siempre. Paula caminó a oscuras por la habitación hasta el vestidor, se puso lo primero que encontró y salió para llamar a su hermana. Tenía una buena excusa para hacerlo, pero lo que de verdad quería, lo que de verdad necesitaba, era escuchar la voz de Delfina. Una noche haciendo el amor con Pedro la había dejado más confusa y fuera de lugar que nunca. Había sido maravilloso. Mágico. Celestial. Y, sin embargo, lo que deseaba en aquel momento era hacerse un ovillo y llorar. No debía dormir con él. No formaba parte de su acuerdo. Pero Dios, qué bien le había sentado. Todo había ido bien hasta que él se quedó dormido. Entonces fue cuando empezó a sentir que las paredes del departamento se acercaban hasta encerrarla. Sus sentimientos hacia él estaban escapando a su control, y tenía que hallar la forma de encerrarlos porque un futuro juntos era imposible.

Falso Matrimonio: Capítulo 63

Sujetándola con fuerza, Pedro se recostó llevándola a ella consigo. Paula lo besaba con toda la pasión que había en su alma. Besaba su cuello, su piel con aromas a madera, y volvía a su boca para derretirse en su juego erótico de labios, un baile, un duelo seductor de bocas y lenguas. Le levantó el top y ella consiguió, sin saber cómo, sacar los brazos, sin tener que separarse de él. Cambió de postura y de inmediato sintió la dureza de su erección entre las piernas, un contacto que la sacudió de tal modo que no tuvo forma de controlar el gemido que se le escapó de los labios. Aturdida, lo miró a los ojos. Necesitaba ver, al mismo tiempo que sentir, que aquellas sensaciones no eran solo suyas. Pedro le acarició la mejilla con las yemas de los dedos antes de decir, con voz ahogada:


—¿Qué me estás haciendo?


No tenía ni idea de lo que le preguntaba. Debía haber comprendido su ignorancia.


—Nunca he deseado a nadie como te deseo a tí —añadió, acercándola a él hasta que rozó su nariz con la de ella.


La potencia de aquellas palabras fue la de una descarga.


—Yo nunca he deseado a nadie. Solo a tí.


El corazón se le inflamó a Pedro del mismo modo que la erección. Nunca había deseado poseer a alguien del modo que deseaba poseerla a ella. No quería tener sexo con Paula. Ni siquiera quería hacerle el amor. Lo que quería era ser uno con ella, y no pretendía comprenderlo. Solo sabía que era así como se sentía en aquel momento.


—Quítatelo —le dijo con voz espesa, y ella obedeció de inmediato, dejándolo caer al suelo.


Su sencillo sujetador blanco le conmovió. Habían hecho el amor en una ocasión, pero ella seguía siendo una mujer inocente y desconocedora del poder sensual de su cuerpo. Sobre él tenía un inmenso poder. De eso estaba seguro. Si alguien le dijera en aquel momento que, para tomar posesión de ella, tenía que perder todo lo demás, lo perdería encantado. Le desabrochó el sujetador y su pecho generoso quedó libre para que pudiera llevárselo a la boca y arrancarle un gemido de placer. Paula se agarró a él, pero no halló alivio, sino más tortura. Pedro pensó que nunca en su vida había necesitado estar dentro de una mujer como necesitaba estar dentro de ella. Paula sentía la misma urgencia. Lo notaba en cada caricia, en cada beso, en el modo en que tiraba de su camiseta. Alzando los brazos, la ayudó a quitársela, y luego él se bajó los pantalones para liberar su erección, abrazándola, fundiendo sus pechos, abrazados los dos con nueva urgencia.


—Pedro, por favor, quiero que…


Sus palabras las ahogó otro beso y otro gemido. Pedro le acarició la espalda hasta llegar a sus nalgas y, deslizando la mano bajo su falda, alcanzó su piel.


—Pedro… —susurró ella, sonrojada por la pasión—. Por favor…


La única barrera que había entre ellos eran sus bragas y, entre los ruegos de ella para que la poseyera y la sensación de que podía ser víctima de combustión espontánea en cualquier momento, agarró un puñado de tela y tiró con fuerza.

Falso Matrimonio: Capítulo 62

El tiempo quedó suspendido en el momento que ella se volvió para mirarlo. Su respiración se había vuelto entrecortada y cuando lo miró con aquellos hermosos ojos él perdió la capacidad de respirar. Paula se sintió atrapada, pero no por la mano de Pedro, sino por el peso de las emociones que brillaban en sus ojos. Sin dejar de mirarla, deslizó suavemente la mano para acariciar su brazo hasta llegar al hombro, una caricia que hizo vibrar todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo a la espera de lo que fuese a hacer después. Pedro tiró suavemente de su nuca, y el deseo de él, que llevaba arrastrando tanto tiempo se volvió un pálpito de necesidad en lo más hondo de su ser y, sintiendo ya la respiración de él rozándole los labios, cerró los ojos para saborear la sensación y su calor como de chocolate caliente. Apoyó la otra mano en su mejilla y su respiración se fue haciendo cada vez más y más caliente, hasta que todas las células de su cuerpo amenazaron con derretirse. Era un beso lento, sensual, exploratorio, una fusión erótica que la hacía estremecerse de arriba abajo. Deslizó la mano de nuevo por su brazo y se separó para mirarla a los ojos. Había dolor en sus profundidades verdes, pero era un dolor que podía comprender, que compartía. El dolor de un deseo que se había hecho tan grande que ya no podía ser contenido. Le oyó gemir antes justo de que volviera a tirar de ella para sentarla en su regazo y devorase su boca con la necesidad de un hambriento.


Paula había sido educada para pensar que solo los hombres disfrutaban con el sexo. Que las mujeres únicamente lo soportaban, pero ella se había sentido atraída por Pedro desde el primer instante. Sentía necesidad de él, pero no de sexo… No hasta que pasó con él la noche más mágica de su vida. Todo lo que había descubierto apenas transcurridas unas horas había destrozado su inocencia, pero el recuerdo de aquel momento se había negado a desaparecer. Pedro había encendido un fuego en su interior, y sus intentos por sofocarlo no habían servido para nada. Las largas noches que había compartido cama con él, anhelando sus caricias, deseando que la magia que había tenido lugar una sola vez volviera a cobrar vida. Cómo lo deseaba. Cómo anhelaba sus caricias. Cómo deseaba volver a experimentar aquella maravilla sin miedo, disfrutando de las increíbles sensaciones que despertaba en ella y de la unión que habían compartido. Pegados sus pechos, moviéndose sus labios y las manos de Pedro a un ritmo furioso, sintió sus caricias por la espalda, los costados, los muslos, las nalgas y de vuelta por la espalda, hasta llegar a la goma que le sujetaba el pelo y quitarla para que su melena los envolviera a ambos como si fuera una sábana.

Falso Matrimonio: Capítulo 61

Como si ella hubiera seguido el hilo de sus pensamientos, dijo:


—Lo que mi padre les hizo a los tuyos… Ojalá yo pudiera deshacerlo. Ojalá nunca le hubiera dicho a mi padre que quería tener mi propia casa. Cada vez que pienso en llamarlo, recuerdo en lo que le hizo a tu padre y Dios sabe que me pongo enferma. ¿Cómo es posible que un hombre que hace esas cosas pueda considerarse hijo de Dios? ¿Cómo logra dormir por las noches? No lo entiendo. Es más, creo que no quiero entenderlo.


—Escucha, Paula —contesto, irguiéndose en su asiento y asegurándose de que lo miraba a los ojos—. Tú no eres responsable de lo que hizo tu padre.


—Si no le hubiera dicho que me gustaría tener una casa propia…


—Es que no debes pensarlo así. Nada de lo ocurrido fue culpa tuya.


Ni la más violenta de las resacas era más fuerte que el malestar que sentía por haber contribuido a que se sintiera culpable. Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla.


—¿Me crees?


—Sí.


Ojalá se hubiera dado cuenta de la verdad antes de haber destruido su vida. ¿Cómo iba a poder vivir con semejante culpa?


Paula se secó los ojos con las manos y respiró hondo.


—No sabes lo que eso significa para mí.


Sus miradas se encontraron, y una emoción familiar y peligrosa se volvió un torbellino dentro de él. Ya eran demasiadas las ocasiones en que no había podido dejar de mirarla con el corazón acelerado y una erección amenazando bajo el pantalón, como también eran muchas las veces en que la había pillado mirándolo a él. Ya no podía seguir negando que había algo entre ellos. Bajo aquella suave luz, vió que se sonrojaba antes de apartar la mirada.


—Debería irme a la cama —murmuró.


Aquellas peligrosas sensaciones le arrasaron cuando la vio acercarse para recoger su taza vacía. El tejido de su blusa le rozó el brazo y su perfume embotó sus sentidos. Fue aquel el momento elegido por su mano para sujetarla suavemente por un brazo.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 60

 —¿Están muy unidos?


—No tanto como debería, y no es del todo culpa mía. No podía esperar para salir de Sicilia. No es que tuviera algo contra mis padres, pero es que quería salir al mundo y dejar mi marca. Es algo que siempre había llevado dentro. Recuerdo pensar, cuando oí esa conversación entre mi padre y su abogado, que mi padre era tonto. ¿Cómo podía rechazar todo ese dinero? Habría tenido la vida resuelta. Pero esa opinión no dejaba de ser pura arrogancia adolescente. A mí me gusta viajar por el mundo, pero a mis padres les satisfacía tener una vida sencilla. A ver, teníamos dinero, pero no una gran fortuna —que no había bastado para proteger su negocio contra un ataque de Miguel—. Lo único que querían era estar juntos y que sus hijos fueran felices. Con eso les bastaba.


Sintió una punzada en el estómago por primera vez al pensar en qué diría su padre si supiera que se había casado por venganza. Se avergonzaría de él. Por primera vez admitió que incluso él mismo se avergonzaba de lo que había hecho. Sus padres lo habían educado bien. Había tenido amor, un montón de amor. Le habían dedicado tiempo. Le habían dado seguridad. Le habían proporcionado todo lo que un niño podía pedir. Lo habían criado para que fuera mejor persona de lo que estaba siendo.


—¿Tienes recuerdos de tu madre? —preguntó. 


Quería cambiar el tema de conversación. La madre de Paula había muerto de menigitis bacteriana, una enfermedad que avanzaba deprisa y que era letal si no se trataba a tiempo. Ella ladeó la cabeza para pensar.


—Sus zapatos. Recuerdo que tenía un par de zapatos de tacón alto color rojo, que me dejaba que me pusiera para jugar. Era tan pequeña que no se me veían los pies con ellos puestos.


—¿Eso es todo lo que recuerdas?


—Creo que también recuerdo su perfume. A veces huelo el que lleva alguna persona, y me recuerda a ella.


Sabía exactamente a qué se refería. Durante las cinco semanas que ella había estado escondida en el convento, creía haber reconocido su perfume varias veces.


—Hace años fui a una perfumería por ver si lo encontraba. Me pasé horas probándolos todos, pero ninguno era el suyo.


Sintió que una espina se le clavaba en el corazón.


—¿No le preguntaste a tu padre?


Asintió.


—Me dijo que mi madre usaba perfumes distintos. Tampoco Imma recuerda cómo se llamaba.


—Tenías ocho años cuando falleció, ¿No?


Ella asintió.


—A veces envidio todos los recuerdos que tiene de ella. No se ha olvidado de nada, desde la suavidad de su piel a la textura de su pelo. Lo único que yo conservo es una vaga impresión de su perfume y el recuerdo de un par de zapatos.


—No me extraña que envidies a tu hermana.


—A ella, no. A sus recuerdos. Tiene los recuerdos, pero también tiene el dolor de la pérdida. Yo era demasiado joven y no me afectó tanto, pero Delfina… —respiró hondo—. Nunca ha terminado de superarlo. Su niñez terminó aquel día.


Seguramente su vida también había cambiado dramáticamente. La idea que se había fabricado de que Paula había crecido como una princesa solo se basaba en prejuicios, como todo lo demás.


Falso Matrimonio: Capítulo 59

Con una sonrisa tímida, dejó una de las tazas en la mesita baja que había junto al sillón de cuero reclinable en el que se había acomodado él, y con su propia taza fue hasta uno de los ventanales.


—¿Qué hizo que te vinieras a vivir a Nueva York? —preguntó un momento después.


—Nueva York es una obsesión mía desde que era un crío. Federico cursó sus estudios universitarios aquí; yo vine a verlo y me enamoré de la ciudad.


—Pero es tan grande y con tanto jaleo —suspiró—. Cada vez que salgo, tengo la sensación de que me va a engullir. ¿Cómo te acostumbraste?


Dejó el libro y tomó la taza.


—Recuerdo el momento en que me bajé del taxi en mi primera visita. Me sentí como un niño conociendo a Papá Noel. No tuve que acostumbrarme porque, desde aquel momento, supe que era el lugar en el que quería estar.


—¿Alguna vez echas de menos Sicilia?


—A veces. Cuando oigo una canción de las que le gustan a mi madre, o veo una película que antes vi con mi padre.


Paula se mordió un labio.


—¿Cómo está tu madre?


Él suspiró.


—Va día a día.


Ella cerró un instante los ojos.


—¿La ha ayudado volver a su casa?


Pedro no supo cómo iba a explicarle las cosas sin hacerle daño, pero con Paula solo la verdad podía servir.


—No quiere vivir en ella sin mi padre.


Los ojos se le humedecieron de inmediato.


—Tenían un matrimonio muy sólido, ¿Sabes? —continuó—. Nos querían mucho a Federico y a mí, pero se adoraban el uno al otro. Cuando yo era un adolescente, trabajaba con papá después de las clases. Siempre esperó que uno de los dos siguiera con su negocio, y recuerdo cómo era ir a su oficina. Un día, debía tener yo quince años, le oí hablar con su abogado. Le decía que no quería fusionarse con una empresa grande norteamericana. Le habían ofrecido comprarle la empresa, pero él no había aceptado. Creo que, para entonces, ya había comprendido que ni mi hermano ni yo nos íbamos a hacer cargo, pero aún albergaba la esperanza de que quizás un nieto la quisiera. Pero dejó escapar la posibilidad de vender o de fusionarse, aunque le habría dado estabilidad económica, ya que el mercado del aceite puede ser bastante precario, sobre todo porque estás a merced del tiempo. Un mal verano, y la cosecha se echa a perder. Rechazó la fusión porque habría significado tener que viajar con frecuencia a Norteamérica. Tenía una foto de mi madre en las manos y supe que la rechazaba porque no podía soportar estar lejos de ella. Mi madre detesta viajar. Va a Florencia a ver a su hermana, y eso es todo.

Falso Matrimonio: Capítulo 58

Deseaba a aquella mujer más de lo que había deseado cualquier otra cosa en su vida. Iba más allá de la tortura lo que suponía para él estar tumbado en la misma cama que ella, noche tras noche, y no poder tocarla. ¿Por qué no podía tocarla? En aquel momento, su capacidad de raciocinio salió volando por la ventana. Cada célula de su cuerpo vibraba ante aquella mujer y, por primera vez desde su noche de bodas, sintió que ella también vibraba. Lo percibió en el modo que se había acelerado su respiración, en el calor de su mirada, en el modo en que se fue acercando a él, del mismo modo que él se había ido acercando a ella. Deseaba tocarla. Besarla. Devorarla. Marcarla como suya para siempre. Estaba a punto de reclamar su boca cuando sonó el intercomunicador. Paula abrió los ojos de par en par y se apartó de él, y con aquel movimiento, la ducha le resbaló de la mano y el agua fue a caer en su entrepierna. La erección que no había notado que se formaba se desinfló de inmediato.


—Debe ser el médico —consiguió decir, sujetando la ducha—. Si pulsas el botón superior del intercomunicador, le abrirás la puerta.


Ella asintió, con las mejillas del color de los tomates.


—Voy a recibirlo.


Y salió a toda prisa, pero él la llamó.


—¡Paula!


Tardó un segundo en volverse.


—Igual te gustaría cambiarte de ropa antes de ir a buscarlo.


Bajó la cabeza para mirarse e inmediatamente se cubrió los pechos con un brazo, y Pedro no creyó que existiera una tonalidad que pudiera describir la explosión de color de su vergüenza. 


-¿Quieres algo más antes de que me vaya a dormir?


El sonido melodioso de la voz de Paula hizo que el pecho de Pedro se expandiera, y levantó la mirada del libro que estaba leyendo para verla entrar al salón con dos tazas de chocolate caliente.


—Estoy bien, gracias.


—¿Seguro?


—Seguro.


Desde que se había marchado el médico, Paula había revoloteado a su alrededor como una madre gallina. Se sentía muy culpable por la quemadura, que solo era superficial, pero tenía la impresión de que habría cuidado de él de la misma manera aunque no se sintiera responsable. Hasta entonces siempre había pensado que cualquiera de la familia Chaves tendría el corazón de piedra, pero aquel día le había demostrado que el de ella al menos era tan tierno como su piel. Había tenido que aguantarse la necesidad de espacio lejos de ella porque no le había quedado más remedio que permanecer en su casa, de modo que la tortura de las noches se había alargado durante todo el día. Cuando Paula estaba en la cocina preparando lo que fuese, o haciéndole compañía en el salón mientras veían alguna de las películas antiguas que les gustaban de niños, nunca se había sentido tan consciente de la presencia de otro ser humano. La suave cadencia de sus caderas al andar, el sonido de sus pasos, el modo en que utilizaba las manos al hablar, el modo en que se abrazaba las rodillas cuando se las llevaba al pecho, o cómo cruzaba las piernas cuando se sentaba en el sofá… Cada movimiento, cada palabra, cada respiración, todo le saturaba los sentidos. Por primera vez no iba en vaqueros o en pijama, sino que se había vestido con un blusón y una falda corta negra. No solo tenía un culito precioso; también unas piernas largas y bien torneadas.

Falso Matrimonio: Capítulo 57

 —Tenemos que llevarte al hospital —dijo, levantando la cabeza.


Pedro le apartó el pelo de la cara con tanta ternura que las ganas de llorar se recrudecieron.


—He escrito a mi médico hace un momento, y no tardará en llegar. Me ha dicho que me eche agua fría en la herida mientras le espero.


—¿Y qué haces aquí consolándome a mí? —espetó, y tiró de su mano al baño—. Métete en la bañera.


Él sonrió y obedeció sin rechistar, pero la sonrisa se transformó en una mueca de dolor cuando levantó la pierna izquierda.


—¿Cómo puedes decir que no te duele? —le increpó mientras descolgaba la ducha y abría el agua fría.


—Es que no… —los ojos se le abrieron de par en par al notar el agua fría en la herida—. ¡Está helada!


Ella se secó las lágrimas con la otra mano e intentó sonreír.


—Se supone que es así como debe estar.


Pedro apretó los dientes para aguantar el dolor, apoyó la cabeza y cerró los ojos. Sabía por experiencia que concentrarse en el dolor solo serviría para sentirlo aún más.


—Háblame.


—¿De qué?


—De lo que sea —contestó. Antes no sentía dolor, pero en aquel momento era como si alguien le hubiera acercado una antorcha—. Distráeme. ¿Qué querías ser de mayor cuando eras pequeña?


—Quería trabajar en una pastelería.


Abrió solo un ojo y, a punto estaba de comentar sobre su inesperada respuesta, cuando se dió cuenta de que la chaqueta del pijama se había mojado con el agua y se había vuelto translúcida, con lo que sus pezones rosados se marcaban en toda su gloria erótica a escasos centímetros de su cara. Ella no se había dado cuenta, y siguió hablando.


—Nuestra niñera nos llevaba a la pastelería todos los domingos para comprarnos algo. Podíamos elegir una sola cosa, lo que quisiéramos, pero a mí me costaba un triunfo porque lo quería todo.


Pedro sonrió y apartó la mirada de sus pezones para clavarla en sus ojos, que eran tan hermosos como sus pechos.


Ella sonrió también.


—¿Y tú, qué querías ser?


—Un luchador famoso.


—¿Y cuándo decidiste que conquistar el mundo de los negocios era mejor que ser un luchador? —preguntó, riéndose.


—Cuando mi padre me contó que, en realidad, todo era una coreografía —respondió. Su risa era como un bálsamo para él—. Me chafó todos los sueños.


—Mentiroso —replicó, aplicándole el agua al pecho. 


Pedro dió un respingo al sentir el frío, y ella se rió bajando de nuevo la ducha a su pierna.


—Eres malvada.


—Estoy aprendiendo.


Sus miradas se cruzaron de nuevo y, sin aviso, Pedro se sintió atrapado en la profundidad de sus ojos y una intensa descarga de energía circuló entre ellos. Fue tan rápido que se sintió indefenso, incapaz de evitar que un golpe de deseo lo sacudiera de pies a cabeza.

Falso Matrimonio: Capítulo 56

Se terminó el panecillo de un bocado y dijo:


—Tengo que irme a trabajar.


Paula no entendía el desgarro que le provocaron esas palabras. El fin de semana que habían compartido había salido mucho mejor de lo que se esperaba. Limpiar el aire hablando de sus sentimientos le había servido de mucho, y se juró que no volvería a callarse. Habían caminado kilómetros, y habían hablado durante horas. ¿Quién se iba a imaginar que los dos eran aficionados a las películas antiguas de Hollywood? ¿Quién iba a decir que, de sus diez películas favoritas, coincidirían en siete? Pero lo que de verdad la había conmovido era el modo en que Pedro se había adaptado a su dislexia sin que ella tuviera que pedírselo y sin mencionarlo siquiera. En el Museo de Historia Natural, le había ido leyendo las descripciones de cada vitrina igual que le leía la carta de un restaurante, sin hacerlo evidente y sin avergonzarla. Y ahora se iba a trabajar, y el fin de semana que habían compartido tocaría oficialmente a su fin. No debería sentirse así. Un agradable fin de semana con un hombre no cambiaba lo que le había hecho, ni alteraba el hecho de que no pudiera confiar en él. Estaban juntos solo por el bien del bebé. Le había ofrecido su casa solo por el bien de su hijo. Aun siendo consciente de todo ello, le gustaría que se quedara.


—Claro —contestó—. Y yo debería ducharme. Que tengas un buen día.


Temiendo no ser capaz de resistirse y pedirle que se quedara, se levantó rápidamente, pero con la prisa, se golpeó la pierna en la mesa. El café que Pedro apenas había tocado se volcó y la tapa salió despedida, con lo que el líquido negro y caliente le fue a caer en el regazo.


—¡Ay Dios, Pedro, lo siento muchísimo! —exclamó, acercándose—. ¿Estás bien?


Parecía más sorprendido que dolorido. El café le había empapado la pernera izquierda del pantalón y salpicado la camisa blanca.


—Quítate los pantalones —le ordenó, asustada.


Él levantó una mano en alto.


—No me he quemado.


Se levantó y entró al baño, cerrando la puerta tras de sí. Paula se quedó fuera, retorciéndose las manos angustiada, y cuando ya no pudo aguantar más, llamó a la puerta.


—Pedro, ¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte?


Unos minutos más pasaron sin respuesta y al final Pedro emergió del baño, sin pantalones. La línea de su calzoncillo negro marcaba el inicio de una mancha brillante y muy roja. Cubriéndose la boca se echó a llorar. Nunca le había hecho daño a nadie, y aquella quemadura era horrible.


—¡Cuánto lo siento! —dijo entre sollozos.


Entonces sí que le vió expresión de dolor, pero le oyó maldecir y acercarse a ella para abrazarla.


—No llores. Ha sido un accidente —la consoló.


Intentando desesperadamente controlar las lágrimas, intentó no acurrucarse sobre su pecho. Estar tan cerca, sintiendo su respiración en el pelo, la mejilla apoyada en su pecho, oyendo el latido de su corazón, inspirando su perfume… Se sentía tan bien que…

viernes, 14 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 55

Pedro entraba en su casa al mismo tiempo que Paula bajaba el último peldaño de la escalera, aún en pijama. A juzgar por lo hinchados que tenía los ojos, hacía poco que se había despertado.


—En sintonía —dijo, mostrándole una bolsa de papel que llevaba en la mano—. Desayuno. ¿Quieres que lo tomemos en la terraza?


Ella bostezó, parpadeó varias veces y acabó sonriendo. Subieron los dos tramos de escalera hasta que llegaron al dormitorio y, de allí, a la terraza. El trasero de Paula estaba apenas a unos centímetros de su cara, y se dio cuenta por primera vez que tenía el culito más mono del mundo. Solía vestir con blusones sueltos y vaqueros, de modo que quedaba oculto, pero la seda del pijama lo acentuaba.


—¿Qué tenemos? —preguntó ella al sentarse en la silla de hierro con su cojín para hacerla cómoda.


¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta antes de lo respingón que era?


—Bagels —abrió la bolsa y mostró los panecillos con un agujero en el centro, típicos de Nueva York —. Éste es de huevo, queso y beicon. Y éste de aguacate, beicon y crema de queso. Elige.


Ella sonrió.


—Huelen de maravilla. Es la primera vez que voy a comer un bagel.


Quitó la tapa a su taza de café y recordó el brik que se había guardado en el bolsillo.


—Te he traído tu zumo de melocotón.


El único síntoma de embarazo que estaba teniendo era que no soportaba el café.


—¿Zumo de melocotón?


—De naranja, quería decir. Elije el bagel que prefieras.


—¿Cuál quieres tú?


—Deja de ser tan educada y escoge —dijo.


Eligió el de aguacate y le dió un buen mordisco. Luego, sonrió. Menos mal que la mesa ocultaba la incomodidad que estaba sintiendo bajo los pantalones. Afortunadamente no tardaría el salir para la oficina. Necesitaba interponer distancia entre ellos. Tres noches intentando dormir a su lado, además de dos días mostrándole el vecindario y algunos de los lugares más hermosos de Nueva York no habían conseguido reducir la atracción que sentía por ella. Más bien, al contrario. El sábado por la noche había sido aún peor que el viernes porque el recuerdo de su cara de felicidad al montar en un coche abierto de caballos no dejaba de aparecérsele. Y el domingo había hecho propósito de agotarse hasta la extenuación, de modo que se quedara dormido apenas su cabeza tocase la almohada. Habían caminado kilómetros, y por la noche, habían rematado la jornada asistiendo a una obra en Broadway, pero seguía teniendo energía para quemar, de modo que siguió despierto en la cama, con el calor arrasándole la entrepierna y los sentidos volcados en la mujer que dormía de espaldas a él. La vió doblar su papel cuidadosamente antes de meterlo en la bolsa. Lo que daría por tirar de ella y acomodar aquel precioso trasero sobre sus piernas y su erección…

Falso Matrimonio: Capítulo 54

 —Lo siento —dijo—. Sigo teniendo que disculparme, ¿Verdad?


Pensó en lo que su padre le había hecho a la familia de Pedro y las lágrimas volvieron a quemarle en los ojos.


—Esto no es fácil para ninguno de los dos.


—Pero yo te lo estoy poniendo más difícil de lo que ya es. Me esforzaré más, lo prometo —se comprometió, mirándola a los ojos, y apuró el café que le quedaba—. Te dije que iba a enseñarte la ciudad. ¿Hay algún sitio en particular al que quieras ir?


El cambio de tema fue un alivio.


—Me gustaría ir ahí —dijo, señalando las copas de los árboles.


—¿A Central Park?


—¿Eso es Central Park? —se asombró, recordando películas antiguas que había visto de niña—. ¿No es ahí donde hay coches de caballos?


—Sí. ¿Te gustaría montar en uno?


—¡Me encantaría! —contestó, entusiasmada.


—¿Algo más?


—Me ha parecido ver un castillo…


—El castillo de Belvedere.


—¿Podemos ir ahí también?


—Podemos ir donde quieras.


Pedro salió del ascensor y soltó el aire que había estado reteniendo en los pulmones. Cada vez que respiraba el perfume de Paula, sus sentidos se desbordaban y sentía unos enormes deseos de tocarla, pero se había prometido que, fueran donde fuesen, se mostraría cordial y amigable. No había pretendido ser cruel antes ignorándola, pero es que cuando había salido a la terraza, el deseo de abrazarla había sido tan intenso que había tenido que apartar su atención de ella hasta recuperar el control. Aquello no era culpa de Paula. Ella no había pedido que la metieran en aquel juego de venganza. Y tampoco era culpa suya que la sangre se le envenenara. Tenía que admitir que la había juzgado mal. Se había equivocado con ella. Del todo. Ahora estaba en deuda con ella y con el bebé. Tenía que intentarlo de verdad. Y ese nuevo plazo empezaba en aquel momento. Su determinación estuvo a punto de venirse abajo cuando salieron del edificio y ella le dio la mano.


—Fíjate cuánta gente —se admiró con los ojos de par en par.


Sentir la vibración de su miedo, ver cómo su piel se volvía de color ceniza, le hizo sentir compasión junto con la descarga eléctrica de la ira. Miguel la había hecho así con sus historias de miedo. No creía que el desprecio que le inspiraba aquel hombre pudiera crecer, pero así fue.


—No hay por qué tener miedo. Esta gente va a lo suyo, igual que nosotros.


—¿Y si te pierdo?


—Me quedaré a tu lado como si me hubieran pegado con pegamento.


Ella lo miró a los ojos, respiró hondo y, soltándose de su mano, salió al frenesí de la calle.

Falso Matrimonio: Capítulo 53

 —No había nadie que lo contradijera —dejó la taza en la mesa y se recogió el pelo en una mano—. Ojalá fuera capaz de hacerte ver cómo fue para nosotras crecer cuando mi madre murió. Yo solo tenía tres años, y no recuerdo nada de nada. No sé si su muerte hizo que mi padre se volviera más protector que antes —ojalá su hermana pudiera estar allí con ella. La echaba muchísimo de menos. Delfina sabría qué palabras decir—. Nunca he tenido libertad ninguna. Cada vez que salíamos de la villa teníamos que llevar escolta armada, incluso para ir al colegio, que era uno de los más pequeños y seguros de toda Sicilia. Nunca pude ir a casa de mis amigas, y nunca me relacioné con chicos. Las únicas personas con las que me relacionaba estaban a sueldo de mi padre, así que no iban a decirnos la verdad, ¿No crees?


—Pero tuviste que saber que había algo raro en él. Me creíste cuando te conté lo que le había hecho a mi padre. Si alguien me dijera a mí algo así sobre mi padre, me habría echado a reír, porque mi padre era un hombre bueno, honrado y con escrúpulos. Sin embargo, tú me creíste sin dudar.


—Es que… Yo no… —¿Cómo explicarlo?—. Yo no era completamente ciega. Siempre supe que mi padre tenía un lado oscuro, y eso me asustaba desde que era pequeña. En parte es lo que me empujaba a ser tan obediente. Cuando me dijiste lo que había hecho, algo encajó en su sitio. Cosas de las que me daba miedo hablar, sentimientos que tenía, cosas que había visto y oído y que no tenían sentido, el miedo que siempre ha vivido en mí. Una especie de rompecabezas gigante cuyas piezas encajaron de repente. En el fondo de mi corazón, supe que me estabas diciendo la verdad. Una de las razones por las que me fui al convento cuando me quería esconder fue porque me eduqué con esas monjas desde que tenía seis años. Muchas de ellas incluso educaron a mi madre. Aprendí cosas de ellas que hicieron que otras cosas encajasen también.


—¿Qué cosas?


—Mi dislexia, por ejemplo. O que toda Sicilia le tuviese miedo. O que la casa en la que crecí la hubiera pagado la sangre de otra gente. Y que tú pensaras que yo había sido cómplice de todo eso… —parpadeó para contener las lágrimas—. Pase lo que pase entre nosotros dos, nunca volveré con él. Preferiría vivir en la calle.


Fue a colocarse la goma para sujetar el pelo, pero se encontró con que no la llevaba en la muñeca. Por un instante el único sonido fue la respiración de Pedro, que permanecía inmóvil, rígido, mirándola fijamente. Y entonces, despacio, sus hombros se relajaron y su mirada se dulcificó.

Falso Matrimonio: Capítulo 52

Pedro se levantó, y vestido con un pantalón de deporte, bajó al gimnasio. Necesitaba quemar aquellas sensaciones conflictivas, embriagadoras y horribles. Se había despertado con una erección que podía rivalizar con el Empire State Building, y había estado a punto de despertar a Paula con un beso en la nuca, antes de que la cordura lo sacara del apuro. Nunca había imaginado que pudiera existir semejante tortura. Estar tumbado junto a ella y no tocarla había sido un verdadero infierno. Ojalá tuviera la capacidad de hacer avanzar el tiempo y que su hijo naciera ya. Le compraría una casa cerca para poder mantener el contacto con el bebé, pero lo suficientemente lejos para no encontrarse con ella por casualidad. Pero ese día parecía no llegar nunca. 


Apenas llevaba una semana en su casa y ya se sentía a punto de estallar. No había pasado peor noche que aquella en toda su vida. El único alivio fue despertar y descubrir que Pedro ya se había marchado. Paula se duchó y se vistió rápidamente, y luego bajó a la cocina a prepararse un chocolate. Se lo estaba tomando en la terraza cuando él apareció, vestido con una camisa negra y unos viejos vaqueros, con una taza de café en la mano. La saludó apenas con una inclinación de cabeza, sentándose en el sofá más alejado de ella, y conectó el teléfono.


—¿Te duele la garganta? —le preguntó después de unos minutos de ser ignorada.


—¿Por qué lo dices? —preguntó, mirándola.


—Porque no has dicho una sola palabra desde que has llegado. Creía que las cosas habían ido bien en la cena, pero ahora estamos los dos aquí y vuelves a ignorarme. Tan pronto una cosa como la contraria… No es fácil.


Pedro dejó el móvil. Tantas emociones distintas parecían brillar en sus ojos verdes que, por una vez, fue difícil descifrar en qué estaba pensando. Un pulso le tembló en la sien.


—No sé cómo actuar contigo —dijo.


—Solo tienes que ser tú mismo. De eso se trata todo, ¿No? De que seamos sinceros el cuanto a quiénes somos. Que forjemos algo que nos permita ser padres juntos.


—Lo intento, pero es más difícil de lo que me esperaba. Mucho más. Te miro y veo una hermosa mujer inocente a la que he tratado fatal, y luego recuerdo que eres la hija del hombre que mató a mi padre. El corazón me dice que no sabías nada de los tejemanejes de tu padre, pero mi cabeza no entiende cómo podías vivir con alguien toda tu vida y ser ciega a su verdadera naturaleza. A pesar de tu dislexia, eres una mujer inteligente y observadora. Te das cuenta de todo, así que dime cómo voy a creer que nunca has sabido quién era tu padre de verdad.


Era la primera vez que alguien le decía que era inteligente, pero no pudo saborear aquel cumplido inesperado por el torbellino de emociones que giraban en su interior.

Falso Matrimonio: Capítulo 51

Pedro apoyó las manos en el lavabo y respiró hondo varias veces. Tenía que ponerle freno a aquello. En el vuelo de vuelta de Nueva York, había decidido que no podía seguir durmiendo en la biblioteca. Años atrás, había tenido una lesión en un músculo de la espalda, una de esas lesiones que podían volver a reproducirse sin avisar, y dos noches durmiendo en el sofá seguidas por otras dos en la cama que tenía en la oficina de Los Ángeles, le habían recordado la importancia de dormir en un colchón decente. Paula iba a vivir con él en el futuro más próximo, y habían acordado que compartirían habitación. Había llegado el momento de hacerlo. Le esperaban unas cuantas noches de tortura, seguro, pero no iba a durar para siempre. En unas semanas ella pasaría a ocupar la habitación de invitados. Se lavó la cara y los dientes, y se quitó la ropa, a excepción de los calzoncillos. Se había acabado dormir desnudo. Siempre había creído que, hasta la jubilación, no iba a recurrir al pijama para dormir, pero igual había llegado el momento de adelantar esos planes. Ella había echado las cortinas y estaba acurrucada en la cama cuando volvió al dormitorio.


—¿Vas a dormir conmigo? —le preguntó ella cuando notó que se metía bajo las sábanas.


—Sí —contestó, y apagó la luz.


Se sumieron en la oscuridad, espalda contra espalda, la cama lo bastante grande para que ambos pudieran estirarse sin molestarse. Pero la distancia no bastaba. No había una sola célula de su cuerpo que no estuviera en alerta por la presencia de Pedro. El latido de su corazón era ensordecedor. Tenía miedo de respirar. No, es que no podía hacerlo. Tenía miedo de moverse por acabar rozándose con él. Cerró los ojos con fuerza, intentando no pensar en el calor que le había nacido en el vientre. Seguía sin poder respirar. Tampoco él parecía hacerlo. Los dos permanecieron inmóviles como estatuas. El brazo izquierdo, que había colocado de un modo poco natural bajo la almohada, empezaba a dolerle, pero no se atrevió a moverlo. Sintió que su temperatura subía. Las cuatro noches que había dormido en su cama habían pasado sin incidentes. El colchón era firme y cómodo, el edredón suave y cálido, ambos invitándola al sueño como si hubieran sido elegidos teniendo en cuenta sus gustos. Había dormido mejor en aquella cama que en cualquier otra. Hasta aquel momento. Al final no pudo aguantarlo más y, muy despacio, sacó un pie de debajo del edredón. El frescor que notó fue una maravilla, a pesar de que el resto de su cuerpo ardía y el brazo la estaba matando. De repente, sacó el brazo y quedó tumbada boca arriba. Pedro se movió también, y ella contuvo el aliento. Estaba segura de que tampoco dormía. Lo estuviera o no, no hizo ningún movimiento más antes de que ella, por fin, consiguiera quedarse dormida.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 50

¿Cómo podía seguir sintiendo esa necesidad insaciable de él? Pedro se había aprovechado de ella en un descabellado juego de venganza, y ella se había tragado sus mentiras sobre el amor, y aunque ella también había mentido sobre sus sentimientos, no era un engaño como el de los hermanos Alfonso, que pretendían la destrucción total de la familia Chaves. Pretendía construir una relación en la que ambos pudieran apoyarse por el bien de su hijo, pero nunca volvería a confiar en él.


—Tenemos que comprarte un tocador.


Tan perdida estaba en sus pensamientos que no había oído a Pedro entrar en el dormitorio, y dió un respingo enorme.


—¡Me has asustado!


Cuando concluyó la cena, con ella se fue la atmósfera relajada que habían tenido. La conversación dejó de fluir, y no volvieron a mirarse, pero la sensación que le corría por las venas había hecho que se levantase de golpe de la mesa, asustada de sí misma.


—Me voy a la cama —había dicho.


A él aún le quedaba media copa de vino, pero tras apurarla, asintió.


—Que duermas bien.


No le había preguntado si iban a compartir cama. No sabía qué respuesta quería escuchar.


—La próxima vez, llamaré a la puerta —contestó, mirándola en el espejo con una pequeña sonrisa.


Paula siguió haciéndose el moño, consciente de que él continuaba observándola, intentando controlar el temblor de sus manos. Pedro sabía que necesitaba moverse. Cuanto más se quedara allí mirándola, más intenso se volvería el deseo de acercarse y deshacer aquel moño, igual que en la noche de bodas, y que los mechones de su hermoso cabello resbalasen por entre sus dedos. Mientras se sujetaba el recogido con una goma, sus ojos volvieron a encontrarse.


—Me voy a cepillarme los dientes —dijo él, respirando hondo.


Ella asintió sin moverse de donde estaba. Dió media vuelta y entró en el baño. Antes de que pudiera recuperar la calma, se vió asaltado por el perfume del gel de ducha de Paula. El pecho se le cerró de tal modo que le costaba trabajo respirar. Abrió el armario, y se encontró con su cepillo de dientes y su pasta, metidos en un vaso de cristal. Había diseñado personalmente aquel cuarto de baño, y no se había imaginado que un día entraría y se encontraría con los objetos de aseo de una mujer ordenados en aquel armario, y el corazón le pareció que se le salía del pecho. El armario tenía cuatro baldas. Ella no había movido sus cosas, sino que había colocado las suyas con cuidado de que no le molestaran. 

Falso Matrimonio: Capítulo 49

 —Solo estaba pensando lo fácil que es para los hombres el embarazo.


—Espera a que esté del tamaño de una ballena y se me antoje una tostada de dentífrico. Ya verás como entonces no te parece tan fácil —se burló, dándole unas palmaditas en la mano.


Tardó un poco en comprender lo que había dicho porque el roce de su piel le provocó una descarga inesperada. Debía haberlo hecho sin pensar, porque la vió enrojecer de pronto y apartar la mano. A ella le ardían las yemas de los dedos por tocarlo, así que tomó su vaso de agua fingiendo que no había pasado nada, que estaba tranquila, pero no era así. ¿En qué narices estaba pensando? En realidad, en nada. Se limitaba a disfrutar del momento sin barreras, y durante unos segundos, se olvidó de todo y se dejó arrastrar hacia una intimidad que ninguno de los dos deseaba. Pero… Las mariposas habían vuelto a revolotear en su estómago. En realidad, no habían dejado de hacerlo desde que él entró en la biblioteca. Se sentía más viva cuando Pedro estaba cerca. Hasta podía escuchar el latido de su propio corazón y el circular de la sangre por las venas. Cuando se atrevió a volver a mirarlo, lo encontró con los dientes apretados y una sonrisa tensa.


—Sé muy poco de embarazos —dijo, fingiendo que no había ocurrido nada—. Estoy al tanto de los cambios físicos que ocurren, pero el resto… —se encogió de hombros—. Sé que vas a necesitar mucho apoyo, pero tendrás que decírmelo tú porque yo no tengo ni idea de cuándo.


—No te creas que yo sé mucho más que tú. Cuando vayamos a ver al médico, todo quedará más claro.


—¿Quieres que te acompañe?


—Eres el padre. Deberías estar.


—La semana que viene no tengo que viajar, así que podemos concertar una cita. ¿Te parece bien?


—Tengo la agenda un poco apretada, pero seguro que puedo reorganizarla bromeó.


Sus miradas se encontraron y el corazón le dió un salto al ver que la miraba divertido. Divertido, y algo más. Algo que apretó su corazón como si fuera un puño y que, cuando dejó de hacerlo, obligó a su sangre a explotar por todo el cuerpo. 


Paula estaba peinándose ante el espejo del vestidor. Se había duchado, se había cepillado los dientes y se había puesto el pijama. Todo muy normal, excepto cómo se sentía. El estómago le ardía con tanta fuerza que era imposible achacarlo a las náuseas del embarazo. Ya se había engañado lo suficiente, diciéndose a sí misma y a su hermana que amaba a Pedro cuando, desde el principio, todo había sido atracción mezclada con una imperiosa necesidad de disfrutar de la libertad que representaba. No volvería a mentirse. La atracción por él no había disminuido. De hecho, había habido un momento, hacia el final de la comida, en la que sus miradas se habían retenido y los recuerdos de los sentimientos y las sensaciones que había experimentado haciendo el amor con él, habían vuelto a consumirla. Las estaba sintiendo en la piel en aquel momento. Y por dentro también. Oleadas de calor le ardían en el vientre con una necesidad que… Apretó los dientes y empezó a recogerse el pelo como hacía siempre para dormir.

Falso Matrimonio: Capítulo 48

Pedro tomó su primer bocado de pollo a la cazadora y se quedó mirando a la mujer que lo había preparado.


—¿Está bueno? —preguntó ella, con el tenedor en el aire.


—Paula, está increíble.


Su cumplido la hizo sonrojarse.


—Sabía que te gusta cocinar, pero esto es otra cosa… Esto es digno del mejor restaurante.


—Qué tontería.


—Lo digo en serio. Y te advierto que he comido en unos cuantos restaurantes con estrellas Michelin.


Paula arrugó el entrecejo. No parecía creérselo. Pedro tomó un sorbo del vino que había abierto para acompañarlo, y le pareció perfecto.


—¿Quién te ha recomendado el vino?


—Es el que sirvo siempre con este plato.


—¿Es que eres somelier?


—¿Qué es un somelier?


—Es un experto profesional del vino. Están especialmente formados para maridar comida y vino.


—¿Y les pagan por eso? —se sorprendió—. Como decía nuestra niñera inglesa, se aprende algo nuevo cada día. En casa de mi padre, cuando preparaba algún plato nuevo, recorría la bodega hasta encontrar el vino que lo acompañase a la perfección.


Pedro intentó que no le notase la reacción visceral ante la mención de su padre. Paula estaba haciendo un gran sacrificio para que pudiera ser el padre de su hijo. Debía odiarlo por lo que le había hecho, pero estaba anteponiendo las necesidades de su hijo a las propias, y él tenía que hacer lo mismo. Tenía que lograr aprender a separarla de su padre porque, si no lo lograba, ¿Cómo iba a poder separar al nieto del abuelo? Ya se había convencido de que su idea de vivir juntos hasta que naciera el bebé era la mejor solución.


—¿Prueba y error?


Ella asintió con una risilla, tan inesperada que fue como música para sus oídos.


—Una vez, cuando estaba preparando por primera vez una receta toscana, probé ocho botellas de vino, lo cual a mi padre no le hizo mucha gracia, sobre todo porque una era un Barolo de diez mil euros.


—¿Y maridó bien con la receta?


—¡No! —se rió abiertamente.


—Está claro que tienes una buena nariz.


Paula arrugó la nariz en un gesto tan ridículo que Pedro también se echó a reír. Tomó otro sorbo de aquel vino tan delicioso y miró la copa de agua que tenía ella. Su buen humor se empañó un poco, y ella debió notarlo.


—¿Qué ocurre?

Falso Matrimonio: Capítulo 47

Tardó un instante en darse cuenta de que la puerta de la biblioteca se había abierto, y un instante más en detectar el perfume a maderas que se había difundido por la estancia. De un tirón se quitó los cascos y se incorporó.


—¡Has vuelto! —dijo. 


Qué estupidez de observación. Pues claro que había vuelto. Lo tenía delante. Las mariposas de su estómago se despertaron tan sobresaltadas como ella. ¿Cómo era posible que, cada vez que se separaban, se olvidase de lo devastador que era, y que cada vez que lo veía de nuevo tras un tiempo separados, la intensidad de su reacción creciera?


—Lo siento —dijo, intentando parecer despreocupada—, es que creía que llegarías más tarde.


El latido del corazón se le aceleró al ver aparecer en su cara los hoyuelos que acompañaban a su sonrisa.


—He terminado antes de lo que creía.


—¿Has tenido buen viaje?


Pedro se encogió de hombros. Los Ángeles no era precisamente su ciudad favorita. A menos que fueras una mariposa social, no había nada que hacer allí cuando viajaba por cuestiones de trabajo, y siempre le gustaba hacer algo diferente después de trabajar. Algo físico.


—Ha sido productivo. ¿Qué tal tú?


Había sido una sorpresa que se hubiera tomado la molestia de llamar por teléfono para saber si todo iba bien. Lo había hecho al terminar la reunión del día anterior, y porque ya no era capaz de seguir soportando el silencio. Después de la tensión durante la comida, y la turbadora confesión sobre su dislexia, se habían pasado el resto del día en distintas partes de la casa. Él había vuelto a dormir en la biblioteca, y la tensión aún era tangible entre ellos cuando se había despedido de ella a la mañana siguiente.


—Todo bien, gracias.


—Bien. Voy a darme una ducha. He pensado que podríamos salir a comer. ¿Has decidido lo que te va a apetecer…? ¿Qué pasa?


Ella había bajado la mirada.


—Es que pensé que estarías cansado después de tanto viaje y tanta reunión, y se me había ocurrido preparar un pollo a la cazadora —seexplicó, encogiéndose de hombros—. Pero no importa. Lo puedo congelar. Me lo comeré la próxima vez que salgas de viaje.


No podía creerse que hubiera sido capaz de cocinar para él, teniendo en cuenta cómo habían sido las cosas entre ellos. Había detectado un olor a comida al entrar, pero la cocina estaba tan lejos de la entrada que creyó que era cosa de su imaginación.


—¿Cuándo va a estar listo?


—Ya lo está. Lo he dejado dentro del horno para que no se enfríe. Solo me falta la pasta que va de acompañamiento.


—Genial. Entonces voy a ducharme y comemos juntos.


Le costó muchísimo que su voz no revelara la tensión que le atenazaba desde que había entrado en la biblioteca, momento en que su cuerpo había decidido entrar en guerra consigo mismo.


—No recuerdo la última vez que comí en el comedor.


Ella sonrió. Desde luego era una sonrisa que podía parar el tráfico.


—Comes como un neoyorquino.


—¿Y cómo sabes cómo come un neoyorquino?


—He estado charlando con Nadia.


Su risa brotó sin cortapisas.


—¡Ella sí que es una auténtica neoyorquina!

Falso Matrimonio: Capítulo 46

 —Tengo la esperanza de que, ahora que conozco la causa de mi problema, pueda encontrar ayuda para aliviarlo —dijo tras un momento de silencio mientras Ciro intentaba poner orden en sus pensamientos—, pero por favor, deja que antes me acostumbre a mi nueva vida aquí. Todo esto me sobrepasa.


Pedro se masajeó las sienes.


—Deberías habérmelo dicho antes. Eres tú la que siempre habla de sinceridad.


—Lo sé —admitió—, pero es que tenía miedo. Lo siento.


El corazón se le encogió.


—Estaré en Los Ángeles hasta el viernes. ¿Qué te parece si pasamos el fin de semana explorando la ciudad y nuestro vecindario? Te hará bien familiarizarte con todo, y así podrás juzgar por tí misma si Nueva York intimida tanto como tú crees.


—Eso estaría bien.


—Entonces, de acuerdo. Y Paula… Si te he molestado, no era mi intención.


Ella sonrió con tristeza y, mirándolo a los ojos, contestó:


—¿De verdad?



Paula se había tumbado en el sofá de la biblioteca para escuchar su libro favorito con los cascos. Más allá de la puerta cerrada se oían voces distantes y movimiento, pero como el personal de Pedro se ocupaba de la limpieza, no le dió importancia. En los cuatro días que ya llevaba allí, se había ido acostumbrando a su presencia. Lo mejor era que no vivían en la casa. Acudían puntualmente cada día a limpiar, se ocupaban de la ropa y se marchaban. Se había pasado sola las dos noches que Pedro llevaba en Los Ángeles. Al principio, se había sentido rara y un poco atemorizada. Nunca antes había estado sola. Incluso los tres meses que había vivido en la granja, el personal de seguridad de su padre estaba siempre allí por si lo necesitaba. Siempre había estado a merced de su padre. Estar sola allí era bien distinto. Pedro le había dejado el número del conserje, que se había ocupado de proporcionarle lo que había necesitado, pero en ningún momento había tenido la sensación de que la vigilaban, de que informaban de sus movimientos y sí, era muy distinto. Distinto y bueno. El único punto negativo era la terquedad con la que sus pensamientos se empeñaban en revolotear alrededor de él. Después de contarle lo de su dislexia, no habían vuelto a hablar de ello, pero había notado un cambio en él. Si la menospreciaba por ello, solo el tiempo lo diría. Diciéndoselo no buscaba su compasión. Sin la verdad, seguiría considerándola una malcriada y una vaga, y aunque había sido la confesión más difícil de su vida, prefería que la creyera tonta que todo lo demás. Apartando por enésima vez sus pensamientos de Pedro, cerró los ojos e intentó concentrarse en el enfrentamiento verbal de Elizabeth con el señor Darcy.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 45

 —Pedro, por favor… Déjalo ya —tardó otro instante en mirarlo—. No podría hacer mi propia investigación porque no puedo leer.


Pedro la miró sin entender.


—¿No puedes leer? ¿En una pantalla?


—En ningún sitio.


—¿Pero qué…? —movió la cabeza, pestañeando—. ¿Qué clase de broma es esta? Yo te he visto leer.


—No.


—Sí. Anoche, en la biblioteca.


—Tenía un libro en la mano, pero no estaba leyendo. Daría lo que fuera por poder leer.


—Pero si te he visto leer las cartas de los restaurantes…


Pero la piel se le heló al recordar lo ocurrido apenas media hora antes, cuando ella se había empeñado en pedirle opinión al camarero. Y también recordó que, durante el tiempo que habían salido juntos, siempre elegía después de que la persona que los atendía le recitara los platos. Movió la cabeza de nuevo, intentando despejarla.


—Pero tú eres una persona que ha tenido que leer. Se nota en la clase de lenguaje que utilizas. Y has mencionado libros que has leído.


—Libros que he disfrutado —aclaró—. Delfina me introdujo los audiolibros cuando yo tenía catorce años. Me encanta escucharlos.


—Pero… —tragó saliva. Conocía a Paula desde hacía tres meses. Se había casado con ella. Estaba embarazada de él. ¿Cómo era posible que no supiera algo tan fundamental sobre ella?—… ¿Cómo es posible que una persona llegue a los veintiuno sin saber leer?


—Hace poco que he descubierto que soy disléxica. Muy disléxica. No lo sabía —se mordió un labio—. Pensaba lo que piensa todo el mundo: Que soy idiota.


—Tú no eres idiota.


Eso podía decirlo con toda seguridad. Ella sonrió y pinchó un langostino con su tenedor.


—No veo las letras como los demás. Para mí son solo garabatos. Las palabras escritas no significan absolutamente nada para mi cerebro. Siempre ha sido así.


Se había quedado sin apetito, y empujó el plato a un lado.


—¿Por qué no me lo has dicho antes?


Respiró hondo y volvió a mirar por la ventana.


—Me daba vergüenza.


—¿Vergüenza, de qué?


Lo miró de nuevo. Los ojos le brillaban.


—De ser así. Los hombres como tú…


—¿Los hombres como yo?


—Podrías haberte casado con cualquiera. Tú fuiste mi única opción, y yo estaba desesperada por casarme contigo —confesó en un susurro—. Sentía tantas cosas por tí, y quería tener la libertad que tú representabas. Me daba un miedo atroz que supieras la verdad y cancelases la boda.


Pedro respiró hondo.


—¿Qué te hizo pensar eso?


—Pues que eres un hombre de éxito, con una confianza en tí mismo increíble. No te da miedo nada, y cualquier cosa que te propongas, la consigues. Fíjate en todo esto… —hizo un gesto con la mano que abarcaba todo lo que había alrededor—. No puedo ni imaginarme lo duro que has debido trabajar y la determinación que se necesita para crearlo. Te he contado ahora lo de mi dislexia porque es horrible que pienses que soy una vaga, una malcriada que no ha querido hacer absolutamente nada, y no es que no quiera, sino que no puedo. Igual que tampoco he podido rebatir las ideas de mi padre sobre el mundo, porque no tenía modo de contrastarlas, aunque quisiera. Delfina estaba en la universidad, de modo que no formaba parte de la conversación, y por supuesto, nadie del personal de mi padre iba a contradecirle. La tecnología ha hecho que mi vida sea más fácil hace poco, pero entonces no tenía nada, de modo que creí a mi padre porque no tenía razón para pensar que fuese a mentirme.


A Pedro le asaltaban los pensamientos uno tras otro, y la culpa le roía el estómago. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ahora veía las señales que antes le habían pasado desapercibidas. No era propenso a pasar nada por alto, pero con Paula… Con ella había ignorado las señales porque, tal y como ella había señalado, eran tantos sus prejuicios que los había utilizado para que se adaptasen a la idea que él mismo se había hecho.

Falso Matrimonio: Capítulo 44

 —¿Ah, no? Yo diría que estás decidido a encontrarme defectos. Has dado por hecho que no quiero usar el transporte público porque no me gusta codearme con la gente corriente. ¿Cómo te atreves a pensar algo así de mí? Jamás he pensado que sea mejor que nadie. Sé que no lo soy.


—No pretendía decir eso…


—Te he pedido que no me mientas, y eso es exactamente lo que querías decir. ¿Cómo vas a conocerme de verdad si sigues asumiendo cosas sobre mí solo para que encajen en tus propios prejuicios? ¿Tienes idea de lo protegida que ha sido mi vida? ¡Nunca he tenido la oportunidad de utilizar el transporte público! La idea de hacerlo aquí, en una ciudad tan peligrosa como esta, me aterra. ¡La idea de ir a cualquier parte yo sola en esta ciudad, me aterra!


Volvió a mirar por la ventana. Apretaba los dientes y parpadeaba mucho. Estaba a punto de echarse a llorar… Antes de que pudiera hacer algo, llegó el camarero con la comida. Cuando volvieron a quedarse solos, Paula pinchó un pedazo de aguacate. Menos mal que había contenido el llanto, porque se le daba fatal tratar con las mujeres cuando lloraban, aunque fuesen lágrimas de cocodrilo.


—¿De dónde has sacado la idea de que Nueva York es un sitio tan peligroso?


Ella no lo miró.


—De mi padre.


—¿Te lo ha dicho él?


Ella asintió.


—No sé cómo habrá tenido esa impresión, pero no es cierta. Lleva años sin serlo. Por supuesto, hay zonas que es mejor evitar, pero todas las ciudades las tienen.


—Me habló de ello cuando dejé el colegio. Quería visitar América y ver todos los lugares que aparecían en mis películas favoritas, pero él me explicó lo peligrosa que es América y el resto del mundo.


La sangre le golpeó en las sienes al imaginarla, de niña, viendo las mismas películas que había visto él y formulando los mismos sueños, con la diferencia de que a ella la habían disuadido fácilmente para que renunciara a los suyos. No había nada sobre la faz de la tierra que hubiera podido disuadirlo a él.


—¿Y lo creíste?


—¿Por qué no iba a creerlo?


—¿No se te ocurrió investigar por tu cuenta?


Paula negó con la cabeza, y reparó en que se había puesto tan roja como el tomate cereza que se acababa de meter en la boca.


—¿Te crees todo lo que te dicen? —insistió, cada vez más irritado—. Cinco minutos revisando las estadísticas sobre la delincuencia te habrían dado la verdad.


Hubo una pausa. Luego dejó el tenedor en el plato y apoyó la frente en una mano.

Falso Matrimonio: Capítulo 43

Ella sonrió.


—Me apetece algo ligero pero saciante. ¿Qué me recomienda?


Pedro aplacó su impaciencia. Paula tenía una vena testaruda, un rasgo que seguramente habría heredado de su padre, y verlo confirmado hizo que su humor se agriara aún más. Tomó un sorbo de su vaso de agua con limón y la miró. Ella estaba mirando por la ventana. Se imponía un cambio de tema.


—¿En qué has pensado ocuparte hasta que nazca el niño?


Se volvió despacio.


—No tengo ni idea.


—¿Hay algo que siempre hayas querido hacer pero nunca hayas podido?


—Nada en particular.


—Nueva York es una ciudad grande y muy diversa. Seguro que no hay nada que hayas soñado con hacer y que no puedas encontrar aquí. Puedes terminar tu educación. Tomar clases. Aprender cosas nuevas. Lo que se te antoje.


—No conduzco, y sería difícil moverme por la ciudad.


—Ahí lo tienes… Puedes sacarte el carné de conducir.


Inconscientemente apretó la copa que tenía en la mano.


—Ya he dado clases, y conducir no es para mí.


Pedro también apretó su copa. A pesar de su terquedad, Paula era una oveja, una seguidora. Una de esas personas que se quedan siempre un paso por detrás, que no tienen sueños, planes o esperanzas para el futuro. No entendía cómo se podía ser así. Como tantas veces le había dicho su madre, él había nacido con fuego bajo la piel. Se consumía por salir de Sicilia y enfrentarse al mundo. Quería experimentar lo que el mundo tenía que ofrecer y labrarse un nombre, algo en lo que había cosechado un éxito que iba más allá de sus sueños más salvajes. La apatía de Paula le era ajena.


—Muchos neoyorkinos usan el transporte público.


Ella abrió los ojos desmesuradamente y él escuchó un timbre de alarma. El transporte público debía estar muy por debajo de los usos de una princesita.


—No te preocupes. No esperaba que fueras a mezclarte con la gente en general. Tendrás un chófer a tu disposición.


De no haber estado observándola tan atentamente, se habría perdido el casi imperceptible estremecimiento que le provocó la sugerencia.


—¿De verdad piensas pasarte los próximos siete u ocho meses en el sofá del departamento? —preguntó, irritado.


—¿Acabo de llegar, y ya estás buscando cómo quitarme de enmedio para que no te moleste?


—A mí no me vas a molestar mucho, princesa, porque paro poco por casa. Hoy me he tomado el día libre para ayudarte a instalarte, pero mañana salgo para Los Ángeles y estaré allí un par de días.


—Te he pedido que no me llames así. Y supongo que ese viaje quiere decir que pretendes tratarme como lo hacías antes, ¿No? Quieres instalarme en tu casa para luego salir corriendo y no tener que verme la cara. ¿Me equivoco?


—Volveré el fin de semana. Podremos pasar juntos todo el tiempo que quieras el sábado y el domingo.


—Si te vas a dedicar a pincharme y a criticarme todo el tiempo, mejor ni te molestes.


—No te estoy pinchando.